En cuanto Iván se siente contrariado carga contra mí: "Maldita mamá. Ya no te quiero. Mamá es tonta..." Y así hasta el infinito. Da igual si yo soy la verdadera culpable de su desazón o es otra persona. Él proyecta todas sus frustraciones sobre mi pobre persona. Esto prueba una vez más que la confianza da asco.
La mayoría de las veces me armo de paciencia e intento razonar con él, pero hay días que no me pilla muy católica y se acaba armando la de San Quintín. Uno de esos días, me harté de oir sus insultos y reproches injustificados y acabé gritando: "¡Vale! ¡Muy bien! Lo has conseguido. Si tan mala soy ya no soy tu madre, ni ésta tu familia, ni ésta tu casa. ¡Raul! ¡Raúl! ¿Que hace este niños aquí? !Hay un niño desconocido en nuestra habitación!".
Mi marido acudió corriendo con el mayor pisándole los talones y una gran sonrisa en la cara. "¡Un niño nuevo!" exclamó con voz emocionada, "¿Que hacemos con él Daniel?", se dirigió al nuestro primogénito. "¡Lo adoptamos!" contestó rápidamente el aludido. Mientras tanto Iván se había quedado mudo de la sorpresa y con los ojos como platos. "Ven niño nuevo" le invitó Daniel a seguirle, "Te voy a enseñar la casa". Desde lejos le oía decir: "Éste es nuestro gato. Se llama fantasma. Ésta es nuestra habitación. Aquí vas a dormir tú. Ahora te voy a enseñar lo mejor: la habitación de los juguetes..." E Iván trotaba tras él como un corderito.
Yo alucinaba con el giro tan raro que habían dado las circunstancias. No quise alargarlo más porque, al fin y al cabo, Iván sólo tiene cuatro años y quien sabe el cacao mental que se estaba formando en us cabeza con la tontería, así que fui al encuentro de los dos justo cuando su hermano mayor le preguntaba cómo quería que le llamáramos. "Ven aquí" le dije. El peque me miró preocupado. Me arrodillé a su altura, le cogí de los hombros, le miré fijamente a los ojos y le dije "Te llamas Iván". Juro que me pareció sentir cómo se relajaba y parecía bastante aliviado. "¡¡¡¿Cómo lo has sabido?!!!" exclamó Daniel siguiendo con el juego. Le expliqué que lo había leído en el fondo de sus ojos y le pedí que se acercara a mí. Mirando fijamente a sus pupilas le dije: "Y aquí pone que tienes algo que darme. una pequeña tapa que te has metido en la boca hace un rato. Algo peligrosísimo, como ya sabes, porque te puedes ahogar". Daniel se quedó boquiabierto y me entregó la tapa sin protestar. ¡Su madre leía la mente!
Lo cierto es que le había visto por el rabillo del ojo mientras le hacía el numerito a Iván. Pero los dejé impresionadísimos.
Al día siguiente, Iván me preguntó con voz bajita si yo quería un niño nuevo. Le dije que no. Que estaba encantada con mi Iván y mi Daniel, que, por cierto, ahora le ha dado por decir que se quiere llamar Rafa a secas, sin apellidos.
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jueves, 19 de noviembre de 2015
miércoles, 4 de noviembre de 2015
Darth Vader, emociones y mucho Halloween en el cuentacuentos de Akira Comics
El sábado fue un día de no parar. Realmente agotador, pero taaan divertido. La mañana empezó con el cuentacuentos que se celebra mesualmente en la tienda Akira Comics y que esta temporada va de Star Wars. Nos presentamos tarde porque el más pequeño de la familia se dedicó a liárnosla parda durante todo el camino. Cuando llegamos, nos dimos cuenta enseguida de que la asistencia había sido todo un éxito. No cabía un alfiler. Pero eso no es impedimento para que Daniel, el sigiloso, ganara puestos como el que no quiere la cosa hasta la avanzadilla. No sé cómo lo hace.
En cambio, el terrorista de su hermano decidió que estaba mejor junto a su mamá. O mejor aún, en brazos de mamá. Como le aseguré que eso era imposible (¿Una hora cargando con el peque¿ ¡Me da algo!) volvió a torcer el gesto, pero como estaba interesado en la historia que se estaba contento no me montó una escena... aún.
Ante sus ojos, la cuenta cuentos contaban cómo Anakin Skywalker acabó en el lado oscuro con bastante buena fortuna, teniendo en cuenta lo complicado del tema y la edad media de su público. Cuando acabó el relato, su ayudante abrió una puerta y apareció el mismisímo Darth Vader en persona para asombro general de la grada y susto morrocotudo de algún infante. En general los niños fliparon con la impresionante figura negra y su sable laser. La cuentacuentos saludó amablemente a tan insigne personaje y le contó un truco para controlar su rabia y volver al lado de la luz. Es muy fácil, sólo hay que cantar y bailar una canción que se puede encontramos en internet y que pienso ponerles a mis niños de vez en cuando porque me ha encantado. Te partías viendo al villano bailar como podía con su incómoda armadura.
Cuando acabó el baile, la cuentacuentos despidió a Darth Vader y se dispuso a contar cuentos de Halloween. El primero fue uno que ya conocíamos y que nos encanta. ¡Ideal para esta fiesta! "Corre, corre Calabaza". Mis hijos sonreían encantados y me hacían gestos ilusionados por saber de qué iba la historia. El segundo fue "Vaya Rabieta", de Mireille D'Allance. Me pareció buenísimo. ¡¡La que lía la perreta de Roberto!!
Como colofón, la narradora acabó la jornada con un cuento de su cosecha sobre el amor en el que participaron varios niños disfrazados de abejas, avispa y mariposa y con el que nos reímos muchísimo. Las salidas de los peques son buenísimas.
Nada más acabar el baile de despedida tuvimos que salir zumbando hacia un parque de bolas en el que se celebraba un doble cumpleaños al que habían invitado a mis churumbeles...
Llegamos con la lengua fuera, pero eso no fue impedimento para que los peques comenzaran a hacer el loco desde el minuto cero en la piscina de bolas. Se lo pasaron bomba. La verdad es que los padres de las cumpleañeras se lo curraron muchísimo.
Teniendo en cuenta que la animadora de ese parque de bolas es una crack y que el papá de las chiquillas montó un concurso divertidísimo con muchísimos premios los niños lo disfrutaron al máximo. Que pena que tuviéramos que salir pitando nada más terminar la tarta porque se nos hacía tarde para el musical de la tarde. Menos mal que salieron comidos. Y cargados hasta arriba de juguetitos y chuches. Iván ganó en el concurso un pack de caritas de Star Wars y no veas el cariño que les ha cogido. Sobre todo, a la de Darth Vader, que después de verlo bailar para calmarse se le mira con otros ojos.
