lunes, 18 de junio de 2018

De concierto con la familia

Raúl llevaba ya un tiempo insinuando que quería llevar a los peques a algún concierto de rock o a algún festival. Por fin vio la oportunidad perfecta con uno que se organizaba en el campus de montepríncipe: Con la entrada se incluía comida, bebida, música y buena ambiente. ¡Perfecto!

Allá que no fuimos con los benjamines bastante guerreros. Estuvimos a punto de abortar la misión porque la cosa estaba ya un poco incontrolable, pero nos la jugamos: no pain, no gain. Cuando llegamos parecía que los ánimos se habían calmado un poco.

Los niños entraron rebotando, como son ellos y se juntaron a los otros niños que por ahí andaban dando patadas al balón. Mientras los adultos se dividían entre los que estaban pegados a la pantalla que retransmitía el partido del mundial y los que nos acomodamos en la barra de los pinchos y las cervezas artesanales, que por cierto, son fuertecillas.

Al poco empezaba el primer grupo y ni rastro de los peques. Yo estaba un poco intranquila, pero en realidad el recinto estaba vallado y era muy raro que se salieran. Luego descubrimos que para un niño es muy fácil ponerse en peligro. Estos pedorros se estaban dedicando a escalar los muros de piedras sueltas que rodeaban el campo de fútbol.

Menos mal que al rato les vimos correr de un lado para otro jugando al escondite o al pilla pilla y pude respirar tranquila y dar botes el ritmo de la música tan a gusto.

Me gustaría decir que todo fue como la seda, pero no. Hubo un pequeño accidente con el tema del muro. Básicamente que Iván iba tras los pasos de su hermano, cuando se desprendió una piedra a los pies del Daniel y le cayó en la cabeza. El mayor vino corriendo a buscarme mientras otros niños consolaban al peque. Da gusto verles cuando se cuidan así. Al final no fue nada, pero a Iván ya se le quitaron las ganas de seguir de juerga y sólo pensaba en su camita.

Por lo tanto nos pareció el momento perfecto para el fin de fiesta, aunque Daniel protestara y se rasgara las vestiduras porque él quería quedarse un poco más. Este niño tiene pilas eternas.

Confieso que yo caí en la cama como un saco y al día siguiente estaba para el arrastre. Una que ya está mayor...

viernes, 15 de junio de 2018

Laboratorio de pócimas mágicas

La plastilina da para mucho. Es un conducto estupendo para dar rienda suelta a la imaginación. Aunque no seamos unos artistas en modelaje. Si nuestro elefante parece un churro y nuestro churro un caracol, ¡enhorabuena! Somos artistas abstractos, el summum de la originalidad.

Si no te convence mi explicación tampoco te desanimes. Si la hermosa figura que tenías en mente de ese animalito o cosa no es ni parecido a lo que tienes en la manos siempre puedes dedicarte a hacer monstruos o formas informes (me encanta esto último. Es de lo más contradictorio). A ver quien es el guapo que se atreve a decirte que tu creación no se parece a un monstruo. ¡Ni que hubiera reglas para hacerlos! Son lo mejor para dibujar o modelar porque son a gusto del consumidor o de lo que vaya saliendo sobre la marcha. A mí me encantan.

Y a mis hijos también. Normalmente cuando les saco las plastilina les da por esta vertiente, o por hacer extrañísimos y originales platos de comida, pero el otro día me sorprendieron con algo mucho más interesante: una tienda de pociones mágicas. Yo diría que al estilo de una farmacia de las de las fórmulas magistrales, pero con magia, claro.

Mis chicos se dedicaron a mezclar colores en recipientes y ¡a ver que sale! Luego las exponían y me explicaban los poderes de cada una: ésta es para no ir al cole y que tu madre esté contenta con ello, ésta para atraer a los perros más peludos y que se dejen acariciar, ésta para no tener que cortarte las uñas nunca más en tu vida, ésta para volverte invisible y jugar a videojuegos sin que nadie se entere... Desde luego, se lo han currado. Eso hay que admitirlo.

