martes, 18 de febrero de 2020

Tras las huellas de los dinosaurios

La Sierra de la Demanda también es tierra de dinosaurios. Si es que lo tiene todo: escenario de pelis, camino del Cid, Covarrubias cuna de Castilla, dinosaurios...

Como el amigo de los niños que vino a vernos al pueblo es una gran amante de los animales, estén extintos o no, y cerca del camino que teníamos que recorrer hacia Sad Hill había dos puestos de huellas de dinosaurios, allá que nos acercamos por petición directa del peque.

Yo ya sabía que le iban a decepcionar un poquito porque ya había estado con mis hijo y cuando les dices que vamos a ver icnitas prehistóricas se imaginan una huella gigante de diplodocus perfectamente delineada como poco, y no los agujeros informes en las rocas, perfectamente señalados con pintura blanca, en una pendiente de roca. Eso sí, en el panel se empaparon de un montón de datos interesantes e intentaron identificar cada tipo de huella con mayor o menor acierto.

Es que la imaginación, a veces, crea unas expectativas que la realidad no puede superar. Lo bueno es que en uno de los dos enclaves hay una figura de dinosaurio que flipa a los niños. Y eso ya hace que todo valga la pena. Les mola más que las pisadas reales.

Me hubiera gustado llevarles a Salas, a su Museo de Arqueología y Paleontología, pero en un sólo fin de semana era imposible que nos diera tiempo a todo y aún ni siquiera habían visto Covarrubias.

lunes, 17 de febrero de 2020

La ruta de El bueno, el feo y el malo en la Sierra de la Demanda

Este finde nos hemos ido a Covarrubias con unos amigos, así que ha tocado decidir cual de las múltiples maravillas de la Sierra de la Demanda les íbamos a enseñar, además del pueblo, evidentemente. Ya es difícil porque hay un montón de sitios chulos.

Al final hemos pensado en tirar por la carretera de enmedio y seguir los pasos de Clint Eastwood pensando que sería un buen comienzo para el amiguito de los niños. Y, efectivamente, le ha encantado.

La idea era comenzar por el Monasterio de Arlanza, que en la peli se convierte en la Misión de San Antonio, pero estaba cerrado por obras, así que sólo pudimos verla desde fuera.

Afortunadamente está construida por debajo del nivel de la carretera y se ve bastante bien, aunque mola más entrar para imbuirte del espíritu y todo eso.

Pero no pasa nada, porque nuestra siguiente parada era el cementerio de Sad Hill y eso era éxito seguro.

Anda que no se lo pasaron bien los chiquillos saltando de tumba en tumba y poniéndose de barro hasta las orejas, porque había llovido en algún momento de la semana pasada y todo el cementerio era un barrizal.

Hasta tal punto que la tumba abierta había desaparecido. Espero que la vuelvan a hacer porque le da un toque muy chulo al conjunto.

Tampoco estaba la cuerda del ahorcado, que también sale en la película, pero no me extraña, porque la gente es muy burra a veces y seguro que algún percance habrá habido. O no.

También hubo una búsqueda de la rana porque se las oía perfectamente, aunque al final resultaron ser sapos y nuestra amiga encontró uno y a toda una retaila de huevos recién puestos. Los niños encantados con el descubrimiento, claro.

Cuando ya no les quedó charcazo que pisar ni castigo que recibir por sus cada vez más enfadados progenitores nos subimos al coche para seguir la aventura.



sábado, 15 de febrero de 2020

¡En el último segundo!

Recreación libre de los sucesos
A veces no hay tiempo para pensar. Cada segundo cuenta y el instinto arrasa con la razón para ponerse a los mandos.

Justo eso fue lo que pasó una tarde cualquiera de la semana pasada. Hubo que tomar una decisión rápida. Y no me arrepiento de mis actos. Aunque mi cuerpo vapuleado diga lo contrario. Tuve que arriesgarme.

Pero comencemos por el principio. Iván y yo regresábamos de una visita a su dentista. La tarde no era muy fría e íbamos distraídos en un juego hablado en el que yo llevaba todas las de perder. Él, creador del juego, por el contrario era un proazo y ganaba todos los niveles.

