sábado, 28 de marzo de 2015

Iván, el pequeño chef

Una noche que iba a hacer pasta, Raúl me sugirió que la hiciera en la thermomix y así los niños podían intervenir, porque es mucho más seguro. Me pareció una gran idea y pedí voluntarios para que me ayudaran a cocinar. Cual fue mi sorpresa cuando sólo acudió el más pequeño de la familia al grito de "¡Yoooooooo!" y pegando brincos muy emocionado. De Daniel ni rastro.

Fui a buscarlo porque pensé que no me había oído. Me lo encontré repatingado delante de la tele muy tranquilito. Le repetí el ofrecimiento y me contestó que hoy estaba muy cansado y que prefería seguir con lo que estaba haciendo. Me pareció muy razonable y me metí en la cocina con un Iván deseoso de empezar a manejar ingredientes.

Con mis indicaciones y un poco de ayuda, el peque fue echando lo ingredientes en el momento justo, pesándolos, ajustando el reloj, poniendo en marcha el robot de cocina sin apartar la vista de la pantallita durante los minutos de espera. Me sorprendió que aguantara tanto mirando los segundos pasar digitalmente. De vez en cuando le preguntaba "¿Cuanto falta?" y él me decía el primer número que se le pasaba por la cabeza tan feliz.

A la media hora más o menos ya teníamos los macarrones perfectamente hechos, listos para gratinar con el queso que nos regaló Arla.

Estaban buenísimos. Al final Daniel se arrepintió de no haber participado y cenó con un poco de morros, pero tiene que entender que fue él quien no quiso unirse a nuestra fiesta culinario y no nosotros los que no le dejamos. De repente empezó a decir que él también había cocinado los macarrones. Le reñí suavemente por mentir y le aseguré que la próxima vez volvería a invitarles a la cocina para que me ayudaran. No se quedó muy conforme, pero devoró el plato con gusto e incluso repitió.

jueves, 26 de marzo de 2015

Las notas, una cuestión de actitud

Cuando llegué del curso esa noche, Raúl me esperaba con las notas e los niños en las manos y moviendo la cabeza en un gestos de desaprobación. "Ya les he echado una charlita me aseguró" muy serio. Cogí los boletines temiéndome lo peor... Y a lo mejor por eso no me pareció tan malo lo que vi. La parte que se refería a conocimientos adquiridos estaba fenomenal. Lo que se torcían era las cuestiones de actitud: "No presta atención, no obedece, se despista con facilidad...". Al fin y al cabo nada nuevo bajo el sol.

Las fichas las vi bastante bien, con algunas excepciones, pero... Si nosotros tenemos días torcidos, ellos también los tienen. Lo raro es que lo tuvieran todo perfecto. En Daniel he notado que el inglés se le resiste bastante, en cambio la música se le da de miedo. De todas formas, la charlita de papá no les habrá venido mal.

Al día siguiente, el mayor me despertó a las seis y medio con toda la ilusión del mundo por enseñarme las notas. Como había tenido muy mala noche, seguramente inquieto porque no había podido enseñármelas la tarde anterior, le convencí para que se tumbara conmigo un ratito y darnos más margen de descanso a los dos. Se quedó frito al segundo. Una pena que el pequeño me llamara desde su camita media hora después, deseoso de enseñarme sus fichas.

Me senté con los dos y volví a pasar las páginas de los cuadernos fingiendo que lo hacía por primera vez, sorprendiéndome y maravillándome con sus logros. Los chiquillos estaban felices. "Mira que montón de caritas sonrientes", exclamaban refieriéndose al sistema de evaluación de las profesoras. Si lo hacen bien les dibujan caritas o les ponen un sello y si lo hacen mal escriben comentarios. Cuando terminamos de repasar las fichas, empecé yo con mi charlita que se centró en dos puntos: "Os felicito porque las fichas están estupendamente. Sólo os pido que en las próximas notas la X de que atendéis y sois obedientes esté en conseguido en vez de "En progreso". Se quedaron muy conformes y me aseguraron que esa X la iban a cambiar de sitio sin problemas. Ya lo veremos dentro de tres meses. Por lo menos se les ve comprometidos con la causa.

miércoles, 25 de marzo de 2015

De Museos y de El Cid Campeador

El sábado me subí al autobús cuando el sol empezaba a asomar por el horizonte y puse rumbo a Lerma para reunirme con mis hombrecitos. Estaba deseando achucharles.

