jueves, 2 de enero de 2014

Sol y playa ¡en enero!


El día uno lo pasamos en familia, ¡como tiene que ser! Poniéndonos al día entre nosotros y acosando a mi hermana a preguntas del estilo: "¿Que tal el embarazo? ¿Qué os gustaría que fuera: niño o niña? ¿Habéis pensado algún nombre?"

Por la tarde me acosté a dormir la siesta delegando a los niños a mi marido, que contó con la inestimable ayuda de mi madre, y no abrí los ojos hasta las ocho de la noche. ¡Que bien me sentó!

Pero el día dos... el día dos teníamos muy claro cual iba a ser el plan ¡playita! Los días estaban siendo espectaculares y no veíamos el momento de ponernos el bañador. Y no nos sentimos nada defraudados. Al contrario. Los niños estaba locos de contento jugando con la  arena y las olas. En una ocasión una ola traicionera le jugó una mala pasada a mi niño mayor. Le pilló por la espalda e hizo que tragara agua. Lo saqué de la orilla rebozado como un croquetilla y berreando del susto.

Nos olvidamos los cubos y las palas en casa de la abuela Matilde, pero nos las ingeniamos para construir un castillo y un pozo alucinantes con nuestras manitas. Como siempre, a los peques les gustó más destrozarlo que construirlo.

Tras una mañana de sol y mar tan agotadora buscamos un plan tranquilo para la tarde. Mi marido y mi hermano son unos fans absolutos de los juegos de mesa, así que se pusieron de acuerdo para montar una sesión de ludopatía en casa. Fernando trajo un juego de zombies (Zombicide, creo que se llamaba) que alucinó a mi chico mayor. Estuvimos absorbidos por la partida, hasta que Iván abrió el ojo de la siesta y tuve que delegar mi personaje para hacerles la merienda a los peques. Cuando por fin todo estaba en su sitio y volví a sentarme, sólo me dio tiempo a hacer un movimiento y los zombies se abalanzaron sobre mí para comerme a gusto. Desde luego, jugaron muy mal mi personaje. Tenía muchas más posibilidades.





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