Hay que confesar que los peques están agotados. Los fines de semana no paran y las clases, extraescolares (el mayor), el parque... Son demasiadas cosas para niños tan pequeños, por mucho que ellos mismos nos pidan más madera.
Así que cuando llegamos al viernes, me encontré con dos fieras leonadas muy difíciles de controlar. Raúl había quedado esa tarde para merendar en casa de un amigo suyo, que tiene una niña encantadora, tan buena y dulce, que el contraste fue aún mayor. Mientras la chiquilla miraba sonriente a mis hijos, estos le pegaban una "palizota" a su gigante oso de peluche. Y eso fue lo más suave que hicieron. Fue imposible hacer que sentaran a merendar tranquilamente; sacaron todos los juguetes que tuvieron a mano y los trataron a patadas; se pelearon por todo y a cada segundo; saltaron por el sofá... ¡Vamos! Que no sé lo que les quedó por hacer para hacerme estallar como una energúmena. Nuestros anfitriones nos aseguraron que se había divertido mucho y que son niños y los niños son así. Pero yo me fui muerta de la vergüenza de su casa y con una regañina para los peques monumental que duró todo el trayecto de vuelta en coche.
El sábado pasamos una mañana tranquila, jugando y viendo la tele en previsión a la celebración que teníamos por la tarde. Un primito cumplía su primer año y eso es todo un acontecimiento. Lo cierto es que en esta ocasión se portaron mucho mejor. La cosa empezó bien. Le hicieron caratoñas a su primito, jugaron en el parque infantil de la comunidad, con los juguetes del cumpleañero, merendaron algo (sobre todo Daniel)... Pero cuando la casa se empezó a llenar de invitados volvieron a ponerse nerviosos y a subirse por las paredes. Más o menos los controlábamos un poco, pero de una forma muy precaria. Afortunadamente la gente los miraban divertidos y se reían de sus travesuras. Aunque yo juraría que mas de uno me miraba a mí con compasión.
Tras comernos la deliciosa tarta, dimos por terminada la fiesta para nosotros porque al día siguiente también teníamos un día fuerte y ya se nos había hecho tardísimo.
Daniel se durmió al segundo de acomodarse en la silla del coche, pero Iván aguantó con los ojillos abiertos hasta casa. ¡Y había una tirada importante! En cuanto llegamos nos pusimos el pijama y nos fuimos todos a la cama.
martes, 11 de noviembre de 2014
domingo, 9 de noviembre de 2014
A Iván le vence el agotamiento
El miércoles el más pequeño de nuestra casa saltó, correteó y se lo pasó pipa jugando en el parque con su hermano y los amigos.
El momento estrella de la tarde fue cuando mis dos vastagos se dieron cuenta que sentarse en el cartel de "No perros" que se encuentra en el cesped que rodea los juegos infantiles y dejarse caer hacia el terreno blandito era la bomba. Al principio me entró la risa al verles jugar así. Pero luego me di cuenta de los posibles riesgos y les convencí para que dejaran de hacer el cabra.
De todas formas el frío empezaba a apretar demasiado, así que nos fuimos a casa, dónde pensaba pasar el reto de la tarde tranquila delante de la tele con mis peques a ambos lados. Lo que se suele llamar tarde de tele y mantita.
Daniel, como siempre, era incapaz de estarse quieto. Daba botes en el asiento, cambiaba de postura mil veces, reptaba por el sofá... Pero Iván estaba inusualmente quieto. ¡Hasta me pidió su almohada y su tete! Su carita era un poema. Oda al agotamiento la podríamos llamar. Ese día cenamos pronto y lo dos a la camita tempranito.
Al día siguiente, llevé al pequeñín al parque, mientras su hermano quemaba energías en judo. Se le veía un poco irritable. Tan pronto saltaba y se reía, como aseguraba que le dolía la barriga y se acurrucaba en mis brazos. Cuando fuimos a buscar al hermano exigía volver al parque inmediatamente para jugar en el castillo. Pero una vez en el cole volvió a quejarse del dolor de barriga. Le acurruqué de nuevo entre mis brazos, en una postura que alivia ese tipo de dolores (con las rodillas pegadas al estómago) y le hice los masajitos que me enseñó Marta de Atempra para que liberara gases. Pues en esas estábamos cuando se me quedó totalmente frito. Menos mal que una mamá me ayudó muchísimo con el mayo cuando salió, porque me vi un poco apurada.
