El papá de las criaturas ha cometido un gravísimo error: ha comprado el regalo de buenas notas ¡antes de recibir las notas! Y eso cómo se come. Con un gran dolor de estómago... y de cabeza y de todo. Porque los niños no han podido estar más pesados con el tema. Que hasta a la pobre portera la tenían mareada preguntando cada vez que pasaban a su lado si había llegado el dichoso paquete.
Raúl tenía sus razones, eso sí. Pidió el regalo a la lejana china, con lo que suponía que tardaría bastante en llegar. También pensó acertadamente que los peques tenían que elegir lo que quisieran, dentro de un presupuesto ajustadito, que aún nos estamos preguntamos como empezó esta historia de los regalos por las notas en nuestro dulce hogar. ¡Tienen que sacar buenas notas porque es su deber! No porque les regalemos algo. Pero ahí seguimos trimestre tras trimestre con el detallito comprado como unos pavos.
Bueno, en fin. Que me disperso. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah sí! regalito elegido por los churumbeles, encargado vía web y acoso y derribo de los interesados para que llegue a sus manos lo antes posible.
El caso es que el paquete llegó. Y afortunadamente los peques no estaban ahí para verlo, así que fue convenientemente escondido, con lo que siguió el persistente acoso a la pobre portera, que es todo bondad, para sonsacarle información de su objeto de deseo. Cuando noté que nuestra amiga empezaba a agobiarse y obsesionarse también con la llegada del misterioso paquete para hacer felices a los chiquillos, le confesé que ya lo teníamos en casa, pero que no les habíamos dicho nada porque pensamos que era evidente que no iban a tenerlo hasta el día señalado y, evidentemente, sólo si las notas eran buena. De otro modo, seguiría cogiendo polvo en su escondite hasta el siguiente trimestre o más.
Pero se ve que los peques no habían pillado eso de que era un regalo por buenas notas así que les expliqué muy digna que ya teníamos el paquete en casa pero que se fueran olvidando ni de olerlo hasta que tuviéramos el boletín de notas en nuestras manos. Como era de esperar hubo rasgamientos de vestiduras, protestas enérgicas y mil argumentos en contra de la postura paterna, algunos no muy respetuosos. Pero nada nos hizo cambiar de opinión. Ni siquiera cuando me pidieron una acto de fe con las notas. "Créenos mamá, nuestras notas van a ser buenísimas. ¿Por qué no confías en nosotros? Danos nuestro regalo y cree en nosotros". Vaya par de sinvergüenzas.
En los días posteriores los peques pusieron en marcha un plan de exploración de toda la casa para localizarlo. Hicieron un barrido minucioso, pero el padre no es tonto y lo escondió en un altillo de difícil acceso. Luego comenzaron una campaña de "adorabilidad": ponían caritas de bambi y gato con botas, escribían edulcorados carteles pidiendo lo que querían con terribles "Porfabor" e "intentaban" portarse bien. En ese momento hubo mucha frustración por parte de ambos bandos porque he de confesar que no lo lograron en absoluto. Entonces empezó la campaña de victimización por la tortura a la que les sometíamos día tras día con nuestra intransigencia dictatorial. Tampoco surtió efecto, así que pasaron a la ofensiva más agresiva. Aquí les llovieron los castigos y a punto estuvieron de perder el regalo para siempre. Porque somos unos cachos de pan, que si no...
Todo este acoso estaba siendo orquestado por el primogénito, que duda cabe, y secundado de manera más que entusiasta por el segundo. La jugada más arriesgada fue fingir que les habían dado las notas antes de tiempo y exigir su regalo antes de entregármelas. Cuando les hice ver que no les podía dar el regalo sin comprobar si las notas habían sido buenas o no acabaron confesando su maquiavélico plan.
Confieso que han sido unos días espeluznantes y que hemos aprendido de la experiencia. La próxima vez no se hace el pedido hasta que el boletín no esté en nuestro poder. Tarde lo que tarde en llegar. Afortunadamente, esta historia tiene final feliz. Las notas llegaron a casa, fueron buenas y el regalito fue entregado con gran emoción de la chiquillería. Yo pensaba que se me iban a poner a llorar de la alegría. No os digo más.
