martes, 6 de septiembre de 2011

Mi niño y el pegamento gigante

En cuanto lo vió en el supermercado fue amor a primera vista. Un pegamento Pritt enorme y peludo se abalanzo sobre Daniel para hacerle gracias. Era un promoción. Una chica disfrazada. Pero el chiquitín se lo estaba pasando en grande chocando la mano con él y abrazándolo dentro de sus límtes de movimiento. Lo tenía atado y bien atado al carrito. En el supermercado dejar suelto al pequeñajo no es muy buena idea.

La chica nos explicó a los babeantes papis que una compañera suya regalaba una pringosa mano y una foto con el peluche andante como parte de la promoción. El niño estaba tan contento con su nueva amiga que no tuvimos más remedio que acudir al stand. Allí otra chica también muy simpática le preguntó a Daniel si se quería hacer una foto con su nuevo compañero de juegos "Supongo que no me entiende" me dijo "es demasiado pequeño". Pues vamos a verlo. Arriesgándolo todo solté al niño del carrito y no se lo pensó dos veces. Se puso delante del pegamento gigante para hacerse la foto... ¡Y luego volvió a sentarse en el carrito el solito! Las tres alucinábamos. "Pues sí que lo entiende" exclamó la fotógrafa.

En un par de minutos el chiquitín tenía la foto entre sus manos. Le encantó, pero hubo que quitársela al poco para que no la rompiera sin querer. La mano pringosa también tuvo mucho éxito, pero ya está en la basura. Tenía demasiadas tentaciones de metérsela en la boca. Fue una tarde de compra diferente para los tres.

Aprendiendo a hacer pipí

Daniel nos ha pedido "¡Caca!" un par de veces, pero como no teníamos orinal ni adaptador no hemos comprobado si sus exigencias iban en serio. El caso es que Raúl y yo debatimos a fondo el asunto y decidimos comprarle un adaptador para que se fuera iniciando en el mundo sin pañal. Pensamos que ocuparía menos espacio y se le haría menos raro al peque, ya que el sabe perfectamente que en el váter se hacen pis y caca, pero el orinal a lo mejor le suena a chino.

Nos fuimos muy emocionados a comprarlo. Otro gran paso para Daniel. En cuanto el peque lo vio no pudo resistir las ganas de sentarse encima. Se pegó un buen rato en el adaptador sin permitir que le bajáramos, pero no hubo nada que celebrar. En cuanto se cansó se bajó el solito y en la taza no había nada. Ni un miserable pis. Un poco decepcionados lo dejamos estar. Yo no quería agobiar al chiquitín con el tema. A partir de entonces le preguntamos si quiere sentarse de vez en cuando, pero dice que no. Incluso le hemos comprado un escalón para que sea más autónomo, pero ni con esas. El escalón se lo ha llevado a su cama para subir con mayor comodidad.

El otro día, para mi sorpresa me llamó y me pidió "¡caca!". Sin perder un segundo le llevé al adaptador. Aceptó sentarse encantado, pero ¡fue imposible quitarle el pañal! Dijo que no, que no y que no. Que se sentaba en el váter, pero que el pañal se quedaba en su sitio. Y así fue. Estuvo un ratito disfrutando del adaptador, pero no sé si hizo algo, porque el secreto se lo guardó el pañal.

Cómo en la guardería aún no han empezado con la operación "orinal" no me preocupo demasiado del tema. Dicen que si insistes demasiado consigues todo lo contrario, que el niño le pille odio a eso de ir al baño, así que prefiero esperar a ver que me dicen las profesionales.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Jugando a taparse los ojos

 Ultimamente, a mi niño le encanta jugar a un juego que no acabo de aprobar. Consiste en taparse los ojitos con las manos o cualquier otro objeto que sirva para el caso y andar hacia adelante o hacia atrás sin más... hasta que se pega el trastazo y llegan los lloros.