Llegué a casa como pude con Iván, que daba la impresión de que pesaba tres veces más que esa misma mañana, y Daniel, que andaba descontrolado, seguramente por la situación. Menos mal que una amiga, Mari Carmen, me abrió el portal y la puerta de mi casa. Si no es por ella no sé qué equilibrios hubiera tenido que hacer. Y total para depositar al enano en su cama y ¡plin! abra los ojitos. Le quité el abrigo, le puse un pañal preventivo, lo arropé, le cerré la puerta y a los cinco minutos volvía a caer.
Daniel también tenía cara de cansado, así que tocó tarde tranquilita delante de la tele de nuevo (a veces viene tan bien desconectar) durante las dos horas que durmió el pequeño.
Como ya me esperaba, Iván se levantó llorando y de mal humor. No quiso ni oír hablar de sumarse al juego de su padre y su hermano y me exigió atención absoluta. Así que decidí retrasar la cena media hora para jugar con él ese rato hasta que se encontrara más tranquilo. Y funcionó.
Cuando entré en la cocina para atender mis labores había recuperado la alegría y las energías.
Durante la cena se portaron fatal, así que acabamos los tres enfadados. Tan harta estaba que decid´di seguir el consejo de una amiga y les puse un reloj analítico enorme delante que les avisara de cuando se les acaba el tiempo de estar despiertos. "Cuando la manilla grande del reloj llegué a este punto (las nueve y cuarto y eran las ocho y media) os vais a lavar los dientes y a la cama estéis como estéis". Al contrario de l que pensé, los chiquillos estaban encantados con el nuevo juego y se lo tomaron a risas. De hecho, Daniel me ha pedido que no quite el reloj de ahí "en toda la vida".
El resultado fue que Daniel tuvo cinco minutos de cuento al menos, y que Iván se fue a la cama si haber podido acabarse la fruta ni tomado el yogurt de galleta que tanto anhelaba. No me montó la perreta porque escribí su nombre en la tapa antes de meterlo en la nevera asegurando que se lo guardaba para mañana.
Pensé que, tras la inesperada siesta, el chiquitín daría mucha guerra, pero se quedó dormido tan rápido como su hermano.
El pobre Daniel se despertó de madrugada llamandome angustiado. "Mami ¿me ayudas a quitar los bichos que han venido a la cama porque me he portado mal?" me rogó. "¿Bichos? ¿Que te has portado mal?" contesté yo mientras le acariciaba el pelo, "Eso es imposible, porque tú siempre te portas muy bien. ¡Si eres el niño más bueno del mundo! No me creo la suerte que tengo de ser tu mamá..." Estó bastó para hacerle sonreir, volver a apoyar la cabecita en la almohada y quedarse frito al segundo. Y a mí me sirvió para reflexionar y tratarle de un forma más positiva al día siguiente. Aunque reñirle le tengo que reñir, porque ya le puedes pedir las cosas treinta veces, que todas se despistará con una mosca y no realizará la tarea.
El momento estrella de la tarde fue cuando mis dos vastagos se dieron cuenta que sentarse en el cartel de "No perros" que se encuentra en el cesped que rodea los juegos infantiles y dejarse caer hacia el terreno blandito era la bomba. Al principio me entró la risa al verles jugar así. Pero luego me di cuenta de los posibles riesgos y les convencí para que dejaran de hacer el cabra.
De todas formas el frío empezaba a apretar demasiado, así que nos fuimos a casa, dónde pensaba pasar el reto de la tarde tranquila delante de la tele con mis peques a ambos lados. Lo que se suele llamar tarde de tele y mantita.
Daniel, como siempre, era incapaz de estarse quieto. Daba botes en el asiento, cambiaba de postura mil veces, reptaba por el sofá... Pero Iván estaba inusualmente quieto. ¡Hasta me pidió su almohada y su tete! Su carita era un poema. Oda al agotamiento la podríamos llamar. Ese día cenamos pronto y lo dos a la camita tempranito.