Además, esa tarde tuvieron meriendita especial y muchos cariñitos. Así que ahora los tengo encantados de la vida y nosotros más porque se ha acabado por fin el acoso y derribo. Ya podemos respirar tranquilos todos.
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viernes, 23 de marzo de 2018
sábado, 15 de febrero de 2014
A veces... Siento que estoy perdiendo
Anoche me derrumbé en el sofá agotada y me invadió una angustiosa sensación de desaliento.
Estoy perdiendo la batalla otra vez. Daniel desobedece sistemáticamente cada vez que le pido algo. Iván se está convirtiendo en un pequeño tirano.
Intento todos los métodos y nada. Sé que están en la edad, sé que lo mas importante es tener paciencia, pero... no puedo luchar contra mi carácter.
Suelo empezar bien: razonando, explicando mis razones con frases sencillas y cortas...
Cuando veo que reinciden salen a reducir los castigos y consecuencias, siempre realistas y alcanzables. Las cumplo y me suelen pagar con una pataleta, pero no con un cambio en su comportamiento.
Cuando se les pasa la perreta, veo con sorpresa que vuelven a desobedecerme en el mismo punto. Así que ya me empieza a hervir a sangre. Empezamos con las amenazas. En realidad, con LA AMENAZA: "mamá se está enfadando".
Hay veces que se toman en serio mi advertencia y paran su actividad "delictiva" para convencerme de que se están portando como angelitos o para acariciarme el pelo mientras canturrean: "Tranquila, mamá, tranquila".
Pero si reinciden... si reinciden... se desata el infierno. ¡Y mamá les grita de una forma horrible para luego ignorarles hasta que se calma! "Mamaaaaaaa" me llaman lastimeros, pero mamá ya no está para nadie. "Buaaaaaaaa" lloran, "¡Que lloren" pienso. "Yo también estoy llorando y a ellos les da igual".
Cuando se me pasa, nos abrazamos como si no hubiera un mañana y nos pedimos perdón mutuamente. Pero casi al segundo siguiente ya la están liando de nuevo. ¡Demasiada tragedia en nuestra vidas! ¿No creen?
He intentado el método time out y contar hasta 10 antes de explotar, pero, en ocasiones no me doy cuenta de lo que ha pasado hasta que me oigo a mi misma dando berridos. Los vecinos deben pensar que viven con el Doctor Jekill y Mr Hide, porque a primera vista nadie adivinaría al ogro en el que me puedo llegar a convertir.
El día que me pillan menos cansada e irritable, suelo llevarles a un rincón a "razonar". Lo cierto es que les someto a un tercer grado lleno de preguntas del estilo "¿Por qué lo hiciste?, ¿No te das cuenta de por qué está mal lo que hiciste? ¿Por qué crees que mamá te riñó?". Acto seguido le explico por qué no puede hacer lo que hizo y le pido que me lo repita al menos dos veces bien. Huelga decir que nos podemos pasar muchísimo tiempo en el rincón hasta que Daniel promete lo que haya que prometer y me vende su alma si hace falta para escapar de allí.
Con Iván la sesión es más simple y menos productiva porque se suele pasar llorando todo el rato que le mantengo en la esquina. Le hablo al oído para calmarlo y que me escuche, le explico por qué le he traído a hablar al rincón, intento que entienda mis motivos, pero él sólo llora y llora, finalmente se acurruca en mis brazos e hipa hasta que le doy un besito o le acaricio el pelo. Entonces le suelto y me siento como si me hubiera tomado el pelo.
El otro día, se acercó mi hijo mayor muy angustiado y me pidió que le sentara en la esquina. Intrigada, me lo llevé al rincón más cercano y me empezó a confesar que se había portado mal, ya no recuerdo por qué. El caso es que esto me demuestra que la esquina de interrogatorios tampoco funciona. Me temo que tiene la peregrina idea que puede hacer lo que quiera y expiar su culpa sentándose un ratito a charlar con su madre. ¡sight!
