Este fin de semana nos hemos trasladado a Covarrubias por dos razones importantes: Una, porque había que huir del calor horroroso de Madrid; y dos, porque se celebraba el III Spanish Olav Festival.
Durante dos días los vikingos acampan cerca de la Ermita de San Olav y nos enseñan sus usos y costumbres. Ya los visitamos hace un par de años, que asentaron el campamento en Covarrubias, y con mucha pena nos lo perdimos el año pasado, pero este año queríamos ir sí o sí.
Llegamos justo en el momento en el que hacían exhibiciones de juegos propios de este pueblo guerrero. Nada más llegar nos explicaron uno que consistía en colocar unas piezas de madera a modo de peones y rey y hacer puntería con otra pieza de madera para tirar las piezas del contrincante.
Me hubiera gustado quedarme más tiempo a ver el desenlace, pero mis hijos tenían fijado un objetivo. Al fondo se veía otro juego que llamaba mucho la atención. El que se la quedaba se sentaba en cuclillas con los ojos vendados y un casco cerca de sus piernas. Se le daba una cuerda con un saco atado y tenía que darle vueltas sobre su cabeza intentando dar a los valientes que se acercaban con un palito de madera en la mano con claras intenciones de darle al casco. El que lograba darle y salir del círculo sin ser golpeado ganaba. Si te golpeaban te eliminaban.
Allá que se sumaron alegremente mis churumbeles, sobre todo el mayor. Que logró darle al casco una vez aunque luego saliera damnificado al intentar huir. Estaba muy orgulloso de su rasguño de guerra en la rodilla. Cuando tocó cambio del que se la ligaba me presenté voluntaria.
No me atrevía a entrar en el círculo del saco, pero me apetecía participar. Muy decidida hinqué las rodillas en una piel que me facilitaron para que no me las dejara en la gravilla, me vendaron los ojos y empecé a mover la cuerda sobre mi cabeza. Ni que decir tiene que me ganaron por palizón, pero eliminé a unos cuantos antes. Si el saco es blandito, el juego mola mucho. Tanto que, cuando los adultos acabaron con él los niños siguieron jugando con sus reglas y a su modo.
Daba gusto ver cómo enseguida los peques se contagiaron del espíritu vikingo y se pusieron a jugar sin conocerse de nada. A veces con demasiado ímpetu diría yo.
Daniel aprovechó ese rato para acercarse a la armería y pedir con ojitos de bambi al armero que le prestara todo lo que pillço para hacerse fotos guerreras. Hasta se metió en una de las tiendas para que se lo explicaran todo. Dentro pudo desenvainar y envainar una espada. Y eso, señores, fue lo que más le impresionó de toda la jornada. No paró de repetirme su hazaña y de pedirme que le enseñara su foto en plena acción durante todo lo que quedó de finde.
Sólo pararon sus juegos para ver la demostración bélica incluída en el programa. Uno de los vikingos nos contó cómo formaban cuando iban a la batalla. Lo hacían de tal manera que formaban un muro con sus escudos atacando a los enemigos con lanzas y hachas desde la distancia. Nos hicieron unas cuantas melés que acabaron en una trifulca entre dos de los participantes. Ambos contrincantes se enzarzaron en una pelea que acabó con la muerte de uno de ellos. Molaba porque habían participante del campamento que les azuzaban desde el público para dar más realismo a la representación.
Los niños enseguida se pusieron a criticar que había habido poca sangre, que la lucha había sido demasiado corta... ¡Como son! Uno de ellos alegaba que un poco de Ketchup hubiera sido ideal para bordar la escena. Como se estaban revolucionando un poco. Una arquera vikinga se llevó a los que así lo quisieron a practicar su puntería para que pudiéramos ver el entierro con un poco de calma.
Las esclavas del guerrero fueron sacrificadas voluntariamente para asegurarse su plaza en el Valhalla sirviendo a su señor, que había fallecido en combate y por eso mismo se iba directo a la mesa de odin a disfrutar de los más maravillosos placeres por el día y a luchar incansable durante toda la noche. Planazo celestial.