Al día siguiente, llevé al pequeñín al parque, mientras su hermano quemaba energías en judo. Se le veía un poco irritable. Tan pronto saltaba y se reía, como aseguraba que le dolía la barriga y se acurrucaba en mis brazos. Cuando fuimos a buscar al hermano exigía volver al parque inmediatamente para jugar en el castillo. Pero una vez en el cole volvió a quejarse del dolor de barriga. Le acurruqué de nuevo entre mis brazos, en una postura que alivia ese tipo de dolores (con las rodillas pegadas al estómago) y le hice los masajitos que me enseñó Marta de Atempra para que liberara gases. Pues en esas estábamos cuando se me quedó totalmente frito. Menos mal que una mamá me ayudó muchísimo con el mayo cuando salió, porque me vi un poco apurada.
Llegué a casa como pude con Iván, que daba la impresión de que pesaba tres veces más que esa misma mañana, y Daniel, que andaba descontrolado, seguramente por la situación. Menos mal que una amiga, Mari Carmen, me abrió el portal y la puerta de mi casa. Si no es por ella no sé qué equilibrios hubiera tenido que hacer. Y total para depositar al enano en su cama y ¡plin! abra los ojitos. Le quité el abrigo, le puse un pañal preventivo, lo arropé, le cerré la puerta y a los cinco minutos volvía a caer.
Daniel también tenía cara de cansado, así que tocó tarde tranquilita delante de la tele de nuevo (a veces viene tan bien desconectar) durante las dos horas que durmió el pequeño.
Como ya me esperaba, Iván se levantó llorando y de mal humor. No quiso ni oír hablar de sumarse al juego de su padre y su hermano y me exigió atención absoluta. Así que decidí retrasar la cena media hora para jugar con él ese rato hasta que se encontrara más tranquilo. Y funcionó.
Cuando entré en la cocina para atender mis labores había recuperado la alegría y las energías.
Durante la cena se portaron fatal, así que acabamos los tres enfadados. Tan harta estaba que decid´di seguir el consejo de una amiga y les puse un reloj analítico enorme delante que les avisara de cuando se les acaba el tiempo de estar despiertos. "Cuando la manilla grande del reloj llegué a este punto (las nueve y cuarto y eran las ocho y media) os vais a lavar los dientes y a la cama estéis como estéis". Al contrario de l que pensé, los chiquillos estaban encantados con el nuevo juego y se lo tomaron a risas. De hecho, Daniel me ha pedido que no quite el reloj de ahí "en toda la vida".
El resultado fue que Daniel tuvo cinco minutos de cuento al menos, y que Iván se fue a la cama si haber podido acabarse la fruta ni tomado el yogurt de galleta que tanto anhelaba. No me montó la perreta porque escribí su nombre en la tapa antes de meterlo en la nevera asegurando que se lo guardaba para mañana.
Pensé que, tras la inesperada siesta, el chiquitín daría mucha guerra, pero se quedó dormido tan rápido como su hermano.
El pobre Daniel se despertó de madrugada llamandome angustiado. "Mami ¿me ayudas a quitar los bichos que han venido a la cama porque me he portado mal?" me rogó. "¿Bichos? ¿Que te has portado mal?" contesté yo mientras le acariciaba el pelo, "Eso es imposible, porque tú siempre te portas muy bien. ¡Si eres el niño más bueno del mundo! No me creo la suerte que tengo de ser tu mamá..." Estó bastó para hacerle sonreir, volver a apoyar la cabecita en la almohada y quedarse frito al segundo. Y a mí me sirvió para reflexionar y tratarle de un forma más positiva al día siguiente. Aunque reñirle le tengo que reñir, porque ya le puedes pedir las cosas treinta veces, que todas se despistará con una mosca y no realizará la tarea.
sábado, 8 de noviembre de 2014
Mis hijos y las letras
Como ya he contado otras veces, parece que a Daniel esto de leer y escribir no le atrae en absoluto. De hecho, antes al menos escribía su nombre, ahora ni eso.
