martes, 4 de febrero de 2014

El parque del Hormiguero

El viernes cambié mi horario laboral de mañana por uno de tarde para poder combinarme con el padre de las criaturas y salvar así otro día laborable, pero no lectivo de esos que me tienen ya bastante quemada (y otro que nos viene a finales de febrero. esto es un sinvivir).

Pasamos una mañana fantástica llena de juegos y tele (para qué negarlo) hasta que llegó papá a hacer el relevo.

Venía muy contento porque se le había ocurrido la feliz idea de llevar a los niños a un parque infantil de Alcobendas al que llaman el hormiguero y del que nos habían hablado muy bien. Ya he comentado más de una vez que las zonas de ocio infantil de esta población son tan maravillosas que incluso han ganado premios, con lo que vale la pena visitarlos.  Por nuestra parte, conocíamos el de los vaqueros y el de los astronautas. Y ¡vaya si nos habían impresionado! Por no decir de nuestros niños. Cuando Raúl les dijo que les iba a llevar a otro parque de Alcobendas saltaron de la alegría. Esta vez tocaba el de las hormigas.

La que no saltó fui yo, que era la que se iba a quedar con las ganas de verlo. Mientras yo tecleaba furiosamente con la envidia agazapada en las entrañas, mis niños brincaban y trepaban por lo que llaman el hormiguero y que, por las fotos, debía de ser impresionante.

Cuando volví a casa me encontré a los tres muy impresionados. Nuestros retoños no hacían más que repetir que teníamos que volver al día siguiente.

El sábado no volvimos porque teníamos comida familiar en casa de mi suegra. Y el domingo tampoco, porque tocaba excursión a la nieve, pero sé que volveremos antes o después, aunque sea porque yo también quiero conocerlo.

lunes, 3 de febrero de 2014

Excursión a la nieve: una aventura casi imposible

Daniel llevaba desde Navidades diciéndonos que quería subir a ver la nieve, así que viendo que el tiempo nos prometía sol este Domingo decidimos darle el gusto y subir a Navacerrada. No teníamos equipo para la nieve, pero unas cuantas capas de ropa y mucha ilusión nos bastaron para ponernos en camino.

El año pasado llegamos a eso de las once, no encontramos sitios, aparcamos el coche como pudimos y... ¡multón! Así que le anuncié a mi señor marido que tocaba madrugar para evitar sorpresas. Pero Raúl me abrió los ojos diciéndome que dónde íbamos nosotros con dos niños pequeños en la madrugada. ¡Se nos iban a quedar pajaritos! Así que al final fijamos la hora de salida a las nueve de la mañana. ¡Pues ya estaban todos los aparcamientos de Navacerrada completos! Así nos lo desveló la pantalla de la carretera dejándonos a cuadros. Pero eso no era lo peor. Había que ver la cola de coches que subían por la carretera. Tardamos media hora en recorrer 500 metros.

Con ese panorama no lo dudamos y en cuanto vimos un hueco con sitio al ladito de la carretera aparcamos. Aunque sólo hubiera un centímetro de nieve. Los niños estaban encantados igualmente y nos metimos por un camino poco transitado.

Lo primero que hicieron los peques fue armarse de palos hasta los dientes para jugar hasta dónde las imaginación les permitiese. La insistencia de Daniel por volver a casa a jugar a un videojuego que le tiene fascinado desde hace una par de días me hizo fruncir un poco el ceño, pero, entre su padre y yo, logramos que le viera el lado divertido a la excursión. Hubo lucha de espadas, tormentas de nieve (ocasionadas por una servidora), peleas con la nieve, merienda sentados en un tronco caído, muchas risas y juegos... Pero lo que no hubo fueron muñecos ni bolas de nieve porque la nieve no se apelmazaba nada bien y desistimos enseguida. Aunque lo que sí hubo fue un corazón de nieve que me regaló mi niño mayor. Supongo que se lo encontró en el suelo con la forma ya hecha, pero me hizo una ilusión tremenda que me lo ofreciera.