A la primera esclava le cortaron la garganta porque era la principal y el derramamiento de sangre era un privilegio (esta vez corrió sangre de mentira para júbilo infantil) y a la segunda la estrangularon con un cordón. Luego la dispusieron en el círculo de piedras funerario junto con la tercera parte de las posesiones del finado. Sobre todo útiles que le serían de utilidad en la otra vida. Otra tercera parte iba a la familia y la última al que se encargaba de vestir al muerto.
Tras la ceremonia se enterraba al muerto (eso no lo hicieron evidentemente) y unos días después lo desenterraban y, dependiendo de las riquezas del muerto y de las posibilidades los metían en un barco y lo lanzaban al mar en llamas.
Una vez terminada la escenificación nos dejaron acercarnos a verlos de cerca. De nuevo los peques se pusieron criticones: que si habían visto parpadear al muerto, que si no era creíble, que si esto que si lo otro... Total, que el muerto se debió de cansar de oirles y se levantó dando un terrible grito de guerra. Los niños salieron escopetados como si les persiguiera el diablo. Me asustó hasta a mí que no me lo esperaba. Luego nos reímos muchísimo todos.
La verdad es que se lo curran muchísimo. Daniel dice que el próximo año quiere participar y acampar convertido en un auténtico vikingo.
martes, 20 de junio de 2017
lunes, 19 de junio de 2017
Iván se nos gradúa de Infantil
El viernes se nos graduó Iván de Infantil. Ya no tenemos niños pequeños en casa. Me da una pena terrible, pero también orgullo de verlos crecer con ilusión y alegría (y perretas y desgarraduras de vestiduras también, eso que no falte).
Ese día se fue nuestro chiquitín con su birrete y su camiseta naranjas a darlo todo en el escenario. Todos los peques estaban para comérselos y emocionadísimos con su gran día. Entraron dando saltitos de alegría al cole.
A los padres nos abrieron el gimnasio poco después. Ocupamos posiciones móvil en ristre y esperamos con sonrisas esculpidas en piedra a que nuestros churumbeles hicieran su entrada triunfal. Y así lo hicieron. Todos guapísimos y alegres.
En el escenario nos recitaron poesías larguísimas sobre Mozart y un zoo muy loco. Y nos cantaron preciosas canciones de trenes, un cuco y otra que recordaba islas de los mares del sur y en la que hacían volar sus pulseras de cintas al ritmo de la música. También bailaron con como locos una canción muy movida. Estaban graciosísimos.
Al terminar la actuación comenzó la entrega de los diplomas, orlas y unos detalles muy chulos. ¡Que emocionante! Cómo corrieron los peques hacia sus padres cuando terminó la entrega. Iván nos lo enseñó todo muy feliz, nos dio besos y abrazos y luego se unió a sus compañeros para hacer el loco en las colchonetas del gimnasio, como era de esperar.
Mientras las mamis nos pusimos a hacer fotos como locas porque cuanto más recuerdos de ese día mejor, que no se te gradúa el niño de Infantil todos los días. ¡Y el próximo años a Primaria! Qué rápido pasa el tiempo...
Ese día se fue nuestro chiquitín con su birrete y su camiseta naranjas a darlo todo en el escenario. Todos los peques estaban para comérselos y emocionadísimos con su gran día. Entraron dando saltitos de alegría al cole.
A los padres nos abrieron el gimnasio poco después. Ocupamos posiciones móvil en ristre y esperamos con sonrisas esculpidas en piedra a que nuestros churumbeles hicieran su entrada triunfal. Y así lo hicieron. Todos guapísimos y alegres.
En el escenario nos recitaron poesías larguísimas sobre Mozart y un zoo muy loco. Y nos cantaron preciosas canciones de trenes, un cuco y otra que recordaba islas de los mares del sur y en la que hacían volar sus pulseras de cintas al ritmo de la música. También bailaron con como locos una canción muy movida. Estaban graciosísimos.
Al terminar la actuación comenzó la entrega de los diplomas, orlas y unos detalles muy chulos. ¡Que emocionante! Cómo corrieron los peques hacia sus padres cuando terminó la entrega. Iván nos lo enseñó todo muy feliz, nos dio besos y abrazos y luego se unió a sus compañeros para hacer el loco en las colchonetas del gimnasio, como era de esperar.
