viernes, 8 de marzo de 2013

Dientes rabiosos

El pobre Iván lo está pasando fatal. Le están saliendo dientes a porrillo y no hace más que babear, desesperarse, llorar y coger una rabietas increíbles.

Y ¡Cómo babea! Es increíble. Se empapa la camiseta en cuestión de minutos.

Lo peor son las noches No pegamos ojo ninguno de los dos y así está el pobre durante el día: con un humor de mil demonios. Y la mami también. De nada sirve la zanahoria fresquita, los mordedores de nevera, el pan duro, el Dalsy directamente en sus inflamadas encías... A lo mejor le calma un poco, pero al ratito sigue con sus lloros, chillidos, pataletas...

Pobre Iván... Y pobre mamá que también lo sufre aunque no le duelan.

jueves, 7 de marzo de 2013

Me regalan flores

¡Me encantan las flores! Y las de este ramo me parecen premiosas. Me las ha regalado Mónica de Una nueva vida.

Mónica tiene un blog genial en el que nos cuenta  cómo se vio inmersa en un nuevo mundo tras el nacimiento de su chiquitina. Un mundo maravilloso lleno de sorpresas, besos babosos y algunos sinsabores, porque no todo puede ser de color de rosa.

El premio ya me lo habían pasado así no voy a volver a responder las preguntas que ya respondí en otra entrada.

Aunque sí lo voy a pasar. Está muy extendido, así que es probable que se lo dé a alguien que ya lo tenga. Pero siempre es bonito que te regalen flores.

La nave de V
Desesperada mamá
El mundo de Hugo
Star en Rojo
El blog de Renee
Más allá de rosa o azul
Ya estoy Aquí!! Mama y bloguera en prácticas
Mamá también sabe...

miércoles, 6 de marzo de 2013

¡No me quiero morir!

Una noche, estábamos Raúl y yo en el salón disfrutando de un poco de tranquilidad tras acostar a los niños, cuando oímos los pasitos del mayor por el pasillo. Abrió la puerta del salón de golpe y soltó la bomba: "No quiero hacerme mayor, porque no me quiero morir".

¿Pero de dónde saca este chiquillo esas ideas? Nos quedamos a cuadros ante semejante frase. Papá abrazó a su hijito y le explicó con cariño que todavía faltaba mucho para eso. Que aún tenían que pasar muchísimas cosas y que no tenía edad cómo para preocuparse tontamente.

"Pero yo no quiero que te mueras papáaaaa", le soltó con mucho sentimiento. Raúl soltó una carcajada y aseguró que para eso también faltaba mucho tiempo. "Tu serás muy mayor para cuando yo me muera" le aseguró a su vastago.

"Pero papá, la abuela Paca está empezando a morirse porque es muy mayor" aseguró convencido. Yo estaba alucinando con la conversación. Le juré y le perjuré que teníamos abuela Paca para rato, que estaba estupenda, que no dijera tonterías... Y pareció conformarse un poco.

El papá lo llevó de nuevo a la cama en brazos y ya no volvió a levantarse, aunque sí que se despertó muchas veces pidiendo agua, que le diera la manita, que le encendiera una luz...

A la mañana siguiente se despertó muy temprano y Raúl se ocupó de él mientras yo estaba cambiando el pañal al bebé. Luego me comentó que había seguido con el tema. Me temo que a mi hijo mayor le sobra la imaginación y eso le está jugando una mala pasada.

martes, 5 de marzo de 2013

Fin de semana de parques

Aprovechando el buen tiempo relativo con el que nos ha sorprendido el fin de semana, hemos pasado mucho tiempo en la calle. Daniel le ha dado buen uso a su bicicleta sin pedales y a Iván le hemos dejado andar mucho, que era lo que él quería. Le está cogiendo una tirria increíble a eso de ir sentado en la sillita.

