miércoles, 26 de diciembre de 2012

Las letras de DANIEL

En el cole le están enseñando a mi hijo mayor a reconocer su nombre en mayúsculas, así que decidí poner en marcha una actividad que refuerce ese conocimiento. En un principio, Daniel no mostró mucho entusiasmo. Recorté las letras de un cartón mientras el se dedicaba a recortar gomets hasta convertirlos en minúsculas pegatinitas. Luego me puse manos a la obra para pintarlas con las ceras con ayuda de Iván, mientras el interesado ayudaba con todo su interés y poco éxito a su padre en la limpieza del salón.

Sólo logré que prestara atención al juego cuando le tendí las letras y le pedí que compusiera su nombre. Se pus a la tarea entusiasmado aunque con poco éxito. Me pidió las letras del nombre de Iván, que, ya que me ponía, también había recortado, para hacer el nombre más largo. Estuvo un ratito jugando tan contento.

Mientras yo daba de comer a su hermanito y le tumbaba a dormir su siesta. Entonces, Raúl tuvo una gran idea: "¿Por qué no le sacas al niño temperas o acuarelas o algo para que pinte con el pincel?". Rebuscando en el armario del cuarto de juegos encontré la pintura de dedos.

Daniel puso todo su interés en cuanto me vio empapelar la mesa de periódicos. Se lo pasó bomba sumergiendo sus deditos en la pintura pringosa, aunque pronto me pidió los pinceles para proseguir su obra. Lo cierto es que poco quedaba de estas pinturas, porque ya las habíamos usado en otra ocasión y el peque se extralímitó con cantidades extraordinarias y pegotes enormes, pero sirvieron para lo queríamos. Yo misma me puse manos la obra y llené de color el cartón con gran entusiasmo entusiasmada.

La verdad es que las letras han quedado muy bonitas. Yo pensabas pegarlas a la pared encima de la cama y cuna de cada uno, pero Raúl apuesta más por usarlas como juego para el mayor. le ha cogido gustillo a colocarlas tipo puzzle. Eso sí, su nombre no lo pone nunca.









martes, 25 de diciembre de 2012

¡¡Feliz Navidad!!!

Muchas felicidades. Os deseamos muchas alegrías y sorpresas fantásticas este día y todos los de vuestra vida. Esperamos que paséis la fiestas con aquellos a los que queréis y os quieren.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Alegres adornos navideño y una nota amarga

Últimamente no paramos de hacer manualidades en casa. Cómo se nota que el tiempo no acompaña para hacer vida en la calle. Mi chico mayor trajo del cole un CD decorado para el árbol y una preciosa tarjeta. Aún así, pensé que faltaban adornos en casa. Le pregunté a Daniel si quería que hiciéramos una vela y una tarjeta navideña de decoración y se prestó encantado.

Saqué los elemento imprescindibles que había comprado horas antes en un todo a cien y empezamos nuestras pequeñas obras de arte. Pegamos unas pegatinas como motivo principal en la vela y el cartón que nos iba a servir de base para la tarjeta. La vela la pegamos en un plato de plástico y alrededor dispusimos una guirnalda navideña naranja. Pegamos dos bolas de árbol en oro y plata para completar el conjunto.

En ese momento, Iván se cansó de jugar solito y exigió participar en el juego. Cómo veía peligros en todo no le dejé tocar nada. Aunque, después de tanto protestar consiguió un par de bolas, que rompió enseguida. Les separó el cordón y tuve que requisarlo.

Mi hijo mayor me pidió emocionado que abriera las estrellas verdes de purpurina. Pusimos cola en la superficie elegida y le abrí el bote. Le advertí que no las echara todas, pero le faltó tiempo para derramar millones de estrellitas diminutas por toda la mesa. Le reñí por no haberme hecho caso y le dije que ya no íbamos a seguir con la actividad. Tanto lloró que me ablandó el corazón y le prometí que en cuanto recogiera el desaguisado seguiríamos. Me costó bastante, pero al final volvimos a centrarnos en la decoración con Iván rondando por la mesa a ver si le caía algo.

Daniel me pidió que le abriera la purpurina roja. Le quite la tapa y le volví a advertir que no la tirara toda. ¡Volvió a hacerlo! Le reñí y le aseguré que ahora sí que habíamos terminado. Lloró un poquito y se sentó delante de la tele a esperar a que terminara de recogerlo todo de nuevo. Cuando vio que lo guardaba todo, retiraba los papeles de periódicos (Era imposible recoger toda esa purpurina) y los tiraba a la basura se puso como un loco.

