lunes, 8 de diciembre de 2014

El belén de los niños de tres años

Por fin hemos tenido acceso al Belén de los niños de tres años jajaja

Anda que no estábamos ansiosos todos los padres para admirar en conjunto las obras de arte de nuestros pequeños... ejem ejem... con pequeñas colaboraciones paternas (para qué vamos a mentir, que todos nos conoceeeeemos).

El caso es que el día D fue la semana pasada. Ahí estábamos todos los progenitores con la nariz pegada al cristal, casi más emocionados que nuestros churumbeles, cuando la profesora nos abrió la puerta y se disparó el caos de fotos con el móvil. Babas, más fotos, más babas y niños sonrientes señalando lo que más les llamaba la atención y gritando alegres sus explicaciones.

El belén es precioso, que voy a decir yo, pero de verdad, que es precioso. Dicen las profes que han metido figuras de otros años. ¡Mejor! Más enriquecido ¿no? O a lo mejor es que los papis nos lo hemos currado poco este año y han tenido que reforzar el asunto. ¡Eso que más da! Yo me quedo con el ultra fin de semana lleno de manualidades navideñas en el que mis hijos acabaron hartos de su madre y su afán DIY que rallaba en la obsesión. Empezaron muy motivados, pero al final creo que casi lo hacían por tenerme contenta. ¡Son dos soles maravillosos!

¡Qué bonita es la Navidad! :D

domingo, 7 de diciembre de 2014

Mis Taggs Sugestions

Verónica de La opinión de mamá me ha retado. ¡Y yo no me puedo resistir! jajaja
Esta mamá tiene un blog genial en el que nos habla de una forma sincera y divertida de los productos que utiliza en su día a día. Y si hay que criticar critica y así nos salva de chascos y decepciones. Pero en su blog hay mucho más. Si quieres saber de qué hablo ve a conocerla.

Ya no me enrollo más que tengo un reto que superar. Ahí van mis cinco tags para que me conozcais un poco más.

MI PELÍCULA

El violinista en el tejado: musica, amor, drama y mucho, mucho humor. Es mi película favorita desde bien pequeña y nunca la he cambiado por otra, aunque hay mucha que me apasionan. Ninguna como esta. La habré visto millones de veces y nunca me canso. Anatevka, Anatevka ummmm...

MI SERIE

Life on Mars. Me sorprendió muchísimo su trama, tan original, emocionante, simpática, misteriosa... Pero ¡ojo! la inglesa no el remake americano (y mucho menos el español).

MI COMIDA
¡Cocido madrileño! Fácil de hacer, delicioso y maravilloso para hacer otras comidas con los restos igual de sabrosas. ¿Se puede pedir más? Aclaración: Soy capaz de comer garbanzos como si fueran pipas jajaja

MI REMANSO DE PAZ
Ahora mismo no tengo ninguno porque el problema está en mi cabeza. Esté dónde esté no para de pensar. Y no sé cómo pararla :S

UN RECUERDO DE LA INFANCIA
¡Tengo millones! Y todos maravillosos. Pero me voy a quedar con los veranos en el campo de mis abuelos en Elda. Fueron increíbles. Nos juntábamos con nuestros primos y vivíamos mil aventuras, guerras de globos, batallas con armas hechas con la basura que encontrábamos por allí, ahogadillas en la piscina de mi tía Mábel, las excursiones al monte Batech, los flash de fresa... ¡Así es imposible elegir sólo un recuerdo! Por cierto, antes ese era mi remanso de paz.

¡Espero haber superado el reto! Ahora nomino a Animalitos y tú, Una mamá sin mala leche y Maternidad y Psicología ¡A ver si lo aceptan!

sábado, 6 de diciembre de 2014

El ordenador de cartón

Una tarde que estaba inmersa en las labores del hogar mientras los peques jugaban solos (milagro, milagro), vino a buscarme Daniel para pedirme un trozo de cartón. "¿Para qué lo quieres?" le pregunté. Siempre pienso que algún día debería darle lo que me pide sin intentar averiguar su objetivo y darle más libertad, pero me temo que ese día aún no ha llegado. "¿Quiero construirme un portatil?" ¡Ole! ¡Casi nada! Muy contenta con la iniciativa del chiquillo abandoné la aburrida tarea que estaba realizando y me presté a buscarle todos los elementos necesarios, empezando por el principal: una caja de cereales.

En cuanto Iván nos vió, quiso unirse. Como vi que el mayor no parecía muy dispuesto a que su hermano se sumara al proyecto, le di otra caja para que la pintara y decorara a su gusto. El chiquitín se puso manos a la obra enseguida, mientras yo cortaba la caja de cereales para que tomara forma. Una vez hecho lo más peligroso, se la di al mayor junto con gomets redondos y rotuladores.

