lunes, 14 de enero de 2013

Roscón Tardío

El lunes quedamos las chicas de mí número y portales cercanos para disfrutar de un roscón tardío acompañado con chocolate calentito. Raúl tuvo la inmensa amabilidad de cocinarnos uno, con ayuda de nuestro primogénito, porque a estas alturas era imposible adquirirlo a buen precio. Le salió delicioso. Y el chocolate que preparó Mari Carmen tampoco se quedó atrás. Cómo disfrutamos de la merienda a pide de calle a pesar del frío.

Los niños estaban locos con el chocolate. Daniel se lo bebía a grandes tragos y pedía más. Iván mojaba una cuchara que le proporcionó la hija de Mari Carmen y daba grititos guturales exigiendo que le acercara el vaso de nuevo. Se pusieron la cara, la ropa y las manos asquerosas. Su aspecto pedía a gritos que los metiera en la bañera y los restregara a base de bien. Y eso hice en cuanto tuve la oportunidad.

Mari Carmen reservó un vasito de la preciada bebida para Raúl, que se lo tomó encantado después de cenar.

domingo, 13 de enero de 2013

Mis pequeños tiranos

Mi bebé está sentado en la trona tomándose su puré muy a gusto. De repente su boca se cierra herméticamente y su cabeza se mueve frenéticamente de un lado al otro. Aparto la cuchara. El chiquitín me señala el biberon del agua al mismo tiempo que emite gracioso soniditos. Se lo acerco a los labios presta. Succiona con avidez unos segundo y lo aparta de un manotazo. "Yuuu yuguuu guuu" afirma muy serio. Significa "¡¿Dónde está mi comida?! La quiero ahora".

Cuando acaba con su comida se debate inquieto en la trona hasta el punto que temo porque acabe estrellándose contra el suelo pese a las cintas que lo atan. Lo bajo al suelo como me ha hecho entender que era su voluntad.

Iván dirige su dedito hacia algo con desgana mientras emite otros sonidos guturales. Probablemente no sea un juguete apto para sus regordetas manitas, pero sé, que si veo que no entraña peligro para su integridad física se lo acabaré dando.

Se pasea tan a gusto con su objeto de deseo hasta que decide estamparlo por que sí contra el suelo. De milagro no se ha roto. Decido arrebatárselo ahora que aún que estoy a tiempo.

- "Du du duaaaaaaa"- protesta señalando la mano que tengo escondida en la espalda. Me hago la sueca.

- "Daaaaa ¡Daaaa! ¡¡¡Maaaaaaa!!!- La cosa pinta mal. En segundos se pondrá berrear como un loco. Tengo que pensar rápido. Le enseño otros objetos atractivos, pero es un cabezota y sigue erre que erre. Cuando sus berridos llegan a un nivel de alerta roja acabo cediendo y le entrego mi preciado tesoro. Le sigo de cerca para evitar destrozos. Cuando se cansa del divertido juego "lo tiro  inesperadamente para ver si mamá tiene los suficientes reflejos" lo abandona en cualquier rincón. Se acerca a la tele, la señala y me dice "¡Pam, pam, pam!" mientras se mueve al ritmo de una imaginaria música. Esto significa algo así como: "Quiero los Cantajuegos y los quiero... ¡Ya!". Me falta tiempo para darle gusto. Por lo menos me aseguro quince minutos de tranquilidad.

Pero estaba equivocada. Desde la habitación de juegos me llega un grito agudo: "¡¡Mamaaaaaaaaaaa!!" Acudo rauda y veloz a la llamada.
"¿Qué pasa Daniel?"- Inquiero.
Mi hijo mayor me tiende un coche y un muñeco.
"No pueeeeeeeedo ponelo en el cocheeeeeee. No se puedeeeeeee. Buaaaaaaaa"- Se desespera.
"Tranquilo. Ya lo hago yo" - Coloco al muñeco en el asiento del conductor.- ¿Ves? Ya está. NO hay que llorar.
- ¡¡¡Asi noooooooooo!!!- Aulla el crío.- Tiene que ir detraaaas.- Me recrimina.