Me mantuve en mis trece cada vez más enfadada. Seguí quitando purpurina de los rincones más inesperados para evita que el bebé se la comiera. Cuando me di la vuelta vi cómo el mayor empujaba al pequeño de malas maneras. Le grité que ni se le ocurriera volver a hacerlo. Cuando me volví a girar vi a mi niño apoyarse con todas sus fuerzas sobre Iván, Que me miraba con una carita que parecía decir "'Sálvame!". Ofuscada por el mal comportamiento de mi hijo mayor se me cruzaron los cables y ¡Plaf! le metí un bofetón. No fue muy fuerte, pero a los peques el gesto les basta. Se puso a llorar desconsolado mientras yo seguía recogiendo el desaguisado sin creerme aún lo que acababa de hacer.

Minutos después, abracé a mi chico mayor y le hablé calmadamente sobre lo que acababa de pasar. Mi chiquitín dejó de llorar en cuanto lo senté en mis rodillas y asentía a todo lo que yo le decía. Con la culpa royéndome las entrañas le prometí que seguiríamos con la decoración navideña. Daniel se sentó muy contento en la mesa a la espera de que volviera a forrar la superficie con el papel de periódico. En mi ataque de ira había tirado las tijeras a la papelera junto con los periódicos y no me acordaba de dónde había dejado la cola. Al final fue apareciendo todo y por fin estuvimos listos de nuevo.

Entonces, de repente, me entró la llorera. Abracé a Daniel y le pedí perdón por la bofetada. Él me pidió perdón también y me aseguró que lo hacía todo mal. "¡Pero si tú lo haces todo bien!" Exclamé y empecé a enseñarle dibujos suyos, "¿A que son preciosos?" El chiquillo asintió entusiasmado. "Vamos a hacer la decoración" me pidió animado, "pero la purpurina la pones tú ¿Vale, mamá?".

Me quedé pensando. A lo mejor le pido demasiado. Sólo tiene tres años. A lo mejor aún es muy pequeño para no derramar toda la purpurina aunque no quiera hacerlo. A lo mejor es demasiado pequeño para expresarse con soltura ante mis regañinas. Me sentí muy mal por no haber sabido ponerme en su lugar.

Nos pusimos manos a la obra con los adornos y a partir de ahí todo fueron sonrisas. Excepto por parte de Iván, que seguía queriendo coger los tubos de purpurina, experimentar con las tijeras, comerse la cola... Y siempre estaba su mamá ahí para fastidiarle la diversión.

Cuando acabamos por fin nuestros adornos, los pusimos en un mueble del salón para que se vieran bien. Quedaron preciosos. Entonces, Daniel me pidió ver un capítulo de Los Vengadores y yo aproveché para dedicarle tiempo al más pequeño.

Todavía me duele la bofetada que le di. Aunque Daniel parece haberlo olvidado.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Jugando con magnéticos

Una tarde que Daniel estaba un poco aburrido, algo raro en él porque siempre inventa algo sorprendente para divertirse, se me ocurrió sacarle un libro de magnéticos que tiene desde algún tiempo. En sus páginas vienen caras sin rostros y en un estuchito un montón de ojos, narices y bocas para colocar al gusto. Le encantó mi propuesta y se puso a juntar rasgos faciales con ahinco. Cada poco me llamaba para enseñarme sus creaciones y contarme la historia de la cara.

Cuando el juego empezó a decaer, busqué más libros del estilo y le saqué uno de Caillú y magnéticos de ropa. Después de ese vino uno de una granja... Y así estuvo entretenido toda la tarde jugando con imanes e inventando una historia tras otra. Me encanta que use tanto su imaginación.




sábado, 22 de diciembre de 2012

Dibujo libre

Una tarde de estas en las que el tiempo no acompaña decidí pasar un rato en casa, que, últimamente pisamos poco. Me temo que mis churumbeles están agotados y parte de su mal comportamiento es culpa mía por confeccionarles una agenda demasiado apretada.

Daniel me pidió dibujar y yo satisfací su deseo encantada. Le saqué los rotuladores, las ceras, los lápices, folios y una libreta para que diera riendo suelta a su imaginación. Me dejó de piedra cuando vi que su primer dibujo era una A perfectamente reconocible. Me la enseñó orgulloso y luego hizo unas cuantas más. Tras la primera letra del abecedario me dibujó un montón de caras, aunque ninguna sonriente ¡Que pena!

