lunes, 25 de julio de 2016

Fiesta sin padres

Una tarde que me tocó trabajar fuera de casa encomendé a mis churumbeles a su amantísimo padre y me fui tranquila y feliz porque sabía que los dejaba en buenas manos.

Tras una dura jornada volvía a casa justo cuando se estaban sentando a cenar. "¿Que tal chicos?" les pregunté animada, "¿Que habéis hecho?"

"¡¡¡Una fiesta sin padres!!!" exclamó con ojos brillantes el pequeño. "¿¿¿Como??? Pero ¿Cómo sin padres? ¡Si estabais con vuestro padre!" clavé la mirada en mi marido y me pareció que ponía cara de póker.

"Sí", procedió a explicarme Daniel, "Pero atrancamos la puerta para que no pudiera pasara". ¿Ein? Y Raúl seguía sin decir esta boca es mía.

"Nos leímos un libro lleeeeeno de sangreeee", me contó Iván con una gran sonrisa. ¿Qué libro, qué libro?, "pero no te lo vamos a enseñar para que no nos lo quites" Buuuuf, le han quitado un cómic al padre seguro.

"Y nos pusimos a cantar canciones rock y a saltar, saltar, saltaaaaar" añadió el peque emocionadísimo.

"¿Y que pasó el final?", les preguntó su padre de repente. Cri cri cri... "¿No le vais a contar que pasó?" insistió mi marido.

"Que saltamos, saltamos, saltamos y ¡¡¡cataplof!!! ¡¡¡Crassss!!!" me contó obediente el mayor.

"¿¿¿Quéeee??? Raúl, explícamelo tú, ¡hombre!", no parecía tener muchas ganas de aclararme lo que había pasado en mi ausencia, pero al final logre sacarle un escueto "Que se rompió un marco".

"¡Y se llenó todo de cristales!" apuntó Iván a voz en grito.

"Peeeero... ya les he dejado claro que está prohibido colgarse de las estanterías", añadió Raúl conciliador. Yo no salía de mi asombro mientras los peques soltaban sonoras carcajadas. Cada vez más sonoras y desenfrenadas.

"Y tampoco podemos trepar por los armarios" añadió el benjamín como si nada.

"Ssssssh", le advirtió su hermano, "No cuentes nada más Iván o nos dirán que es peligroso y no nos dejarán hacerlo nunca más..."

"Vale, no me lo contéis", concedí yo, total no iban a hacerlo de todas maneras, "¡¡¡pero tampoco volváis a hacerlo nunca máaaaaaaas!!! Y tú Raúl, me vas a tener que explicar que estabas haciendo mientras tus hijos montaban semejante fiestaaaaa". Pero al final, entre pitos, falutas, recoger la cocina, la hora del cuento y sentarme a currar, el papá se escaqueó y me quedé si su versión de los hechos. Ay dios, ay dios. Me voy cuatro horas y la que se arma...

domingo, 24 de julio de 2016

La canción del mar

Fuente:
http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-226004/
Hace poco vimos una película que me pareció preciosa en todos sus detalles: el estilo del dibujo, la historia, los personajes... Se llama La canción del mar y en ella se juntan sentimientos encontrados, malentendidos y mucha magia.

Nos presenta un mensaje muy complicado de una manera muy sencilla y gráfica: "Es muy importante expresar los sentimientos aunque sean desgarradores".

Cuando empezó enseguida captó toda mi atención, aunque pensé que no tendría mucho éxito entre los niños. Me equivoqué. Al principio protestaban porque "No está pasando nadaaaa", "No hay peligroooos", "Que rolloooo"... Pero muy pronto enmudecieron y sintieron la emoción, el miedo, la duda, la magia... Igual que los protagonistas. Que no son ni buenos ni malos, sólo cometen errores, como todo el mundo.

Ben, que alberga resentimiento hacia su hermana porque piensa que le ha quitado a su madre; Saoirse, la tímida y dulce hermana que esconde un secreto que ni ella conoce; Connor, el padre reconcomido por los sentimientos más tristes y demodelores; Bronagh, la madre que representa el amor y el abandono; Cú, el valiente perrito de lanas que les salva de más de una; la bruja Maca, que prefiere no sentir nada a sufrir y piensa que ayuda a los demás al quitarles sus emociones... Y todo un sinfín de curiosos personajes secundarios que aparecen para sorprendernos en muchos momentos del metraje.

Cuando empezaron las letras del final, los niños estaban entusiasmados. "¡¡Me ha encantado!!", "¡¡Qué emocionante!!", "Cuantas aventuras..."