Cuando ya nos íbamos a marchar encontramos una pendiente ideal para deslizarnos con el trineo de plástico. Raúl se acercó al coche a traerlo y empezó la parte más divertida de nuestra aventura. Teníamos que tener cuidado para que el terreno no tuviera ninguna irregularidad que hiciera volcar el trineo. Al final dominamos bastante bien la técnica. Incluso Raúl y yo probamos a deslizarnos una vez. Sólo una porque los chiquillos se peleaban por subirse ellos solitos. Sólo un par de veces les convencimos para que se tiraran juntos, pero preferían ser los protagonistas absolutos al timón.

Para subirlos al coche hubo lloros y protestas. Ninguno quería irse de la pendiente, pero se nos hacía tarde y todavía quedaba preparar la comida. Ambos se quedaron fritos en el coche con lo que fue imposible que durmieran ni una pequeña siesta.

domingo, 2 de febrero de 2014

Circuito de psicomotricidad gruesa

De la blogoesfera maternal se sacan grandes ideas y muestra de ello es este post que leí en Attempra. En él, Marta nos sugería construirnos un recorrido casero para trabajar en la psicomotricidad gruesa de los niños. A los míos les sobra práctica en este campo, pero pensé que se lo pasarían bomba, así que hice caso a lo que nos contaba esta bloguera y me puse manos a la obra.

Nuestros circuito comenzaba en un entramado de rayos laser que construí entre el mueble del comedor y las patas de las sillas y la mesa. Tenían que ir y volver rozando los hilos lo menos posible (idea repetida porque ¡me encanta!). Continuaba por un túnel hecho con una par de sillas, luego tenían que subirse al sofá esquinero y recorrerlo entero (lo sé, lo sé. Luego les reñiré por saltar encima y no lo comprenderán), el siguiente paso consistía en saltar hasta tocar cada uno su globo (tienen diferentes alturas), el de Daniel era el verde y el de Iván el rojo... ¡Y vuelta a empezar!

Se lo pasaron genial, como era de esperar. Y yo los miraba con envidia porque no cabía en el túnel y no me parecía correcto subirme al sofá. ¡Así que me quedé con las ganas!

sábado, 1 de febrero de 2014

La clase de Yoga

Una tarde, Daniel y sus amiguitos salieron revolucionados de clase porque habían hecho yoga ¡y les había encantado! Había que verles en la postura del árbol.

Como a una le gusta fardar delante de los niños (es un público de lo más agradecido), les solté que yo de eso algo sabía (poco, muy poco) y me senté en el duro suelo para fardar de postura del Loto. Para el que no sepa en qué consiste diré que te sientas con las piernas cruzadas, pero los pies deben quedar por encima de los muslos y no por debajo, como es lo normal.

El caso es que, cuando yo era una lozana veinteañera podía pasarme el tiempo que quisiera en esa postura, pero mucho me temo que la treintena (larga) está pasando factura a mi flexibilidad. ¿Lo conseguí? Siiii, pero ¡a qué precio! Dos segundos de postura del Loto y toda la tarde cojeando por un tirón inoportuno.

Pero lo importante es que coló y todos los niños me miraron con admiración jajaja. Reto conseguido. Y desde entonces mi hijo me pone ojos de Bambi para que le dé una clase de Yoga. Me pareció una fantástica idea para mantenerlos activos un día de mal tiempo y no pegados a la tele. Así que me sumergí en internet para ver que ejercicios podrían ser más adecuados para los niños. Y vi un artículo muy interesante en el que proponían contar un cuento de animales mientras se adoptaban las posturas de los mismos.