Por eso me sorprendió tanto cuando me pisió el cuadernillo de lectura de Letrilandia para cuando completara su panel motivador de estrellas. En un principio, los premios deben ser sin coste o muy baratas. Más bien experiencias. Nunca algo material. El premio anterior fue llevarles a merendar al McDonalds. Pero al pedirme algo tan educativo me fue imposible negarme. Y esa misma tarde tuvo en sus manos la guía de lectura. ¡Estaba entusiasmado!
Lo primero que hizo fue pegar las pegatinas que viene al final y dibujar alrededor mil historias. Al poco las usó para hacerme fichas a mí y ponerme caras serias. Puedo asegurar de que las actividades que me ponían eran imposibles de hacer. Me pegaba tres letras y me decía: "rodea la correcta". "¿Con respecto a qué?" le preguntaba yo. Y se encogía de hombros. Daba igual la que rodease. Resultado: ¡carita seria! Después le dio por hacerme dictados y escribía y escribía esforzándome por hacer las letras muy grandes y los más parecidas posible a las del cuadernillo.
A todo esto, Iván quiso participar. Su hermano no estaba dispuesto a compartir su tesoro de reciente adquisición, así que le saqué otras pegatinas: un cuaderno que le regalaron en su cumple que es monísimo. Tiene figuras en cada hoja que pueden ser una alcantarilla, medio limón, media cebolla, una carita sin rostro, composiciones originales... Y el chiquillo tiene que pegar las egatinas de las partes de la cara que viene detrás donde quiera. Al final era Daniel el que quería lo que tenía el más pequeño.
A Iván no se le olvidaba letrilandia y me pidió unlápiz para dibujarme las letras que se sabe. La O, que es una gran círculo y la L, la letra cantarina. "¿La letra cantarina?" Indagué intrigada. "Ti, mira mamá la la la la la laaaa" y se puro a cantar tan contento. Él sí que es cantarín. No me extraña que le encante la L.
Cuando se cansaron de pegar, dibujar, escribir y jugar con las letras el chiquitín se fue a la habitación de los juguetes a ver que encontraba y el mayor me pidió que le pusiera los cuentos de los habitantes de Letrilandia. Afortunadamente están todos en Youtube. Estuvo un buen rato pasando páginas de la guía y demandando cuentos a la carta: "Ahora el bombero F", "Ahora la montaña M", "Ahora la mudita H"...
Me ha prometido que nos va a leer una página de la guía cada noche. "Una fácil. ¿Vale mami?" me pide con carita de bueno...
Vamos a ver cuanto le dura la emoción por las letras y si hemos invertido bien los ventipocos euros que nos costó el manual.
Por eso me sorprendió tanto cuando me pisió el cuadernillo de lectura de Letrilandia para cuando completara su panel motivador de estrellas. En un principio, los premios deben ser sin coste o muy baratas. Más bien experiencias. Nunca algo material. El premio anterior fue llevarles a merendar al McDonalds. Pero al pedirme algo tan educativo me fue imposible negarme. Y esa misma tarde tuvo en sus manos la guía de lectura. ¡Estaba entusiasmado!
Lo primero que hizo fue pegar las pegatinas que viene al final y dibujar alrededor mil historias. Al poco las usó para hacerme fichas a mí y ponerme caras serias. Puedo asegurar de que las actividades que me ponían eran imposibles de hacer. Me pegaba tres letras y me decía: "rodea la correcta". "¿Con respecto a qué?" le preguntaba yo. Y se encogía de hombros. Daba igual la que rodease. Resultado: ¡carita seria! Después le dio por hacerme dictados y escribía y escribía esforzándome por hacer las letras muy grandes y los más parecidas posible a las del cuadernillo.
A todo esto, Iván quiso participar. Su hermano no estaba dispuesto a compartir su tesoro de reciente adquisición, así que le saqué otras pegatinas: un cuaderno que le regalaron en su cumple que es monísimo. Tiene figuras en cada hoja que pueden ser una alcantarilla, medio limón, media cebolla, una carita sin rostro, composiciones originales... Y el chiquillo tiene que pegar las egatinas de las partes de la cara que viene detrás donde quiera. Al final era Daniel el que quería lo que tenía el más pequeño.
