Los niños no pararon de liarla en todo el trayecto porque iban descansaditos y con pocas ganas de estar atados en un asiento. Llevábamos buen ritmo. Ni rastro de atasco. Sin los peques hubiéramos hecho el viaje del tirón, pero tuvimos que parar para que merendaran y estiraran las piernas. La hora escasa que nos quedaba para llegar a nuestro destino fue horrorosa por parte de Iván, que no entendía por qué le volvían a atar de nuevo.
Pero todo tiene su fin y llegamos a casa de mi abuela armando un buen follón. Los chiquitines se portaron como los pequeños salvajes que son, pero mi abuela encantada, porque estaba deseando vernos. Esa noche nos costó muchísimo que se acostaran y se nos hizo tardísimo.
Nos hizo un día buenísimo. El viento era fresco con lo que se estaba a gusto. Los niños lo pasaron bomba en la extensísima orilla (porque para que te cubriera algo el agua había que recorrer kilómetros), jugando con la arena, corriendo y dando brincos de gigante, haciendo castillos... Una pena que vaya a ser su único día de playa en todo el verano. Les pusimos crema hasta las orejas, pero aún así Iván se quemó un poquito y luego le picaba la piel a pesar de la crema hidratante que le apliqué para que le aliviara.
Cuando se cansaron de rebozarse recogimos todo y nos pusimos rumbo a casa de mi abuela para comer. Fue imposible que llegaran al coche limpitos. En cuanto te despistabas ya se habían puesto perdidos de arena otra vez. Al final me conformé con quitarles lo que pude con la toalla y acabar la faena en casa debajo de la ducha.
Encargamos unas paellas buenísimas para comer y así no hubo que molestarse en cocinar.
Después de una merecida y larga siesta del bebé y su mami, no quedó más remedio que hacer una parada en el parque infantil, porque Daniel estaba deseando ir desde que llegó. La verdad es que es un niño muy sociable y enseguida se buscó amiguitos. Cuando llegó el momento de volver protestó muchísimo y sólo accedió a venir a casa con la promesa de que volveríamos al día siguiente.
Pero cuando llegó el momento de volver el calor era tan sofocante que hasta él mismo desistió de seguir jugando en los columpios. Como compensación les compramos un helado de cucurucho. Craso error. La próxima vez les encasquetamos sendas tarrinas porque fue milagroso que no pringaran todo con su manera alocada de manejar el cucurucho.
Desgraciadamente, llegó la hora de partir y las abuelitas se quedaron muy tristes porque sus dos terremotos se iban de nuevo para Madrid.