Les propuse a los peques que me dijeran animales y yo les mostraba la postura. Lo cierto es que del Yoga, lo poco que sabía, ya se me ha olvidado, así me las inventaba un poco. Me sorprendieron las ganas de participar de Iván. Me imitaba muy serio con los ojitos fijos en mí. Del yoga pasamos el juego puro y duro. Imaginamos que ellos eran animales de la Granja de los Cuentos y yo su cuidadora, nos enrollamos en la manta que puse en el suelo para que estuvieran más cómodos, bailamos de las maneras más locas que se nos ocurrían sobre la marcha y acabamos la sesión con una auténtica carrera de ranas.

Los peques acabaron agotados y una servidora destrozada y llena de agujetas. ¡Qué duro es esto de hacer ejercicio!

viernes, 31 de enero de 2014

La granja de los cuentos

El miércoles me encontré al mayor bajando del autobús frente al cole. Era el día de la excursión a La Granja de los cuentos y todos los peques venían eufóricos. Daniel me saludó encantado y vino corriendo hacia mí, pero le indiqué que no abandonara la fila porque si no me iba a caer una bronca bien gorda. Muy formalito entró con su profesora al centro.

A los cinco minutos lo estaba recogiendo en la puerta de su clase. A él le parecería una inmensa tontería ir a clase sólo para que le recogiera su mama que había visto hacía nada, pero para los padres y los profesores el orden y el control es imprescindible.

El peque salió con una cosa en la mano que parecía un panal y me metió prisa para que se lo abriera y comérselo. Ingenua de mí seguí sus instrucciones y cuando lo estaba chupando, una madre se acercó a mí para comentarle lo bonita que le parecía la vela que habían hecho los niños. Atacada se la arranqué de las manos. "¡Que no se comeeeeee!" Casi le grité. Daniel se rió con ganas y aseguró que sólo quería probarlo. ¡Ay madre! Que chico. También traía un CD de un cuento y canciones. Diferente al del año pasado. No tardaría mucho en reunirse con el resto de Cds infantiles en el coche para amenizar viajes.

No tenía muchas esperanzas de que me contara nada, a pesar de que no calla ni debajo del agua se empeña en decir que no se acuerda de nada de lo que hace en el cole, pero, para mi sorpresa empezó a largar espontáneamente. Yo no me atrevía a interrumpirle por si acaso. De vez en cuando soltaba alguna exclamación para que viera que le estaba escuchando muy interesada y prosiguiera su relato.

"Hemos visto muuuuchos animales, mami. Le hemos dado de comer a los cerdos y a las ovejas, pero a los cerdos más. Venían corriendo y se nos subían. Yo agarré el mío y lo puse en el agua para que bebiera y se quedó muy quieto. La oveja no me la he traído, pero al cerdo sí. Lo he puesto al lado del dragón, pero no te preocupes, que no se lo va a comer porque se lo he dicho yo. Para no comérsela se ha quedado dormido. El caracol y la babosa gigantes son amigos porque están juntos.... blablablá...." No, si ya me extrañaba a mí....

jueves, 30 de enero de 2014

El día de la paz y nuestro mural casero

Este año me apetecía hacer algo dirigido a la celebración del día de la paz. Había visto muchas ideas chulas en Internet, pero me parecía demasiado complicadas para mis niños o para hacer entre muchos. Me dejé de historias y decidí usar el revés de un poster para hacer un mural en el que no podía faltar la paloma con la rama de olivo.

Quería que fuese una actividad divertida que no les sonara mucho a rollo cole. Lo único que se me ocurrió es que dieran rienda suelta a su imaginación con témpera azul (estoy segura de que ambos hubieran elegido el rojo si les hubiera dado la opción, pero a mí este color sobre la paloma me daba muy mal rollo). Entusiasmados empezaron pintando a groso modo con los dedos. Con toallitas en las manos y la atención en sus manitas al cien por cien me puse por reto evitar que me redecoraran el salón de tan pitufo color. Afortunadamente, se centraron en el papel que tenían delante.