Otro día, le advertí muy seria que si seguía insistiendo en portarse mal le tendría todo el sábado sin Ben 10. "¿Entonces puedo ver los Vengadores?" me preguntó sopesando si le valía la pena comportarse mal o no. "¡Tampoco!" Exclamé yo indignadísima. "¿Y Pacman?" Insistió. "¡Sin tele, sin teleeeeee. El sábado te quedas sin tele como te vuelva ver saltando en el sofá!" empecé a perder los nervios. Mi primogénito me miró un minuto con toda la tranquilidad del mundo y me soltó un escueto "vale" antes de seguir con los saltos salvajes. Evidentemente, lo bajé del sofá y hubo lloros y perretas. Seguramente, él pensaba que mamá no había cumplido con lo pactado (supongo que me expliqué mal).
Al día siguiente (sábado), me pidió Ben 10 y con la mejor de mi sonrisas (que yo le quiero mucho, pero no pude evitar saborear el momento), le expliqué que anoche se había portado muy mal y que le había castigado sin tele. En un principio, intentó convencerme de que él se había portado muy bien y que siempre se porta muy muy bien. Cuando vió que no colaba, suspiró y con gesto de fastidio claudicó con esta frase "Esta bien, mamá. Pues pásame la Tablet". ¿En serio alguien puede permanecer calmado ante tal muestra de cara dura?
Estoy perdiendo la batalla otra vez. Daniel desobedece sistemáticamente cada vez que le pido algo. Iván se está convirtiendo en un pequeño tirano.
Intento todos los métodos y nada. Sé que están en la edad, sé que lo mas importante es tener paciencia, pero... no puedo luchar contra mi carácter.
Suelo empezar bien: razonando, explicando mis razones con frases sencillas y cortas...
Cuando veo que reinciden salen a reducir los castigos y consecuencias, siempre realistas y alcanzables. Las cumplo y me suelen pagar con una pataleta, pero no con un cambio en su comportamiento.
Cuando se les pasa la perreta, veo con sorpresa que vuelven a desobedecerme en el mismo punto. Así que ya me empieza a hervir a sangre. Empezamos con las amenazas. En realidad, con LA AMENAZA: "mamá se está enfadando".
Hay veces que se toman en serio mi advertencia y paran su actividad "delictiva" para convencerme de que se están portando como angelitos o para acariciarme el pelo mientras canturrean: "Tranquila, mamá, tranquila".
Pero si reinciden... si reinciden... se desata el infierno. ¡Y mamá les grita de una forma horrible para luego ignorarles hasta que se calma! "Mamaaaaaaa" me llaman lastimeros, pero mamá ya no está para nadie. "Buaaaaaaaa" lloran, "¡Que lloren" pienso. "Yo también estoy llorando y a ellos les da igual".
Cuando se me pasa, nos abrazamos como si no hubiera un mañana y nos pedimos perdón mutuamente. Pero casi al segundo siguiente ya la están liando de nuevo. ¡Demasiada tragedia en nuestra vidas! ¿No creen?
He intentado el método time out y contar hasta 10 antes de explotar, pero, en ocasiones no me doy cuenta de lo que ha pasado hasta que me oigo a mi misma dando berridos. Los vecinos deben pensar que viven con el Doctor Jekill y Mr Hide, porque a primera vista nadie adivinaría al ogro en el que me puedo llegar a convertir.
El día que me pillan menos cansada e irritable, suelo llevarles a un rincón a "razonar". Lo cierto es que les someto a un tercer grado lleno de preguntas del estilo "¿Por qué lo hiciste?, ¿No te das cuenta de por qué está mal lo que hiciste? ¿Por qué crees que mamá te riñó?". Acto seguido le explico por qué no puede hacer lo que hizo y le pido que me lo repita al menos dos veces bien. Huelga decir que nos podemos pasar muchísimo tiempo en el rincón hasta que Daniel promete lo que haya que prometer y me vende su alma si hace falta para escapar de allí.