Yo miraba muy interesada unas y otras preguntando mis dudas a los expertos pocimeros. "Uy, que mona esta. ¿Para qué sirve?" pregunté señalando una gran pastilla negra y blanca moteada ocasionalmente con algún color. "Es la pócima vaca y no sirve para nada, pero ¿a que mola mucho?" Pues sí que molaba, para que se lo voy a negar. Al menos la pondremos de adorno aunque no podamos tener poderes increíbles con ella jajajaja


jueves, 14 de junio de 2018

Tengo que llevar a Daniel más veces al supermercado

Como persona práctica que soy siempre busco hueco para ir al supermercado sin niños. Es una tarea que me parece de lo más engorrosa y cuanto antes acabe mejor. De hecho, la mayoría de las veces se me olvida algo de la lista por las prisas que tengo por terminar lo antes posible. Es por eso que mis peques lo pisan poco. Por eso, y porque nada más entrar ya están pidiendo por esa boquita que dios les ha dado: "Quiero helados", "Quiero estas galletas", "Mira estas zanahorias", "¡Vamos a coger también esto y lo otro y lo de más allá!", buuuuf. Me marean.

Pero el otro día Daniel me interceptó antes de que pudiera escapar. La idea era dejarles con mi marido e irme tan ricamente a llenar la despensa, pero la mirada de bambi del mayor es bastante efectiva en según qué situaciones. Y la verdad es que no se me ocurría ninguna excusa no ofensiva para conseguir que se quedara en casa. Así que me lo llevé conmigo. Total, con lo mayor que está seguro que terminábamos pronto. Error.

A mi lado trotaba un niño extremadamente emocionado. Por supuesto, ya iba pidiéndome cosas incluso por el camino. Cuando llegamos y vio que habían puesto en el suelo mini pegatinas de canchas de fútbol para promocionar los productos típicos para ver los partidos del mundial por la tele se volvió loco corriendo de un lado a otro, simulando jugar un partido de lo más emocionante mientras los usuarios le esquivaban horrorizados.

Le cogí por el cogote y le llamé al orden haciéndole ver que había demasiada gente para hacer tanto escándalo. Pero el crío no se amilanó. "Mira mamá, esquivo a la gente como un ninja fiuuuu fiuuuu fiuuuu" saltaba de una esquina a otra cruzándose por el camino de las personas sin ningún cuidado. "Basta, basta" le pedí sin poder reprimir la sonrisa, "Venga, vamos a la frutería". "Pero yo quiero ir a la pescadería, a la pescaderíaaaaaaaaaaaaaaa. Yo me voy a la pescadería que está al lado de la frutería y así no me pierdes de vista, síiiii, ¿mami? síiiiii", lo decía tan contento que cualquiera le dice que no. Así que le dejé ir a admirar piezas de pescado muerto mientras yo intentaba encontrar plátanos decentes.

Cuando me di la vuelta estaba arrimado casi encima del género duchándose con el vaporizador de agua que dejan caer de vez en cuando. Indignada le pegué un chillido y le hice gestos para que volviera inmediatamente a mi lado. Está visto que no le podía dejar sólo.

Entonces comenzó su periplo por la casa de los horrores. "Noooooooo. No cojas los champiñones, son venenooooo", "Aléjate del calabacín insensataaaaaa", "Aaaaarg lechuga . Ni la mires". "Mmmmm, brooocoli, brocoli, sí". La gente nos miraba un poco raro ya. "¡Calabaza! Me encanta la calabaza. Compra una. Yo la peso" y salió disparado hacia las pesas colándose descaradamente a una señora que estaba pesando en ese mismo momento sus cosas. "¡Hola! Mire que calabaza. Me encanta la calabaza", la mujer se debió quedar pasmada, pero menos mal que era maja y se echó a reír. Luego no me dejó reñirle asegurando que el peque ni se había dado cuenta de que estaba ella. Eso sí, el sermón sí que se lo llevó en cuanto dejamos esa sección.

