martes, 16 de septiembre de 2014

El desayuno de los mayores

El cambio de guardería a cole de mayores es enorme y no quiero agobiar a Iván. Así que con él vamos poco a poco. La operación pañal, la vamos llevando como podemos, que es mal. Pero, supongo que en la clase se comportará un poco con ese tema. Al menos en la guardería lo llevaba mucho mejor que en casa.

Con el chupete tenemos grandes avances. ya sólo lo usa para dormir, aunque a veces lo pide y tengo que despistarle rápidamente con otra cosa para que se le olvide.

Lo que mejor llevamos es la desaparición del biberón. me pilló de sorpresa hasta a mí. Una mañana, me miró fijamente a los ojos y me dijo: "Yo quero como Danel". Esa oportunidad había que aprovecharla, así que le preparé un tazón idéntico al de su hermano y le puse los cereales delante. Se lo comió muy bien.

Esa misma tarde se le antojó una taza de desayuno que había de oferta en el supermercado. ¡Al carro! Ahora sí que no hay vuelta atrás. A Daniel le compré otra para que no se desconsolara. Así tienen tazón y taza a elegir según el acompañamiento.

Pasaron los días y seguíamos con los desayunos de mayores, pero sucedió lo inevitable. Una mañana, abrió los ojos y exclamó: "¡Quero bibi!"

Pero mamá los había tirado todos (estaban para el arrastre los pobres) y le contó al peque que en la tienda me habían dicho que él era demasiado mayor ya y que no me los vendían. Se tuvo que conformar y seguir desayunando como los niños mayores. y ya que estamos, merendando, que también le ponía biberón antes por las tardes.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Castigado, castigado, ¡¡¡castigado!!

Que mal les sienta el verano a estos dos chiquillos. Están asalvajados, desobedientes, desafiantes...
Ya les puedo decir veinte veces que no salten en el sofá, que en cuanto deje de mirarles van a volver a brincar como locos. Que me den la mano para cruzar, que se revolverán y me darán alguna sorpresa si no me ando con cuidado. Que no coman con las manos, que mastiquen con la boca cerrada, que no digan cosas desagradables... En fin, la lista es interminable.

Entiendo que con tantas normas se vuelvan locos, pero es que todo me parece básico. Sobre todo en el caso de Daniel, que ya casi tiene cinco añazos. Su mayor problema es que no tiene cuidado con nada, ni siquiera consigo mismo. Da igual las veces que le pida que se fije en lo que hace, que tenga cuidado... Él va brincando cual cabrita por el mundo y así se pega los porrazos que se da. Un día, incluso amaneció con un chichón bastante curioso. El me juró y perjuró que no se acuerda de haberse dado ningún golpe durante la noche.

Lo del pequeño me parece increíble. Es algo así como la cabezonería elevada a su grado máximo. Da igual que le digas que no haga algo. Él va a seguir haciéndolo aunque sea más despacio. Da igual que le castigues, le grites o le des un azote... Va a seguir erre que erre. Y si le impides llevar a cabo la actividad que le ocupa, la perreta es colosal.

Y no es que sean malos... Que no lo son. Al contrario. Son cariñosos, la mayor parte del tiempo; agradecidos; suelen compartir lo que tienen; intentan ayudar en la medida de sus posibilidades... Pero son muy muy muy desobedientes y muy muy muy teatreros. Hay que ver las historias que te cuentan para conseguir sus objetivos.

Con este panorama, vamos de castigo en castigo. Ya no sé con qué amenazarles, porque les da igual. ¡Sin tablet!¡Sin postre!¡Sin tele! Y como si oyen llover. Cuando vienen pidiendo lo que les he dicho que les iba a quitar si no se portaban bien y les explico por qué no se lo voy a dar, el mayor lloriquea un poco y el pequeño ni eso. Se limita a exclamar un sentido "vaaaaaale", que debe significar algo así como "Ya está mamá tocando las narices otra vez", que me pone negra.

Ni yo les voy a cambiar, ni ellos me van a cambiar a mí, así que así seguiremos. Aunque espero que la vuelta al cole les influya un poquito en el tema obediencia y tengamos alguna mejoría.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Una caries ¡¡¿ya?!!

Tantas chuches, tanto chocolate... ¡Tenía que pasar! Aunque no me lo esperaba tan pronto. Me fui ala revisión del dentista de Daniel y... ¡horror! Tiene una caries. A empastar. Desde que le dijeron que tenía un bichito malo taladrándole el diente, el peque no quiso ni probar nada dulce y se lavó los dientes todo lo que pudo. Terror le daba que el agujero se hiciera más grande y le doliera.

