martes, 12 de enero de 2010

Ese maldito moco

Con tanto cambio de temperatura mi niño tiene la nariz llena de moquitos. Da una pena terrible oírle respirar con dificultad. Raúl y yo hemos echado mano del soplamocos en un montón de ocasiones y lo único que hemos obtenido es un bebé berreante con muy pocos mocos menos.

El mayor problema que tiene ser madre es que la gente piensa que el conocimiento te viene por ciencia infusa en el momento mismo del parto y, por supuesto, no es así en absoluto. Yo me siento muy perdida a la hora de tratar a mi hijo, sobre todo el primer mes, y necesito toda la ayuda que me pueda dar la experiencia de otras madres, de la matrona y de mi pediatra. Pensaréis “¿Y a qué viene esta parrafada?”, pues al hecho de que al principio yo le sorbía los mocos a mi hijo a palo seco hasta que mi cuñada Marian me oyó decirlo y me instó a que usara antes suero para reblandecerlos. “Puedes hacerle daño si no lo haces así”. Podéis imaginar mi cargo de conciencia por todas las veces que le había sorbido la nariz a mi hijo de esta manera tan poco eficaz.

Y como siempre, ahora que comento mi caso a todo el que quiera aguantarme con las historias de Daniel resulta que todo el mundo lo sabía y pensaban que yo lo sabía. Pues no, nadie me lo había dicho y hasta entonces mi niño sufriendo. Así que les he rogado que cualquier nimiedad que piensen que se me pueda escapar, o no, me la comenten porque esto de ser madre primeriza es muy duro.

Aún con el truquito del suero a mi hijo se le saltan las lágrimas cada vez que le intento sacar esos mocazos. Y a mí me duele en el alma. Raúl dice que tengo que ser más dura, que es por el bien del niño y que no quiere ni pensar el día que haya que hacerle más daño al niño (cuando haya que ponerle una inyección por ejemplo). Supongo que con el tiempo me acostumbraré a sus lagrimitas y a su carita de “Mami, me has traicionado. Yo confiaba en ti”. Menos mal que los bebés no tienen memoria y al poco de pasar el mal rato consigo que vuelva a sonreír.

lunes, 11 de enero de 2010

La nieve

El sábado llegamos a Madrid por la noche. Decidimos dejar al niño con sus abuelas Chari y Paca porque nuestra casa estaba helada. Nuestro plan era encender la calefacción y tenerla toda la noche y todo el domingo. De paso yo tendría una noche de tranquilidad. Y tanto que la tuve. Me levanté a las 11.00. Pensaba que nunca volvería a dormir tanto. Estaba tan cansada que ni me levanté para sacarme la leche con el sacaleches, así que me levanté hinchadísima y con otro principio de mastitis. ¡Que cruz!

El domingo, mientras pasábamos la tarde en casa de mi suegra, comenzó a nevar. Asi que agarramos al niño y nos fuimos a casa lo antes posible para que no nos pillara mucho tráfico. Y cuando digo lo antes posible es porque con niños nunca sabes la hora a la que vas a poder arrancar. por supuesto Daniel nos hizo saber de una forma bastante sonora que no estaba dispuestos a irse a casa sin un biberón en el estómago.

Cuando cogimos el coche las calles ya estaban cubiertas de nieve. Afortunadamente llegamos bien a casa. La temperatura había subido a 18 grados y ya se podía estar, pero por si acaso no bañamos a Daniel. Pero hoy ya no se libra. ¡Al agua pequeño pato!

Hoy ha amanecido el barrio precioso con una capa de nieve bastante gruesa. Ni corta ni perezosa rescaté un poco de nieve de nuestro aire acondicionado y se lo puse en la manita desnuda a Daniel. Puedo asegurar que no le hizo ni pizca de gracia. La agarró con fuerza y se puso a llorar como un condenado. Finalmente la tiró encima de mi sofá donde comenzó a derretirse.

Tengo que apuntarme a fuego en la memoria que no debo tener ideas tan geniales con mi niño. Cada cosa a su edad y la nieve no es cosa de bebés.

viernes, 8 de enero de 2010

El niño fitipaldi


A este niño le gusta más la calle que comer. Le subes al carrito y una de dos: o abre los ojos que se le van a salir para verlo todo o los cierra para quedarse frito. Cuando se cansa de estar en el carrito llora un poco, pero suele distraerse facilmente de nuevo. Ojalá existiera un carrito automático que lo paseara solo en un recinto seguro. Porque solo en la calle no le dejo salir a estas edades.

Pero hasta que se invente ese útil carrito alguien tiene que empujar el que tenemos, sin motor, y ese alguien suelo ser yo, que para eso soy su madre. En Las Palmas el niño estaba encantado porque lo paseos se alargaban horas. Hacía un tiempo ideal. pero en Madrid estamos en medio de un temporal de nieve y me da una pereza salir... Muchas veces lo bajo pensando en su salud, pero es que estamos hablando de un quinto sin ascensor. Y eso son palabras mayores. Además, como el tiempo no acompaña el niño está más incómodo y no aguanta tanto. En cuanto le metes en el buzo empieza a llorar. Tampoco le tiene mucho cariño a su gorrito.

El coche también le encanta y no le hace ascos a ningún modelo, aunque cuanto menos potencia mejor porque tiene menos estabilidad y se mueve más. El caso es que el niño tenga meneito. Las carreteras de Canarias le debieron encantar porque son como serpentinas montaña arriba y montaña abajo.