Con Iván la sesión es más simple y menos productiva porque se suele pasar llorando todo el rato que le mantengo en la esquina. Le hablo al oído para calmarlo y que me escuche, le explico por qué le he traído a hablar al rincón, intento que entienda mis motivos, pero él sólo llora y llora, finalmente se acurruca en mis brazos e hipa hasta que le doy un besito o le acaricio el pelo. Entonces le suelto y me siento como si me hubiera tomado el pelo.
El otro día, se acercó mi hijo mayor muy angustiado y me pidió que le sentara en la esquina. Intrigada, me lo llevé al rincón más cercano y me empezó a confesar que se había portado mal, ya no recuerdo por qué. El caso es que esto me demuestra que la esquina de interrogatorios tampoco funciona. Me temo que tiene la peregrina idea que puede hacer lo que quiera y expiar su culpa sentándose un ratito a charlar con su madre. ¡sight!
Otro día, le advertí muy seria que si seguía insistiendo en portarse mal le tendría todo el sábado sin Ben 10. "¿Entonces puedo ver los Vengadores?" me preguntó sopesando si le valía la pena comportarse mal o no. "¡Tampoco!" Exclamé yo indignadísima. "¿Y Pacman?" Insistió. "¡Sin tele, sin teleeeeee. El sábado te quedas sin tele como te vuelva ver saltando en el sofá!" empecé a perder los nervios. Mi primogénito me miró un minuto con toda la tranquilidad del mundo y me soltó un escueto "vale" antes de seguir con los saltos salvajes. Evidentemente, lo bajé del sofá y hubo lloros y perretas. Seguramente, él pensaba que mamá no había cumplido con lo pactado (supongo que me expliqué mal).
Al día siguiente (sábado), me pidió Ben 10 y con la mejor de mi sonrisas (que yo le quiero mucho, pero no pude evitar saborear el momento), le expliqué que anoche se había portado muy mal y que le había castigado sin tele. En un principio, intentó convencerme de que él se había portado muy bien y que siempre se porta muy muy bien. Cuando vió que no colaba, suspiró y con gesto de fastidio claudicó con esta frase "Esta bien, mamá. Pues pásame la Tablet". ¿En serio alguien puede permanecer calmado ante tal muestra de cara dura?
jueves, 6 de diciembre de 2012
Iván liándomela parda
Este pequeñajo de cara angelical en realidad es un demoniejo tremendo que me tiene en un sin vivir. Es darme la vuelta y ya me la ha liado.
Su travesura preferida es llenarme de juguetes y cosas varias que "va encontrando por ahí" la lavadora y la secadora para ponerme de los nervios cuando las enchufo y oigo el sospechoso: "Potom, potom, potom..."
Otro día me lo encontré tan feliz subido a la tapa del bidé y degustando el jabón del lavamanos.
También es normal verlo perseguir alegremente a los pobres mininos con ramitos de pelos entre los dedos.
Los planes diabólicos de este niño no tienen fin.
Su travesura preferida es llenarme de juguetes y cosas varias que "va encontrando por ahí" la lavadora y la secadora para ponerme de los nervios cuando las enchufo y oigo el sospechoso: "Potom, potom, potom..."
Otro día me lo encontré tan feliz subido a la tapa del bidé y degustando el jabón del lavamanos.
También es normal verlo perseguir alegremente a los pobres mininos con ramitos de pelos entre los dedos.
Los planes diabólicos de este niño no tienen fin.
lunes, 5 de noviembre de 2012
Lavado de coches
Estábamos jugando en el parque cuando, de repente, me llegó un olorcillo inconfundible a pañal sucio. Daniel se lo estaba pasando genial imaginando que estaba en un taller mecánico y arreglando sus coches, así que tuve que prometerle el oro y el moro para que accediera a ir a casa sin montarme un numerito. Al final cedió a cambio de que le montara un lavadero de coches en el baño. Sabía que aquello acabaría mal, pero el culito de Iván corría peligro de pañalitis, así que le dije que sí mientras montaba al bebé en el carrito.