He de reconocer que, a pesar de lo que aconsejan todos los textos para padres sobre la paciencia y permanecer impasible ante estas pequeñas injusticias infantiles, yo empezaba a enfadarme. ¡Jolín! Que yo también quería ganar. ¿Que pasa? ¿Que por tener 34 años más tengo que conformarme con la skin noob?

En fin, a lo que íbamos. El caso es que estábamos ensimismados en nuestra lucha épica imaginaria cuando, de repente, un elemento tóxico entró en mi campo de visión justo cuando el pié de mi hijo se cernía peligrosamente sobre él. ¡Una caca!

No me dio tiempo a pensar. Al grito de "Cuuuuiiiidaaaadoooooo" (así en cámara lenta) le metí tal empujón al chiquillo que al segundo siguiente se vió empotrado en un seto lateral sin comerlo ni beberlo. Su cara de pasmo era para enmarcar.

Os describiré el cuadro: Caca entera en la acera, niño despatarrado en el seto, madre descojonada en un incontrolable ataque de risa.

Iván no tardó en hacerse una idea... equivocada... de la situación y cargó contra mí maullando a altos niveles de decibelios (porque en mi casa los niños tienen múltiples personalidades y una de ellas es felina). Probablemente pensó que todo formaba parte de una venganza por machacarme y humillarme en el juego (¿Después de una batalla épica con cañones de protones, me quedo a uno de vida y me mata uno con un tirachinas? ¡Venga ya!). Evidentemente, en estas condiciones yo era incapaz de darle una explicación. Sólo podía doblarme de la risa e intentar no acabar en la carretera de los empellones que me estaba dando.

El que nos viera estaba flipando seguro.

Por cierto, a día de hoy el peque asegura que no había caca alguna en la acera y que, una de dos, o fue producto de mi imaginación o una mala excusa para empotrarle contra un seto.

viernes, 14 de febrero de 2020

La plaza de España de Sevilla

El penúltimo día que pasamos en Sevilla también amaneció lluvioso, pero por la tarde escampó, así que decidimos aprovechar para visitar la impresionante Plaza de España.

Nos hubiera encantado poder pasear por el parque de María Luisa, que recuerdo precioso de cuando fui en mi juventud, pero con el temporal que nos había pillado estaba cerrado, lógicamente. Fijo que se habían caído algunos árboles esos días.

Afortunadamente a la Plaza de España se podía acceder. Nada más entrar mis hijos se quedaron boquiabiertos. Yo ya sabía lo que me iba a encontrar, pero aún así me impresionó igualmente. Es una pasada la veas las veces que las veas.

Esta plaza tiene forma semicircular y está rodeada con edificios barrocos impresionantes en cada uno de sus detalles. Sobre todo las torres, o por lo menos a mí me llaman más la atención. Por lo visto simboliza un abrazo de España a sus territorios en américa en una época de oro para el imperio.

El edificio curvo está orientado hacia el Guadalquivir, ruta para alcanzar las colonias americanas, y simboliza ese abrazo de España hacia esas lejanas tierras. Que bonito ¿eh? Pero de esto yo no tenía ni idea hasta hace muy poco.

En los soportales del edificio encontramos unos espacios con bancos muy especiales porque representan 48 provincias españolas y es muy divertido buscar las que tienen un significado especial para cada uno.

Como curiosidad, y porque fue una de las que busqué con más cariño, decir que las islas Canarias conformaban una sola provincia en aquella época y por eso se representa en un sólo espacio, no como las dos provincias de la que se compone hoy en día el archipiélago.

Claro que también cayó foto en la de Madrid, como es obvio. Y en la de Burgos, en la que buscamos y encontramos Covarrubias, para gran regocijo de todos. Incluso Alicante, en la que nació mi madre.

Tardamos un montón en recorrernos todas, porque eran tan bonitas las imágenes de cada una que era imposible pasar de largo. Había que pararse a admirarlas. Los niños los primeros que se paraban y comentaban lo que veían, aunque yo pensé que se cansarían rápido. ¡Que va! Incluso pedían foto en las que más les llamaban la atención.

También se lo pasaron bomba cruzando los cuatro puentes que se extienden sobre el canal que discurre frente al edificio curvado. Por lo visto representan a los cuatro reinos que conformaban España en esos tiempos: Castilla, León, Aragón y Navarra.