Yo no sabía si había metido todo lo que necesitaba en el carro o no, pero sentía la imperiosa necesidad de salir de allí antes de que el entusiasmo de Daniel se desbordara mucho más, así que nos dirigimos a las cajas de autocompra. Pero si me creía que ya todo sería tranquilidad estaba muy equivocada. "Mami yo disparo con la pistola de rayos láser y tú me pones en medio a los enemigos" me pidió con ojitos brillantes, "las patatas lo último que es el megamalo". "¡¡¡¿Queeeee?!!!", pues efectivamente, yo le ponía el producto delante y el escaneaba el código con un "Muere maldito" o similar. Que conste que le dejé hacerlo porque no había casi gente en las cajas. Porque el caso es que tardamos más del doble que si hubiera pasado yo todo por el escáner.

"Mami, ¿a que te lo has pasado genial? Como ha molado lo de huir del calabacín, ¿eeeeeh?", la verdad es que me había reído mucho, no lo voy a negar, pero creo que voy a tener que traer muchas más veces al mayor al supermercado para que deje de verlo como algo así como un parque de atracciones.

miércoles, 13 de junio de 2018

Nos pintamos con Snazaroo

Cuando les enseñé los packs de pintacaras de Snazaroo, los peques fliparon. Con lo que nos gusta en esta casa ambientar nuestros juegos. Pues teníamos herramientas suficientes para no poner límites a nuestra imaginación.

Para empezar, el pack maquillaje de fiesta en si, ya es una pasada. No le falta detalle. Hasta trae purpurina. Uuuuy, la debilidad de Daniel. Es como las Urracas, le encanta todo lo que brilla. Por si eso fuera poco también teníamos dos packs de tres lápices pincel cada uno. ¡ Y uno de ellos naranja! Cuanto hemos suspirado por este color. Y ahora lo tenemos en dos formatos. Ya estamos listos para la hora de las tortas jajaja

Y eso no fue todo, porque además contamos con el pack del mundial, para animar a la selección española en condiciones, aunque según el mayor, además de las pinturas vamos a necesitar pompones de animadores, serpentinas y trompetas o algo así. Esto da un poco de miedo. Me imagino la fiesta que me quieren montar en casa con la excusa del fútbol.

Una tarde de aburrimiento casero por las lluvias extrañas que hemos tenido últimamente, decidí abrir el pack fiesta para montarnos nuestra sesión de maquillaje modo libre. En la caja viene un librito con un montón de ideas chulas para pintarse las caras, pero mis hijos son muy especiales. Ya sabía yo que no se conformarían con algo sencillo.

Yo estaba pensando que me pedirían algo como una cara de orco, demonio... Un zombi... Pero no, estos dos siempre me sorprenden. Iván decidió que quería que le pintara como una pizza. ¿¿Ein?? Y Daniel se empeñó en pintarse él solito algo sorpresa. Pues bien. Si el tema es pasarlo bien.

Con la esponjita y un poco de agua fue muy fácil pintar de amarillo la cara del más pequeño. Los bordes se los hunté bien de naranja, para dar volumen y eso. Y luego me dediqué a dibujar trozos de pepperoni por toda su cara. Cuando acabé más bien parecían besos, pero el chiquillo estaba encantado. Como no quería más ingredientes, le pinté una pintitas verdes a modo de orégano y se quedó tan feliz con su carita de pizza.