Mientras las mamis nos pusimos a hacer fotos como locas porque cuanto más recuerdos de ese día mejor, que no se te gradúa el niño de Infantil todos los días. ¡Y el próximo años a Primaria! Qué rápido pasa el tiempo...
viernes, 16 de junio de 2017
La Magia de una Sonrisa y Medusa se ha vuelto a enfadar
Desde Boolino me han llegado dos libros precioso de la colección Cuentos para Emocionarse de la Editorial Parramont, ideales para trabajar las emociones con los niños y con el valor añadido de la realidad aumentada. A mis chicos les fascina ver cómo los personajes cobran vida en la pantalla del móvil. Se trata de La Magia de una Sonrisa y Medusa se ha vuelto a enfadar, que forman parte de una preciosa colección junto con El Erizo que no se quería pinchar.
En La Magia de una Sonrisa nos enseñan cómo nuestra actitud hacia la vida puede cambiar los sentimientos y emociones de los que nos rodean, tanto positivamente como negativamente. Así que, ante un problema o conflicto emocional, lo mejor es pararnos a pensar y ¡sonreir!
Porque el abuelo de Martín conoce la magia de risa y va a compartir su secreto con sus nieto para que la emoción que más sienta en su vida a partir de ahora sea felicidad. Así que ya sabéis: al mal tiempo buena cara para que las sonrisas se multipliquen a nuestro alrededor.
En casa nos ha encantado la historia y estamos intentando ponerla en práctica. Cada vez que frunzo el ceño mis hijos me recuerdan que con una sonrisa todo funciona mejor (¡que morro tienen!).
En Medusa se ha vuelto a enfadar tratan perfectamente situaciones en las que una persona tiene una ataque de ira, pierde los nervios y dicen cosas que duelen a la otra persona.
Lo hacen con una metáfora sobre una medusa con muy mal genio y una almeja demasiado inocente.
Cuando la primera se enfada hace daño a la segunda, que va a tener que aprender a defenderse de los "ataques" de su amiga. El truco está, entre otras cosas, en una buena comunicación. No sé si mis churumbeles han entendido toda la extensión de la trama, pero a mí me ha encantado cómo lo cuentan.
Además de dos historias maravillosas tenemos el añadido de juegos y animaciones por medio del móvil. Bajamos la app gratuita de Google Play o App Store a través del código qr o tecleando la página web y comienza la diversión. Si apuntamos a las páginas con iconito surgen las sorpresas. Lo mejor es que la aplicación te sirve para los tres libros, así no te tienes que tener más que una instalada en el móvil o la tablet.
Estos dos bichillos se lo pasaron bomba haciendo que los personajes cobraran vida. Y en un descuido Iván cambió el idioma a japonés. Ay que trasto. Cómo no entendía nada desinstalé la app y la volví a instalar. ¡Solucionado!
¡Ya tienen entretenimiento para todo el verano!
jueves, 15 de junio de 2017
Los campamentos en el salón siempre triunfan
Estaba yo tranquilamente trabajando cuando se me acercó el mayor con ojitos de bambi. "Oh, oh", pensé yo, "algo quiere". Y efectivamente. Quería montar un campamento en el salón. "Como el del año pasado. ¿Te acuerdas mami?". ¡Claro que me acordaba! La idea la había leído en el Blog de Bombones y me había encantado.
No me pareció mal, pero le plan tenía algunos contras. El primero es que no vivimos en un palacio. Una pena, pero es así y el espacio se cotiza caro. Para hacer la cabaña tenemos que usar la mesa del comedor y cenar delante de la tele los cuatro llega a ser bastante incómodo y hasta peligroso. Siempre acabará algo en el suelo (normalmente grasiento o pringoso). Así que le propuse a mi primogénito posponer el campamento para cuando papi se nos fuera de viaje de trabajo.
Pensando en que yo les iba a dar mucha más libertad creativa que el progenitor, mucho más realista que to, donde va a parar, a Daniel le pareció una estupenda idea.
Así que el día D se despidieron con penita de su papá, pero una vez volvieron del cole entraron a casa con un grito de guerra: "A montar el campamentoooooo".