Daniel se puso manos a la obra con mucho entusiasmo. De repente, se fijó en un código promocional situado justo en la "pantalla" del portatil. "¡Mira mamá! ¡La contraseña!" exclamó encantado. Y se puso a copiarla letra por letra en un folio para alegría de su madre.

Cómo se quejó de que la tapa o se le cerraba o se le caía hacia atrás, me tocó solucionarle el problema rápido y a lo cutre con unas tiras de fieltro y una cinta gruesa de cinta adhesiva.

Lo único importante es que acabó muy satisfecho de su "portatil" y que su hermano se lo pasó bomba pintando su cajita.

viernes, 5 de diciembre de 2014

¿Qué fue lo que pasó?

Un día de clase normal, uno de lo compañeros de Ivan salió más magullado de la cuenta. Cuando su mamá preguntó qué había pasado no pudieron aclararle nada porque había sido en la hora del recreo y no lo habían visto, así que se le ocurrió pedirnos a otras madres que preguntáramos a nuestro hijos a ver si sabían algo.

Más que dispuesta a conseguir esa información interrogué a mi hijo pequeño con un cariñoso tercer grado maternal. Pero Iván tenía malas pulgas ese día y entre gruñidos y sonoros "¡nada!" me hizo ver que en ese momento no iba a conseguir mi propósito ni a tiros. Así que abandoné... Por ahora. Una vez en casa y más tranquilos, volvía a preguntarle como quien no quiere la cosa.

Mi hijo pequeño me miró con cara de pensar y comenzó su relato: "Etabamo en el patio y... ¡Entonce un melonputa apadeció de repente! Epezó a tirá melonesssss. Le dio a (nombre del amigo) y... ¡ze cayó. Púm" Fin de la historia.

Por si acaso había algún elemento real en el relato, cosa que dudo muchísimo, se lo conté a la madre interesada, que se rio a gusto, pero descartó la versión por inverosimil.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Encargos navideños en la clase de Iván

El jueves de la semana pasada nos llegó a casa una nota de la clase de Iván que desató la hecatombe de manualidades el fin de semana en mi casa. En dicha circular, se pedía la colaboración de los padres para hacer que sus hijos vivan la Navidad a tope.

En primer lugar, adjuntaba la fotocopia de la figura de una bola navideña y nos invitaban a decorarla con nuestros peques y colgarlas en casa como adorno.

Al mayor se le iluminaron los ojos en cuanto la vio y me rogó que fuéramos corriendo a casa para hacer todas las que pudiéramos. A su hermano enseguida se le contagió el espíritu, así que improvisamos algo con algodón, rotuladores y mucha purpurina. ¡Les quedaron preciosas!

En segundo lugar, nos pedían que pusiéramos nuestro granito de arena en la decoración de la clase. Cada niño debía llevar algo desde casa. después de exprimirme el cerebro para hacer algo cien por cien niño de tres años, que no le atraen demasiado las manualidades, se me ocurrió algo un poco desorbitado, pero como soy de ideas fijas cogí las tijeras, dos cartones de los que recogimos en Covarrubias cuando se celebró el certamen de los arquitectos y el arte y ¡ale! un estupendo árbol de navidad de cartón para pintar y decorar.

Como no teníamos témpera verde hubo que mezclar amarillo, azul y algo de blanco, así que nos ha quedado muy colorido. Creo que lo que más les gustó fue experimentar con las mezclas.

Daniel hasta improvisó con un recorte sobrante del cartón y me hizo un precioso pájaro de cartón que ha pasado a adornar una de las estanterías del salón

Lo pasaron genial untando pintura a diestro y siniestro, pero acabaron castigados por una encolerizada mami cuando se extralimitaron con su pasión por expandir la pintura. Cuando me di cuenta habían pasado a decorar los babis, pantalones, la mesa... Menos mal que no hubo que lamentar más que mi mal humor.

Eso sí, ellos fueron los que sacaron los manchones de pintura de la mesa a fuerza de frotar con los estropajos y el jabón.

Puse los cartones a secar en la bañera pensando en pintar la otra cara al día siguiente, pero se ve que mi regañina les quitó las ganas de seguir con el proyecto y tras una corta colaboración del primogénito, me tocó a mí acabar de mal pintar el arbolito.

Mientras se secaba les puse a hacer los adornos que pensábamos pegar en sus ramas. Empezaron con mucho ahínco, pero a los cinco minutos perdieron todo el interés. Daniel debió ver la decepción en mis ojos porque aún se esforzó en seguir pegando washi tapes en trozos de gomaeva, pero le dejé libre cual pajarito para que jugara a los que quisiera. Lo que me faltaba era obligarles a hacer lo que yo quiera.

