jueves, 21 de agosto de 2014

Daniel se revisa la vista

Aprovechando que íbamos a saludar a mi primo a su óptica, Opticalia Maestre, como casi siempre que vamos por Elda, se nos ocurrió pedirle que le revisara la vista al mayor de mis vastagos. Últimamente se pega demasiado a la tele y, con dos padres miopes, nos temíamos lo peor. Pero mi primo nos tranquilizó al instante. Le hizo una revisión muy completa y nos aseguró que ni miopía, ni ojo vago, pero que, evidentemente, si dejábamos que se peque mucho a la tele, tablet, libros, ordenadores, etc, acabará teniendo miopía.

Nos aseguró que mis retoños no tenían la miopía asegurada, a pesar de sus cegatos progenitores, pero que nuestros nietos probablemente sí. Bueno, ya nos preocuparemos de eso cuando llegue el momento. Paso a paso.

El chiquillo se lo pasó genial en su revisión, e incluso se acordó de aquella revisión del dentista que tuvo y me preguntó cuando era su siguiente cita. Se ve que no tuvo bastante. Cuando se bajó del sillón le faltó tiempo a su hermano ocupar su lugar, pero Iván es demasiado pequeño aún para estas revisiones y lo hicimos bajar después de que probara por un minuto probar las extrañas gafas que tanto le fascinaban.

miércoles, 20 de agosto de 2014

La piscina de la tía Mabel

Mis hijos se han enamorado de la piscina de su tía Mabel. Cada vez que les decíamos de ir a la playa o de excursión el más pequeño saltaba con un: "Noooooo. Yo quiero pitina de Mabeeeeel". Aunque luego se conformaba, porque igual se lo pasaba bien.

Creo que para Daniel lo mejor era acercarse a su tía y pedirle deliciosas patatas. ¡Nunca le decía que no! Aunque a veces estaba al padre cerca para fastidiarle la jugada y que no se le quitara el apetito a la hora de comer.

Iván en cambio no se cansaba de flotar a gusto con los manguitos. Perdonaba hasta las deliciosas patatas.

A veces teníamos que sacarlos a rastras porque se nos hacía tarde, o se levantaba ya el fresquito de la noche.

Desde luego, podemos decir que hemos pasado un verano a remojo.

El campo de los abuelos

Y tras el breve descanso en Madrid nos pusimos en marcha para visitar mi pueblo natal, Elda. Allí ocupamos la casa de campo de mis abuelos para gran alegría de mis retoños. En esa casa veraneábamos mis hermano y yo de pequeños, pero ahora las cosas han cambiado muchísimo. Para empezar ya no es terreno rural, sino urbanizado, el inmenso jardín es mucho más pequeño y está rodeado de adosados. Hace años los límites los marcaba una reja de espino muy fácil de esquivar juntando dos alambres. Ahora un gran muro de ladrillos rodea el jardín.

Recuerdo cuando nos íbamos con mis primos a explorar los campos vecinos, que estaban asalvajados, mientras mis padres disfrutaban de la sombra de los pinos. Eran otros tiempos. A día de hoy no les quito el ojo de encima a mis peques ni loca y estoy encantada con el muro que no les permite escaparse a sus anchas.

Los chiquillos estaban entusiasmados con la casa y no era para menos. Les hicimos un apartamento con piscina en el patio con una tienda de campaña y una piscinita de plástico que les tuvo muy entretenidos. Pero lo que de verdad les gustaba era dar vueltas por el jardín explorándolo. Sobre todo por las noches. Las dos últimas noches nos hartamos de dar vueltas a la casa mientras los niños saltaban de un lugar a otro.

Una noche llovió muchísimo y tuvimos la oportunidad de salir en busca de caracoles. Lo pasamos muy bien. Cogimos unos cuantos y luego los volvimos a soltar en una lugar con mucho verde.