Es una película preciosa y muy amena. Desde luego yo la recomendaría para todas las edades.


sábado, 23 de julio de 2016

Pokemon Go desde el tecnolerdismo

Me enteré por mi marido de que iban a lanzar un juego nuevo de Pokemon. Y de que era gratis. ¿Gratis? Pues ni me lo pienso. Instalar en el móvil. Ole.  Todo por mis niños.

En realidad, el jugón oficial de mi hogar es el papá. Que también se lo había instalado para buscar Pokemons por Covarrubias el finde pasado, pero entre que nos liamos buscando tesoros, el río y las anginas del mayor no hubo tiempo de estrenarlo.

El lunes por la tarde, Daniel decía que se encontraba perfectamente como para ir a buscar Pokemons, pero el papi no estaba, así que fue por esa razón que el juego acabó en mi móvil también. No tengo yo mucha confianza en mi manejo con los videojuegos, así que dudé bastante si esperar a Raúl o empezar sin él. Dos ojitos estilo bambi hicieron que me decidiera por fin.

Me metí en la tienda de apps del móvil y lo instalé. El juego me pedía el oro y el moro. Que si permisos para meterse en mis contactos, que si para ver mis fotos, que si para venderle mi alma... No a todo y ya está. ¡Ale!

Pues no. Mal, muy mal. ¿No me das permiso pues no funciono? Ainsss. Y ahora que hago. Dos niños espectantes y una madre tecnolerda. Eso sólo puede acabar fatal. Que no cunda el pánico. ¿Cómo se resuelve todo en el mundo de la informática? ¡Exacto! Reiniciando. Salir del juego y volver a entrar. Bueeeno, te doy permiso para lo menos grave y tan contentos. ¿Vale? Pues parecía que sí. Ya teníamos el jueguito. A sentarnos a jugar. Elegimos personaje, customizamos al gusto de los churumbeles, le ponemos nombre... Daniva ¡Pillado!, Bueeeeno, pues Danivan ¡Pillado! Aaarg. DanielIvan. ¡Pillado! ¿¿Cómo??... "Yo quiero llamarlo cazador de Pokemons, mami", me sugirió Iván con su vocecita. "Nooooooo", opinó vehementemente Daniel. Una lucecita se encendió en mi mente. Cazador Danivan. ¡Bingo! Y todos contentos.

Vaaaale. ¿Y ahora qué? ¿Donde se lucha? ¿Dónde se encuentran las cosas? ¿Dónde están los mandos? ¡Ah! Que no. Que hay que andar. Pues ale. Vamos pasillo arriba, pasillo abajo... No encuentra señal de GPS, no encuentra señal de GPS... Buuuuf. No, si me va a obligar a vestirme y salir y todo. "Porfi mamiiiiiiii", otra vez esos ojitos de bambi.... Ainsss. Bueeeno.

¡Todos a la calle! El de las anginas, el del resfriado y la mala madre tecnolerda. ¿A ver que pasa si le doy con el dedo a esos rombos azules raros? Aaaah, que son pokeparadas o algo así. Sí recuerdo que las nombró el sensei, maestro o lo que fuera el personaje que te aparece explicándotelo todo y que tu hijo mayor pasa rápido porque "Esto es un rollo".

Pero no da tiempo a llegar a la parada porque, de repente, ¡Aaaaah! ¡¡¡Un bicho, un bicho!!! Digo... ¡Un pokemon! "¿Donde? ¿Donde? ¡¡¡Dale con el dedooooo mamáaaa!!!" "Yoooo, le doy yooooo", "¡Vale, pero no hace falta que le des tan fuerte que lo aplastaaaaaas!" "¿Donde se ha ido? Ah, que no se ha ido. ¡Parad de una vez que estáis moviendo la pantalla". Tras ese momento de pánico, por fin tocamos bien al bicho y nos plantó cara en un... ¡escenario totalmente blanco! ¿Donde está la calle? ¿Cómo hace la gente esas fotos que sube en el facebook? Yo no entiendo nada. A los peques les dio igual el fonde en blanco y empezaron a gritar. "Mamáaaaa. ¿Que haces? Atrápalo que se escapa". Vaaaaale, vaaaale. Pero no se escapaba, no, porque ese te lo dan de regalo. Creo. No costó mucho al menos.