Lo primero que hicimos fue poner el estudio patas arriba para buscar los materiales. Encontramos con qué hacer el fuego, también los peces de cartulina que hicimos hace mucho tiempo y que nos iban a venir de perlas para el río. Arreglamos las cañas de pescar que los acompañaban y añadimos unos globos con clips pegados para tener muchos más peces sin perder más de cinco minutos en manualidades que impedían el juego inmediato (que era justo lo que ellos querían).
Montamos el lago con bolsas de basura azules y con piezas de madera del tren de Ikea para que no se nos escaparan los peces globo y los dejé pescando mientras montaba la cabaña con unas mantas y la mesita de juegos de Iván.
Les facilité El Gran Libro de las Bestias para que consultaran aquellos animales que encontraran en sus exploraciones (básicamente la gran familia de peluches que campan a sus anchas por la casa). También les dejé a mano la bola del mundo y el juego de cartas de la Boolino Book Box por si lo querían durante su estancia y por crear más ambiente.
Los peques estaban entusiasmados. Metieron los peces pescados en un balde y me pidieron alguna manera de poder asarlos al fuego. Ni corta ni perezosa extendí un cordón de las anillas de un libro de la estantería hasta la pata de la mesa de juegos de iván que hacía las veces de puerta para la caseta. Debajo colocamos el fuego y colgados en el cordón los peces.
Cómo se habían quedado con ganas de más tras el juego de la pesca, les escondí unos pompones como si fueran gamusinos. Tenían que buscarlos y cazarlos. No contaba con que iban a meterlos luego al fuego para cocinarlos y comerlos. "Son carne", me explicó tranquilamente el pequeño. ¡Pobres gamusinos!
Y por la noche, como ya me lo estaba temiendo expresaron su deseo de dormir en su campamento. Les hice una camita con cojines (tengo dos enormes), almohadas, un edredón nórdico sobre el que se tumbaban y minimizaba el hecho de que los cojines se movían y acababan en el suelo una sabanita muy fina. Les enchufé un ventilador para que no se me asfixiaran, les proveí de agua y les dejé una lamparita que se enciende con el movimiento.
Más felices que unas perdices les dejé en su refugio y me fui a trabajar. ¡Más de una hora se pegaron allí! Cotorreando presumo. Ya casi llegué a pensar que se quedarían dormidos y que me tocaría partirme la espalda para llevarlos a sus camas. Pero no. Finalmente (juraría que casi a las dos horas) aparecieron por el estudio. Daniel me dijo que de repente tenía mucho calor y que se quería ir a la cama. Iván venía detrás diciendo que él hacía lo que dijera su hermano.
Encantada de la vida les metí en sus respectivas camitas y a los dos segundos ya roncaban como angelitos.
Al día siguiente también quisieron tumbarse en su cabañita, pero se que tiene muy mala ventilación y los pobres se asaban a pesar del ventilador. Así que en poco más de media hora los tenía en mi puerta para que les diera el besito de buenas noches.
No me pareció mal, pero le plan tenía algunos contras. El primero es que no vivimos en un palacio. Una pena, pero es así y el espacio se cotiza caro. Para hacer la cabaña tenemos que usar la mesa del comedor y cenar delante de la tele los cuatro llega a ser bastante incómodo y hasta peligroso. Siempre acabará algo en el suelo (normalmente grasiento o pringoso). Así que le propuse a mi primogénito posponer el campamento para cuando papi se nos fuera de viaje de trabajo.
Pensando en que yo les iba a dar mucha más libertad creativa que el progenitor, mucho más realista que to, donde va a parar, a Daniel le pareció una estupenda idea.
Así que el día D se despidieron con penita de su papá, pero una vez volvieron del cole entraron a casa con un grito de guerra: "A montar el campamentoooooo".
Lo primero que hicimos fue poner el estudio patas arriba para buscar los materiales. Encontramos con qué hacer el fuego, también los peces de cartulina que hicimos hace mucho tiempo y que nos iban a venir de perlas para el río. Arreglamos las cañas de pescar que los acompañaban y añadimos unos globos con clips pegados para tener muchos más peces sin perder más de cinco minutos en manualidades que impedían el juego inmediato (que era justo lo que ellos querían).