En cambio, el terrorista de su hermano decidió que estaba mejor junto a su mamá. O mejor aún, en brazos de mamá. Como le aseguré que eso era imposible (¿Una hora cargando con el peque¿ ¡Me da algo!) volvió a torcer el gesto, pero como estaba interesado en la historia que se estaba contento no me montó una escena... aún.
Ante sus ojos, la cuenta cuentos contaban cómo Anakin Skywalker acabó en el lado oscuro con bastante buena fortuna, teniendo en cuenta lo complicado del tema y la edad media de su público. Cuando acabó el relato, su ayudante abrió una puerta y apareció el mismisímo Darth Vader en persona para asombro general de la grada y susto morrocotudo de algún infante. En general los niños fliparon con la impresionante figura negra y su sable laser. La cuentacuentos saludó amablemente a tan insigne personaje y le contó un truco para controlar su rabia y volver al lado de la luz. Es muy fácil, sólo hay que cantar y bailar una canción que se puede encontramos en internet y que pienso ponerles a mis niños de vez en cuando porque me ha encantado. Te partías viendo al villano bailar como podía con su incómoda armadura.
Cuando acabó el baile, la cuentacuentos despidió a Darth Vader y se dispuso a contar cuentos de Halloween. El primero fue uno que ya conocíamos y que nos encanta. ¡Ideal para esta fiesta! "Corre, corre Calabaza". Mis hijos sonreían encantados y me hacían gestos ilusionados por saber de qué iba la historia. El segundo fue "Vaya Rabieta", de Mireille D'Allance. Me pareció buenísimo. ¡¡La que lía la perreta de Roberto!!
Como colofón, la narradora acabó la jornada con un cuento de su cosecha sobre el amor en el que participaron varios niños disfrazados de abejas, avispa y mariposa y con el que nos reímos muchísimo. Las salidas de los peques son buenísimas.
Nada más acabar el baile de despedida tuvimos que salir zumbando hacia un parque de bolas en el que se celebraba un doble cumpleaños al que habían invitado a mis churumbeles...
Llegamos con la lengua fuera, pero eso no fue impedimento para que los peques comenzaran a hacer el loco desde el minuto cero en la piscina de bolas. Se lo pasaron bomba. La verdad es que los padres de las cumpleañeras se lo curraron muchísimo.
Teniendo en cuenta que la animadora de ese parque de bolas es una crack y que el papá de las chiquillas montó un concurso divertidísimo con muchísimos premios los niños lo disfrutaron al máximo. Que pena que tuviéramos que salir pitando nada más terminar la tarta porque se nos hacía tarde para el musical de la tarde. Menos mal que salieron comidos. Y cargados hasta arriba de juguetitos y chuches. Iván ganó en el concurso un pack de caritas de Star Wars y no veas el cariño que les ha cogido. Sobre todo, a la de Darth Vader, que después de verlo bailar para calmarse se le mira con otros ojos.
lunes, 15 de junio de 2015
Tonterías las justas
"¡A cenaaaar!" Daniel, como casi siempre, fue el primero en sentarse. Eso de comer es algo que siempre le ha gustado. "¿Qué hay de cenar? ¿Qué hay de cenar?" Pregunta relamiéndose por anticipado.
En cambio el pequeño se lo toma con calma. Algo en su expresión me dice que se avecina una de sus perretas frías, meditadas, maquiavélicas...
"Venga Iván. Que se te enfría la sopa" Le he dado en el clavo. Sé que es un plato que le encanta y veo como se acerca como quien no quiere la cosa y se desparrama sobre la silla.
"Siéntate bien que se te va a caer todo encima" Me mira con esos ojazos que tiene muy serio y me suelta la bomba: "Hoy voy a comer con los ojos cerrados" Sin perder un segundo los cierra, coge la cuchara, la llena y tira su contenido por donde le pilla con toda su mala idea.
"¿Qué haces?" le espeto sintiendo que mis niveles de paciencia se agotan rapidamente, "¿Lo vas a limpiar tú? ¿No? ¡Pues come con los ojos bien abiertos y con cuidado!". El peque no me hace ni caso y se prepara para repetir la jugada. Pero yo ya lo tenía previsto y con certero ademán le aparto el plato a la velocidad de la luz y sin derramar ni una gota. Iván vuelva a mirarme. Esta vez con el ceño fruncido y me quita el plato de malas maneras derramando un poco más de su contenido. "¿Vas a comer bien?" le pregunto con pocas esperanzas de que esto vaya a acabar bien. "¡No!" asegura cortante. "¡Pues no comes!" le amenazo yo volviendo a retirarle el plato. El chiquillo se lanza hacia su objetivo ciegamente, pero yo soy más grande, más fuerte y más rápida (por ahora). Me levanto y me dirijo a la cocina con paso decidido y el niño trotando detrás con ganas de dar guerra.
Levanto la tapa de la basura y le repito por última vez: "¿Vas a comer con los ojos abiertos y teniendo cuidado?", "¡Nooooo!" vuelve a contestar él cada vez más agitado. Si darle tiempo a reaccionar la sopa va directa al cubo.
"Nooooo" repite el chiquillo, pero esta vez llorando, "Nooooo" Y me mira con rencor. "Cuando te apetezca cenar con los ojos abiertos me avisas" le digo aparentando toda la tranquilidad del mundo mientras vuelvo a la mesa junto a Daniel, que no se ha atrevido a decir ni una palabra durante nuestra disputa.
El resto de la cena transcurre tranquilamente, conversando con el mayor mientras el pequeño juega con unos muñecos lejos de la mesa.
Cuando acabamos, nos lavamos los dientes y nos sentamos cómodamente para comenzar la hora del cuento. En esas estábamos los dos tan a gusto, cuando oigo trotar a Iván más que dispuesto a unirse. En cuanto asoma la nariz la advierto que el que no cena no tiene cuento. "Vaaaaale" me contesta, "Quiero cenar". ""¿Pero vas a cenar con los ojos abiertos y teniendo cuidado?" le pregunto desconfiada. "Vaaaaale" asegura él. Le sirvo el segundo plato y le dejo en el salón. "Avísame cuando acabes" le pido. "Vaaaaale".