Hemos estado en el parque de la locomotora para deleite de los pequeñines, que han "conducido" el tren de juguete, lo han "limpiado", "arreglado", "escalado"... Incluso Iván ha intentado tirarse de cabeza desde los asientos, menos mal que mamá estaba atenta y hemos evitado el desastre todas las veces.

También nos hemos pasado por la biblioteca a dejar y coger libros, Daniel estaba deseando elegir los suyos. Coincidió con una actuación de una cuentacuentos pececita que narraba historas de sus amigos en el mar. Desgraciadamente, Daniel se aburrió en la segunda historia y tuvimos que salir de ahí de puntillas para no molestar a la narradora. Una pena, porque a mí me estaba gustando.

Como siempre, regresamos a casa cargados de libros de bomberos y ambulancias.

El domingo a medio día nos despedimos de papá que se iba de viaje hasta el martes y estuvimos jugando en casa. Los chiquillos se lo pasaron genial revolucionándome la casa. Se pusieron a saltar en el sofá como locos y al final les tuve que castigar sin entrar al salón por su integridad física y la de mis muebles.

Pero no les importó nada porque entonces se dedicaron a perseguirse por el pasillo haciendo el indio. Ellos se lo pasaron genial, pero yo me quedé ronca de tanto gritar "¡Cuidado con tu hermano! ,¡Cuidado con el gato!, ¡Cuidado con la silla!, ¡¡¡Cuidado con mamáaaaaaa!!!" ¡Qué estrés!

lunes, 4 de marzo de 2013

Vuelven las batallas nocturnas

Después de esta larga y aprovechada tregua, los peques vuelven a la carga. Daniel se despierta otra vez con pesadillas y exigiendo todo tipo de servicios. "¡Agua!", "¡Pis!", "Tápame!", "¡Dame la mano, mami!"... Ahora dice que le da miedo dormir sólo. "Pero si duermes en la misma habitación que Iván y con papá y mamá muy cerquita" argumento yo. "Pero me da miedo que os vayáis todos por la noche y me dejéis solo" me contesta contrito. ¿De donde habrá sacado esa idea? También le da miedo cuando viene los malos, los superhéroes y las cucarachas a visitarle. ¡Vaya fiestas que se montan en su habitación! Y yo sin enterarme de nada.

Iván tampoco se queda atrás. Hasta un biberón de madrugada le tuve que endosar una noche totalmente desesperada. Hacía tiempo que habíamos dejado atrás esa costumbre. Y, precisamente esa noche, se había puesto las botas en la cena.

¿Qué ha cambiado? ¿Por qué se ha acabado lo bueno y volvemos a las noches toledanas? Ni siquiera se puede decir que haya sido por un viaje o por el cambio de horario, ni siquiera por unas vacaciones...

A ver si realmente normalizan de una vez sus patrones de sueño y me dejan vivir... Quiero decir: dormir.

sábado, 2 de marzo de 2013

Adiós vacuna del Palivizumab

Por fin Iván ha tenido que enfrentarse a sus dos pinchazos mensuales invernales. Hubo que retrasarlo dos semanas, una por fiebre del bebé y otra por enfermedad de su madre y su hermano. Pero ya tocaba y esta vez de verdad. La enfermera me había advertido que ya lo estábamos dejando demasiado, pero ¡qué remedio! No quedaba otra con la invasión del virus de la gripe que padecimos en la casa.

El caso es que este viernes llevé a mi querubín a la farmacia donde no me costó mucho que se subiera a la báscula para obtener su peso (11,550 kilos con abrigo y todo). Después nos fuimos paseando por el parque hasta el hospital. El peque se despistaba con una mosca, así que era muy difícil avanzar, pero como íbamos con tiempo de sobre le dejé disfrutar a su antojo.

En un momento de despiste se puso las suelas de las playeras asquerosas de barro y en otro se subió a un banco para hacer equilibrismos. Yo le conminaba a andar siempre unos cuantos pasos por delante y, de vez en cuando, le hacía avanzar a volandas empujando la sillita como podía.