Montamos el lago con bolsas de basura azules y con piezas de madera del tren de Ikea para que no se nos escaparan los peces globo y los dejé pescando mientras montaba la cabaña con unas mantas y la mesita de juegos de Iván.
Les facilité El Gran Libro de las Bestias para que consultaran aquellos animales que encontraran en sus exploraciones (básicamente la gran familia de peluches que campan a sus anchas por la casa). También les dejé a mano la bola del mundo y el juego de cartas de la Boolino Book Box por si lo querían durante su estancia y por crear más ambiente.
Los peques estaban entusiasmados. Metieron los peces pescados en un balde y me pidieron alguna manera de poder asarlos al fuego. Ni corta ni perezosa extendí un cordón de las anillas de un libro de la estantería hasta la pata de la mesa de juegos de iván que hacía las veces de puerta para la caseta. Debajo colocamos el fuego y colgados en el cordón los peces.
Cómo se habían quedado con ganas de más tras el juego de la pesca, les escondí unos pompones como si fueran gamusinos. Tenían que buscarlos y cazarlos. No contaba con que iban a meterlos luego al fuego para cocinarlos y comerlos. "Son carne", me explicó tranquilamente el pequeño. ¡Pobres gamusinos!
Y por la noche, como ya me lo estaba temiendo expresaron su deseo de dormir en su campamento. Les hice una camita con cojines (tengo dos enormes), almohadas, un edredón nórdico sobre el que se tumbaban y minimizaba el hecho de que los cojines se movían y acababan en el suelo una sabanita muy fina. Les enchufé un ventilador para que no se me asfixiaran, les proveí de agua y les dejé una lamparita que se enciende con el movimiento.
Más felices que unas perdices les dejé en su refugio y me fui a trabajar. ¡Más de una hora se pegaron allí! Cotorreando presumo. Ya casi llegué a pensar que se quedarían dormidos y que me tocaría partirme la espalda para llevarlos a sus camas. Pero no. Finalmente (juraría que casi a las dos horas) aparecieron por el estudio. Daniel me dijo que de repente tenía mucho calor y que se quería ir a la cama. Iván venía detrás diciendo que él hacía lo que dijera su hermano.
Encantada de la vida les metí en sus respectivas camitas y a los dos segundos ya roncaban como angelitos.
Al día siguiente también quisieron tumbarse en su cabañita, pero se que tiene muy mala ventilación y los pobres se asaban a pesar del ventilador. Así que en poco más de media hora los tenía en mi puerta para que les diera el besito de buenas noches.
martes, 13 de junio de 2017
Jugando por ellos 2017
El sábado lo pasamos genial en las jornadas Jugando por ellos, un evento solidario que dona todos los beneficios a una asociación protectora de animales, éste año la beneficiaria ha sido El Refugio Escuela de Sevilla que, además de dar hogar y cariño a muchísimos perros y gatos abandonados y maltratados, pretende crear una escuela en la que los niños aprendan a cuidar de los animales con amor y respeto.
Llegamos demasiado pronto al club Mecatol Rex, pero no tuvieron ningún problema en aconsejarnos y explicarnos las reglas de La Isla Prohibida para empezar a jugar con los niños y sacarla de su colección porque aún no se había abierto la ludoteca de las jornadas.
Lo pasamos genial con la carrera contrareloj para sacar las reliquias de la isla antes de que se hundiera. Lo logramos por los pelos. Fue extremadamente emocionante.
Tras la partida, los peques se pegaron a una consola y nosotros echamos una manita en lo que pudimos.
Al rato abrían la ludoteca y Daniel se hacía con el juego al que le había echado el ojo desde el principio y que ya es un clásico de todas las jornadas: Looney Quest. Estuvimos un buen rato hasta que él se cansó y se fue con su padre a probar otros juegos. Yo me quedé con su hermano y con otros niños a los que les había llamado la atención el juego. Nos partíamos de la risa con las hecatombes que se formaban por falta de visualización espacial. Si teníamos que esquivar las bombas les dábamos a todas, si teníamos que dar a los cuadros... ni uno... Y así todo el rato. Al final regalaba puntos, pero lo importante era que lo estábamos pasando muy bien.