Cuando llegué fueron ellos los que me achucharon a mí. Los peques se me pegaron como lapas y me hablaron a la vez, cada uno en una oreja, como suele ser su costumbre. No me enteraba de nada, así que de vez en cuando intercalaba frases del estilo "Ah ¿Si?" "¿Eso pasó?" y "¡No me digas!" entre tanto galimatías.

Después de tan efusiva bienvenida nos montamos los cuatro en el coche y nos plantamos en el Museo de la Evolución Humana de Burgos que tanto les gusta. Y no es de extrañar. Porque en este espacio divulgativo todo se puede tocar, excepto los fósiles de Atapuerca, que son de verdad y saldrían damnificados con tanto sobeteo infantil. Saludamos a nuestros ya conocidos craneo Miguelón, mano X y Elvis la pelvis, que tanto fascinan a mi hijo mayor y comenzamos el recorrido siguiendo un mapa de pistas que nos dieron en taquillas y que son ideales para que los más peques se lo pasen bomba buscando las pistas y respondiendo a las preguntas que les van planteando.

El barco, la película envolvente sobre el fuego, el círculo de cavernícolas y simios... Son elementos que siempre triunfan con nuestros fierecillas. El cerebro gigante le dio mucho miedo a Iván, que se negó a entrar para ver las conexiones nerviosas parpadeantes. Se conformó con admirarlo desde fuera y observar los diagramas expuestos con curiosidad.

Otro acierto son las pantallas con juegos interactivos que encontramos en diferentes puntos de las salas. Nos costaba horrores seguir con el recorrido cuando los chiquillos se topaban con estos juegos digitales. Echamos toda la mañana en el Museo y luego buscamos un lugar para comer. Entramos a un restaurante de menú del día que nos sorprendió por la calidad y cantidad de sus platos. Nos fuimos de allí con unos cuantos kilos más. por el camino les presentamos a los chiquillos al Cid Campeador y su majestuosa estatua a caballo. A los dos les impresionó mucho esta figura histórica y nos pidieron que les contáramos más. Brevemente les relaté la leyenda de cómo ganó su última batalla depués de muerto.

 "Ese señor era un guerrero que ganaba todas las batallas... Hasta que una flecha se le clavó en el corazón y prrrtz, se murió. Entonces sus amigos le pusieron palos en la espalda para mantenerlo en pie en la torre del castillo. Cuando los enemigos lo vieron salieron huyendo asustadísimos. Así ganó su última batalla". Me hicieron repetir la historia miles de veces mientras recorríamos las salas del Museo de Burgos (entrabas gratis si presentabas la entrada del Museo de la Evolución Humana y aprovechamos).

En una de las salas encontramos a La Tizona, la espada del Cid, y en otra, una reproducción de la estatua ecuestre de tan ilustre personaje. El mal rato lo pasé con algunas pinturas sobre mártires cristianos que, como no podía ser de otro modo, llamaron poderosamente la atención de mis retoños y mostraban escenas sumamente desagradables. "Mamí, ¿que le pasa a ese señor?" me preguntaba con ojitos inocentes, "Que le están haciendo cosquillitas y masajitos" contestaba yo en un tono mas bien inseguro, mientras los arrastraba a la velocidad de la luz a la sala contigua.

Entre que hacía un frío que pelaba y los niños y yo ya acusábamos un agudo cansancio, el padre de familia decidió dar por terminada la excursión y meter a toda la familia en el coche con la calefacción a tope.

Una vez acomodados y en vista del entusiasmo infantil por el guerrero burgalés, se me ocurrió buscar en el móvil la canción de "Ruy, pequeño Cid", unos dibujos animados que me encantaba de pequeña. ¡Cómo se me ocurrió! Daniel ya no paró de insistir durante el resto del fin de semana para que le pusiéramos los capítulos. Fue lo primero que hice en cuanto volvimos a casa. En dos días se ha visto casi diez. Y el lunes nos sorprendió volviendo del cole con un dibujo sobre el Cid y no de su eterno tema "Plantas contra zombies".

Va a haber que hablarle de más caballeros y reyes a ver si se olvida de monstruos y plantas guerreras.


lunes, 23 de marzo de 2015

Un día del padre sin la madre

Con lo que me gusta a mí cuando los peques vienen de su cole con sus regalitos para papá o para mamá, según el día, y este año me he perdido el de papá. Que rabia.

Resulta que papi se cogió el puente de San José y decidió llevarse a sus infantes al pueblo, que es donde mejor se lo pasan. ¿Y qué pasó con mamá? Que tenía que ir a su curso del SEPE y se quedó en tierra, suspirando pos sus hombres.