El siguiente sí que fue un sufrimiento. "¿Pero que hay que hacer?" "Y yo que sé. Toca la pokebola esa a ver" "Uy, se cae" "Mira mami, el pokemon se está riendo" No me extraña se debe estar partiendo con la birria de cazador. Pero no, que no se reía. Que nos estaba gruñendo. Ay dios, ay dios. ¡Que nos va a atacar! Pero no, el bicho seguía en su sitio más o menos. Esperando que le lanzáramos las pokebolas sin acertar ni de lejos. Por fin nos hicimos con él. Por fiiiiiiin.

"El siguiente yo. ¿Eh, mami?", me pidió Daniel con energía. Pasamos por un montón de pokeparadas a pillar cosas que no sabemos ni como se usan ni qué son (las bolas sí. Lo único). Por alguna pokeparada pasamos hasta tres o cuatro veces. Que bien que se recarguen.

En cuanto aparecía un Pokemon en la pantalla nos liábamos a gritar: "¡Ahiiiiii! ¡Cógelo! ¡Cógelo!". Todo un espectáculo vernos. Daniel le pilló el truco mucho más rápido que yo al tiro al pokemon. Invité a Iván a que lo intentara él, pero me dijo que le daba miedo fallar.

"¿Y por qué si está visto y comprobado que los tiros son ilimitados y que nunca pierdes?" le debí convencer con mi razonamiento porque tampoco tardó mucho en pillarle el truco (Actualización: las pokebolas no son ilimitadas ainss. Y los pokemon sí se pueden escapar si tienes que ir a por más a la pokeparada más cercana).

Nuestro primer encuentro con un gimnasio fue muy decepcionante: "A ver toli. ¿Cómo vas a entrar con esa nivel de porquería? Vuelve cuando seas, por lo menos, por lo menos, nivel cinco". Ese no era exáctamente el mensaje que aparecía, pero la esencia es la misma.

De repente, vi que Daniel empezaba a tener mala cara y di por terminada la caza. Ambos protestaron muchísimo porque querían entrar a un gimnasio y sólo íbamos por el nivel tres, pero no hubieron peros que valgan. Todos a casa a por el Dalsy.

Cuando llegó el papá, Daniel volvía a estar pletórico. Raúl se quedó un poco chafado cuando se enteró que habíamos jugado sin él. Así que, aprovechando que tenía que ir a comprar unos imprescindibles, me acompañó la familia para cazar algún pokemon por el camino. Reinicié el juego, di el permiso de que se metiera en mis fotos y ya tenía los fondos correctos. Cada niños llevaba un móvil y daban saltos de alegría cada vez que se topaban con un Pokemon. Les hice algunas fotos con los bichos y nos lo pasamos muy bien. Aunque se nos colgaba el juego cada dos por tres. Y perdimos algún Pokemon por esa razón. Que rabia, que rabia.

Por fin, llegamos al nivel cinco y nos metimos emocionados en nuestro primer gimnasio, en el que nos esperaba un pedazo de bicho de 1000 de fuerza, mientras que nuestro pokemon más poderoso tenía poco más de cien. ¡Ole! Patada en el culo y fuera del gimnasio en medio minuto. Si a eso le sumamos que no tengo ni idea de cómo se combate y que tocaba la pantalla a lo loco podría decir que nos echaron incluso antes. ¡¡Pero que birriaaaa!! ¿Y para eso tanta expectación?

Lo primero que dijo el pater en cuanto entramos en casa fue "Voy a desinstalarlo. Es más malo que el hambre". "Nooooo" aullaron las fierecillas. "Por favooooor, no". Así que aún sigue en ambos móviles. Yo se los pongo cuando vamos de camino a algún sitio: al parque, al super, al campamento... Pero una vez en el lugar de destino lo apagamos y nos centramos en nuestras tareas: jugar, comprar, darme besos antes de desaparecer por la puerta del cole... No sé si le sacaremos mucho más jugo.

viernes, 22 de julio de 2016

Las anginas demodeloras

El sábado por la tarde Daniel llegó del río con mala cara y quejándose de todo tipo de dolores. Le quité inmediatamente la ropa húmeda, le puse seca, lo tumbé en el sofá con un cojín de almohada y una sábana y le toqué la frente. De repente ardía. Alarmas conectadas.

Corrí a por el Dalsy y se lo di, pero costó bastante que bajara la fiebre. Uno de los allí reunidos sugirió anginas y que le observáramos la garganta con la luz del móvil. ¡Uy sí! No había que mirar mucho. La tenía plagada de pus.

Tuvimos una noche muy mala porque el pobre chiquillo se encontraba fatal. Al día siguiente se despertó mejor, pero al poco volvió a subirle la fiebre una barbaridad y se le veía muy débil. Así que recogimos todo y para Madrid con un objetivo claro: las urgencias del hospital.