Nada más llegar a Madrid una de las primeras cosas que hizo fue arrancar la sábana de su cama y vestirse de fantasma para hacer el loco. Me hizo gracia verle así, pero enseguida lsa risas se trocaron en llanto cuando se echó a correr y se metió un topetazo estupendo contra la pared. ¡Menudo chichón le salió!

No entiendo a este chico. ¡Vaya ideas se le ocurren! Espero que se canse pronto del jueguecito o no vamos a ganar para comprar barritas antigolpes.



Susto en la cocina

Un día, estaba yo tranquilamente fregando los platos en la cocina, mientras que el pequeño Daniel se entretenía con cacharritos en la mesa para los desayunos. Le había facilitado un poco de pasta y unas patatas pequeñas para enriquecer su juego. El truco había dado resultado y el niño permanecía muy atento a intercambiar los alimentos de una cazuela de juguete a otra dando un respiro a su madre. Nada hacía presagiar lo que se avecinaba. Con la habilidad que corresponde a un bebé de casi dos años, Daniel dejaba caer la pasta al suelo descuidadamente. Incluso, en ocasiones, él mismo la tiraba. Cuando se le acabó el puñado que le había facilitado intentó convencerme para que se lo recogiera yo. Le expliqué pacientemente, sin interrumpir mi tarea, que lo había tirado él y que lo debía recoger él. Milagrosamente me hizo caso. Gozosa, pensé que ahora tendría unos minutos más para mí.

De repente, Daniel levantó la cabeza risueño "Mama, ven". Suspiré. Se había acabado la tranquilidad. Mi bebé volvía a requerir de mi presencia. Era tan dífícil comenzar alguna actividad con él cerca... Resignada me volví hacia el chiquitín. "¿Que quieres cariño? Mamá está fregando", pero el niño se mostró insistente. "Mamá, ven, ven". Sabía que seguiría erre que erre hasta conseguir su objetivo, así que me sequé las manos y dirigí toda mi atención hacia él. "¿Que quieres, mi vida?". Con una gran sonrisa abrió su manita para mostrarme lo que se había encontrado.

Algo se movió en mi estómago. El vello de la nuca se me erizó. No estaba preparada para lo que ví. En su mano tenía una repugnante cucaracha muerta. Dí un respingo horrorizada y durante unos segundos no supe que hacer. Afortunadamente logré reaccionar. Cogí una servilleta con manos temblorosas y venciendo mi tremendo asco a esos bichos. Obligué a Daniel a que la depositara en ella. Luego la tiré a la basura con la rapidez del rayo (servilleta incluída) y arrastré al chiquillo al fregadero para frotar sus manos a conciencia a base de Fairy.

El niño se sorprendió un poco, pero se dejó hacer. Finalmente le pareció hasta divertido. Le sequé las manos en un paño y se fue corriendo al lugar donde había encontrado la cucaracha. Probablemente con la intención de buscar otra. Sin haberme recuperado del susto lo arrastré fuera de la zona infectada pese a sus lloros y protestas. Conseguí llamar su atención hacia otro juguete y, mientras lo vapuleaba sin compasión, yo me armé de cepillo, recogedor, fregona, cubo y lejía. La pasta y las patatas: a la basura, sin contemplaciones.  Los cacharritos: fregados. La zona sospechosa: desinfectada. Y los alrededores: fumigados. Ya podía respirar tranquila.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Se acabó lo bueno

Uf. Se acabaron mis vacaciones. Otra vez a darle a la tecla en la oficina. La rutina, los madrugones, las jornadas interminables... Menos mal que también están los reencuentros con las compañeras, los chismes, las anécdotas... Algo para poner color a tu desgraciada vuelta al trabajo.

No me extraña que los niños se traumaticen el primer día de cole ¡Los adultos también sufren los suyo al enfrentarse de nuevo al trabajo! Todos tenemos grabado a fuego en la cara: "Con lo bien que estaba en la playa/piscina/pueblo/ destino exótico (el que pueda)..." y de repente se acaba el sueño maravilloso y nos vemos de nuevo inmersos en la rutina. Eso sí. En mi caso más morena y más descansada. ¡Y con la idea fija en la mente de "¿qué estará haciendo mi pequeñín en este momento?". Afortunadamente mi madre se prestó para cuidarlo este par de días que tenía descolgados sin cole. Así que se lo estará pasando en grande con sus mimitos y juegos.