Pero no sólo encontramos interés histórico en este enclave, también se forma parte de una ruta cinematográfica, ya que ha sido el escenarios de películas muy famosas como Lawrence de Arabia, El dictador y... tachán tachán... Star Wars. Os pongo vídeo de ésta última, aunque a mí no me emocionen mucho los nuevos capítulos. Pero bueno, no deja ser el mismo suelo que pisó Anakin antes de pasarse al lado oscuro.



Los niños se lo pasaron bomba corriendo de un lado a otro y recreando sus propias películas llenas de aventuras y grandes batallas. Es un lugar que da alas a la imaginación.







jueves, 13 de febrero de 2020

Hermanos

Los hermanos no se eligen. Cada uno es diferente en su carácter, en sus acciones y reacciones, y en sus necesidades. Se les quiere con la misma cantidad de amor, porque a infinito no se le puede sumar ni restar nada, pero ¿se les quiere de la misma forma? Yo creo que no. Por lo menos intento adaptarme a cada uno en la medida de lo posible y me divido hasta límites inimaginables dentro de lo realista. Nunca es suficiente, por supuesto, pero la frustración forma parte del aprendizaje. ¿No?

Por lo menos esa es la teoría, porque en la práctica la que sale más escaldada soy yo. Nunca les hago suficiente caso, siempre tomo decisiones injustas, siempre hago más caso al otro... Seguro que a muchos os suena esto. Y blablablabla... Resultado: dolor de cabeza constante.

Y cuanto mayores se hacen la cosa va a peor porque ahora estamos en plena guerra fronteriza. ¿Dónde empieza el espacio personal de uno y dónde acaba el del otro? ¿Cuales son los límites de la zona compartida? Cambia continuamente a base de peleas y discusiones y a mí me vuelven loca.

Que si mi hermano me molesta cuando estoy con mis amigos en el recreo, que si mi hermano me pega cada vez que me acerco a él, que si molesta a mis amigos, que si se mete en lo que no le importa, me roba los juguetes, siempre quiere lo que yo tengo, nunca quiere ver en la tele lo que yo quiero ver... ¡el cuento de nunca acabar!

Aunque yo sé que sí que puede haber un final, pero queda tanto para eso que me desespero. La relación que hay entre estas dos fieras es muy parecida a la que había entre mi hermana y yo, con la que me llevo sólo 15 meses: jugábamos juntas, nos matábamos, rompíamos los límites de la propiedad y la privacidad cada dos por tres... hasta que me fui a Madrid con 18 años. Entonces no podíamos vivir la una sin la otra y no echábamos muchísimo de menos. Estoy segura de que mi madre alucinaba en colores con nosotras.

Es lo que tiene el roce constante, que hace que salten chispas. Pero en cuanto los dos elementos que rozan se alejan echan de menos el calorcito. O espero que eso mismo les pase a estos dos cavernícolas que se pasan el tiempo defendiendo sus supuestos derechos y sin acordarse ni un poquito de sus deberes.

Porque esa es otra lucha constante entre las muchas que me toca lidiar como madre: primero van los deberes y luego los derechos. No hay manera de que les entre en la cabezota y tengo que ir yo detrás para recordarles sus obligaciones, que en su gran mayoría son para su bien personal y no para el bien común como ocurre con las mías. ¡Y se quejan! No tienen vergüenza.

Ya llegarán a adultos y se darán cuenta que aquello que les limpiaba la ropa, les ponía la comida hecha en la mesa, les ordenaba la casa, limpiaba los baños, llenaba la despensa... no era un elfo doméstico del universo de Harry Potter.

Hasta entonces sólo nos queda tener paciencia. A mí con sus dramas domésticos y a ellos con mi orco interior. Porque todos somos humanos y yo no soy ningún ejemplo de templanza Cuando llego a mi límite estallo como todo hijo de vecino. Y mi límite cada vez se acerca más al punto de inicio, desgraciadamente.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Sonic, la película: quemando suelas por los niños

El domingo tuvimos la gran suerte de asistir a la Premier Solidaria de Sonic, la película, que organizaban Paramount Comedy junto con Aldeas Infantiles SOS.

