El viernes cambié mi horario laboral de mañana por uno de tarde para poder combinarme con el padre de las criaturas y salvar así otro día laborable, pero no lectivo de esos que me tienen ya bastante quemada (y otro que nos viene a finales de febrero. esto es un sinvivir).Pasamos una mañana fantástica llena de juegos y tele (para qué negarlo) hasta que llegó papá a hacer el relevo.
Venía muy contento porque se le había ocurrido la feliz idea de llevar a los niños a un parque infantil de Alcobendas al que llaman el hormiguero y del que nos habían hablado muy bien. Ya he comentado más de una vez que las zonas de ocio infantil de esta población son tan maravillosas que incluso han ganado premios, con lo que vale la pena visitarlos. Por nuestra parte, conocíamos el de los vaqueros y el de los astronautas. Y ¡vaya si nos habían impresionado! Por no decir de nuestros niños. Cuando Raúl les dijo que les iba a llevar a otro parque de Alcobendas saltaron de la alegría. Esta vez tocaba el de las hormigas.
La que no saltó fui yo, que era la que se iba a quedar con las ganas de verlo. Mientras yo tecleaba furiosamente con la envidia agazapada en las entrañas, mis niños brincaban y trepaban por lo que llaman el hormiguero y que, por las fotos, debía de ser impresionante.
Cuando volví a casa me encontré a los tres muy impresionados. Nuestros retoños no hacían más que repetir que teníamos que volver al día siguiente.
El sábado no volvimos porque teníamos comida familiar en casa de mi suegra. Y el domingo tampoco, porque tocaba excursión a la nieve, pero sé que volveremos antes o después, aunque sea porque yo también quiero conocerlo.