No he podido evitar pasarme estas dos mañanas preocupada por la pobre abuela, pero cuando he vuelto a casa me los he encontrado a los dos tan a gusto. ¡Que pena que mañana regrese mi madre a Las Palmas! Daniel la va a echar mucho de menos. ¡Y yo también!

Normalmente nos peleamos y discutimos bastante (como casi todas las madres e hijas, supongo), pero esta vez todo ha ido muy bien y hemos disfrutado de estos dís juntas. Lo bueno es que dentro de poco le toca volver porque Iván está a puntito de decir hola al mundo. Sólo falta un mes y medio. Así que me ha prometido que para el 8 de octubre, más o menos, la tenemos de nuevo por aquí. A ver si esta vez llega a tiempo para el nacimiento porque Daniel no la esperó y tuvo que comprarse con billete de urgencia mientras yo estaba en el paritorio.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Reunión y libro

El día que fuimos a por el libro de texto le expliqué a Daniel por el camino que ya era un niño mayor por lo que ya tenía que ir con su libro al cole. Estaba exultante. Daba saltos en su silla gritando ¡cole! ¡libo!. Casi no podía esperar en la cola. Se removía nervioso exigiendo tener su libro ya. Yo no me atrevía a soltarle por la que me pudiera armar, pero estaba contentísima. Parecía que se iba haciendo a la idea de que pronto se acabarían las vacaciones. No dudaba de que iba a llorar el primer día, pero ante sus grititos de júbilo cada vez que le nombraba la guardería y a sus profes, que iban a ser las mismas que el curso pasado, me daba la impresióin de que guaradaba buenos recuerdos del año anterior.

Por fin la dependienta me alargó la carpeta donde iban las láminas y materiales que iba a usar el niño en clase. "¡Mío, mío!" gritaba Daniel. Alargaba sus bracitos como si le fuera la vida en ello. Le alcancé las láminas y las apretón contra su pecho con gran fuerza. "Libooooooooo" canturreaba. "mio" sentenció. Bueno, una cosa menos, pensé yo. "Son 40,50" me soltó con voz átona la chica de la caja. Mi tarjeta tembló de ira en el bolsillo. ¿De verdad es necesario un libro para niños de dos años? Encogiéndome de hombros firmé el recibo. ¡Qué remedio queda! El colegio lo pide y los padres obedecen. ¡Qué pastón! No quiero ni pensar la que me espera el próximo año.

Después en la reunión precomienzo de curso nos explicaron que  hasta por lo menos diciembre no iban ni a tocar el carísimo libro. Primero había que hacer el largo periodo de adaptación. "Y no esperéis que este curso hagamos todas las unidades didácticas ni acabemos el libro. Son muy pequeños todavía". Y allí estábamos todos los padres con cara de idiotas y 40, 50 euros menos en el bolsillo. Pero nos vengamos a base de bien comentando a las profes los asalvajados que venían nuestros retoños tras las  vacaciones estivales.

Las profes se echaron a temblar pensando en lo que se les venía encima. "Ya vereis a mi chico, ya.. ni horarios, ni nada", "Pues la mía, por lo menos hasta las doce no pisa la cama y la siesta ni nombrarla", "El mío, con lo bien que comía él solito... Pues la abuela le ha malacostumbrado y ahora sólo quiere que le metan otros la comida en la boca", "¡Ah! Por cierto, el mío ya no lleva pañal, claro que sólo me pide "caca" a mí. ¡Buena suerte!".