Nos dio tiempo a leer tres cuentos hasta que el peque volvió a acercarse. "¿Ya has acabado?" "Síiiiiiii" "Pues a lavarte los dientes" Una vez aseados nos sentamos los tres para disfrutar del cuarto cuento, el primero para Iván. Alargué un poco la sesión para que el rebelde de la familia tuviera un rato relajado antes de irse a dormir. Algo que también alegró mucho al mayor. Pero llegó el momento de irse a dormir sin remedio y allá que me los llevé a los dos con sendas sonrisas en las caras.
¡Como si no hubiera pasado nada! En fin, Casi mejor.
En cambio el pequeño se lo toma con calma. Algo en su expresión me dice que se avecina una de sus perretas frías, meditadas, maquiavélicas...
"Venga Iván. Que se te enfría la sopa" Le he dado en el clavo. Sé que es un plato que le encanta y veo como se acerca como quien no quiere la cosa y se desparrama sobre la silla.
"Siéntate bien que se te va a caer todo encima" Me mira con esos ojazos que tiene muy serio y me suelta la bomba: "Hoy voy a comer con los ojos cerrados" Sin perder un segundo los cierra, coge la cuchara, la llena y tira su contenido por donde le pilla con toda su mala idea.
"¿Qué haces?" le espeto sintiendo que mis niveles de paciencia se agotan rapidamente, "¿Lo vas a limpiar tú? ¿No? ¡Pues come con los ojos bien abiertos y con cuidado!". El peque no me hace ni caso y se prepara para repetir la jugada. Pero yo ya lo tenía previsto y con certero ademán le aparto el plato a la velocidad de la luz y sin derramar ni una gota. Iván vuelva a mirarme. Esta vez con el ceño fruncido y me quita el plato de malas maneras derramando un poco más de su contenido. "¿Vas a comer bien?" le pregunto con pocas esperanzas de que esto vaya a acabar bien. "¡No!" asegura cortante. "¡Pues no comes!" le amenazo yo volviendo a retirarle el plato. El chiquillo se lanza hacia su objetivo ciegamente, pero yo soy más grande, más fuerte y más rápida (por ahora). Me levanto y me dirijo a la cocina con paso decidido y el niño trotando detrás con ganas de dar guerra.
Levanto la tapa de la basura y le repito por última vez: "¿Vas a comer con los ojos abiertos y teniendo cuidado?", "¡Nooooo!" vuelve a contestar él cada vez más agitado. Si darle tiempo a reaccionar la sopa va directa al cubo.
"Nooooo" repite el chiquillo, pero esta vez llorando, "Nooooo" Y me mira con rencor. "Cuando te apetezca cenar con los ojos abiertos me avisas" le digo aparentando toda la tranquilidad del mundo mientras vuelvo a la mesa junto a Daniel, que no se ha atrevido a decir ni una palabra durante nuestra disputa.
El resto de la cena transcurre tranquilamente, conversando con el mayor mientras el pequeño juega con unos muñecos lejos de la mesa.
Cuando acabamos, nos lavamos los dientes y nos sentamos cómodamente para comenzar la hora del cuento. En esas estábamos los dos tan a gusto, cuando oigo trotar a Iván más que dispuesto a unirse. En cuanto asoma la nariz la advierto que el que no cena no tiene cuento. "Vaaaaale" me contesta, "Quiero cenar". ""¿Pero vas a cenar con los ojos abiertos y teniendo cuidado?" le pregunto desconfiada. "Vaaaaale" asegura él. Le sirvo el segundo plato y le dejo en el salón. "Avísame cuando acabes" le pido. "Vaaaaale".
Nos dio tiempo a leer tres cuentos hasta que el peque volvió a acercarse. "¿Ya has acabado?" "Síiiiiiii" "Pues a lavarte los dientes" Una vez aseados nos sentamos los tres para disfrutar del cuarto cuento, el primero para Iván. Alargué un poco la sesión para que el rebelde de la familia tuviera un rato relajado antes de irse a dormir. Algo que también alegró mucho al mayor. Pero llegó el momento de irse a dormir sin remedio y allá que me los llevé a los dos con sendas sonrisas en las caras.
¡Como si no hubiera pasado nada! En fin, Casi mejor.
jueves, 21 de mayo de 2015
Terribles estallidos de rabia
De repente, miro a Iván y suenan todas las alarmas dentro de mi cabeza. Ya tiene puesto ese gesto que tan bien conozco y con el que empieza todo.
"¿Cariño, te pasa algo? ¿Estás bien?"
"¡No!" - Uuuuuy, mal vamos.
"¿Pero que ha pasado? Si no ha pasado nada.- aseguro yo agarrándome a un clavo ardiendo. Aquí la conversación puede dar dos giros y ninguno bueno. O me suelta un "Eres tonta" que se repetirá hasta el infinito, a veces acompañado de metódicos golpecitos en donde pille de mi lozano cuerpo, o asegura compungido que le he pegado. ¡Menudo mentiroso! Y también lo repetirá hasta la saciedad. Y da igual lo que digas o hagas, ya sabemos como va a acabar esto si no damos con la tecla correcta para que cambie el discurso.
Mis neuronas se ponen a trabajar a toda velocidad y con un poco de suerte daré con el argumento adecuado para que olvide sus ganas de liarla: "Que va hijo. No te he pegado, lo que pasa es que lo soñaste anoche. Ya decía yo que te oía gruñir en sueños y no sabía por qué...", "Ay, Iván, que ya sé lo que pasa. Has sido expuesto a los rayos gamma como Hulk y... ¡Te estás convirtiendo! Cuidado coches que Ivan Hulk os va a lanzar a todos por los aires"... Si se ríe estás salvada. Si no... ¡Malo!
Tenemos dos modalidades: gritos, lloros y que le golpee desesperadamente o destrucción sistemática y concienzuda de todo lo que le rodea: Juguetes, cables, posters, libros... Luego se arrepiente, pero a veces ya no hay arreglo.
Ignorarle no es opción porque te destroza la casa y darle bolilla es justo lo que quiere, así que la cosa se pone muy difícil. ¿Que hago? Pues según el día, como me encuentre yo y la dirección que tome la perreta. Muchas veces le agarro fuerte sin decirle nada, pero puede estar horas berreando y pegándome. Otras le hablo suave y dulcemente a ver si así se calma. Otras le aseguro firmemente que me ha hecho enfadar y que así no va a conseguir nada, y muchas acabo gritando yo también. Una tiene sus límites.
Todos los días nos comemos al menos una y suelen ser dos o tres. Así que su padre y yo estamos hasta las narices y con muchas ganas de que acabe esta fase.
"¿Cariño, te pasa algo? ¿Estás bien?"
"¡No!" - Uuuuuy, mal vamos.