Una vez en casa subsané la emergencia sanitaria y luego monté el tinglado para el mayor. Le puse las botas de agua y el chubasquero porque cualquier precaución me pareció poca. Le preparé un improvisado lavadero en el bidé con un limpiabiberones viejo, jabón, que le puse en una tacita, una toallita de tocador y el grifo del propio bidé. Le conminé para que fuera ecológico y enjabonara más que aclarara y me marché a hacer cosas propias del hogar seguida de Iván. Para evitar males mayores, cerré la puerta del baño, no fuera a ser que a Daniel le diera por lavar a su hermanito en vez de a los coches.
Cada cinco minutos echaba un vistazo y todo parecía ir bien. Al rato oí salir agua con demasiado impulso y corrí hacia el baño. Cuando abrí la puerta me encontré al chiquitin con el grifo en la mano y el agua a toda presión salpicandolo todo. Con la rapidez del rayo coloqué la manija en su lugar y cerré el caudal. Saqué a Daniel en volandas. Le quité las botas y el chubasquero. Y cerré la puerta. Esto es todo lo que me dejaron hacer los peques a partir de ese momento hasta que pude acostarles a la siesta y sacar a pasear a la fregona.
El grifo del bidé está roto y no lo arreglo porque me viene bien desmontarlo cuando Iván pulula cerca, así me ahorró inundaciones desagradables. No caí en que Daniel podía tener problemas con eso hasta que fue demasiado tarde. Cuando el peque se levantó de la siesta me pidió con sus ojos más encantadores que le volviera a montar el lavadero, pero ¡me negué en redondo!
Una vez en casa subsané la emergencia sanitaria y luego monté el tinglado para el mayor. Le puse las botas de agua y el chubasquero porque cualquier precaución me pareció poca. Le preparé un improvisado lavadero en el bidé con un limpiabiberones viejo, jabón, que le puse en una tacita, una toallita de tocador y el grifo del propio bidé. Le conminé para que fuera ecológico y enjabonara más que aclarara y me marché a hacer cosas propias del hogar seguida de Iván. Para evitar males mayores, cerré la puerta del baño, no fuera a ser que a Daniel le diera por lavar a su hermanito en vez de a los coches.
Cada cinco minutos echaba un vistazo y todo parecía ir bien. Al rato oí salir agua con demasiado impulso y corrí hacia el baño. Cuando abrí la puerta me encontré al chiquitin con el grifo en la mano y el agua a toda presión salpicandolo todo. Con la rapidez del rayo coloqué la manija en su lugar y cerré el caudal. Saqué a Daniel en volandas. Le quité las botas y el chubasquero. Y cerré la puerta. Esto es todo lo que me dejaron hacer los peques a partir de ese momento hasta que pude acostarles a la siesta y sacar a pasear a la fregona.
El grifo del bidé está roto y no lo arreglo porque me viene bien desmontarlo cuando Iván pulula cerca, así me ahorró inundaciones desagradables. No caí en que Daniel podía tener problemas con eso hasta que fue demasiado tarde. Cuando el peque se levantó de la siesta me pidió con sus ojos más encantadores que le volviera a montar el lavadero, pero ¡me negué en redondo!
miércoles, 16 de mayo de 2012
Nueva modalidad de castigo
Desde hace un tiempo he cambiado la forma de castigo. Leí que el chiquitín tenía que saber cuando empieza y cuando acaba. Pensando mucho en la manera de hacer comprender a un niño tan pequeño la duración de un periodo de tiempo, llegué a la conclusión de que la mejor manera era contando. Además, me parece un método muy didáctico.
"¡Estas castigado hasta que cuente quince!" le digo. Y él ya sabe que se tiene que quedar quieto hasta que su madre grite "¡Quince!" o veinte o treinta, según lo grave de su falta. Si no se deja castigar la cuenta va subiendo. Al final. Muchas veces lo inmovilizo con el abrazo del oso. "¡Cuarenta! Voy a contar cuarenta" le aseguro amenazante. "Nooo, mamá, noooo" se queja él.