Luego la cosa se puso más complicada y me empezó a enseñar sus "dragones", "excavadoras"... Incluso un túnel por donde pasaba un tren. En todos los bocetos habían elementos reconocibles. Es la primera vez que no hace rayones a lo loco. Es increíble lo que está aprendiendo en el cole.

Me despisté un segundo con su hermano y cuando volví se había usado a si mismo de lienzo. Es mejor no dejarle solo con los rotuladores.

En otra ocasión, preparé todo para que el mayor jugara con las acuarelas a su gusto, incluso le hice sellos con patatas para que los estampara. A su lado me puse con Iván y las ceras. Con Daniel me senté antes para que empezara a hacer sus primero pinitos pictóricos, pero con mi bebé me he dejado ir un poco. El chiquitín se prestó al juego entusiasmado. Mientras Daniel hacía su obra de arte (a la que yo llamaría Mantel tras cena de Navidad), Iván hacía rayitas y garabatos en el folio tan feliz. El único problema fue que no pude estar en todo como a mí me hubiera gustado. Mi chico mayor quería que le cambiara al agua del vaso constantemente y yo tenía al pequeño en brazos y no podía atender su demanda. Acabó enguarrando los folios con agua a y pintura a mogollón y dejándome la cocina hecha una asco. Con lo que tocó reñirle para que desistiera en seguir con ese comportamiento.

Mientras tanto, Iván había decidido que ya era hora de probar a que sabían esos palotes de colores tan divertidos y con ello sobrevino mi decisión de acabar la sesión de pintura. Para desolación del mayor que se lo estaba pasando pipa. Cuando le hice entender que ya era hora de limpiar y recoger se sentó frente la tele y me dijo que eso lo dejaba para mi. Comiéndome la ira que me subía desde el mismísimo estómago, le obligué a "limpiar" conmigo mientras trataba de que Iván no empeorara el caos. Evidentemente, el bebé acabó atado a la trona y frente a los Cantajuegos. Moviendo las manitas y los pies al ritmo de la música, mientras Daniel y yo limpiábamos recogíamos. Mas bien yo. Todo sea por despertar el lado artístico de mis retoños.






viernes, 21 de diciembre de 2012

Jornadas abiertas en la piscina

Hoy dejaban a los padres babear observando las evoluciones de sus hijos en la actividad extraescolar de Natación desde una cristalera de un piso alto. Estaba deseando que llegara el día para ver si realmente mi peque lo pasa mal en el agua o no.

La cosa empezó fatal. Me había llevado a Daniel a las doce y media para que comiera en casa y durmiera siesta. pensé que sería lo mejor para que luego no estuviera inaguantable toda la tarde, pero me equivoqué. Se despertó de un humor de perros y hubo que arrastrarle hasta el autobús que le llevaría al polideportivo.

Allí las monitoras le mimaron, le prometieron el oro y el moro, le regalaron mil sonrisas, pero todo fue inútil. El chiquillo tenía una perreta en toda regla. Las profesoras me aseguraban que Daniel siempre iba contento a piscina, que, incluso consolaba a los niños que lloraban y que les parecía extrañísima su actitud. Al final una de ellas nos pidió a Raúl y a mí que nos fuéramos porque pensaba que nosotros éramos el problema y que, en cuanto desapareciéramos, también desaparecía la perreta. Me fui con la lagrimilla en el ojo porque, si hubiera sido por mí, me lo hubiera llevado de vuelta a casa, pero el padre fue firme y no consintió en una retirada.

Angustiada nos dirigimos andando a nuestro destino, con algún percance que otro porque yo no había cogido la dirección exacta del sitio. Afortunadamente, llegamos sin problemas. Una vez allí nos instalamos tras la cristalera del segundo piso y esperamos ansiosos a que saliera nuestro hijo. Mientras tanto, Iván pegó su nariz al cristal entusiasmado con la vista. Raúl distinguió rápidamente a Daniel. Se le veía tranquilo.

Observamos que tenían una monitora para cada tres niños de tres años. La chica los metía uno por uno y los volvía a sacar para hacer los ejercicios. Los trataba con mucha suavidad. Daniel saltaba a los brazos de la profesora alegremente aunque titubeando un poco, usaba el churrito como un profesional, pataleaba hasta las escaleras con gran ímpetu, se subía a la colchoneta con mucha gracia y parecía disfrutar cada momento.