"¿Pero que ha pasado? Si no ha pasado nada.- aseguro yo agarrándome a un clavo ardiendo. Aquí la conversación puede dar dos giros y ninguno bueno. O me suelta un "Eres tonta" que se repetirá hasta el infinito, a veces acompañado de metódicos golpecitos en donde pille de mi lozano cuerpo, o asegura compungido que le he pegado. ¡Menudo mentiroso! Y también lo repetirá hasta la saciedad. Y da igual lo que digas o hagas, ya sabemos como va a acabar esto si no damos con la tecla correcta para que cambie el discurso.
Mis neuronas se ponen a trabajar a toda velocidad y con un poco de suerte daré con el argumento adecuado para que olvide sus ganas de liarla: "Que va hijo. No te he pegado, lo que pasa es que lo soñaste anoche. Ya decía yo que te oía gruñir en sueños y no sabía por qué...", "Ay, Iván, que ya sé lo que pasa. Has sido expuesto a los rayos gamma como Hulk y... ¡Te estás convirtiendo! Cuidado coches que Ivan Hulk os va a lanzar a todos por los aires"... Si se ríe estás salvada. Si no... ¡Malo!
Tenemos dos modalidades: gritos, lloros y que le golpee desesperadamente o destrucción sistemática y concienzuda de todo lo que le rodea: Juguetes, cables, posters, libros... Luego se arrepiente, pero a veces ya no hay arreglo.
Ignorarle no es opción porque te destroza la casa y darle bolilla es justo lo que quiere, así que la cosa se pone muy difícil. ¿Que hago? Pues según el día, como me encuentre yo y la dirección que tome la perreta. Muchas veces le agarro fuerte sin decirle nada, pero puede estar horas berreando y pegándome. Otras le hablo suave y dulcemente a ver si así se calma. Otras le aseguro firmemente que me ha hecho enfadar y que así no va a conseguir nada, y muchas acabo gritando yo también. Una tiene sus límites.
Todos los días nos comemos al menos una y suelen ser dos o tres. Así que su padre y yo estamos hasta las narices y con muchas ganas de que acabe esta fase.
lunes, 19 de enero de 2015
Mami, ya no te quiero
Iván siempre ha sido celoso sobre todo en todo lo que se refiere a su mami. En cuanto ve que me paro a hablar con alguien me la lía parda. Y si eso no funciona, se enfada, me culpa a mí y se ofende profundamente.
A veces, me suelta un sentido: "Mami, ya no te quiero", con voz ahogada y con la mirada fija en el suelo. Recuerdo que la primera vez que me hizo eso su hermano fue un drama para mi, pero se ve que con el segundo veo todo de otra manera, así que yo me limito a contestarle "Yo sí que te quiero a ti".
Después, dependiendo de la situación, lo siento en mi regazo y empiezo el interrogatorio. "¿Estás triste o enfadado?", "¿Con quien? ¿Con mami?", "¿Por qué?"... Y así hasta que logro sacarle algo. Desde luego, no se puede quejar de falta de atención.
Otras veces lo que me suelta es: "No te quiero ver"
En esas ocasiones le contesto "Pues cierra los ojos, pero no te sueltes de mi mano porque te pueden dar un buen tortazo caminando así". A veces me hace caso. Y hacemos el camino despacio y con cuidado, no se vaya a caer con la tontería.
Y lo último son las terribles perretas. Esas son más difíciles de solucionar. Suelo abrazarle y hacerle mismo interrogatorio que cuando dice que no me quiere, con la gran diferencia de que en vez de escuetos síes o noes recibo berridos, patadas y puñetazos. Ya tengo mucha práctica en esquivar sus ciegos golpes. No me hacen daño, primero porque son fáciles de parar y segundo porque sé que es la única manera que tiene de echar fuera su frustración. Poco a poco le voy enseñando que es mejor hablar que perder los nervios, pero es más fácil la teoría que la práctica. ¡Y si no que me lo digan a mí!
A veces, me suelta un sentido: "Mami, ya no te quiero", con voz ahogada y con la mirada fija en el suelo. Recuerdo que la primera vez que me hizo eso su hermano fue un drama para mi, pero se ve que con el segundo veo todo de otra manera, así que yo me limito a contestarle "Yo sí que te quiero a ti".
Después, dependiendo de la situación, lo siento en mi regazo y empiezo el interrogatorio. "¿Estás triste o enfadado?", "¿Con quien? ¿Con mami?", "¿Por qué?"... Y así hasta que logro sacarle algo. Desde luego, no se puede quejar de falta de atención.
Otras veces lo que me suelta es: "No te quiero ver"
En esas ocasiones le contesto "Pues cierra los ojos, pero no te sueltes de mi mano porque te pueden dar un buen tortazo caminando así". A veces me hace caso. Y hacemos el camino despacio y con cuidado, no se vaya a caer con la tontería.
Y lo último son las terribles perretas. Esas son más difíciles de solucionar. Suelo abrazarle y hacerle mismo interrogatorio que cuando dice que no me quiere, con la gran diferencia de que en vez de escuetos síes o noes recibo berridos, patadas y puñetazos. Ya tengo mucha práctica en esquivar sus ciegos golpes. No me hacen daño, primero porque son fáciles de parar y segundo porque sé que es la única manera que tiene de echar fuera su frustración. Poco a poco le voy enseñando que es mejor hablar que perder los nervios, pero es más fácil la teoría que la práctica. ¡Y si no que me lo digan a mí!
sábado, 15 de febrero de 2014
A veces... Siento que estoy perdiendo
Anoche me derrumbé en el sofá agotada y me invadió una angustiosa sensación de desaliento.
Estoy perdiendo la batalla otra vez. Daniel desobedece sistemáticamente cada vez que le pido algo. Iván se está convirtiendo en un pequeño tirano.
Intento todos los métodos y nada. Sé que están en la edad, sé que lo mas importante es tener paciencia, pero... no puedo luchar contra mi carácter.
Suelo empezar bien: razonando, explicando mis razones con frases sencillas y cortas...
Cuando veo que reinciden salen a reducir los castigos y consecuencias, siempre realistas y alcanzables. Las cumplo y me suelen pagar con una pataleta, pero no con un cambio en su comportamiento.
Cuando se les pasa la perreta, veo con sorpresa que vuelven a desobedecerme en el mismo punto. Así que ya me empieza a hervir a sangre. Empezamos con las amenazas. En realidad, con LA AMENAZA: "mamá se está enfadando".
Hay veces que se toman en serio mi advertencia y paran su actividad "delictiva" para convencerme de que se están portando como angelitos o para acariciarme el pelo mientras canturrean: "Tranquila, mamá, tranquila".