Otra fuente de diversión era llenar cubos de agua y salir a disparar con sus pistolas de agua a los que se les ocurriera. Para lo poco que hemos parado mientras estuvimos en el pueblo han disfrutado de la casa de campo a tope.






sábado, 16 de agosto de 2014

El día más tranquilo de la vida de Daniel y tres aguijonazos

El domingo, en Madrid, mi niño mayor me confesó que ese era el día más tranquilo de su vida. Lo cierto es que necesitaba recoger y limpiar por lo que no salimos hasta por lo menos las siete de la tarde. Además, estábamos agotados porque el día anterior lo habíamos pasado enterito en la piscina del polideportivo. En casa, también hicimos bien poco, porque yo estaba muy liada con las labores del hogar. El peque incluso aseguró durante un minuto que se aburría, pero se buscó la vida y no le duró mucho el estado de ánimo.

Cuando parecía que el calor apretaba menos salimos al parque para que nos diera el aire. Nos tomamos un helado que había traído y se dispusieron a jugar, aunque se notaba que les había hecho poco caso, porque no se separaban de mí ni a sol ni a sombra.

Hasta que apareció uno de esos perros grandes de pelo largo y dorado que los fascinó. Encima los dueños eran la mar de majos y les invitaron a que acariciaran al can a su gusto.

En esas estábamos cuando tres avispas con mala leche atacaron al más pequeño de mi prole haciéndole proferir un grito desgarrador, tras el grito empezó a salirle un torrente de sangre de la nariz angustiada intenté cortarle la hemorragia con toallitas, mientras averiguaba a duras penas dónde le había picado. Todo el parque se volcó en atender al chiquillo. La dueña del perrito incluso me acompañó hasta la farmacia 12 horas más cercana cargando con mis bolsas de pañales, juguetes, agua y todo lo necesario para salidas con los niños. Tenía dos sarpullidos en el brazo y otro en el moflete.

En la farmacia se asustaron bastante al ver a una mujer y a un niños tan manchados de sangre, pero tras unas breves explicaciones se hicieron cargo del asunto. Mientras una de las dependientas me daba la crema adecuada para tratar las picaduras, Daniel se camelaba a la otra para que le diera una chuche. Y vaya si lo consiguió: una piruleta para él y otra para el hermano, que ya estaba bastante más calmado. Decía que ya no le dolía. ¡Menos mal! Aún así le pringué de crema allí mismo. La farmacéutica me recomendó que le quitara el exceso de crema porque tenía cortisona y no hay que abusar. Me dio una toallita y arreglé el desaguisado. Incluso le había puesto un pegotón en el brazo en el que no le había picado por los nervios que me había cogido. La chica también me explicó que la sangre de la nariz podía deberse a que al gritar de dolor, los peques se congestionan y se les puede romper alguna venita de la nariz, sobre todo si hace calor. Me dejó más tranquila.

Los niños les dieron las gracias a las farmacéuticas por sus piruletas y se fueron de allí tan felices. A Iván parecía que se le habían pasado todos los males hasta que se tropezó y se cayó. Entonces volvió a llorar desconsolado.

Le cogí en brazos y me despedí de la buena señora que nos había acompañado hasta la farmacia. ¡Qué simpática es la gente!

Una vez en casa metía a los dos chiquillos de cabeza a la bañera. Entre la arena, la sangre y el pringue de la piruleta estaban para meterlos en la lavadora directamente.

jueves, 14 de agosto de 2014

Sorpresas en el viaje de vuelta a Madrid

La primera sorpresa que nos llevamos en el vuelo Las Palmas de Gran Canaria Madrid, fue cuando el piloto oyó a Daniel pedir una galleta al azafato y le llamó para que entrara en la cabina. Ni corta ni perezosa empujé a Iván tras él para que no se quedara sin vivir la experiencia. Como les acompañaba su padre, ya me pareció multitud entrar yo también y les esperé metida en el pasillito de una asiento de primera para dejar pasar.