El chiquillo durmió todo el camino. No me extraña, con la mala noche que había tenido. En cambio el más pequeño se pasó todo el tiempo dándome charla, cosa que hubiera disfrutado a tope si no hubiera estado tan cansada. Aún así intenté enfocar toda mi atención en sus chapurreos.

Ya estábamos cerca del hospital cuando constaté que no tenía ni pizca de fiebre. Se despertó bastante animado, así que decidimos tirar para casa y pedir hora para su pediatra. Si le veían así de bien nos iban hacer esperar en urgencias mil horas con toda la razón, porque tienen que colar urgencias más urgentes.

Daniel estuvo mejor un buen rato, pero al anochecer parecía que le hubiera pasado por encima un trolebús al pobre. Yo, de pequeña y en su misma situación, me hubiera tirado tres días en cama, pero este jabato no aguantaba mucho tiempo tumbado, clamaba por levantarse y se frustraba cuando lo intentaba y se mareaba. Sólo quería jugar y ver la tele. Nada de dormir. Exasperante.

Intenté pedir la cita online, pero me decían que no tenían hueco hasta ocho días después. ¡No podíamos esperar tanto! Pensé en presentarme en las urgencias del centro de salud a primera hora, pero acabé llamando por teléfono, saltándome la grabación pulsando nueve y pidiendo al operador que me diera cita con otro pediatra que no estuviera de vacaciones. Con esto de los recortes se acabaron las suplencias. Parece que les sale más rentable sobrecargar a los que se quedan.

La profesional que nos atendió era encantadora y nos confirmó el diagnóstico: anginas de caballo. Nos dio receta para amoxicilina y la recomendación de que si en cuatro días no le bajaba la fiebte volviéramos por ahí. Afortunadamente, el chiquillo ha ido a mejor y ha desaparecido la fiebre.

Tuvimos tres noches infernales para olvidar, pero luego fue cogiendo su ritmo de nuevo poco a poco y ahora vuelvo a levantarme sólo tres o cuatro veces como es habitual. El día que vuelva a tener noches tranquilas no me voy a acordar de cómo se hacía eso de dormir del tirón.


jueves, 21 de julio de 2016

Scooby Doo y el Misterio del Jinete Sin Cabeza

¡Uau! El mismísimo Scooby Doo nos pide ayuda para resolver uno de los misterios más siniestros y peliagudos a los que se han enfrentado los amigos de Misterios Inc. Así comienza nuestra aventura con el libro El jinete sin cabeza de la colección Misterios a cuatro patas que nos mandó Boolino. ¿No os parece emocionante? A mis chicos sí. ¡Y mucho!

Pertrechados con libreta y lápiz se dispusieran a escuchar atentamente cómo les leía el libro y a identificar rápidamente las pistas más interesantes, señalizadas convenientemente con símbolos de linterna u ojos maliciosos. En cuanto encontraban los dibujitos me hacían leer mil veces el párrafo al que acompañaban y garabateaban concienzudamente en sus cuadernos de detectives.

Daniel iba tomando notas de pistas y sospechosos. E Iván dibujaba unos misteriosos cuadraditos que iba marcando con una cruz. Según él eran sus anotaciones sobre el caso. Tras los capítulos más importantes Scooby nos hace unas preguntas para comprobar que nos estamos enterando del curso de la investigación. Ahí es cuando aprovechamos para poner nuestras ideas en orden y seguir enterándonos de cómo sigue esta trepidante historia.

"¿Has descubierto al culpable?" Nos pregunta el simpático perrito antes de pasar a desvelarnos la solución al misterio y cómo han llegado los cinco amigos a la respuesta. Daniel lo acertó sin mucho problema, pero Iván se equivocó por poco. Normal si tenemos en cuenta que el libro va destinado a niños a partir de siete años (y que los cuadraditos de su cuaderno no eran nada esclarecedores).

Habiendo acertado o no, el caso es que a los dos les encantó el libro y el juego de detectives. Cuando llegamos al final me quitaron el ejemplar de las manos para mirar los otros títulos de la colección y exigirme que se los compre todos.

Aunque se sepa ya quien es el culpable, el libro se puede volver a leer todas las veces que se quiera como un ejemplar normal de novela de misterio para niños. En mi casa ha triunfado mucho.

miércoles, 20 de julio de 2016

El camino entre las huertas

Después de acaparar tantos tesoros preciosos en nuestro paseo por Covarrubias, decidimos volver a la casa por un camino que hacía muchísimo que no recorríamos: el de las huertas.