Raúl tuvo el detalle de mandarme unas fotos preciosas del momento entrega super extra tierno. Y yo con la lagrimita, porque me lo estaba perdiendo. Eso sí, dormí como si no hubiera mañana y dejé la casa como los chorros del oro. Que todo tiene su parte buena y su parte mala.

Este año, Daniel le ha regalado un marco con foto incluída de papá a punto de darle un abrazo y una poesía preciosa que se sabe de memoria y que me recitó cuando me reuní con ellos más adelante. Iván, por su parte, le ha regalado un cuadro con su retrato, muy parecido al que tenemos en el salón. O eso nos parece al padre y a mí. Aunque puede que sea una opinión muy subjetiva.  A mí me parece que pintan fenomenal los dos. También venía con poesía incluída, más corta que la del mayor, pero igual de bonita.

viernes, 20 de marzo de 2015

Ganadora de El Planeta Azul

¡¡Muchas felicidades Bea!! Espero que tus hijos lo pasen tan bien como los míos con este libro tan chulo.

Facilítame tu correo electrónico en cuanto puedas para que pueda ponerme en contacto contigo. Puedes escribirme si quieres a dacilm@yahoo.es.

jueves, 19 de marzo de 2015

Brochetas de fruta

Un día nos llegó una nota a casa de las profesoras de primero de infantil para que no les pusiéramos almuerzo a nuestros peques el día siguiente. Según el texto, se lo iban a hacer ellos mismos y sería sanísimo.

Cuando vi a Iván, me contó que ese día se había convertido en cocineros y que había hecho "bochetas de futa". Venía emocionado con su gorro de papel y su diploma de experto en brochetas frutales. Aunque confesó que se ganó una llamada de atención por comerse los ingredientes sin ser previamente ensartados

Me gusto tanto la idea que se me ocurrió hacerla en casa. Compré fresas, mandarinas, uvas, plátanos y peras. Me lié a pelar, trocear, sacar pipas... Hasta que pensé que estaba todo perfecto para que les tocara trabajar a los minichef.

Los dos estaban deseando echar mano a los palos y los trozos. Les tuve muy entretenidos. Incluso me pedían más y más fruta, pero viendo que el número de brochetas empezaba a ser superior a lo que podíamos comer entre cuatro, tuve que cortarles la diversión. Sobre todo, porque, como viene siendo costumbre en ellos, se habían zampado un montón de fruta entre que la ponían en los palos y que no.

Como era de esperar no pudieron con muchas brochetas porque ya iban bien servidos, así que papá y mamá se dieron festín muy saludable.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Sábado al sol en La Dehesa de la Villa

Antes de que llegara esta ola de frío que me está congelando hasta los huesos (no porque las temperaturas sean excesivamente bajas, sino porque me ha pillado ha traición), pudimos disfrutar de un sábado de parque muy divertido en la Dehesa de la Villa.

Los peques iban con ganas de columpios, pero al final encontraron muchos más aspectos divertidos en este parque. Para empezar encontraron un montón de almendras en el suelo que se empeñaron en recoger para cascar y devorar. Cuando por fin encontramos la piedra perfecta y el lugar de apoyo idea... ¡resulta que estaban amargas! Y tuvimos que tirarlas todas ¡Puaf!

Olvidado el asunto gastronómico, nos pusimos a jugar con un disco y con una pelotita que habíamos llevado. Estuvimos un buen rato corriendo de aquí para allá, pero Daniel dio por terminado el juego cuando vio que todo perrito que pasaba por allí se tiraba en plancha a por su pelotita e iba acabar engullida. Entonces, Iván propuso jugar al chocolate inglés. Supusimos que se estaba refiriendo al escondite inglés y acogimos la idea con entusiasmo. Aunque el mayor le discutió todo el rato el cambio de nombre. Los pasamos muy bien a pesar de las trampas que nos hacían este par de granujillas.

El mayor se cansó enseguida porque era el que más trampitas hacía y acababa la mayoría de las veces al final y de morros. Entonces se le ocurrió jugar con las piedras del suelo. Cuando me di cuenta había hecho una figura muy curiosa. "Es una rana", me aclaró muy contento. "Y ahora voy a hacer una pez", minutos después tenía un pececito de piedra a sus pies. me pareció un entretenimiento genial para una mañana de parque como aquella y me senté con él a seguir haciendo formas con lo que teníamos más a mano.

Mientras el resto de la familia habían cambiado de juego y el más peque se moría de la risa corriendo para escapar de su progenitor que le pisaba los talones con el modo cosquillas on.

Tras un corto paseo en busca de tesoros de la naturaleza, volvimos a casa para comer y descansar de la excursión.