Sin pensármelo dos veces cambio el muñeco de sitio y se lo tiendo al chiquillo.

-¡Así, así!- Exclama entusiasmado. Tira coche y muñeco a un lado sin el más mínimo cuidado y me suelta con su tono más autoritario.- ¡¡Quiero merendar un huevo duro!!
- No puede ser Daniel. Es la una menos cuarto y vas a comer dentro de poco.- Mi niño tuerce el gesto.

- Me lo voy a comer cuando a mí me dé la gana.- Me suelta. A mí se me está acabando la paciencia.
-¡¡¡¿Qué has dichoooooo?!!!- Le increpo con mi voz más temible.
- Que me lo voy a comer cuando a mí me dé la gana.- Me repite imperturbable.
- Pues hoy no vas a ver la tele porque a mí no me da la gana.- Le respondo.
- Me da iguaaaaaal.- Asegura elevando el tono.
- ¡Ah! ¿Si? Pues te va llevar al parque Rita porque esta que está aquí se queda en casa porque le da la gana- Contrataco.
- ¡¡¡¡Quiero parque!!! ¡¡¡¡Quiero parque!!! Buaaaaaaaa.- Berrea inconsolable.
- Pues si te duermes la siesta sin protestar después de comer te llevo.- Reculo.
- ¡¡Quiero ^parqueeeee!! Buaaaa- Insiste
- Te he dicho que si...
- ¡¡¡¡¡Parqueeeeee!!!!
- ¡¡¡¡¡¡Que te he sicho que Síiiiiiiiiiiiiiii!!!!!- Claudico
- Vale-  me dice tan tranquilo - ¿Y mi huevo?

Antes de que pueda reaccionar a los ataques verbales de un niño de apenas tres años oigo llorar a mi benjamín con lo que me levanto a toda prisa para averiguar que ha pasado. El enano está intentado sacar de su "aparcamiento" la bici sin pedales del hermano. Se le ha enganchado el manillar y por eso chilla. Lo que me faltaba. Que al bebé le apeteciera dar una vueltecita en bici a costa de los riñones de su madre.

Harta y al límite del estallido agarro Iván con toda la delicadeza que me permite mi creciente complejo de esclava de mis hijos, le endoso la chupa para que deje de llorar a voz en grito y lo meto en la cuna. Llora, le acuno, le meto en la cuna, berrea, le acuno aún más, le canto, le meto en la cuna, gimotea, le doy golpecitos suaves en la espalda, se duerme por fin...

Hago la comida del mayor.
"¡Daniel! A comer" Siseo
"¿Has hecho mi huevo?"
"Gruar, gruar. Siéntate y ya verás lo que hay" Le ordeno tajante.
El peque se sienta tan feliz, mira su plato, me mira y pregunta.
"¿Y esto de dónde viene? ¿Lo han hecho los gnomos o crece en la isla de los piratas?" Entonces su padre y yo nos tenemos que devanar los sesos en busca de una buena historia. Si no le gusta el cuento nos cuesta un mundo que coma.

sábado, 12 de enero de 2013

Día de vacunas

Al pobre Iván le iban a agujerear los muslitos a base de bien este viernes. Le tocaban dos pinchazos de la vacuna contra los resfriados por la mañana y las tres inyecciones de la revisión de los quince meses por la tarde. Pero la enfermera del centro de salud se apiadó de él y le aplazó el tormento una semana.

Por la mañana todo fue como siempre. Coincidimos casi las mismas madres en cada ocasión con lo que ya nos saludamos y nuestros hijos se prestan los juguetes e interactúan juntos. Hay que tener mucho cuidado para que un cochecito no acabe aplastado con la carita de alguien, pero por lo demás los peques están entretenidos y se les pasa el rato antes.