Cogimos el sendero que cruza pequeños terrenos labrados, llenos de los más variados vegetales y hortalizas. En esta época del año es todo un espectáculo con todas la gamas de verdes ya amarillos que se suman en el paisaje.

Los peques se hicieron los remolones porque ya estaban cansados de tanto paseo, pero enseguida volvieron a poner en marcha el modo juego. "Mira mamiiiii", señaló Daniel a los restos de una enorme piedra de barro que acababa de estampar, "Aquí ha caído un meteorito". Se ponía en marcha otra aventura. Y había que tener cuidado con los nazgul, huargos y los orcos porque por lo que contaban mis chicos no había ni uno bueno y todos eran muy peligrosos.

El entorno se prestaba a echar más y más imaginación a nuestras andanzas. Seres mitológicos no encontramos, pero sí caballos y potrillos detrás de una larga valla. ¡Otro gran descubrimiento!

Con un pequeño rodeo, por fin llegamos a la casa con dos niños supuestamente "agotados" y una padres realmente cansados.

martes, 19 de julio de 2016

Natural Honey Oil and Go

Salta de la cama, prepara desayunos, mochilas para el cole o campamento, corre a trabajar, llena la nevera, limpia, ordena, organiza, recoge a los niños... Buuuuf. No hay horas en el día a día para ese momento de relax y belleza que a todas nos gusta disfrutar. Como mucho, quince minutos en la ducha y a sequir corriendo. Tic tac, tic tac el tiempo vuela... Y así tengo la piel de reseca. Con este sol asfixiante y la de polución que hay en el ambiente... Da penita verla a la pobre: escamada y reseca. No veía solución a mi problema hasta que Youzz me presentó su nueva campaña: Natural Honey Oil & Go de Revlon. ¡Uy! se me fue el dedo y me apunté casi sin darme cuenta. Creo que fue ese reloj que aparece en la O de Go. Como el reloj que rige mi vida ahora mismo (menos mal que las vacaciones no están lejos).

Mentiría si no dijera que esperaba que me enviaran mi botellita como agua de mayo. Estaba deseando dar algo de vida a mi castigada piel sin tener que perder ni un segundo en cremitas varias. Y llegó el cargamento. Mi botella rosada de Oil and Go con aceite de Rosa Mosqueta, BB Oil, me llegó a los pocos días acompañada de un montón de muestras para amigos y familiares. ¡Anda que no se pusieron contentos cuando les di su botellita! Es que el producto es de lo más práctico. Te das tu ducha diaria y te lo aplicar en la piel mojada después de aclarar el jabón y antes de secarte con la toalla. Un minuto y listo. El aceite hidratante empieza a hacer su trabajo. Y tu piel no queda pringosa. Te puedes vestir al instante. BB Oil está hecho con Almendras dulces y rosa mosqueta para conseguir una extrema hidratación de la piel.

No sé si mi piel estaba ya en las últimas y pedían algo así a gritos o que es lo normal, pero yo empecé a sentir los efectos muy pronto. La nueva suavidad y el aspecto más fresco de mi epidermis es patente. Sobre todo la sensación de gusto y relax tras la ducha ultrahidratante.

El de Rosa mosqueta está pensado también para niños, así que he untado a base de bien a los peques, porque ambos sufren de piel seca. Iván se lo extiende como si fuera el mismísimo jabón y sólo le he sacado un escueto "bien". Pero para Daniel ha sido un cambio muy agradable. No le gustan nada las texturas de las cremas. Además, las tacha de estar muy frías. Aunque la última que estábamos usando le está yendo muy bien y la tolera bastante bien. El caso es que este aceite le ha encantado. No es plastoso, no está frío y se aplica en la ducha y no fuera de ella. "Es perfecto", exclamó feliz. "Ya no quiero cremas. Sólo eso. ¿Eh Mami?". Teniendo en cuenta que su piel es muy seca de por si, no sé si daremos de lado las cremas, pero por ahora le estoy dando el gusto. El hecho de que el olor del aceite sea tan ligero creo que le da puntos frente a los peques. Los míos, por lo menos, son muy sensibles a las colonias y perfumes con olores fuertes. Enseguida arrugan la nariz.

Además, del de Rosa de mosqueta hay otras dos variedades: Coco Addiction, aceite de coco, y Elixir de Argán, aceite de Argan y Omega3. La primerá está pensada para nutrir pieles secas y aportar suavidad. La segunda para regenerar y reparar la piel.

Nosotros, por ahora, nos quedamos con la botella rosa, que nos ha gustado a toda la familia.