Las chicas se estaban poniendo un poco azules, pero, acostumbradas a todo eso y mucho más, pusieron orden en el gallinero parental y se dispusieron a explicarnos lo que iban y no iban a hacer en el comienzo del curso. Los horarios: los mismos; excepto la merienda: suprimida, que los padres se encarguen de alimentarlos a la salida. Hay que llevarles sandwiches, zumos, batidos, galletas... lo que sea porque van a salir a comerse a su madre si hace falta. Juguetes a tutti plen para que se lo pasen genial. El patio ya es más grande, con más columpios... La gran novedad: ¡baños pequeñitos! Que monos, aunque a los inmaduros (como el mío) no les empezarán a quitar el pañal hasta dentro de unos meses.. Recomendaciones a mogollón para los padres... Última oportunidad de meterl alos pequeñines en vereda antes de que empiecen las clases. Y última esperanza de las profes para que venga con mejor predisposición.

Finaliza la reunión con padres y profes sorientes contándose las aventurillas de veraniegas de turno y corriendo a casa a salvar a mi madre de las garras del peque. Llego y me los encuentro en el portal tan felices. "¿Ya vienes tan pronto?" Parece que abuela y nieto no me necesitan para nada.

Destrozándome la casa

Daniel ha hecho un descubrimiento asombroso: el maravilloso cepillo de los gatos. Su función es quitar los pelos sobrantes a los mininos para que no se lo coman cuando se aseen, pero mi chiquitín le ha encontrado otros usos más interesantes: Es el instrumento ideal para estropearme la casa.

Las púas son duras y metálicas con lo cual hacen un ruidillo curioso cada vez que rozan con algo. Lo sé porque estaba organizando el armario del hermanito cuando de repente oí el "risk, risk". ¿Qué esta haciendo este niño?. Muerta de curiosidad abandoné mi labor para observarle. ¡Mis puertas! Me las estaba rayando muy concentrado. Con la velocidad del rayo le quité el arma maldita y la puse en un lugar fuera de su alcance a pesar de sus protestas.

Más tranquila volví a doblar y meter ropita de cero a tres meses en los cajones. "risk risk" ¿Otra vez? ¡no puede ser! Ahora estaba estropeándome los cristales de la puerta de la cocina. ¿Pero..? ¿Cómo lo has hecho? ¡Si yo lo había puesto en lo alto de la estantería! No pasa nada. Hay que actuar con rápidez. "¡Dame eso!", "Noooooooo, buaaaaaaaaaa", "Te ha dicho mamá que no", "mío, mío". No hubo compasión. Ahora estaba en un lugar más alto todavía. Aquí no llegas.

Ya puedo seguir tranquilamente a lo mío. "risk risk" ¡Imposible! ¡Ahhhhhhhhhh! el espejo. Me está rayando el espejo del armarioooo... "¡Dame eso!", "noooooooooooo, mio mio, buaaaaaaaaa", "Ala, llora lo que quieras pero deja de destruir mi casa". ¿Cómo ha podido llegar? Hay que ponerlo en la última balda. Casi no llego ni yo. Bueeeeno, a seguir con lo mío... "risk risk" ¡No! "risk risk" "¿Me estaré volviendo loca?" Presa de la ansiedad fui al encuentro de Daniel. Estaba a los pies de su abuela concentrado en rayar metódicamente el parqué. Mi madre sonreía al verle. "Mira que gracioso, te está limpiando la casa ¿No es para comérselo?". El chiquillo le devolvió la sonrisa a la abuela y le entregó el cepillo. Por lo visto ya se había cansado de él. La feliz abuela tocó las cerdas y exclamó "¡Si esto es muy duro! ¡Madre mía, seguro que te ha rayado alguna cosa! Yo pensaba que era un cepillo suavecito..." Una terrible sospecha cruzó mi mente. Miré a mi madre entrecerrando los ojos, pero puso tal cara de inocente que me desarmó.

Al poco llegó el padre de trabajar. "¿Que tal el día?" "Pues bien... excepto porque tu hijo se ha dedicado a destrozarme la casa con el maldito cepillito de los gatos. Ha rayado el parqué, el espejo, los cristales, las puertas...", "¡Pero! ¡Pero! ¿Donde estábais vosotras en ese momento?" exclamó con desesperación.