Pero si reinciden... si reinciden... se desata el infierno. ¡Y mamá les grita de una forma horrible para luego ignorarles hasta que se calma! "Mamaaaaaaa" me llaman lastimeros, pero mamá ya no está para nadie. "Buaaaaaaaa" lloran, "¡Que lloren" pienso. "Yo también estoy llorando y a ellos les da igual".
Cuando se me pasa, nos abrazamos como si no hubiera un mañana y nos pedimos perdón mutuamente. Pero casi al segundo siguiente ya la están liando de nuevo. ¡Demasiada tragedia en nuestra vidas! ¿No creen?
He intentado el método time out y contar hasta 10 antes de explotar, pero, en ocasiones no me doy cuenta de lo que ha pasado hasta que me oigo a mi misma dando berridos. Los vecinos deben pensar que viven con el Doctor Jekill y Mr Hide, porque a primera vista nadie adivinaría al ogro en el que me puedo llegar a convertir.
El día que me pillan menos cansada e irritable, suelo llevarles a un rincón a "razonar". Lo cierto es que les someto a un tercer grado lleno de preguntas del estilo "¿Por qué lo hiciste?, ¿No te das cuenta de por qué está mal lo que hiciste? ¿Por qué crees que mamá te riñó?". Acto seguido le explico por qué no puede hacer lo que hizo y le pido que me lo repita al menos dos veces bien. Huelga decir que nos podemos pasar muchísimo tiempo en el rincón hasta que Daniel promete lo que haya que prometer y me vende su alma si hace falta para escapar de allí.
Con Iván la sesión es más simple y menos productiva porque se suele pasar llorando todo el rato que le mantengo en la esquina. Le hablo al oído para calmarlo y que me escuche, le explico por qué le he traído a hablar al rincón, intento que entienda mis motivos, pero él sólo llora y llora, finalmente se acurruca en mis brazos e hipa hasta que le doy un besito o le acaricio el pelo. Entonces le suelto y me siento como si me hubiera tomado el pelo.
El otro día, se acercó mi hijo mayor muy angustiado y me pidió que le sentara en la esquina. Intrigada, me lo llevé al rincón más cercano y me empezó a confesar que se había portado mal, ya no recuerdo por qué. El caso es que esto me demuestra que la esquina de interrogatorios tampoco funciona. Me temo que tiene la peregrina idea que puede hacer lo que quiera y expiar su culpa sentándose un ratito a charlar con su madre. ¡sight!
Otro día, le advertí muy seria que si seguía insistiendo en portarse mal le tendría todo el sábado sin Ben 10. "¿Entonces puedo ver los Vengadores?" me preguntó sopesando si le valía la pena comportarse mal o no. "¡Tampoco!" Exclamé yo indignadísima. "¿Y Pacman?" Insistió. "¡Sin tele, sin teleeeeee. El sábado te quedas sin tele como te vuelva ver saltando en el sofá!" empecé a perder los nervios. Mi primogénito me miró un minuto con toda la tranquilidad del mundo y me soltó un escueto "vale" antes de seguir con los saltos salvajes. Evidentemente, lo bajé del sofá y hubo lloros y perretas. Seguramente, él pensaba que mamá no había cumplido con lo pactado (supongo que me expliqué mal).
Al día siguiente (sábado), me pidió Ben 10 y con la mejor de mi sonrisas (que yo le quiero mucho, pero no pude evitar saborear el momento), le expliqué que anoche se había portado muy mal y que le había castigado sin tele. En un principio, intentó convencerme de que él se había portado muy bien y que siempre se porta muy muy bien. Cuando vió que no colaba, suspiró y con gesto de fastidio claudicó con esta frase "Esta bien, mamá. Pues pásame la Tablet". ¿En serio alguien puede permanecer calmado ante tal muestra de cara dura?
Estoy perdiendo la batalla otra vez. Daniel desobedece sistemáticamente cada vez que le pido algo. Iván se está convirtiendo en un pequeño tirano.
Intento todos los métodos y nada. Sé que están en la edad, sé que lo mas importante es tener paciencia, pero... no puedo luchar contra mi carácter.
Suelo empezar bien: razonando, explicando mis razones con frases sencillas y cortas...
Cuando veo que reinciden salen a reducir los castigos y consecuencias, siempre realistas y alcanzables. Las cumplo y me suelen pagar con una pataleta, pero no con un cambio en su comportamiento.
Cuando se les pasa la perreta, veo con sorpresa que vuelven a desobedecerme en el mismo punto. Así que ya me empieza a hervir a sangre. Empezamos con las amenazas. En realidad, con LA AMENAZA: "mamá se está enfadando".
Hay veces que se toman en serio mi advertencia y paran su actividad "delictiva" para convencerme de que se están portando como angelitos o para acariciarme el pelo mientras canturrean: "Tranquila, mamá, tranquila".
Pero si reinciden... si reinciden... se desata el infierno. ¡Y mamá les grita de una forma horrible para luego ignorarles hasta que se calma! "Mamaaaaaaa" me llaman lastimeros, pero mamá ya no está para nadie. "Buaaaaaaaa" lloran, "¡Que lloren" pienso. "Yo también estoy llorando y a ellos les da igual".
Cuando se me pasa, nos abrazamos como si no hubiera un mañana y nos pedimos perdón mutuamente. Pero casi al segundo siguiente ya la están liando de nuevo. ¡Demasiada tragedia en nuestra vidas! ¿No creen?
He intentado el método time out y contar hasta 10 antes de explotar, pero, en ocasiones no me doy cuenta de lo que ha pasado hasta que me oigo a mi misma dando berridos. Los vecinos deben pensar que viven con el Doctor Jekill y Mr Hide, porque a primera vista nadie adivinaría al ogro en el que me puedo llegar a convertir.
El día que me pillan menos cansada e irritable, suelo llevarles a un rincón a "razonar". Lo cierto es que les someto a un tercer grado lleno de preguntas del estilo "¿Por qué lo hiciste?, ¿No te das cuenta de por qué está mal lo que hiciste? ¿Por qué crees que mamá te riñó?". Acto seguido le explico por qué no puede hacer lo que hizo y le pido que me lo repita al menos dos veces bien. Huelga decir que nos podemos pasar muchísimo tiempo en el rincón hasta que Daniel promete lo que haya que prometer y me vende su alma si hace falta para escapar de allí.