Cuando ya se nos pegaba la hora lo meti en el carrito esperando una pataleta tremenda, pero no fue así. El chiquillo se dejó atar sumiso. Se vé que tanto trajinar le había agotado. Con mi bien paso llegamos pronto a la puerta de la consulta. Iván daba botes en su asiento exigiendo libertad inmediata. Ya habría descansado y pensaría que ya era tiempo de volver a hacer de las suyas. Nada más poner los pies en el suelo se puso a trepar por las sillas, a correr de un lado a otro, a golpear los asientos para ver cómo sonaba... Entre gamberrada y gamberrada le embutía una cuchara de puré porque ya eran las once y siempre se me duerme en el camino de vuelta.

Después del puré pidió más y le entregué una apetitosa torta de arroz. Cuando estaba aporreando alegremente el extintor subido a una mesita baja le tocó el turno.

Nada más traspasar el dintel de la puerta cambió la cara. Sabía exactamente lo que veníamos a hacer allí. Con lo que no contábamos era con la buena noticia que nos traía la enfermera. No sólo eran los últimos dos pinchazos de la temporada, sino que eran los últimos para siempre. resulta que es una vacuna para reforzar el incompleto sistema inmunológico de los bebés y, una vez cumplidos los dos años, ya no hace falta seguir con ese refuerzo.

Iván berreó lo suyo cuando le pincharon los muslitos. No es para menos. Pero enseguida se terminó todo y salimos de allí alegremente. El pequeñajo iba masticando las salchichas que le había llevado de premio por ser tan valiente.

Curiosamente, no se durmió por el camino y cada vez que veía un parque infantil daba botes en la sillita y lo señalaba con interés, pero fui inflexible, porque ya era la hora de siesta. En cuanto tocó la cuna se quedó dormido.

Después de la siesta y la merienda lo llevé al parque como él quería ya allí se lo pasó bomba. Estuvo subiendo y bajando del tobogán, columpiándose, jugando con la locomotora... Hasta que llegó la hora de ir a recoger a su hermano que venía de la piscina.

viernes, 1 de marzo de 2013

La plantita de La Granja de los Cuentos

El día que Daniel trajo a casa la maceta decorada por el mismo y la bolsa con tierra y semilla que le regalaron en su excursión a La Granja de los Cuentos, la dejé aparcada en un lado de la casa con la promesa de plantarlo en otro momoento... Y ya no me volví a acordar.

Muchos días después, mi marido reparó en la maceta. "¿Qué es esto?" me preguntó extrañado. Le conté su origen y vi con sorpresa que las semillas habían empezado a germinar incluso sin sacarlas de la bolsa. Raúl puso los ojos en blanco al oir de mi despiste y se dispuso a ejercer de jardinero jefe con su retoño mayor. Si hacer pereza prepararon la mesa de la cocina y se pusieron a preparar la tierra con las semillas dentro dela maceta, la regaron y eligieron cuidadosamente un lugar soleado de la casa para que fuera su hogar dulce hogar. El peque está encantado con su plantita que crece por días. No sé que semillas son, pero desde luego, doy fe de que pueden sobrevivir hasta en las circunstancias más adversas.

Teniendo en cuenta que ya intenté plantar una judía en algodón con mi vastago y fue un estrepitoso fracaso es increíble que hayan brotado tantas hojitas. Todo el mundo me dice que lo de la judía es pan comido y que nace enseguida un tallo, pero a mí se me pudrió. Y el garbanzo, y la lenteja, incluso el ajo. La decepción de mi niño fue tan grande que no dudé en endosarle una cebolla vieja a la que le había saludo tallo durante unos días para que disfrutara de su propia plantita. Acogió su cebolla con gran cariño los primeros días, pero pronto se olvidó de ella.

Supongo que por todo esto me olvidé completamente de la maceta con semillas que trajo de su excursión. Pero ahora estoy feliz viendo crecer la plantita con mi hijo. Menos mal que papá salvó a las semillas a tiempo.