jueves, 10 de mayo de 2018

De Ura a Castroviejo

A pesar de que el puente de mayo se esperaban unos días de mal tiempo, nosotros no nos podemos quejar porque nos llovió poco y pudimos estar la mayor parte del tiempo disfrutando de paseos al aire libre. Uno de ellos fue el camino que hicimos de Ura a Castroviejo, en la Sierra de la Demanda, un lugar precioso y muy recomendable para pasear y vivir aventuras.

Los peques no desaprovecharon la oportunidad de romper mis expectativas de una paseo tranquilo admirando el paisaje poniendo todo su esfuerzo en ponerse y poner a todo el que le rodeaba en peligro. Disfrutaron trepando por paredes de piedras resbaladizas haciendo oídos sordos de los berridos paternos, brincaron jubilosos en el borde mismo del abismo a pesar de poner en riesgo nuestros corazones e hicieron todo lo posible por darse una tempranero baño con ropa en el río (menos mal que no llegaron a caerse dentro). Si a eso le sumamos tiros de piedra descontrolados y uso de palos como armas contundentes sin mirar quien anda por sus alrededores he de decir que lograron acabar con mi paciencia.

Así que ya no quise jugar con ellos a cazar ogros, ni a ser zombis y luchar contra las plantas, ni a explorar fósiles en las piedras. Me enfurruñé tanto que saqué la mama troll que hay en mí y encima me llevé una regañina por parte del padre por perder los nervios.

"¿Ah sí?" pensé, "Pues ahí te quedas con las fieras ya que las controlas tan bien" y cogí velocidad para poner distancia entre mis insufribles hombres y yo. Me fui a dar mi anhelado paseo tranquila y disfrutar de la naturaleza. ¿Pensáis que em arrepentí o me sentçi culpable? ¡Pues no! Disfruté cada paso y cada alto para conseguir la foto más bonita (dentro de mis posibilidades, claro). Sin distracciones, ni peleas, ni gritos... que paz...

Y así hasta que llegué a Castroviejo. Entonces decidí esperarles porque, al fin y al cabo, se supone que era una salida en familia, aunque tentada estuve de cruzarme con ellos en el camino devuelta y verles ya en el coche.

Mientras esperaba estuve deambulando por la parte abandonada del pueblo intentando imaginar cuando estaba habitado. Así me encontraron los chicos que venían como si nada hubiera pasado. Aunque nada más verme el mayor corrió a darme un gran abrazo, que es su truco principal para intentar que se me pase el enfado. Todavía seguí de mal humor un rato más, pero finalmente decidí dejarlo un poco de lado por el bien de la "armonía" familiar (solo un poco).

Cuando estábamos en la plaza llegó el panadero en su furgoneta y aprovechamos para comprarle un pan enorme y unos mantecados de piñones buenísimos.

El viaje de vuelta tampoco fue muy tranquilo, así que tuve que armarme de toooda mi paciencia para lidiar con el más pequeño de la familia, que aseguró estar muy cansado y con ganas de guerra. Ganas me dieron de volver a hacer la misma jugada, pero el listo de Raúl se había adelantado bastante con el mayor y no era plan de abandonar al benjamín a su suerte. Así que tuve que aguantar su rabieta buena parte del camino hasta el coche. No una rabieta de tirarse al suelo y llorar como si no hubiera un mañana, no. Una rabieta de las silenciosas, frías y temibles. De esas te coge la mano sólo para poder clavarte las uñas, te mira con odio y va pegando patadas a todo lo que se encuentra. Ainsss. Sin comentarios.

Yo sí que llegué agotada a casa. Cuando anuncié que una menda se metía dormir la siesta debí poner tal cara que nadie se atrevió a rechistar. ¡Faltaría más!

Pero que conste que a pesar de todo, el camino es precioso y valió la pena.





El palo cabeza de fénix

El palo cabeza de dragón







4 comentarios:

  1. Un paraje fantástico. Al mío lo tengo que atar para llevarlo jejejeje

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    Respuestas
    1. Uy sí, porque sino hubiera acabado en el río jajaja
      Son unos temerarios

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