Fue un evento grandioso. Mis hijos ya iban extremadamente emocionados y nervioso por el hecho de ver en la gran pantalla al famoso erizo azul eléctrico que coge velocidades increíbles en las pantallas de las consolas, pero lo que se encontraron allí era mucho más de lo que se esperaban.

Nada más cruzar las puertas de la zona reservada para la ocasión les entregaron unas bolsas con la imagen de su ídolo y llenas de sorpresitas a cual más chula. Pero no les dio tiempo ni a cotillear el contenido un segundo porque su radar para videojuegos ya estaba pitando y enseguida localizaron la zona gamer por el rabillo del ojo.

Fueron de los primeros en coger los mandos para competir en una vertiginosa carrera por el primer puesto.

Seguro que adivináis qué personaje eligieron los dos para conducir sus bólidos. Efectivamente, es azul y tiene pinchos. Disfrutaron muchísimo de ponerse a los mandos de una consola, y más cuando se enteraron que era Team Sonic Racing, el último juego de Sonic que se ha lanzado al mercado.

Su siguiente parada fue en un stand de manualidades, de la que salieron con unas máscaras de Sonic hechas con sus propias manos. Estaban encantados con sus obras de arte que fueron directas a sus bolsas nuevecitas.

Nos dimos una vuelta por el espacio, pero no se decidieron a ponerse en la cola para ninguna de las otras actividades. La Gymkhana les pareció muy infantil (¡como si ellos fueran tan mayores!) y nunca les ha gustado mucho que les pinten la cara.

Así que buscaron un hueco cómodo y se pusieron a curiosear el contenido de la bolsa. Estuvieron la mar de entretenidos con la revista hasta que llegó el momento de que empezara la película.

Ante la gran pantalla oímos el testimonio de una joven a la que Aldeas Infantiles salvó de una vida en riesgo y que pudo crecer junto a sus hermanos gracias a las iniciativas de esta ONG. Antes de la película nos proyectaron un vídeo acerca del funcionamiento y actividades que llevan a cabo para ayudar a niños y jóvenes.

A mis hijos les llamó mucho la atención y me gusta pensar que les ha ayudado a ser más conscientes de que el mundo que les rodea no es un jardín de rosas y que debemos ayudarnos entre todos y ser solidarios.

Simbólicamente todos los peques activaron las "espinas" luminosas que habían encontrado en las mochilas regalo y las agitaron frente a sus narices creando un precioso momento.

Y, entonces, comenzó la película. Mis hijos dejaron de respirar por un momento y se prepararon para disfrutar lo que llevaban mucho tiempo esperando. Casi no podían quedarse quietos ni un segundo en sus butacas de puro nervio. Se ve que la velocidad de Sonic es contagiosa porque los niños saltaban literalmente en sus butacas cada vez que el adorable protagonista aparecía en pantalla o se metía en algún lío. Y puedo asegurar que no era sólo los míos. Los chiquillos se lo estaban pasando en grande con las evoluciones del famoso erizo, sus nuevos y encantadores amigos y su archienemigo el profesor Robotnik, encarnado en un Jim Carrey tan histriónico y divertido como siempre.

Daniel e Iván se quedaron prendados de este malo malísimo que se comía la pantalla con sus muecas y ego desmedido en cada aparición. Pero el que de verdad se metió en sus corazoncitos fue Sonic, con esos ojazos que están pidiendo cariño a gritos, esa piel peludita que promete ser muy suave, pero que puede volverse unos peligrosísimos pinchos electrificados, y su atolondrada e impulsiva forma de ser. Seguro que se sentían totalmente identificados.

La cinta es una sucesión de escenas de acción y efectos especiales a tuttiplen que alucina a los peques y entretiene a los adultos. Seguro que a los fans más acérrimos de SEGA no les va a dejar indiferente y saldrán de la sala con la misma enorme sonrisa que mis churumbeles y comentando la jornada escena a escena.

¿Encontrará Sonic la familia que anhela? ¿Se rendirá el profesor Robotnik y renunciará a intentar atraparle para hacerse con su energía? Y lo que es aún más importante ¿Cuando sale la segunda parte? Por cierto, se estrena este viernes 14 de febrero.