Cuando termino de contar le pregunto si se va a portar bien o si no lo va a volver a hacer más. El me dice lo que quiero oir y se va tan contento a liarme otra.
"¡Estas castigado hasta que cuente quince!" le digo. Y él ya sabe que se tiene que quedar quieto hasta que su madre grite "¡Quince!" o veinte o treinta, según lo grave de su falta. Si no se deja castigar la cuenta va subiendo. Al final. Muchas veces lo inmovilizo con el abrazo del oso. "¡Cuarenta! Voy a contar cuarenta" le aseguro amenazante. "Nooo, mamá, noooo" se queja él.Cuando termino de contar le pregunto si se va a portar bien o si no lo va a volver a hacer más. El me dice lo que quiero oir y se va tan contento a liarme otra.
sábado, 7 de abril de 2012
Castigado, castigado, ¡castigado!
¿¿¿Pero que le pasa a este niño??? No para de hacer "cosas malas" como dice el mismo. Está todo el día castigado. "¡A pensar!", "¡Sin juguetes!", "¡Sin huevo de pascua!", "¡Sin natillas!", "¡Sin salir!", "¡Ahí sentado!". Parece que estoy loca. Me voy a quedar afónica. Me duele la garganta de tanto gritar. Hasta un par de tortas en el culo le han caído. Y nada. Sigue provocándome, desobedeciendo, poniéndose en peligro, tirando y rompiendo cosas, haciendo daño al bebé, pegando a su padre, abuelas, mamá...
"¿Tú quieres que mamá se enfade?" le preguntó, "Nooooooo" asegura él muy serio, pero en cuanto me doy la vuelta me la vuelve a liar. "¡¡¡Pues me estoy enfadandoooo!!!" y él se ríe y sigue liándola. "¡¡¡Lo mato!!!" vocifero para escándalo de las abuelas. "Lo ha hecho sin querer" me dicen. Y el peque repite como un lorito "Sin querer mamaaaa, sin querer".
Cuando le pregunto por qué se porta así se queda en silencio o contesta "He hecho una cosa mala" y de ahí no lo saco. Al principio a veces decía que era porque él era malo, pero ya le he quitado esa idea de la cabeza. "Tu eres muy bueno, pero a veces haces cosas malas. Eso pasa con todo el mundo", le explico. No sé si me entiende, pero lo que está claro es que se ha aprendido muy bien la lección. "¡Soy bueno!" exclama mientras estampa un avión de juguete contra el suelo. "¡Soy un niño bueno!" grita mientras te clava una patada en la espinilla.
Muchas veces, después de la fechoría llora porque le he quitado algo como castigo. "Quiero eso, quiero esooooo". "Y yo quiero que te portes bien" Y así estamos un buen rato como dos niños cabezotas. Hasta que a Daniel se le olvida que quería lo que yo tengo entre las manos y se va en busca de más diversión.
Que desesperación. Menos mal que ya quedo menos para que salga de los terribles dos años, aunque me temo que eso no es garantía para que se tranquilice.
"¿Tú quieres que mamá se enfade?" le preguntó, "Nooooooo" asegura él muy serio, pero en cuanto me doy la vuelta me la vuelve a liar. "¡¡¡Pues me estoy enfadandoooo!!!" y él se ríe y sigue liándola. "¡¡¡Lo mato!!!" vocifero para escándalo de las abuelas. "Lo ha hecho sin querer" me dicen. Y el peque repite como un lorito "Sin querer mamaaaa, sin querer".
Cuando le pregunto por qué se porta así se queda en silencio o contesta "He hecho una cosa mala" y de ahí no lo saco. Al principio a veces decía que era porque él era malo, pero ya le he quitado esa idea de la cabeza. "Tu eres muy bueno, pero a veces haces cosas malas. Eso pasa con todo el mundo", le explico. No sé si me entiende, pero lo que está claro es que se ha aprendido muy bien la lección. "¡Soy bueno!" exclama mientras estampa un avión de juguete contra el suelo. "¡Soy un niño bueno!" grita mientras te clava una patada en la espinilla.