Lo malo es que ya se acuerdan y los gritos de terror al traspasar la puerta maldita se repiten con cada uno. La cosa fue rápida y, como siempre, el chiquitín se quedó completamente dormido en el carrito de camino a casa, así que fue directo a la cuna. Se me despertó una hora después, pero yo sabía que esa minisiesta iba a ser insuficiente para él y decidí acostarlo conmigo para darle una mimo extra. El bebé se quedó frito al instante. Si se me ocurría la peregrina idea de abandonar el lecho se removía inquieto hasta que volvía a tocarme. Daba igual lo profundamente dormido que pareciera que estaba. En cuanto me movía un poco me buscaba.

En cuanto se despertó le preparé la merienda, se la di y derechos al centro de salud. Se lo pasó muy bien corriendo por los pasillos, pero en cuanto cruzó el umbral de la consulta entró en pánico. Al verlo así, la enfermera decidió pasar las vacunas al siguiente viernes. Mal que bien logramos medirlo y pesarlo. Pesa 10,700 kilos y mide 83 centímetros. De altura está en el percentil 95 y de peso en el 45. El diámetro de la cabeza es de 47 centímetros. Todo correcto.

El progreso del bebé también era el normal: mete el bracito en la manga o tiende el pie cuando le enseño el zapato, dice alguna palabra como mamá, papá o agua, apila algún bloque (aunque más bien lo que hace es tirarlos), camina e incluso corre y trepa... Todo bien.

Le pregunté por al lengua del chiquitín, ya que he observado que tiene la mitad blanquecina y la mitad roja. No logramos que la sacara, pero la enfermera me explicó que a ese fenómeno se le suele llamar lengua geográfica y que no tiene la menor importancia.

Le recetó una cremita para su incipiente dermatitis atópica que le está saliendo en la carita y poco más.

Cuando salimos de la consulta me tendió la manita muy serio para exigir su premio, aunque no hubiera habido pinchazo. Siempre le doy una aspito o galletita, algo rico para quitarle el sabor amargo del mal rato. le di su golosina y le llevé a casa para que descansara un rato antes de ir a por su hermano que volvía de la piscina.

viernes, 11 de enero de 2013

El regalo olvidado

Cuando se hizo el reparto de regalos en casa de las abuelas, Raúl y yo echamos en falta uno. Sus majestades nos habían asegurado que lo llevarían a la dirección que les había indicado, pero el Tío Luis, que era el que hizo las veces de paje real sólo entregó la taladradora de juguete a nuestro hijo. No hizo falta más porque el peque andaba emocionado con su herramienta, que ahora servía para arreglar los muebles y ahora como pistola. Pero el paquete que faltaba era el del Juego de mesa de Los Tres Cerditos y con lo aficionado que es el padre a esta clase de entretenimientos se quedó muy desconsolado de no poder abrirlo y jugar con su hijo y sus sobrinos.

Esa misma tarde llamé a sus majestades para averiguar si había sido un descuido, pero me aseguraron que lo habían entregado en el sitio correcto en el momento indicado. Perpleja colgué le teléfono justo cuando a Raúl le entraba otra llamada. Era la abuela Chari informándonos que en su casa había aparecido otro paquete para Daniel que el paje no había visto. Aliviados nos congratulamos de que por fin habíamos averiguado al paradero de tan interesante juego. Ahora viene la disyuntiva. ¿Qué hacemos? ¿Se lo damos tantos días después de Reyes o lo guardamos para mejor ocasión?

jueves, 10 de enero de 2013

Primer día de cole tras las Navidades

Cuando pensaba en el día que se acabarían las vacaciones de Navidad y tuviera que convencer a la prole de que tenían que volver al cole, me echaba a temblar. Estaba segura de que sería un día lleno de lágrimas y ataques de nervios, pero me equivoqué. Daniel estaba deseando enseñarle a Yoli, la portera y a  Mari Carmen, su amiga del estudio de arquitectura, la máscara de Spiderman y la pistola de rayos tan chuli que le había traído los Reyes.