Tampoco le hacía gracia la perspectiva del empaste. La dueña de la clínica dental, le había prometido un gormiti de su hijo ya mayor y eso era lo único que le animaba. Al final a la pobre señora se le olvidó traérselo. No tendría cosas en la cabeza ni nada como para acordarse. Daniel no dijo nada, pero su cara reflejó tal decepción, que la chica se salió por la puerta y al rato volvía con dos cuadernos de colorear y dos cajas de ceras para los chiquitines. El mayor me confesó que le había puesto triste que no le trajera el Gormiti, pero que el cuaderno tampoco estaba mal.

Como la dentista y su asistente me comentaron que nunca habían tenido un paciente mejor que mi hijo, que su comportamiento había sido excelente... Y, la verdad, es que ni se le oyó al pobre, le compré un par de sobres de bichos feos de esos que le encantan.

Durante el camino de vuelta me contó que casi no le había dolido, pero que un poquito sí. ¡Mi chico es todo un valiente! Ahora se le ve muy concienciado con el tema de la higiene dental. Supongo que no le apetece nada pasar de nuevo por la silla del dentista. ¡A ver cuanto le dura!

sábado, 13 de septiembre de 2014

Manualidades veraniegas: fondo marino y marcapáginas

Este verano, hemos hechos algunas manualidades, aunque pocas. De las que hicimos en Las Palmas de Gran Canaria ya comenté el poco éxito que tuvieron. En un par de ocasiones en las que pisamos por casa (han sido unas vacaciones bastante movidas), el mayor me pidió hacer alguna actividad. Cuando podía la daba el gusto, pero siguiendo las indicaciones de su profesora, le daba los materiales, le explicaba en qué consistía e intentaba quitarme de en medio.

Cuando se sumaba Iván, tenía que estar más atenta, porque aún le veo muy pequeño para dejarle a su libre albedrío. La primera manualidad la saqué de internet, pero ahora no recuerdo donde la vi. Que desastre. Ha pasado tanto tiempo... Me encantó y me puse manos a la obra. Teníamos que hacer un fondo marino con conchas y los materiales que se nos ocurrieran. Yo sugería hacer plantas de algas o coral con pompones y peces con cartón pintado con tizas. Las conchas las pintamos con rotuladores. tengo sus creaciones como adornos en mi salón.

La segunda idea se me ocurrió desmontando una caja de cereales para apuntar un código promocional. Los cartones laterales me parecieron ideales para hacer unos marcapáginas improvisados de sus personajes favoritos del momento: Plantas contra zombis. Por una lado les dibujé un simpático zombi y por otra una planta guerrera. Les di pinturas para que les dieran color, pero no les entusiasmó mucho la idea, así que cambié de táctica y les facilité purpurina en gel. ¡Siempre triunfa!

Al menos en esta ocasión pusieron más interés y Daniel acabó sus creaciones. Iván, como siempre, se cansó antes de hacer manualidades que su hermano.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Experimento con gérmenes

Estando en Las Palmas, vi en el coche de mi hermana pastillas para hacer pruebas de gérmenes. Ella es veterinaria, pero no cura animales. Se dedica a inspecciones de sanidad en establecimientos y restaurantes. Sin pensármelo dos veces le pedí una par de ellas. Me dijo que estaban caducadas y no servían para hacer el análisis de calidad, a mí sí me iban a servir para mi propósito.

La idea era concienciar a los chiquillos de la porquería que tienen siempre en las manos para que dejen de protestar cada vez que les mando al lavabo a lavárselas.

Un día, que estaban aburridillos, les pedí que cada uno estampara sus mugrientas huellas en la pastilla. Daniel lo hizo a la perfección, pero Iván se pasó un poco y se la cargó. De todas formas, devolví las dos pastillas a sus recipientes y las dejé en un rincón de la casa fuera de su alcance.

Estuvieron todo el día preguntándome por el experimento, pero yo les decía que tenían que tener paciencia. Al día siguiente, ya nos habíamos olvidado de las pastillas. No me acordé hasta una semana. Cuando las recuperé, allí había toda una fiesta de gérmenes y a saber que más. Quedaron bastante impresionados.

A Iván ya se le ha olvidado, pero Daniel muchas veces lo nombra cuando le pido que se lave las manos.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Y el segundo día... estalló

La profe de Iván ya ha tenido su primer encuentro con el fuerte carácter del chiquillo.