A Iván no se le olvidaba letrilandia y me pidió unlápiz para dibujarme las letras que se sabe. La O, que es una gran círculo y la L, la letra cantarina. "¿La letra cantarina?" Indagué intrigada. "Ti, mira mamá la la la la la laaaa" y se puro a cantar tan contento. Él sí que es cantarín. No me extraña que le encante la L.
Cuando se cansaron de pegar, dibujar, escribir y jugar con las letras el chiquitín se fue a la habitación de los juguetes a ver que encontraba y el mayor me pidió que le pusiera los cuentos de los habitantes de Letrilandia. Afortunadamente están todos en Youtube. Estuvo un buen rato pasando páginas de la guía y demandando cuentos a la carta: "Ahora el bombero F", "Ahora la montaña M", "Ahora la mudita H"...
Me ha prometido que nos va a leer una página de la guía cada noche. "Una fácil. ¿Vale mami?" me pide con carita de bueno...
Vamos a ver cuanto le dura la emoción por las letras y si hemos invertido bien los ventipocos euros que nos costó el manual.
viernes, 7 de noviembre de 2014
Las casas Ronald McDonald y las rayas rojas y blancas
¿Sabéis lo que es una casa Ronald McDonalds? No es un restaurante de comida rápida, no. En realidad, es la fundación tras la cual está la multinacional McDonalds y que dirige todos sus esfuerzos a ayudar a familias sin medios que se tiene que desplazar cerca del hospital donde tienen ingresado a su hijo. Un labor maravillosa que llevan a cabo en 35 países del mundo, España incluida.
Todo comenzó hace 40 años, cuando un jugador profesional de futbol américano del Philadelphia Eagle, Fred Hill, se enfrentó a la peor situación de su vida: un diagnóstico de leucemia para su pequeña de tres años. De la noche a la mañana se vio durmiendo con su mujer en hospitales y tratando de regalarle a su hija sonrisas en vez de miradas tensas. Cuando te toca peregrinar por los hospitales encuentras muchas historias dramáticas en sus pasillos. Eso es lo que le pasó a nuestro protagonista. Y se le abrieron los ojos a un problema que afecta a muchísimas familias: los traslados a hospitales lejos de casa y todo lo que ello conlleva en gastos de manutención. Muchos bolsillos no están a la altura de semejante gasto.
Con esa experiencia en la retina, buscó el apoyo de su equipo, de los restaurantes McDonald's y de los doctores que se sumaron a su causa y así surgió la primera Casa Ronald McDonald, que, cuarenta años después, suman 338 casas abiertas para ayudar a este tipo de familias. En España existen Casas en Barcelona, Málaga, Valencia y, muy pronto, abrirán una cuarta en Madrid gracias a la Fundación Infantil Ronald McDonald.
Para celebrar el 40 aniversario de esta labor tan necesaria se ha puesto en marcha una iniciativa a nivel mundial en la que las protagonistas son las rayas rojas y blancas, #forRMHC. ¿Quieres sumarte? Yo ya lo he hecho. Y aquí está mi pequeña contribución.
Todo comenzó hace 40 años, cuando un jugador profesional de futbol américano del Philadelphia Eagle, Fred Hill, se enfrentó a la peor situación de su vida: un diagnóstico de leucemia para su pequeña de tres años. De la noche a la mañana se vio durmiendo con su mujer en hospitales y tratando de regalarle a su hija sonrisas en vez de miradas tensas. Cuando te toca peregrinar por los hospitales encuentras muchas historias dramáticas en sus pasillos. Eso es lo que le pasó a nuestro protagonista. Y se le abrieron los ojos a un problema que afecta a muchísimas familias: los traslados a hospitales lejos de casa y todo lo que ello conlleva en gastos de manutención. Muchos bolsillos no están a la altura de semejante gasto.
Con esa experiencia en la retina, buscó el apoyo de su equipo, de los restaurantes McDonald's y de los doctores que se sumaron a su causa y así surgió la primera Casa Ronald McDonald, que, cuarenta años después, suman 338 casas abiertas para ayudar a este tipo de familias. En España existen Casas en Barcelona, Málaga, Valencia y, muy pronto, abrirán una cuarta en Madrid gracias a la Fundación Infantil Ronald McDonald.