Con Iván la sesión es más simple y menos productiva porque se suele pasar llorando todo el rato que le mantengo en la esquina. Le hablo al oído para calmarlo y que me escuche, le explico por qué le he traído a hablar al rincón, intento que entienda mis motivos, pero él sólo llora y llora, finalmente se acurruca en mis brazos e hipa hasta que le doy un besito o le acaricio el pelo. Entonces le suelto y me siento como si me hubiera tomado el pelo.
El otro día, se acercó mi hijo mayor muy angustiado y me pidió que le sentara en la esquina. Intrigada, me lo llevé al rincón más cercano y me empezó a confesar que se había portado mal, ya no recuerdo por qué. El caso es que esto me demuestra que la esquina de interrogatorios tampoco funciona. Me temo que tiene la peregrina idea que puede hacer lo que quiera y expiar su culpa sentándose un ratito a charlar con su madre. ¡sight!
Otro día, le advertí muy seria que si seguía insistiendo en portarse mal le tendría todo el sábado sin Ben 10. "¿Entonces puedo ver los Vengadores?" me preguntó sopesando si le valía la pena comportarse mal o no. "¡Tampoco!" Exclamé yo indignadísima. "¿Y Pacman?" Insistió. "¡Sin tele, sin teleeeeee. El sábado te quedas sin tele como te vuelva ver saltando en el sofá!" empecé a perder los nervios. Mi primogénito me miró un minuto con toda la tranquilidad del mundo y me soltó un escueto "vale" antes de seguir con los saltos salvajes. Evidentemente, lo bajé del sofá y hubo lloros y perretas. Seguramente, él pensaba que mamá no había cumplido con lo pactado (supongo que me expliqué mal).
Al día siguiente (sábado), me pidió Ben 10 y con la mejor de mi sonrisas (que yo le quiero mucho, pero no pude evitar saborear el momento), le expliqué que anoche se había portado muy mal y que le había castigado sin tele. En un principio, intentó convencerme de que él se había portado muy bien y que siempre se porta muy muy bien. Cuando vió que no colaba, suspiró y con gesto de fastidio claudicó con esta frase "Esta bien, mamá. Pues pásame la Tablet". ¿En serio alguien puede permanecer calmado ante tal muestra de cara dura?
sábado, 7 de diciembre de 2013
Cenas con música ambiente
Son pocas las cenas que tenemos en paz. Desde hace unas semanas, en cuanto nos ve poner la mesa, Iván abre el grifo de las lágrimas y no lo cierra hasta que acabamos de comer, o de malcomer, según se mire.
Se pone a berrear como un loco desde que le ponemos en la trona hasta que le soltamos. Antes le dejábamos sentarse en una silla normal como nosotros, pero nos pasábamos el tiempo persiguiéndole para que se volviera a sentar y comiera algo, así que decidimos volver a utilizar la trona.
He de decir que le sentó como un tiro. Y desde entonces nos lo hace pagar. Acaba casi todas las noches sin probar bocado y me toca hacerle un biberón de lo más consistente.
El caso es que el biberón sí que se lo toma. Y nada más terminar, me mira fijamente y exclama “¡Cuento!”. Entonces me dan ganas de irme o pegarle tres gritos, pero me recuerdo a mí misma que tiene poco más de dos años y que es la edad normal de las perretas y acabo claudicando. Según el grado de mi enfado se lo cuento más corto o más largo.
lunes, 29 de abril de 2013
Perretas casi a los cuatro años
Todos los días el mayor me montan al menos un espectáculo. Y no se priva de nada: lloros, gritos, patadas, rasgamiento de vestiduras. Son de las buenas. Da igual el lugar: la calle, el parque, el cole, en casa... Lo importante es la cara de desolación de mamá no el público. Su modus operandi suele ser el siguiente: primero pide algo que sabe que no le puedo dar o permitir, lo pide con más y más insistencia, hasta que se pone a llorar, luego a berrear, luego a gritar como un loco y por último a suplicar como si lo estuviera matando. A veces incluso empieza a hacer tics extrañísimos que me preocupan.
Mi método a seguir suele ser el mismo con pequeñas variantes según tenga el día: primero le intento explicar la situación. Evidentemente, ni me escucha y sigue a lo suyo. Después le ignoro un rato. A veces más, otras menos tiempo, pero siempre me parece demasiado cuando por fin acudo a su lado. Finalmente lo abrazo muy fuerte y le hablo con cariño mientras le beso. No se le va el baile de san vito a la primera y, es probable, que yo acabe recibiendo algún manotazo o patada antes de que empiece a calmarse. Cuando se calma, me pide que siga abrazándolo, meciéndolo y dándole mimos un buen rato. Así estamos hasta que logro convencerle para que juegue a algo o para leerle un cuento. A veces no es fácil estar así mucho tiempo porque Iván también quiere su parte de atención y protesta enérgicamente.
Lo normal es que en la primer etapa pierda los nervios acabe diciendo cosas de las que luego me arrepiento como que no le aguanto, que siempre se porta mal (aunque normalmente añado la coletilla de "Bueno, no siempre, pero ahora sí"), que cualquier día cojo la puerta y me voy... Todo depende de lo que haya dormido esa noche (Últimamente poco, muy poco) o lo cansada que esté. A veces, incluso se ha llevado un coscorrón o una torta en el culo por reincidir tozudamente en su mal comportamiento (dar patadas a algo, tirar con saña un juguete, pegar a su hermano...). En la tercera etapa siempre le digo que es un niño buenísimo, aunque a veces se porte mal, que le quiero muchísimo y siempre, aunque a veces no se lo parezca, que siempre voy a estar a su lado, aunque diga lo contrario, que él e Iván son lo más importante en mi vida... El peque se queda tan contento y acaba jugando tan tranquilo, mientras su madre sigue con el corazón encogido y la duda royéndole las entrañas.
¿Le trato bien? ¿Estaré restándole seguridad en si mismo con mis ataques de nervios? ¿Me habré pasado con la bronca? ¿Me está tomando el pelo? ¿Realmente las perretas son un medio para conseguir más atención de la que ya le presto? ¿Tendré yo la sensación de que le presto muchísima atención, pero que no sea esa la realidad? ¿De verdad, estas comeduras de cabeza me llevan a algún lado? (Esto lo pienso cuando le veo tan tranquilo con una sonrisa en la boca y jugando como si antes no se hubiera caído el cielo sobre nosotros).
En realidad, muchas veces llego a la conclusión de que sí que le presto mucha atención, sí que le doy muchísimo amor y cariño, pero los niños siempre piden más y más y más... Y hay un límite para todo. No puedo convertirme en la esclava de mi hijo. De hecho, tengo comprobado que cuanto más cariñosa me muestro con él y más le consiento peores me las monta. Puedo estar una tarde con actividades divertidas, besándole y abrazándole, y dándole su adorado chocolate, que no me libro de la perreta de turno.