Muchas veces, después de la fechoría llora porque le he quitado algo como castigo. "Quiero eso, quiero esooooo". "Y yo quiero que te portes bien" Y así estamos un buen rato como dos niños cabezotas. Hasta que a Daniel se le olvida que quería lo que yo tengo entre las manos y se va en busca de más diversión.
Que desesperación. Menos mal que ya quedo menos para que salga de los terribles dos años, aunque me temo que eso no es garantía para que se tranquilice.
lunes, 27 de diciembre de 2010
Daniel la lia cuando vuelve a casa

Daniel ya está de vacaciones de Navidad, que pena que no se pueda decir lo mismo de sus padres. Como la abela también trabaja estamos haciendo verdaderas malabares para cuidar del enano. Para empezar ya la ha liado nada más volver del fin de semana en la casa rural.
Como dejamos a los gatos solos les llenamos el salón de agua y comida para que tengan sus necesidades básicas cubiertas. Así que, por lo visto, el niño no ha dudado ni un segundo y se ha debido pensar que el tinglado preparado para los gatos eran sus regalos de Papa Noel así que se lo ha pasado bomba tirando el pienso y repartiéndolo por todo el salón.
Yo estaba trabajando tranquilamente cuando me llegó una foto inquietante al email. Raúl se la había sacado a Daniel con el móvil cuando éste estaba en plena faena. menos mal que cuando llegué yo a casa para hacerle el relevo a mi marido ya lo había recogido y limpiado todo. Por las tarde me toca cuidar a mi bebé para que Raúl pueda trabajar. Se nos va a hacer muy larga esta semana.
viernes, 5 de noviembre de 2010
Pequeños trastos
Estos bebés son unos verdaderos trastos. Te miran con su carita dulce y tierna "Pero mami... si yo nunca he roto un plato". Y es verdad. Los rompen de dos en dos o de tres en tres. Nunca es uno.
El otro día Raúl cometió un error enorme con Daniel. Confió demasiado en él. Le dejó el biberón que acababa de desayunar y al que aún le quedaba un fondito a mano. Que maravillosa oportunidad de liarla. Oportunidad que un niño tan inteligente e inquieto como el mío no podía desperdiciar. Espero que hayais captado la ironía.
El caso es que cuando Raúl volvió al salón después de ir a donde quisiera que tuviera que haber ido se encontró a un niño muy feliz sentado en un charquito de leche, chapoteando y embadurnando sus juguetes, los de trapo y tela, que los de plástico son demasiado fácil de limpiar.
Pero Raúl no aprendió de la experiencia y volvió a dejar el biberón a mano del pequeñajo en otra ocasión. Esta vez en nuestra habitación y conmigo en casa. Cuando entré en la habticaión Daniel estaba fregando el suelo con la leche del biberón y el pijamita que le acaba de quitar. Con un ataque de histeria incipiente agarré al niño por los sobacos y se lo llevé a su padre. "Cámbiale la ropa mientras yo limpio el desaguisado" le chillé. Dejé a un asombrado y sucísimo bebé en sus brazos y salí pitando a limpiqar el charquito y la ropita. ¡Uf! Que estrés.
Contándolo en la oficina me comentó una compañera que su hijo, un par de meses mayor que Daniel, había encontrado el lugar donde ella guardaba la harina y no dudó en empotingarse de arriba a abajo con ella. Cuando su madre lo vió empezó a saltar para ver como le caía el polvillo de la cabeza y a reirse. Mientras la cocina estaba llena de harina por todos sus rincones. "Y te tienes que reir porque estaba taaan gracioso". Intenté recordar si me había reído cuando encontré a Daniel chapoteando en la leche. No, definitivamente, no me había reído en absoluto.
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