Debió de ser una experiencia emocionante para ellos porque, según me contó Iván primero y Raúl después, el piloto invitó a mis pequeños a tocar todos los botones que quisieran. ¡Qué miedo! Y claro, lo disfrutaron a tope.

La segunda sorpresa fue que el padre se presentó voluntario para sentarse entre las dos fieras mientras yo ocupaba el asiento separado por el pasillo. Es el viaje más tranquilo que he realizado en años. Y eso que estaba muy atenta para echar una mano cuando me necesitasen y reñir a los niños por conductas inapropiadas (dichosas patadas), pero no es lo mismo que estar en el centro del huracán.

Al final hasta me aburrí, porque no sabía que iba a ocuparse Raúl de los niños y no me levé nada para entretenerme asumiendo que los peques me iban a tener más que ocupada.

Tras tomar tierra sin complicaciones, recoger la maleta que tardó una eternidad en salir y llegar a casa nos dieron las doce de la noche y mis hijos con ganas de juerga. Les metimos en sus camas a la fuerza y no tardaron en caer.

Pero a Raúl todavía el quedaba hacer su maleta. Al día siguiente se iba a Málaga a una convención de juegos de mesa o algo así. Son sus vacaciones "de soltero". Quería que fuéramos todos, pero me parecía una paliza innecesaria para los peques. Nosotros nos hemos quedado el fin de semana en Madrid, descansando un poco hasta que llegue de nuevo papá y pongamos rumbo a Elda.

miércoles, 13 de agosto de 2014

También hicimos manualidades en Las Palmas... O lo intentamos

Mientras no estuvo el padre, tuvimos algunos ratos "libres" para hacer manualidades. El mayor me pedía una "actividad" y yo cogía el libro de actividades que les había comprado para tenerlos entretenidos y que estaba genial. Versaba sobre las aventuras y tenía una sección de piratas, otra de caballeros y otra de dragones con manualidades, juegos, recortables, pegatinas... ¡Una chulada!

El caso es que cogía las ideas de allí, pero me temo que puede que fueran un pelín difíciles para las edades. O que mi chico mayor sea un poco vago. El caso es que siempre acababa haciéndolas yo bajo su atenta supervisión. Resultado: las hacía deprisa y corriendo bajo tensión para dársela lo antes posible. Lo único bueno es que jugaba bastante con el resultado final, pero el caso es que no las hacía él. En la última, una dragón vidriera, me planté. O hacía el algo o así se quedaba... Y así se quedó.

Lo único que tuvo éxito, y no venía en el libro, fue pegar gomaeva adhesiva con formas geométricas en papeles, bolsas con dibujos y globos. ¡Estilo libre! Así sí que los tuve entretenidos un rato.

Lo cierto es que preferíamos subir a la piscinita de la terraza a pasar el rato que cortar y pegar. Es lógico.


martes, 12 de agosto de 2014

De restaurantes y una caña

Durante nuestra estancia en Las Palmas de Gran Canaria, mi madre se ofreció a cuidarnos a los chicos para que saliéramos nosotros un rato. Le tomamos la palabra y fueron dos noches las que se quedó con las fierecillas. Ella encantada de disfrutar de nietos sin padres por medio.

Una noche nos fuimos con mi hermana y su novio a cenar a un sitio chulísimo. La comida tenía su toque especial, estaba buenísima y encima los precios eran de risa. Lo pasamos muy bien charando de nuestras cosas. La segunda noche cenamos en casa, pero salimos a tomar una cerveza a un bar especializado en birras. Hacía una noche buenísima para disfrutar de una terraza.

Daniel quería ir a comer a un restaurante, así que no perdimos la oportunidad de llevarles a uno de cocina bereber que tenía fascinada a mi hermana. Y fue para menos porque todo estaba delicioso. Los niños se portaron bastante bien para lo movidos que son y probaron muchas cosas a pesar de lo extraño que debía ser para ellos esos platos. Estoy muy orgullosa de mis pequeños.