Recogí los materiales y me sumergía en la tercera tarea: llevar algo para hacer un belén colaborativo. Después de darles mil vueltas se me ocurrió que un ratoncito hecho con triángulos de fieltro blanco y pintado por el más peque podría ser original. Y me puse manos a la obra enseguida.

El mayor vino a preguntarme por lo que estaba haciendo en cuanto me vio sacar la caja de costura. Se lo expliqué y poniendo los ojos en blanco me aseguró que a él no le apetecía nada pintar el ratón. Sobredosis de manualidades. Me lo apunto para próximas ocasiones. Le aseguré que no hacía falta que lo hiciera ese día y seguí cosiendo, pinchándome, liándola parda... hasta que surgió un roedor bastante picasiano, pero no falto de gracia. El segundo me salió ligeramente diferente. Que se note que está hecho a mano... Y sin medir, que yo soy mucho de hacer las cosas a ojo. Así me va.

El día siguiente, justo antes de ponerme a hacer la cena, el mayor me pidió el ratón y los rotuladores indelebles especiales para ropa. Emocionada no me hice de rogar. Le instalé en la mesa del comedor y me senté a su lado para supervisa que la cosa no se fuera de madre como con el árbol. Mientras pintaba me iba comentando la jugada. " Y aquí una cicatriz, y no va a ser una ratón, una rata mola más... Con ojossss rojossss... Y mucha sssangre en el morrro de una batallaaaaa..." "¡Danieeeeeel! No quiero una rata zombie que me dé pesadillas. ¡Quiero un ratón bonito y adorableeeeeee!" Estallé desesperada.
"Vale, vale... pues un poco de verde por aquíiiii.... y... ¡ya está! Ya no quiero pintar más" Y así me dejó con su siniestro ratón en la mano.

Entonces se me acercó el pequeño exigiendo su turno. Le puse el baby. Le di las pinturas, su ratón. Hizo unos cuantos rayajos. Se pasó un buen rato pintando la cola de "color carne", unas manchas en las orejas y... "Ya no quero pinta má". Y ahí me quedé con dos ratones blancos en la mano un poquito decorados.

Con ningún cargo de conciencia pinté en el de Iván unos ojos, el morro y los bigotes. Por lo menos para que parezca un ratón y no una pirámide con orejas. Cuando le dije que había que llevarlo el lunes a clase se puso a llorar como un loco. "Que nooooo, que nooooo". Conociéndole, seguro que el lunes se lo da a la profe tan feliz.

En fin, que las cosas nunca salen como las planeamos. ¡Y menos con estas fieras de por medio!

Al final, para decorar el árbol les dí unas servilletas con motivos navideños para que las decoraran y las pegué al árbol con el método decoupage para que tuvieran algo de presencia. Lo de pintar las servilletas les encantó. Acabó siendo un trabajo colaborativo porque nos íbamos pasando las servilletas para colorear un detalle u otro. Lo malo era que Iván casi siempre pintaba fuera del motivo, así que al recortarlo se quedaba mucho de los suyo fuera. Pero aquí lo importante es pasarlo bien y no que quede perfecto.

Al final entre los adornos de gomaeva, los de servilleta y los algodones de colores ha quedado muy alegre y navideño.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Los tesoros de Daniel

El otro día fue el peor día de la vida de Daniel, según el mismo. Menos mal que al final el padre se lo arregló enseñándole un lenguaje de programación muy sencillo, que para mí es chino. Si a alguien le interesa se llama scratch y el peque, con mucha ayuda de su padre, programó un robot que cuando se acercaba a una bomba sonaba ¡Boom!

Pero vamos al meollo de la cuestión. Los hechos acontecieron en el parque habitual. El chiquillo no estaba muy por la labor de disfrutar  de las hojas otoñales que cubrían profusamente el suelo, pero yo le obligué. A él y al hermano. Porque considero que sacarles a que les dé el aire es necesario aunque sea en contra de su voluntad.

Una vez allí se fueron animando poco a poco. Como había traído las tizas jugamos a que yo era una cliente y ellos me dibujaban lo que yo pedía en el bordillo. Tenía que pintar lo que quería, como si fuera mi hoja de pedido y ellos lo copiaban para que yo hiciera como que me lo comía. Así estuvimos hasta que vino un amiguito de Daniel e Iván se puso un poco tontete y se pegó a mis piernas cual lapa.