Para celebrar el 40 aniversario de esta labor tan necesaria se ha puesto en marcha una iniciativa a nivel mundial en la que las protagonistas son las rayas rojas y blancas, #forRMHC. ¿Quieres sumarte? Yo ya lo he hecho. Y aquí está mi pequeña contribución.
jueves, 6 de noviembre de 2014
Domingo lluvioso
El último día del fin de semana más terrorífico del año amaneció pasado por agua. Raúl y yo decidimos que podía ser una oportunidad para que los peques se quedaran en la casa jugando y descansaran de todo el trajín de los días anteriores. Pero ellos tenían otros planes. "Para quedarme en casa jugando no salgo de Madrid" me soltó el primogénito muy decidido.
Los dos tenían muy claro que querían ir a ver a sus primos y tan pesados se pusieron con el tema, sobre todo el mayor, que en cuanto aflojó un poco la lluvia nos dirigimos hacia la casa de sus adorados primos. Y allí los encontramos jugando emocionados a un juego de la Play de hacer acrobacias con la bici. Mis chicos no dudaron en sumarse a la fiesta de la consola. Los tres niños más mayores se turnaban el mando de una forma muy ordenada y sin discusiones que me sorprendió. Y a Iván le engañaron con un mando roto, que el más grande de los primos tendió hacia la Play simulando que lo enganchaba. Como el chiquitín estaba más feliz que unas castañuelas manipulando su mando inservible y dando brincos nervioso en el sofá con cada porrazo del ciclista, les dejamos que siguieran adelante con su artimaña.
Al poco nos dimos cuenta de que había comenzado a llover torrencialmente y que no veníamos preparados para tal diluvio, así que nos quedamos atrapados en la casa para gran alegría de mis hijos, que se lo pasaron pipa. Cuando se acercaba la hora de comer, decidimos arriesgarnos al resfriados y correr como alma que lleva el diablo para llegar a la casa de las abuelas lo más secos posibles. Y más o menos lo logramos.
Recogimos, hicimos las maletas, comimos y ¡para Madrid! Con atasco que alargó el viaje al doble de su duración normal. Fin de Halloween en el pueblo.
Los dos tenían muy claro que querían ir a ver a sus primos y tan pesados se pusieron con el tema, sobre todo el mayor, que en cuanto aflojó un poco la lluvia nos dirigimos hacia la casa de sus adorados primos. Y allí los encontramos jugando emocionados a un juego de la Play de hacer acrobacias con la bici. Mis chicos no dudaron en sumarse a la fiesta de la consola. Los tres niños más mayores se turnaban el mando de una forma muy ordenada y sin discusiones que me sorprendió. Y a Iván le engañaron con un mando roto, que el más grande de los primos tendió hacia la Play simulando que lo enganchaba. Como el chiquitín estaba más feliz que unas castañuelas manipulando su mando inservible y dando brincos nervioso en el sofá con cada porrazo del ciclista, les dejamos que siguieran adelante con su artimaña.
Al poco nos dimos cuenta de que había comenzado a llover torrencialmente y que no veníamos preparados para tal diluvio, así que nos quedamos atrapados en la casa para gran alegría de mis hijos, que se lo pasaron pipa. Cuando se acercaba la hora de comer, decidimos arriesgarnos al resfriados y correr como alma que lleva el diablo para llegar a la casa de las abuelas lo más secos posibles. Y más o menos lo logramos.
Recogimos, hicimos las maletas, comimos y ¡para Madrid! Con atasco que alargó el viaje al doble de su duración normal. Fin de Halloween en el pueblo.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Ganadores de las entradas "María Bimbolles, el musical"
Ya tenemos ganadores de las entradas del original musical de María Bimbolles que aúna espectáculo y coaching infantil:
- Sweet Valentina
- La guinda de Limón
¡¡¡Muchas felicidades!!!
Espero que disfrutéis del espectáculo.
Lo único que siento es no haber tenido entradas para todos los participantes.