Me gusta pensar que el coche que más le gusta es el nuestro. En nuestro asiento de atrás aguanta un poco con los ojos abiertos antes de que rendirse en los brazos de Morfeo.

jueves, 7 de enero de 2010

Los reyes, la ilusión de los padres

Ya llegaron los reyes magos. Llegaron y pasaron. Quien nos viera a Raúl, a mi madre, a mi hermana y a mi envolviendo regalos ya conocidos (e incluso usados) para que la niña de mi hermano viviera los reyes a tope. La mesa del comedor quedó llena de regalos para todos y Raúl dió el toque con la idea de poner un zapato de cada uno. A Natalia, mi sobrina, le encantó ese detalle.

Daniel todavía no se enteraba de nada así que fue testigo de nuestros tejemanejes. El próximo año tendremos que coordinarnos, porque ya no será tan fácil. Hay que mantener la ilusión de los más pequeños. Espero que no se le haya quedado en la retina la imagen de sus padres, su abuela y su tía envolviendo regalos como locos.

La verdad es que los adultos nos dejamos la piel para que los niños vivan este día y el de Papá Noel como los más felices de sus tiernas infancias. En el fondo creo que a nosotros también nos hace ilusión.Yo, en particular revivo mis experiencias infantiles a través de mis sobrinos y, a partir de ahora, de mi hijo.

martes, 5 de enero de 2010

La hora del baño

Al principio temía la hora del baño. Daniel se ponía a llorar como un histérico. Odiaba el agua. Algo curioso si tenemos en cuenta que hasta hacía bien poco flotaba tranquilamente en el líquido amniótico. El caso es que a matrona asegura que el 99,9% de los recién nacidos berrean cuando llega el momento de meterlos en la bañerita.

Al poco se produce un cambio espectacular y, de repente, les encanta. O eso pasó con el mío. Ahora me da pena si un día, por cualquier cosa se queda sin sus diez minutitos de baño. Es más. hay días que llora cuando le sacamos del agua calentita. Eso sí, lo que me habían dicho de que con el baño se relajan los niños y duermen mejor con este pequeñajo no se cumple.

lunes, 4 de enero de 2010

Lactancia materna versus biberón

Desde que te quedas embarazada te bombardean las matronas y los ginecólogos con la conveniencia de dar el pecho a tu hijo. Yo lo tenía claro desde el principio. Mi hijo iba a disfrutar de la lactancia materna, al menos durante mi baja de maternidad. Pero no fue tan fácil.

Los recién nacidos son muy complicados. Les pasan mil cosas y sólo tienen una forma de expresarse: el llanto. Si sumamos mi inexperiencia como madre a la buena intención de los que te rodean da como resultado la inseguridad. Como cada uno tenemos nuestra opinión es muy difícil hacer las cosas a gusto de todos y es muy fácil que alguién esté en desacuerdo con lo que creemos mejor para nuestro hijo por una cosa o por otra.

El caso es que Daniel lloraba mucho, siempre quería estar en el pecho y yo no tenía capacidad para tanta demanda, así que acabé por darle biberones, además de lactancia materna. Eso conlleva todo lo bueno, pero también lo malo de ambos métodos de alimentación. El biberón te da más libertad, porque cualquiera lo puede hacer y dárselo. Puedes estar en cualquier sitio y dar de comer a tu hijo sin exhibicionismos. Pero hay que hacerlo y ocupa las dos manos cuando se lo das (parece una tontería, pero es muy importante). Con la lactancia materna el niño come en cuanto pide, porque no hay que peparar nada, sólo enchufar al bebé al pecho. Además, el niño refuerza sus defensas, que es la razón más importante.

El caso es que yo al final opté por la alimentación mixta, porque mi hijo no daba el peso normal. Y ahora me arrepiento. Mi hermano me comentó que su hija nunca dio el peso adecuado y aún así la críaron seis meses dándole sólo pecho. La verdad es que la lactancia materna es lo mejor para la salud de los bebés y creo que debería haber aguantado más tiempo dándole el pecho a mi hijo. No sé que haré si tengo otro, pero espero darle pecho más tiempo que a éste.

Lo peor de la alimentación mixta es que no sabes cuanto come tu hijo, así que siempre estoy haciendo biberones experimentales. Y nunca acierto, si le pongo mucho me deja medio y si le pongo poco llora de hambre y le tengo que hacer otro.

Lo bueno a día de hoy es que mi hijo está muy gordito y precioso. Eso es señal de que come bien.

domingo, 3 de enero de 2010

Las uvas



Daniel ha cambiado de año. Y como no podía ser menos lo ha celebrado trasnochando con su familia: con sus abuelitas Chari y Paca... Y jorobando a su madre. Para empezar no me dejó cenar en paz. Tuvimos que hacerlo Raúl y yo por turnos. Eso sí, se durmió una siesta estupenda el solito. Lo nunca visto. Lo tumbé en el sofá para jugar con él y hacerle monerías y de repente veo que se le caen lo párpados. Así que le dejé traquilo ipso facto para que pudiera dormirse tranquilamente. Al ratito estaba roncando. ¡Milagro! ¡Milagro!

Veinte minutos antes de la doce se puso perretoso y no había manera de calmarle. Por fin logro que se duerma. Faltaban seis minutos para las doce. Salgo emocionada de la habitación, cojo el cuenco de las doce uvas. Y dos minutos antes de las campanadas le oígo llorar. Maldiciendo para mis adentros corrí a cogerle, me lo colgué al hombro y volví a por mis uvas.

Me comí las doce con Daniel colgado del hombro moviéndose como una lagartijilla. Él también quería partir el año como un niño mayor.

Poco después de las doce decide cerrar de nuevo el ojo y quedarse torrado. Al final le tuvimos que despertar para ponerle el abrigo y volver a nuestra casa. Al día siguiente nos tocaba coger una avión con destino a Las Palmas y no podíamos quedarnos mucho más.