Cuando se cansaron de pringosearse, se pasaron al pincel. Daniel se dedicó a pintar el interior de la paloma bastante bien y saliéndose muy poco e Iván a pintarse la mano. Cuando se cansó de su mano le pilló el gusto a inundar de pintura el mural y ahí tuve que ponerle freno para su disgusto.

Enfurruñado, se levantó de un salto de la silla dispuesto a posar sus manitas distraídamente en cualquier lugar, pero yo fui más rápida. Confiando en el sentido común del mayor, guié al pequeño hasta el baño y le froté vigorosamente las dos armas de destrucción masiva en la que acababan sus bracitos. Más tranquila, volví al lado de Daniel y empecé a quitar pintura de la zona de su hermano con una toallita. Al menos para que ese trozo de paloma volviera a ser visible. A mi primogénito le encantó como quedaba la pintura tras mis labores de limpieza y comenzó a imitarme y a pintar "cielo" a base de retirar la pintura sobrante con toallitas.

Dejamos secar un rato el cartel y le propuse a los niños pegar encima una serie de hombrecitos que yo había recortado una par de días antes y mi niño mayor me había ayudado a decorar. Iván no se animó a pintar los hombrecitos en su momento y tampoco a pegarlos en el mural.

Daniel estaba tan encantado con su pegamento de barra, que me pidió que no le ayudara a pegar. Entonces comenzó a preguntare por qué no hacíamos monstruos u hombrecitos sin brazos o piernas y los pegábamos también. Yo me negué en redondo. Y entonces caí en la cuenta que... ¡era discriminación pura y dura! Yo sólo quería pegar hombrecitos perfectos para que el mural quedara bonito. ¡Qué demonios le estaba enseñando al niño! Avergonzada hasta el tuétano, regresé a su lado para reconocer mi error. "Ya lo he pegado todos mami, peeeeero... este de aquí es cuatro brazos (un alienígena monstruoso de una famosa serie de dibujos animados) ¡Podemos ponerle dos brazos más! ¿A que si mami?" ¿Y que hice yo? Pues recortar dos brazos más, pintarlos de rojo y pegarlos en el muñeco en cuestión ¡que estaba justo en el centro!

miércoles, 29 de enero de 2014

Cuando llegue al cielo...

"Mami, cuando llegue al cielo, dentro de mucho, mucho tiempo, le voy  pedir a Dios que me convierta en un esqueleto y que me deje volver a Madrid para asustar a la gente ¿Crees que lo va hacer?" Me pregunto mi primogénito pillándome desprevenida.

"Eeeeh" piensa, piensa, piensa, "Pues... No veo por qué no te va a dejar. A lo mejor sí. Si no se  lo preguntas no lo sabes". Fue mi "genial" respuesta.

"Pero entonces se lo podemos pedir todos ¿Verdad mami? Así vamos todos juntos a asustar a la gente" me dijo con los ojos brillantes de la emoción. Seguro que ya nos imaginaba como familia de esqueletos surgiendo de cualquier rincón oscuro para pillar a una pobre víctima desprevenida y darle el susto de su vida.

"Bueno, yo si quieres sí, pero al resto se lo tienes que preguntar. A lo mejor no les gusta mucho eso de convertirse en esqueletos" Objeté yo a su plan.

"Bueno mami, pero también podemos pedir que nos convierta en monstruos..." Uy uy uy, eso sí que no.

"Lo siento Daniel, pero no creo que Dios acceda a convertirte en un monstruo para que regreses a la tierra a asustar a la pobre gente" aseguré echando un jarro de agua fría a su excesiva imaginación.

"Oh, bueno, entonces esqueletos ¿Vale mami?" Se quedo un rato mirándome sin decir nada. Miedo daba verle pensar tan concentrado.

"¿Y si vamos ahora?" propuso con la mejor de sus sonrisas.

"No, Daniel" casi grité, "Vas a tener que esperar a que pasen muchos, muchos, muchísimos años"