- Sweet Valentina
- La guinda de Limón
¡¡¡Muchas felicidades!!!
Espero que disfrutéis del espectáculo.
Lo único que siento es no haber tenido entradas para todos los participantes.
martes, 4 de noviembre de 2014
Los espíritus del cementerio indio
El sábado amanecimos con ganas de hacer algo especial. A Raúl se le ocurrió una aventura especial: visitar el cementerio indio de la peli "El bueno, el malo y el feo". Resulta que el famoso director de Western, Sergio Leone, encontró el perfecto paisaje de salvaje oeste en la Sierra de la Demanda para rodar la tercera parte de su "trilogía de los dólares". ¿Que mejor lugar para visitar el día de Todos los Santos?
Nos costó un poco encontrarlo, porque parece que está algo descuidado y los matojos se lo comen, pero lo logramos y los niños corretearon emocionados entre las tumbas falsas. Cuando la cosa empezó a descontrolarse, les conté que al que osara tocar una tumba le saldría un indio y le cortaría la cabellera. La amenaza sirvió para mantener a salvo el decorado.
Tras deleitarse todo lo que quisieron entre las tumbas, empezamos a recorrer una senda que nos regaló unas vistas preciosas. Mientras los mayores disfrutábamos del paisaje, los niños jugaban encantados con los árboles terroríficos, llenos de caras maléficas y ramas como tentáculos, recogían bellotas (incluso alguna se comieron), jugaban con peligrosísimos palos, descubrían preciosos insectos... ¡Vamos! Toda una aventura.
Llegaron a casa agotados con tanto saltar y correr, pero aún les quedaba pilas para la tarde. En la que nos reunimos con sus "primos de Covarrubias" en los columpios para seguir quemando energías. Nos pilló un poco de lluvia y acabamos en un bar. Donde aprovechamos para que merendaran leche con cacao calentita. En cuanto despejó, los peques salieron a jugar al escondite pilla y pasarlo de miedo. Como el bar estaba al lado de un carretera, yo también salí para vigilarles de cerca. Sobre todo, por Iván, que es demasiado pequeños como para ser consciente del peligro.
De vez en cuando, participaba en el juego. Sobre todo, cuando se liaba una gorda porque no quedaba claro quien se la ligaba. Entonces, como salvadora de la situación me presentaba voluntaria. En una de esas, intentado cazar al más mayor de todos di un paso en falso y me pegué un buen porrazo. El chiquillo se paró asustado y aproveché para pillarlo jajaja
Eso sí, ahora me duele todo.
El juego acabó cuando, en un descuido mío imperdonable, ¡Iván salió a la carretera! No pasó del borde, pero para mi taquicardia fue suficiente. Entramos a recoger los abrigos y nos fuimos para casa, que de todas formas y era hora de empezar con los baños y las cenas.
Nos costó un poco encontrarlo, porque parece que está algo descuidado y los matojos se lo comen, pero lo logramos y los niños corretearon emocionados entre las tumbas falsas. Cuando la cosa empezó a descontrolarse, les conté que al que osara tocar una tumba le saldría un indio y le cortaría la cabellera. La amenaza sirvió para mantener a salvo el decorado.
Llegaron a casa agotados con tanto saltar y correr, pero aún les quedaba pilas para la tarde. En la que nos reunimos con sus "primos de Covarrubias" en los columpios para seguir quemando energías. Nos pilló un poco de lluvia y acabamos en un bar. Donde aprovechamos para que merendaran leche con cacao calentita. En cuanto despejó, los peques salieron a jugar al escondite pilla y pasarlo de miedo. Como el bar estaba al lado de un carretera, yo también salí para vigilarles de cerca. Sobre todo, por Iván, que es demasiado pequeños como para ser consciente del peligro.
De vez en cuando, participaba en el juego. Sobre todo, cuando se liaba una gorda porque no quedaba claro quien se la ligaba. Entonces, como salvadora de la situación me presentaba voluntaria. En una de esas, intentado cazar al más mayor de todos di un paso en falso y me pegué un buen porrazo. El chiquillo se paró asustado y aproveché para pillarlo jajaja
Eso sí, ahora me duele todo.
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