Lo único que se me ocurre es tratarle aún con más cariño (no me cuesta nada porque me encanta achuchar a mis hijos), pero cuando hay que reñir, hay que reñir por muy trágico que se ponga el niño...
Mi método a seguir suele ser el mismo con pequeñas variantes según tenga el día: primero le intento explicar la situación. Evidentemente, ni me escucha y sigue a lo suyo. Después le ignoro un rato. A veces más, otras menos tiempo, pero siempre me parece demasiado cuando por fin acudo a su lado. Finalmente lo abrazo muy fuerte y le hablo con cariño mientras le beso. No se le va el baile de san vito a la primera y, es probable, que yo acabe recibiendo algún manotazo o patada antes de que empiece a calmarse. Cuando se calma, me pide que siga abrazándolo, meciéndolo y dándole mimos un buen rato. Así estamos hasta que logro convencerle para que juegue a algo o para leerle un cuento. A veces no es fácil estar así mucho tiempo porque Iván también quiere su parte de atención y protesta enérgicamente.
Lo normal es que en la primer etapa pierda los nervios acabe diciendo cosas de las que luego me arrepiento como que no le aguanto, que siempre se porta mal (aunque normalmente añado la coletilla de "Bueno, no siempre, pero ahora sí"), que cualquier día cojo la puerta y me voy... Todo depende de lo que haya dormido esa noche (Últimamente poco, muy poco) o lo cansada que esté. A veces, incluso se ha llevado un coscorrón o una torta en el culo por reincidir tozudamente en su mal comportamiento (dar patadas a algo, tirar con saña un juguete, pegar a su hermano...). En la tercera etapa siempre le digo que es un niño buenísimo, aunque a veces se porte mal, que le quiero muchísimo y siempre, aunque a veces no se lo parezca, que siempre voy a estar a su lado, aunque diga lo contrario, que él e Iván son lo más importante en mi vida... El peque se queda tan contento y acaba jugando tan tranquilo, mientras su madre sigue con el corazón encogido y la duda royéndole las entrañas.
¿Le trato bien? ¿Estaré restándole seguridad en si mismo con mis ataques de nervios? ¿Me habré pasado con la bronca? ¿Me está tomando el pelo? ¿Realmente las perretas son un medio para conseguir más atención de la que ya le presto? ¿Tendré yo la sensación de que le presto muchísima atención, pero que no sea esa la realidad? ¿De verdad, estas comeduras de cabeza me llevan a algún lado? (Esto lo pienso cuando le veo tan tranquilo con una sonrisa en la boca y jugando como si antes no se hubiera caído el cielo sobre nosotros).
En realidad, muchas veces llego a la conclusión de que sí que le presto mucha atención, sí que le doy muchísimo amor y cariño, pero los niños siempre piden más y más y más... Y hay un límite para todo. No puedo convertirme en la esclava de mi hijo. De hecho, tengo comprobado que cuanto más cariñosa me muestro con él y más le consiento peores me las monta. Puedo estar una tarde con actividades divertidas, besándole y abrazándole, y dándole su adorado chocolate, que no me libro de la perreta de turno.
Lo único que se me ocurre es tratarle aún con más cariño (no me cuesta nada porque me encanta achuchar a mis hijos), pero cuando hay que reñir, hay que reñir por muy trágico que se ponga el niño...
domingo, 17 de marzo de 2013
La silla de la discordia
El viernes pasado las chicas de los portales (y del estudio de arquitectura) se pusieron de acuerdo para dar una despedida a mi madre. Yoli trajo unas galletas caseras que le habían regalado, yo el café y el resto su alegría. Y nos juntamos en la puerta del estudio, como siempre, a darle a la lengua.
Iván hizo todo lo posible por aguarnos la fiesta porque tenía un día malísimo. En cuanto le llevábamos la contraria por lo que fuera lloraba y lloraba enrabietado. Cristina, la conserje de otro portal, quiso darle una alegría al bebé y le sacó una sillita monísima de su tamaño para que se sentara. me comentó que se la habían dado para que la tirara, pero que ella había pensado en mis peques. Iván no le hizo mucho caso. Se sentó un poco, pero enseguida se levantó. Al que le iba a encantar iba a ser a Daniel. En breve me tocaba ir a buscarle al cole porque venía de Natación a las seis de la tarde.
No me equivoqué. En cuanto Daniel la vio se sentó tan a gustito a comer sus galletas. Y ahí empezó el problema. Como no podía ser de otra manera, la silla cobró una repentino e inusitado valor para su hermano pequeño que se agarró a ella como una lapa. El mayor se hizo fuerte en su asiento. Y yo agarré al bebé y le obligué a soltar su preciado tesoro. las allí presentes intentaron convencer a Daniel para que le cediera la sillita al chiquitín, pero yo me negué en redondo porque no me parecía justo. El mayor había acogido el regalo con gran alegría y lo estaba disfrutando. El pequeño le había hecho poco caso hasta que había llegado su hermano.
Iván se puso a berrear como un loco y no quedó otra que subirnos a casa con la cafetera, los niños, la sillita, el carrito... Menos mal que las chicas nos ayudaron a llegar a la puerta.
Una vez en casa hubo otra pelea porque le había puesto los cantajuegos al bebé para que se tranquilizara y Daniel quería los Super Hero Squad. Me llevé al mayor al ordenador y le puse los capítulos de You Tube, con lo que se quedó contentísimo. Cuando volví al salón para seguir atendiendo al pequeñajo me lo encontré sentado en la sillita tan a gusto. Disfrutando del chupete y los Cantajuegos con una expresión de triunfo en la cara y bien agarrado a los reposabrazos. Por si acaso.
Iván hizo todo lo posible por aguarnos la fiesta porque tenía un día malísimo. En cuanto le llevábamos la contraria por lo que fuera lloraba y lloraba enrabietado. Cristina, la conserje de otro portal, quiso darle una alegría al bebé y le sacó una sillita monísima de su tamaño para que se sentara. me comentó que se la habían dado para que la tirara, pero que ella había pensado en mis peques. Iván no le hizo mucho caso. Se sentó un poco, pero enseguida se levantó. Al que le iba a encantar iba a ser a Daniel. En breve me tocaba ir a buscarle al cole porque venía de Natación a las seis de la tarde.