Mientras tanto, yo tenía puesto un ojo en cada chiquillo. Iván se recorría el pasillo con ahinco, se metía y salía de las taquillas, las cerraba, interactuaba con otros bebés hermanos de los nadadores... ¡Vamos que no se estaba quieto ni un segundo! Menos mal que Raúl se hizo cargo de él los últimos diez minutos para que yo pudiera disfrutar libremente de la clase.

Cuando ya se los llevaba la monitora a los vestuarios y los estaba cubriendo con la toalla, Daniel alzó la vista y me vio. Nos saludamos emocionados antes de irse a vestir.

Fui al encuentro de Raúl e Iván, que se habían ido a recorrer el polideportivo y bajamos a esperar a que saliera el mayor. Dainiel se fue con nosotros muy contento.

Lo cierto es que me quedo muy tranquila con respecto a esta extraescolar después de ver que los tratan tan bien y con tanto cariño. El hecho de que tenga sólo dos compañeros en su grupo me encanta. Está muy cuidado.

Lo mejor de todo es que nos dieron las notas de Natación:

Salta al agua: Bien
Sumerge la cabeza: Bien
Abre los ojos debajo del agua: Regular
Suelta el aire debajo del agua: Regular
Flota sin ayuda: Bien
Atención en clase: Excelente
Comprensión de las tareas: Excelente
Disposición al trabajo: Excelente
Relación con los demás (compañeros y monitores): Excelente
Flotación: Bien
Patada: Bien
Brazada: Bien
Respiración: Bien
Coordinación: Muy bien

Otra vez soy una madre orgullosa.

Fiestas, vaillancicos y mucha Navidad en los colegios

Los peques están disfrutando mucho del espíritu navideño este año. En la guardería la ardilla Rita (la mascota de otoño de la clase) se ha despedido de los niños para marcharse al bosque. A la vuelta de las vacaciones conocerán al pingüino Lino (la mascota de invierno). Antes de irse la ardilla se juntó con las ardillas de las otras clases y les deleitó con una obra de teatro. Al día siguiente tuvieron un concierto de villancicos cortesía de los niños mayores y se lo pasaron bomba con el árbol de Navidad luminoso del Hall.


Ayer nos invitaron a todos los padres y profesores a una copa y a un concierto de villancicos de la mano de la Coral del Hospital de La Paz en el colegio de Daniel. El peque estaba muy emocionado porque su mamá y si hermanito iban a entrar al comedor y al gimnasio que era donde se harían los eventos. La copa estuvo muy animada. Daniel se puso las botas a comer bombones. Me pareció muy extraño que no hubieran ofrecido las típicas patatas o gusanitos para lo niños, pero al chiquitín no le importó. Lo malo es que me di cuenta de que los marrones eran de licor cuando ya había engullido al menos dos. Supongo que la dosis será tan pequeña que no me tengo que preocupar. Los chiquillos corrían de un lado a otro como locos, seguidos de Iván, que también estaba muy emocionado e intentó varias veces explorar la cocina del centro. Sin éxito, he de añadir.

A las cinco nos hicieron pasar al gimnasio, donde los niños hicieron el burro todo lo que quisieron con las formas blanditas y las colchonetas. Daniel brincaba de un rulo a otro. E Iván gritaba a los niños emocionado y no se quedaba atrás.

Entre profesores y padres logramos sentar a los sobre excitados chiquillos. El concierto debió de estar muy bien. Yo no lo sé, porque Iván se puso tonto en el minuto uno y me tuve que salir con él al patio. Daniel quedó al cuidado de una amiga. Dos conciertos de villancicos son demasiados para un pobre bebé.

El mayor salió muy contento del gimnasio. Y de allí nos fuimos a casa a descansar un poco porque ya estaba bien de tanto trote.

Hoy tenía mi niño mayor su fiesta de Navidad en la clase. Se ha ido disfrazado de Papa Noel muy contento, aunque le ha fallado que su madre no pensara en el saco lleno de regalos que tenía que haber llevado para completar el traje. En el último minuto se me ocurrió pintarle una barba blanca que luego fue lo que le diferenció de los otros Papa Noeles. Les di a los dos chiquitines sendas panderetas y ¡a la calle!

En la puerta de clase nos encontramos con los pastores, los reyes magos, las vírgenes María... ¡Todos guapísimos!

A la salida, Daniel me dijo que había visto a los Reyes Magos y que les había pedido un regalo para papá, otro para Iván, otro para mí y muchos, muchos para él.