En su segundo día, nos paraba de decir que quería ir a su clase, botaba de contento cuando estábamos de camino, se alegró mucho de encontrarse con sus amigos, peeeeero... en cuando cruzó el umbral del pequeño patio de infantil... Se desató la tragedia. Se puso como un loco, gritando, pataleando, palmoteando, soltando unos lagrimones que ríete tú del cocodrilo. Yo opté por esconderme detrás del muro para que no me viera y se pusiera peor. La chica que lo cogió con todo su amor y que estaba recibiendo toda la furia de su perreta, encima se equivocó de clase.

Según la profesora, eso incrementó la rabia del pequeñín. "¡Qué fuerza tiene!" me aseguraba una hora después, cuando volvimos a por ellos "Le dejé que se desahogara porque creo que a los niños hay que dejar que saquen fuera toda su frustración libremente". ¡Genial! Piensa exactamente como yo. Que rabia me da cuando exploto y alguien me dice "Tranquila". Si yo no quiero estar tranquila, lo que quiero es echar fuera lo que me corroe. Y luego, ya estaré tranquila.

Por una vez estuve encantada con el horario de adaptación, porque me fui con un nudo en la garganta. Su maestra me contó que estuvo unos veinte minutos rabiando, No me extraña nada con lo cabezón que es, y que, transcurrido ese tiempo, ella se puso a contarles un cuento y ya se le pasó. Con lo que le gustan a él los cuentos, no se iba a perder ese.

Cuando corrió a mis brazos, le pregunté que tal y me contestó con una sonrisa y un sonoro: "¡Bien!"

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sobrevivir a la semana de adaptación

Se acabó lo bueno y comienzan las clases. Aunque todo depende de cómo se mire porque mis dos hombrecitos daban saltos de alegría por volver a entrar al cole. Cada uno por motivos diferentes. Daniel estaba deseando volver a ver a sus amigos. Iván quería echar mano de una vez a todos esos juguetes nuevos que le había dicho que habrían en la nueva clase.

El peque estaba un poco fastidiado porque no le hacía gracia pasar de tener su propio cole a tener uno compartido con su hermano, pero cuando vio que cada uno iba a un edificio diferente se le iluminaron los ojos. "Mi cole es mejor que el de Danel" me aseguró muy serio.

La gymakana vuelta al cole empezó a las nueve, hora de entrada de Daniel. Allá que fuimos los tres para ver las relucientes sonrisas de todos los niños. No vi ni uno con mala cara o angustiado por el fin de sus vacaciones. Buena señal. Yo también me reencontré con algunas madres que hacía tiempo que no veía y me apetecía volver a ver.

Cuando acabamos con la entrega de alumnos, volví a casa con el pequeño que iba cargando con su mochila a todos los lados porque no quería ni oir hablar de quitársela de la espalda. Después de una visita al baño y que jugara un ratito, le preparé para ir al cole de nuevo a las diez.

Entró pegando brincos y muy ilusionado. No sólo iba a jugar con juguetes nuevos, además se había encontrado con dos compañeros de guardería y un amigo del parque. No podía estar mejor acompañado.

Me di una vuelta con las amigas compañeras de guardería, pero pronto nos dieron los 45 minutos que tocaban ese día para los alumnos que comenzaban primero de infantil. Lo de la semana de adaptación es matadora.

Corrimos a por nuestros peques y los llevamos a un parque con cafetería al lado. Somos muy listas jejeje. Allí se nos unieron más amigas. Al final, casi me da la hora de recoger al mayor en tan buena compañía. Los peques lo pasaron genial con sus amiguitos y comiendo las patatas que nos pusieron para ellos.

Cuando fui a recoger a Daniel, Iván ya acusaba el cansancio y empezó a portarse fatal. Se iba corriendo de mi lado, cuando yo tenía que estar atenta para recoger al mayor, se tiraba al suelo cuando tocaba andar, berreaba sin parar... Un horror. Acabamos muy enfadados los dos.

Daniel mientras tanto me contaba su día. Por lo poco que le entendí, ya que tenía al otro llorando como un energúmeno en la otra mano, se lo pasó genial haciendo experimentos con ruedas dentadas, jugando al dominó, al ajedrez y escuchando un cuento sobre un mentiroso.

Iván, antes de caer en el lado oscuro, llegó a contarme que jugó mucho, sobre todo con las construcciones, y que les tiró las suyas a sus compañeros. ¡Mal empezamos! A ver si va a ser el macarra de la clase. Aunque creo que eso de romper la construcción del niño de al lado debió ser algo generalizado.

En definitiva, el primer día no ha estado mal. Quitando la perreta del pequeño, que estaba bastante justificada por la paliza que le he dado de idas y venidas.