Entonces fue cuando mis churumbeles descubrieron el simulador de nave espacial. ¡Una pasada! El voluntario hacía las veces de capitán y cada niño adoptaba un rol dentro de la nave: pilotos, ingeniero, explorador, soldado... ¡Anda que no se lo pasaron bien los peques! ¡Tanto que ahora quieren que compremos tres ordenadores más en casa y nos hagamos con el juego! Estos lo flipan.
Tanto gustó a los niños que a los adultos nos daba vergüenza pedir la vez y quitarle el puesto a un churumbel. Y eso que muchos estábamos deseando probarlo.
Al lado del simulador estaba el puesto de comidas para tentar a mis pequeños, que devoraron a gusto todo lo que pudieron comprar con las monedas que me sacaban a mí y lo que les regalaba el del puesto al verlos tan motivados.
Cuando volvieron al tema juegos de mesa propiamente dichos descubrimos La cucaracha, una risa de juego en el que un bicho asqueroso, estooo, una cucaracha con ruedas intentaba huir de un circuito en el que los contendientes giraban paredes según un dado y conducían al bicho a su terreno para que caiga en su agujero. Hay que ser rápido para tirar el dado y girar a la velocidad de la luz y que no se lo lleve el otro.
También probamos Monster Chase, un juego muy divertido que adopta reglas del memory de toda la vida para ganarle la batalla a los monstruos que intentan asustarnos. Si encima le echamos teatro y damos voz a los malvados monstruos ya es el despiporre.
Entonces cogimos el Catan Junior, pero mi hijo se cansó de las reglas y decidió que era ideal para un juego bélico de estrategia, así que luchamos contra la malvada urraca que pretendía invadir nuestros dominios con sus barcos y torres piratas. Con los dados avanzábamos por turnos el enemigo y nosotros y también se resolvían las batallas. Como éramos dos contra una ganamos nosotros of course.
Estuvimos a punto de jugar a Imperio Cobra que yo nunca lo he hecho y tenía mucha curiosidad, pero el niño que nos estaba explicando las reglas nos dejó a medias porque tenía hambre y quería buscar a su mamá, así que de nuevo jugaron a su bola mientras yo me leía las reglas. Cuando terminé ya estaban enzarzados en una emocionante aventura de soldados y serpientes con poderes especiales y ya no querían ni escucharme.
Intentamos jugar a Tiburón, pero me parece que Daniel se había enterado de la mitad de las reglas, porque yo no lo veía. Al final el tiburón me despedazó sin piedad y mis churumbeles salieron casi indemnes. Yo creo que me hacen trampas.
También nos dio tiempo a jugar a Diego Drachenzahn y a El Troglodita, antes de pasar a la sesión adulta. Raúl ya llevaba un rato jugando a juegos para mayores, pero yo prefería atender a los peques. Cuando vi que se habían enganchado de nuevo al simulador y que iba para largo le propuse jugar por fin a algo más complicado.
Cogimos Haru Ichiban, que a mí me encanta, pero que a él sólo le gusta sin más. Me lo pasé genial dándole una buena paliza como jardinera imperial, pero luego él me la devolvió con creces con Patchwork, me fundió con los botones. Intentamos echar una partida a uno que nunca habíamos jugado: Seven Wonders Duel, pero al pasar la primera fase anunciaron el comienzo de los sorteos. Así que no pudimos terminar. Una pena porque pintaba bien.
En el sorteo ganamos dos juegos y dos bolsas chulísimas. Ya hemos estrenado el juego infantil, Moo Stick. El otro, Al abordaje, aún no pero tiene pintaza y encima nos va a venir genial para el verano porque es pequeño y muy transportable.
Llegamos demasiado pronto al club Mecatol Rex, pero no tuvieron ningún problema en aconsejarnos y explicarnos las reglas de La Isla Prohibida para empezar a jugar con los niños y sacarla de su colección porque aún no se había abierto la ludoteca de las jornadas.
Lo pasamos genial con la carrera contrareloj para sacar las reliquias de la isla antes de que se hundiera. Lo logramos por los pelos. Fue extremadamente emocionante.
Tras la partida, los peques se pegaron a una consola y nosotros echamos una manita en lo que pudimos.