Bajó los escalones de dos en dos sin esperarme a mí, que bajaba por el ascensor. menos mal que vivo en el primero y la sensación de peligro al tener a mi niño mayor fuera de mi alcance duró poco. Cuando llegué al portal y saqué a Iván con su carrito del ascensor, el peque estaba buscando a sus amigas ansiosamente. Por fin las vio en la calle y corrió a dispararles con su pistola y a impresionarlas con su risa malvada. La verdad es que consiguió el efecto que deseaba y casi llegamos tarde al cole por entretenernos demasiado.

Mi niño mayor estaba deseando llegar a su clase para enseñar a sus compañeros sus tesoros. En el patio se lo pasó bomba corriendo de un lado a otro disparando indicriminadamente. Sorprendentemente no le costó nada entregarme los juguetes cuando sonó el timbre que anunciaba el comienzo de las clases y fue a reunirse con su profesora sin dramas.

Desgraciadamente con Iván no ocurrió lo mismo. En cuanto entró en el aula se aferró a mí como una lapa y cuando le cogió la profesora en brazos se puso a aullar como un desesperado. me fui de allí con el corazón en la mano. Me temo que el bebé se ha desadaptado durante estos quince días. Espero que vuelva a adaptarse pronto. Cuando volví a por él, las profesoras me aseguraron que al minuto estaba como una rosa. Al menos se lo pasa bien, cuando yo ya no estoy.

miércoles, 9 de enero de 2013

Cortando flequillos

Las melenas de mis hijos se les metía en los ojos y les hacía bizquear, así que mi marido y yo decidimos que era el momento de meter tijera. No queríamos raparlos por el frío que está haciendo, así que Raúl les cortó sólo el flequillo. La verdad es que tiene mucho mérito porque no paraban de moverse y protestar. Iván incluso se puso a berrear como un loco.

Ahora se les ve la cara y están guapísimos.


martes, 8 de enero de 2013

El álbum veraniego de la Rana Tana

Cuando recogí a Daniel en su último día de clase, la profesora me entregó un Álbum en el que aparecía la Rana Tana en la playa en la portada. Dentro estaban todas las fotos de verano que había entregado cada niño de la clase. En la de Daniel aparezco yo en bikini con mis dos retoños. Si llego a saber que esa imagen iba a darse una  vuelttecita por todos los hogares de los compañeros de mi hijo mayor hubiera dado otra más recatada. Menos mal que el agua me tapa la barrigota, que es lo más importante de esconder, por lo menos en mi fisionomía.

Ese mismo día hojeamos el álbum para ver las fotos de los amiguitos y leer los pareados con los que cada padre tenía a acompañar la imagen cuando pasara por sus manos. A mí se me ocurrió uno ese mismo día:

"En la playa todos lo pasamos bien
pero el que más disfruta es Daniel"

Lo escribí en un block de notas y me olvidé de ello durante todas las vacaciones de Navidad. De echo, no volvimos a mirar el álbum. La víspera del comienzo de las clases lo vi por casualidad al ir a coger algo de la estantería. Busque frenéticamente el pareado que se me había ocurrido hacía ya casi quince días, pero había desaparecido como por arte de magia. Cuando ya estaba a punto de ponerme histérica, Raúl vino a rescatarme con otro pareado mucho mejor que el mío:

"A Daniel le encanta darse un buen baño
sea cual sea la época del año"

Venía muy a cuento, teniendo en cuenta que habíamos pasado unas navidades de calor en mi tierra. Pegué el papelito que me tendía mi marido debajo de la foto y respiré tranquila. Mañana el álbum de la Rana Tana volvería a las manos de la profesora y seguiría su periplo de casa en casa.