No me equivoqué. En cuanto Daniel la vio se sentó tan a gustito a comer sus galletas. Y ahí empezó el problema. Como no podía ser de otra manera, la silla cobró una repentino e inusitado valor para su hermano pequeño que se agarró a ella como una lapa. El mayor se hizo fuerte en su asiento. Y yo agarré al bebé y le obligué a soltar su preciado tesoro. las allí presentes intentaron convencer a Daniel para que le cediera la sillita al chiquitín, pero yo me negué en redondo porque no me parecía justo. El mayor había acogido el regalo con gran alegría y lo estaba disfrutando. El pequeño le había hecho poco caso hasta que había llegado su hermano.
Iván se puso a berrear como un loco y no quedó otra que subirnos a casa con la cafetera, los niños, la sillita, el carrito... Menos mal que las chicas nos ayudaron a llegar a la puerta.
Una vez en casa hubo otra pelea porque le había puesto los cantajuegos al bebé para que se tranquilizara y Daniel quería los Super Hero Squad. Me llevé al mayor al ordenador y le puse los capítulos de You Tube, con lo que se quedó contentísimo. Cuando volví al salón para seguir atendiendo al pequeñajo me lo encontré sentado en la sillita tan a gusto. Disfrutando del chupete y los Cantajuegos con una expresión de triunfo en la cara y bien agarrado a los reposabrazos. Por si acaso.
viernes, 7 de diciembre de 2012
La gran perreta
El otro día Daniel se cogió una perreta increíble. Hacía mucho que no lo veía así. Todo empezó porque nos pidió macarrones con tomate para comer con su voz más dulce. Pero papá y mamá tenían otros planes. Siempre cocinamos, pero ese día, justo ese día, habíamos visto una oferta de paella para tres personas por doce euros en la puerta de un restaurante y, atacados por una pereza extraordinaria a meternos en la cocina, encargamos una. Así que había paella.
No hubo manera de hacérselo entender. Se tiró por lo suelos, llorando a gritos, clamando por sus macarrones, ante la mirada atónita de los dos progenitores. Como ni nos escuchaba decidimos dejar que diera rienda suelta a su furia sin intervenir. Sólo vigilábamos para que no se hiciera daño.
Papá le invitó a ir con él para recoger el pedido, pero se negó berreando. Cuando el padre se hubo ido decidió que sí quería ir y enlazó una perreta con otra.
Cuando Raúl llegó con la comida y dispusimos la mesa se le metió en la cabeza que no iba a probar el arroz, así se acabara el mundo. Le dijimos que hiciera lo que quisiera, pero que se tenía que sentar la mesa aunque no comiera. Accedió a regañadientes.
Mientras nos servíamos comentábamos lo rico que estaba el pollo gigante o el arroz que papá había recogido en las montañas heladas donde vivían los osos polares. De vez en cuando le preguntábamos al peque si quería probarlo y él contestaba que no. Al final no se pudo resistir a la magia de los cuentos y acabó pidiendo su ración de paella.
"¡Que rico el pollo gigante! Mami, ¿me cuentas lo de los osos?" decía mientras masticaba con ganas su ración.
Menos mal que conseguimos convencerlo para que comiera. Incluso repitió. Y luego a dormir su siestita. Creo que era lo que estaba necesitando. Seguro que se puso así de rabioso porque estaba muy cansado.
Y, menos mal también, que Iván también estaba muy cansado y los gritos de su hermano no lograron despertarlo.
No hubo manera de hacérselo entender. Se tiró por lo suelos, llorando a gritos, clamando por sus macarrones, ante la mirada atónita de los dos progenitores. Como ni nos escuchaba decidimos dejar que diera rienda suelta a su furia sin intervenir. Sólo vigilábamos para que no se hiciera daño.
Papá le invitó a ir con él para recoger el pedido, pero se negó berreando. Cuando el padre se hubo ido decidió que sí quería ir y enlazó una perreta con otra.
Cuando Raúl llegó con la comida y dispusimos la mesa se le metió en la cabeza que no iba a probar el arroz, así se acabara el mundo. Le dijimos que hiciera lo que quisiera, pero que se tenía que sentar la mesa aunque no comiera. Accedió a regañadientes.
Mientras nos servíamos comentábamos lo rico que estaba el pollo gigante o el arroz que papá había recogido en las montañas heladas donde vivían los osos polares. De vez en cuando le preguntábamos al peque si quería probarlo y él contestaba que no. Al final no se pudo resistir a la magia de los cuentos y acabó pidiendo su ración de paella.
"¡Que rico el pollo gigante! Mami, ¿me cuentas lo de los osos?" decía mientras masticaba con ganas su ración.
Menos mal que conseguimos convencerlo para que comiera. Incluso repitió. Y luego a dormir su siestita. Creo que era lo que estaba necesitando. Seguro que se puso así de rabioso porque estaba muy cansado.
Y, menos mal también, que Iván también estaba muy cansado y los gritos de su hermano no lograron despertarlo.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Queda inaugurada la edad de las perretas
Ahora sí que han empezado a darle perretas de verdad. Lo de antes eran simples enfaditos. Pero el otro día se desató toda la fuerza de Daniel. Gritaba, lloraba, pataleaba, se convulsionaba... ¿Yo ya no sqabía que hacer! Encima le dió el ataque en casa de mi suegra. Ya podía haber sido en la intimidad.
Le cogía, le hablaba cariñosamente, le alcanzaba el chupete... y el me lo tiraba a la cara y seguía revolviéndose como una venado. ¡Si ni siquiera podía sujetarle! Empezaba a preocuparme de verdad. ¿Le dolería algo al pequeñajo? ¡Qué le pasaba que no encontraba consuelo en nada! Finalmente, mi suegra me sugirió que me lo bajara al jardín de la zona común de su edificio. A lo mejor así se calmaba. Dicho y hecho. Fue salir por la puerta y sdufrir el enano una transformación mágica. Ni gritaba, ni lloraba, ni se convulsionaba, ¡incluso sonreía!
Se recorrió la zona con gran alegría. Yo notaba como crecía en mi interior un sentimiento de "Este niño me está tomando el pelo" muy frustrante, pero si hasta hace un momento parecía que lo estaban matando y yo lo había pasado fatal angustiadísima por ese pequeñajo que ahora brincaba tranquilamente y se agachaba a arrancar el cesped con sus manitas.
Cuando consideré que ya llevábamos suficiente tiempo pasando frío le cogí en brazos para subir de nuevo. Y volvió la perreta. Lo metí en el ascensor como pude y luego en casa de mi suegra a trompicones. La pobre se preocupó un poco por el pequeño, pero estaba deacuerdo conmigo en que lo que tenía era tontería. Así que lo dejamos en el suelo y no le hicimos caso hasta que se cansó de patalear.
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