Entonces al primogénito se le ocurrió vender brochetas de hojas y palo. Pedía una moneda real, así que la única que se ofreció a comprarle una fue su madre, como es lógico. Mientras rebuscaba en el bolsillo algún centimillo suelto, al más pequeño de la familia se le cruzó un cable y puso pies en polvorosa hacia su querido hogar de forma autónoma y solitaria. In extremis saqué la primer moneda que cogí, que resultaron ser veinte centimazos y se las entregué al mayor que no podía dejar de dar saltitos nerviosos en espera de su preciado tesoro. Metí el turbo y cogí a Iván cuando casi llegaba al paso de peatones. Enfadadísima volvimos al parque los dos: uno berreando y la otra con un ceño esculpido en piedra.

El mayor estaba feliz con su tesoro, pero ¡oh! ¡Qué mala suerte! Se le cayó entre las hojas como unas tres veces y la última fue imposible de encontrar (veinte preciosos y brillantes céntimos que nunca volveremos a ver). Ya sé que tenía que habérselos quitado o cambiado por otra monedita que tirara más al bronce, pero estaba tan emocionado que no tuve corazón. Y vaya si  sintió la pérdida. Se estuvo lamentando hasta que... encontró la concha de un caracol vacío bastante asquerosilla. Con ojos brillantes me pidió que lo adoptáramos. Le sugerí que le hiciera un regalo de la amistad a su amigo, pero ni él ni la madre del chiquillo estuvieron de acuerdo en tan ventajoso trato. Al final, le regalé mi llavero redondito al amigo para que no se quedara con las ganas de tener un tesoro y accedí a la adopción de la concha. No tenía que haberme preocupado mucho por el tema porque al rato percibí una cara de angustia en mi primogénito que me hizo prever el desastre que acababa de acontecer. "¡Este es el peor dia de mi viiiiida!" se quejó mi niño. "He perdido mi moneda y ahora se me ha caído mi caracol ¡y lo he pisado! ¡Se ha roto! ¡Joooooo! Esto sólo se puede arreglar si me dejas el ordenador cuando lleguemos a casa. Es la única manera" Me aseguró muy serio.

Pero mamá se ha puesto dura con el tema y le aseguré que por encima de mi cadáver, aunque con otras palabras. Al final, no hizo falta ningún homicidio, porque con acudir a su padre tuvo suficiente. Es lo malo de no poder leernos la mente. Sería de lo más útil si los padres tuviéramos telepatía. Eso sí que es el futuro de la crianza.

martes, 2 de diciembre de 2014

Una galletas navideñas con mucho juego

Desde que leí en el blog de Frikymamá que había hecho unas preciosas galletas navideñas con sus hijos me entraron unas ganas terribles de imitarla, así que, siguiendo su receta, nos pusimos el mayor y yo manos a la obra. Como casi siempre, el pequeño declinó mi oferta de trabajo como pinche repostero y prefirió seguir jugando con su papá.

Daniel entró en la cocina con muchas ganas de meter las manos en la masa que fuera. Se nota que hacía mucho que hacíamos nada culinario. Le encantó meter los ingredientes en la Thermomix y mezclarlos. Ana María dividía la masa y ponía en recipientes separados cada parte para mezclarlos con el colorante alimentario, pero yo no soy tan laboriosa, así que metí amarillo en la Thermo, mezclé, separé, metí rojo, mezclé separé, y acabé con el azul... que con los otros colores nos quedó verde. El peque y yo nos miramos divertidos y exclamamos a la vez "Geniaaaaaal". Hay que admitir que el verde es más navideño que el azul.

Cortar las masas con los moldes fue extremadamente divertido. Tardamos bastante porque el chiquillos se empeñaban en estampar el molde más grande justo en el medio y así no había manera de aprovechar recovecos. Cuando veía que quedaba poca la repartía en hacer una bola de Navidad bien redonda y en otra parte pequeña parte para que se la comiera el niño. Sigue teniendo afán de devorar las masas antes de cocinarlas.

Pusimos primero la tanda roja y amarilla en el horno. Como se me complicó un poco la cosa en la espera, porque estaba a mil tareas ¡se me quemaron un poco! El amarillo era marrón y el rojo casi negro. En cambio a las verdes no le quité el ojo y salieron perfectas conservando su color.

A Daniel le fastidió un poco este fallo humano, pero eso no le hizo perder entusiasmo a la hora de decorarlas. Un poquito de masa azucarada de color en la galleta, otro poquito en la lengua... ¡No tiene remedio!

En cuanto acabamos de decorarlas empezó a comérselas y a repartir al resto de la familia. Yo también pequé demasiadas veces. Al final tuve que dar la voz de alto si quería que cenaran algo esa noche. Lo cierto, es que Ana María les hizo un agujerito por el que pasar un cordel y poder colgarlas del árbol. pero, como yo ya había predicho, entre la merienda y el postre de la cena, acabamos con todas las nuestras. La próxima vez que las hagamos no se me quemarán. Más me vale o Daniel no sé si podrá perdonármelo jajaja