martes, 23 de marzo de 2010

Por fin llega el buen tiempo


Con estas temperaturas tan agradables es difícil evitar la tentación de llevar al niño a dar largos paseos tras recogerlo de la guardería.

Así que ultimamente nos acercamos los dos a un parque que hay cerca de la casa. Me siento en un banco y le saco de la sillita para jugar un ratito con él. Normalmente lo alzo por encima de mi cabeza a la vez que le digo cosas sin sentido con un todo jocoso. Él agita las piernas y los bracitos y da gritito de emoción. Debemos ser todo un espectáculo. Huelga decir que yo acabo molida con tanto ejercicio. Un día el niño se impulsó esperando ser propulsado y se dió un choque con mi frente. Inmediatamente se quedó serio esperando mi reaación. Como me dio un ataque de risa no lloró, pero se acabarpn los grititos y las sonrisas. Había pasado algo que no le había gustado y la marca roja en su frente decía claramente que le había dolido el golpe. Menos mal que los bebés tiene menos memoria que un mosquito y al rato estaba entretenido con el ir y venir de la gente sin acordarse del incidente.

Otras veces le cojo en brazos y lo paseo empunado el carrito con una mano. Hasta que me canso, porque pesa mucho, y lo vuelvo a dejar en el carrito. A veces se enfada y gruñe porque lo que el quiere es que le cojan, pero otras se sienta docilmente y no suele tardar mucho en quedarse dormido.

lunes, 22 de marzo de 2010

Lo que no mata engorda

A Daniel le gustan las verduras. O eso dice mi suegra que se arrancó el otro día por su cuenta y riesgo a embutirle una papillita con verduras variadas tirando por la borda toda la teoría de las alergias que me molesté en explicarle largo y tendido un día.

Por cierto, también le gustan los barquillos rellenos de turrón. De eso sí que fui testigo. Estaba presente cuando la abuela Paca le alargó uno y él se dedicó a rechupetearlo con deleite. Otra patada más a las instrucciones perfectamente impresas que nos dió la pediatra.

Está visto que por mucho que quieras controlar todos los aspectos que atañen al niño es algo imposible. Sobre todo si eres una madre trabajadora y estás en plena vorágine de cajas de mudanza.

De todas formas soy una firme creyente de la afirmación de que lo que no mata engorda (me la digo y me la repito cada vez que acabo ávidamente con una tentadora tableta de chocolate. Es buena para los nervios). A la vista está que mi hijo está bien gordito y eso que ultimamente no come todo lo bien que me gustaría por culpa del catarrito que arrastra desde hace ya un tiempo.

Cómo bien dice mi madre, el descontrol en las comidas y los horarios de Daniel es un bajo precio a una noche entera de sueño reparador. Seguro que lo dice porque ella también tiene sus planes para Daniel sin contar con mi beneplácito. Que pillas son las abuelas.

domingo, 21 de marzo de 2010

La larga noche de fiebre en vela

Toda la noche llorando. Y nada de lo que yo hiciera servía de nada. Le cogía, le mecía, le daba la vuelta, le ponía el chupete, le daba la mano... Y el seguía berreando. De repente se callaba, cerraba los ojitos y parecía que se calmaba. Lo ponía con suavidad en la cunita y era tocar mi cabeza la almohada y volver a oirlo gimotear. Pasadas las dos de la madrugada mi desesperación llegaba a sus cotas más altas. Notaba a Daniel un poco caliente y arranqué a Raúl de los brazos de morfeo muerta de la preocupación. Mi marido, como siempre, impuso la fuerza de la razón y calmó un poco las cosas. Aunque Daniel seguía berreando. Le tomamos la temperatura (38,2) y Raul se metió en internet a informarse mientras yo seguía prodigando mimitos a nuestro hijo enfermito.

Según él no había de qué preocuparse. hasta los 38 grados no se consideraba fiebre suficiente para administrarle medicamentos y a partir de 40 tocaba volar a urgencias. Le dimos apiretal y esperamos un poco a ver si se calmaba, pero nada de nada. El pobre Daniel seguía quejándose a pleno pulmón. Amargada le mecí cariñosamente contra mi pecho y se calmó un poco. Finalmente se durmió. Por si acaso decidí aguantar todo lo posible en esa postura para que el enano descansara. Una horilla después la espalda me estaba matando así que lo dejé en la cama con la mayor suavidad y me dispuse a pegar el ojo en la medida de lo posible. Allí estábamos: Daniel estirado todo lo que podía, su madre hecha un ovillo de lo más incómodo y su padre en el abismo del borde de la cama. De vez en cuando el bebé lloriqueaba, le ponía el chupete, le hacía unas caricias en el mofletillo y se volvía a dormir. hasta que llegó el momento en que el método dejó de funcionar y otra vez se puso a berrear. Le intenté dar el biberón, pero decía que para mí. Raúl le volvió a medir la temperatura (37,6). Íbamos mejorando. Ya no hubo manera de que se quedara dormidito en la cama, así que lo volví a mecer contra mi pecho y así estuvimos los dos hasta bien entrada la mañana. Raúl se ofreció a llevárselo con él al salón. Gesto que agradecí profundamente, pero que fue totalmente inutil porque sus llantos no me dejaban conciliar el sueño. Finalmente salí a por él. Le monté su pareque de juegos (mantita con historias para bebés) en un intento de entretener su atención y que dejara de llorar. ¡Milagro! ¡milagro! Por fin se quedó dormidito. Ni que decir que no me lo pensé dos veces y me tumbé cuan larga era a su ladito para dormir yo también. Así estuvimos de nueve a una de la tarde pasadas. En cuanto abrió el ojito puso de nuevo a trabajar sus pulmones, aunque con menos convencimiento. Finalmente se puso a jugar en su mantita tan feliz como siempre y su madre pudo respirar tranquila.

