Esa mañana se levantó muy temprano y deseosos de recibir el primero. Así que desperté al padre y le hicimos entrega de... ¡La isla del pánico! Un juguete que nos llevaba pidiendo meses. ¡Y vaya si le gustó! Le encantó. Y no es para menos porque la verdad es que se lo han currado. La isla está llena de monstruos de los que le gustan a él y de trampas simpáticas.
Cuando se levantó Iván se sumó al juego encantado. Y ahí fue cuando el día de Daniel se empezó a torcer. Los hermanos se peleaban por todo. Lógico teniendo en cuenta que ambos pillaban el juguete con ganas. Y cuando por fin se pusieron de acuerdo. Hubo que dejarlo todo para ir a casa de la abuela (la celebración era allí porque la pobre es alérgica a los gatos). De camino todo fueron discusiones. Y una vez allí la cosa no cambió mucho. De hecho, llegó un momento en el que Daniel nos pidió que su día especial fuera la mañana siguiente y no ese. Menos mal que cuando llegaron sus primos todo cambió y se lo pasó genial.
La merienda cena estaba compuesta por mini hamburguesas gourmet que ahora están muy de moda. Me pasé tres días en la cocina, pero valió la pena, porque fue bastante divertido montarnos nuestras propias hamburguesas eligiendo entre cordero y queso, pollo y garbanzos, ternera-espinacas y pasas, bacalao y verduras o la normal de toda la vida, que fue la que triunfó entre público infantil.
La tarta, como no, fue de zombis contra plantas. Pero se nos había olvidado llevar las velas y la abuela tuvo que salvar la situación con un velón muy chulo.
El chiquillo volvió a su casa feliz y agotado.
Y lo que es mejor. El día siguiente también fue un día especial para él.