Al rato abrían la ludoteca y Daniel se hacía con el juego al que le había echado el ojo desde el principio y que ya es un clásico de todas las jornadas: Looney Quest. Estuvimos un buen rato hasta que él se cansó y se fue con su padre a probar otros juegos. Yo me quedé con su hermano y con otros niños a los que les había llamado la atención el juego. Nos partíamos de la risa con las hecatombes que se formaban por falta de visualización espacial. Si teníamos que esquivar las bombas les dábamos a todas, si teníamos que dar a los cuadros... ni uno... Y así todo el rato. Al final regalaba puntos, pero lo importante era que lo estábamos pasando muy bien.
Entonces fue cuando mis churumbeles descubrieron el simulador de nave espacial. ¡Una pasada! El voluntario hacía las veces de capitán y cada niño adoptaba un rol dentro de la nave: pilotos, ingeniero, explorador, soldado... ¡Anda que no se lo pasaron bien los peques! ¡Tanto que ahora quieren que compremos tres ordenadores más en casa y nos hagamos con el juego! Estos lo flipan.
Tanto gustó a los niños que a los adultos nos daba vergüenza pedir la vez y quitarle el puesto a un churumbel. Y eso que muchos estábamos deseando probarlo.
Al lado del simulador estaba el puesto de comidas para tentar a mis pequeños, que devoraron a gusto todo lo que pudieron comprar con las monedas que me sacaban a mí y lo que les regalaba el del puesto al verlos tan motivados.
Cuando volvieron al tema juegos de mesa propiamente dichos descubrimos La cucaracha, una risa de juego en el que un bicho asqueroso, estooo, una cucaracha con ruedas intentaba huir de un circuito en el que los contendientes giraban paredes según un dado y conducían al bicho a su terreno para que caiga en su agujero. Hay que ser rápido para tirar el dado y girar a la velocidad de la luz y que no se lo lleve el otro.
También probamos Monster Chase, un juego muy divertido que adopta reglas del memory de toda la vida para ganarle la batalla a los monstruos que intentan asustarnos. Si encima le echamos teatro y damos voz a los malvados monstruos ya es el despiporre.
Entonces cogimos el Catan Junior, pero mi hijo se cansó de las reglas y decidió que era ideal para un juego bélico de estrategia, así que luchamos contra la malvada urraca que pretendía invadir nuestros dominios con sus barcos y torres piratas. Con los dados avanzábamos por turnos el enemigo y nosotros y también se resolvían las batallas. Como éramos dos contra una ganamos nosotros of course.
Estuvimos a punto de jugar a Imperio Cobra que yo nunca lo he hecho y tenía mucha curiosidad, pero el niño que nos estaba explicando las reglas nos dejó a medias porque tenía hambre y quería buscar a su mamá, así que de nuevo jugaron a su bola mientras yo me leía las reglas. Cuando terminé ya estaban enzarzados en una emocionante aventura de soldados y serpientes con poderes especiales y ya no querían ni escucharme.
Intentamos jugar a Tiburón, pero me parece que Daniel se había enterado de la mitad de las reglas, porque yo no lo veía. Al final el tiburón me despedazó sin piedad y mis churumbeles salieron casi indemnes. Yo creo que me hacen trampas.
También nos dio tiempo a jugar a Diego Drachenzahn y a El Troglodita, antes de pasar a la sesión adulta. Raúl ya llevaba un rato jugando a juegos para mayores, pero yo prefería atender a los peques. Cuando vi que se habían enganchado de nuevo al simulador y que iba para largo le propuse jugar por fin a algo más complicado.
Cogimos Haru Ichiban, que a mí me encanta, pero que a él sólo le gusta sin más. Me lo pasé genial dándole una buena paliza como jardinera imperial, pero luego él me la devolvió con creces con Patchwork, me fundió con los botones. Intentamos echar una partida a uno que nunca habíamos jugado: Seven Wonders Duel, pero al pasar la primera fase anunciaron el comienzo de los sorteos. Así que no pudimos terminar. Una pena porque pintaba bien.
En el sorteo ganamos dos juegos y dos bolsas chulísimas. Ya hemos estrenado el juego infantil, Moo Stick. El otro, Al abordaje, aún no pero tiene pintaza y encima nos va a venir genial para el verano porque es pequeño y muy transportable.
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