sábado, 20 de marzo de 2010

Todo natural

"Hemos pensado que el niño tiene que tomar potitos porque no puede continuar sin tomar frutas. Las papillas que le hacemos no le gustan". Tras esta afirmación bomba Raúl y yo sólo acertamos a lanzarnos una mirada rápida. "No" sentenció mi marido. Mi suegra nos miró con desesperación a los dos. La preocupación por la salud de Daniel era más que patente en su actitud. Con más precaución que Raúl me lancé a explicar a Chari cómo veía yo la situación: "Al niño la fruta ni fu ni fa, lo que odia es la cuchara. No es un método lo sufucientemente rápido y cómodo para llenar su abultada tripita. Está claro que el muy vago prefiere el biberón. Y ya le puedes poner dentro un cordero en su jugo con patatas jardinera triturado. Así se come lo que le eches. Hay que insistir con la cuchara hasta que se acostumbre". La madre de Raúl no parecía muy convencida, pero poco podía hacer porque al final el niño vivía con nosostros y cada uno en su casa va a hacer lo que quiera.

De todas formas, no entiendo el empeño de Chari y de la abuela Paca porque el niño lo tome todo artificial como si eso fuera lo mejor. En realidad todos mis amigos fueron bebés alguna vez, cada uno fue criado de mil maneras diferentes y ahí están, tan normalitos y gozando de buena salud. Seguramente que Daniel será un adulto normal haga lo que haga. Pero estoy más tranquila si se toma leche materna y frutas y verduras naturales en la medida de los posible. Hoy en día la leche materna que le doy es bastante simbólica, pero la suficiente como para quedarme tranquila en cuanto a su ración de defensas (aunque luego la realidad puede que sea que le dé tan poca que ni se note). Con el tiempo he llegado a la conclusión de que la buena marcha de esto de la maternidad tiene mucho de psicológico y que si la madre está tranquila el niño suele estar tranquilo.

sábado, 6 de marzo de 2010

La mudanza

Por fin llegó el día de la mudanza. Fue el lunes y todavía estamos manga por hombro. Esto es un infierno. Los dos primeros días tuve que pedir auxilio a Chari, mi suegra y a la abuela Paca, mi abuela política. Dos ángeles caídos del cielo que acogieron al pobre Daniel, que tenía su cuarto convertido en un campo de minas.

El miércoles, por fin, pudo entrar en su casa. ¡Cómo miraba para todos los lados! Parecía que se le iban a salir los ojillos. Y le debió agobiar la visión de tantas cajas apiladas, porque al poco tiempo se echó a llorar. No fue nada grave porque en seguida le calmé jugando como a él como más le gusta: a lo bruto. "¡El niño volador! ¡El niño volador!" le gritaba mientras los subía y lo bajaba todo lo que podía. Y él se reía y se reía.

Me costó un poco habituarme a la rutina diaria del pequeño ese día. Sobre todo porque me costaba un mundo encontrar las cosas que necesitaba. Pero al final le bañamos, le sacamos los moquetes, le dimos la cenita y se fué a la cama a dormir con los angelitos a su hora. Pasó una noche estupenda en su nuevo cuarto. Como los muebles son los mismos no debe notar mucho la diferencia.

viernes, 5 de marzo de 2010

Su juguete preferido


El juguete preferido de Daniel es un ratón de colores que suena cuando lo mueven. Se lo regaló mi suegra en navidad y desde entonces son muy amigos. El niño lo coge, lo soba, lo estira, lo rechupetea y sonríe agitándolo y oyendo como suena. Cuando tiene que pasar la noche con su abuelita Chari y su bisabuela Paca siempre olvido llevárselo. Y me da una rabia. Porque él se siente muy tranquilo y feliz con él a su lado. Leí en algún lugar que los niños le cogen un cariño especial a ciertos juguetes y están más contentos cuando los tiene cerca.

Estamos buscando uno parecido para que tenga uno en casa de Chari y otro en la nuestra, pero es una misión imposible. También buscamos uin sonajero de palo desde que se lo vio a otro niño y le encantó. Tampoco existen ya en los lineales de las tiendas de juguetes de bebés. Que dificil me lo pone el mercado de niños. Nunca está de moda lo que me gusta.

jueves, 4 de marzo de 2010

Primer intento con la fruta


El primer intento con la fruta fue un fracaso total. Le di platano con naranja por sugerencia de Chari, mi suegra, y la naranja le resultó un poquito agria. A lo mejor si le hubiera dado sólo plátanos mezclado con su papilla de siempre lo hubiera tolerado mejor. La verdad es que ponía unas caras tan graciosas que no pude evitar la tentación de ir corriendo a por la cámara de fotos mientras Raúl le daba la papilla. ¡Qué fotos más bonitas!

Cómo estábamos cuatro personas presenciando el evento se juntaron opiniones de todo tipo y colores con lo que se hizo más difícil todavía el asunto. Al final decidí abortar la misión papilla de frutas para otro momento más tranquilo porque el bebé se estaba estresando.