Mi chico mayor seguía dándole a los pinceles y las esponjas con mucho ahínco. Hasta se puso bien de purpurina, que si brillas molas más. Cuando terminó su obra no teníamos ni idea de qué iba su obra de arte. "¡Soy un malo de Batman! Está clarísimo". ¿Ein? "¿Cual?", ardíamos en curiosidad. "Pues no me acuerdo del nombre. Cuando venga papá le preguntamos, que él se lo sabe todos". Y sí que se lo sabía. Nos dijo el nombre, pero mira por dónde se me ha olvidado. ¡Jolín! Que desastre.

Por cierto, que yo no me libré. Cuando Daniel acabó con lo suyo, empezó conmigo y me convirtió en Fantasma, nuestro gatito bola. Yo creo que nos dejó clavaditos jajajaja

Admito que le tenía miedo a este tipo de pinturas de pincel y esponjita. Antes sólo habíamos usado los de barra que básicamente es cómo pintar con cera blanda sobre la cara. Y pensaba que era la opción más fácil, pero me he dado cuenta de que este estilo es igual de fácil y encima mucho más versátil. Admite todo tipo de estilos y obras de arte. Eso sí, aún le estamos cogiendo el tranquillo. Me gusta pensar que somos artistas incomprendidos jajaja

Lo cierto es que es divertidísimo pintar sobre la piel, ya sea la cara, los brazos, e incluso las barriguitas. Este pack nos va a dar mucho de sí este verano. Encima se limpia muy rápido y fácil. Sólo con agua y jabón y ya tenemos la carita despejada de nuevo.

Miedo me da pensar en las futuras peticiones de mis hijos. ¿Que vendrá después de la pizza y el desconocido malo de Batman? Lo único que sé es que va a ser muy divertido ir descubriendolo. Por ahora me he metido en su web y ya voy tomando nota de todos los tutoriales flipantes que tienen. ¡Me voy a convertir en una experta!

martes, 12 de junio de 2018

¡De nuevo montamos el campamento!

Cuando comienza el verano y da la casualidad de que el papi se va de viaje montamos un campamento en el salón. Esto tiene su explicación. El armazón principal es la mesa del comedor y cuando Raúl está en casa pretende comer cómodamente en esa mesa. Si se convierte en el techo de un refugio de campamento el tema se pone difícil, así que aprovechamos que no está para montarnos nuestras aventuras más salvajes.

Este año mis hijos llevaban ya dándome la brasa con el tema unos cuantos días y eso que aún tiene clases y todo, pero casi puedo decir que soñaban con ese querido campamento en el salón. En cuanto Raúl nos dio el beso de despedida hacia el aeropuerto, esos ataques se recrudecieron. Aún así resistí un poco antes de ponerme a buscar todos los elementos mágicos.

Los peques se pusieron tan contentos que no se escaquearon ni una vez. Y eso que ellos son unos cracks en hacerse los locos. Ahí que estuvimos montando la cabaña, el fuego, las camitas, el lago... Pero esta vez nos encontramos con una problemilla. ¡Daniel ha crecido una barbaridad! Y ya se da con la cabeza en el techo. El pobre estaba desconsolado. Menos mal que encontramos una cutre solución calzando las patas de la mesa con piezas de madera de un juego de construcción. Además se me ocurrió alejar las sillas de la mesa por un ladito y dejar un techo sólo de colcha para que el mayor pudiera moverse más cómodamente por esa parte. Éxito total.

Hasta el gato estaba encantado de participar. Husmeaba todo con curiosidad y se metía en la caseta en cuanto la veía solitaria. Con los niños no se atrevía porque eran la mar de ruidoso.

Daniel llenó la cabaña de juegos de mesa e Iván de libros para que el aburrimiento fuera algo imposible. Se pasaron todo el día pescando, asando pelusas en el fuego con palos de brochetas, cazando globos con mantas a modo de red... ¡Incluso habituaron la casita plegable para meter ahí los globos que atrapaban! Tranquilos que al final del juego los volvieron a soltar. Para desgracia mía que al final tuve que perseguirles para que los metieran conmigo en una bolsa y no se quedaran por ahí sueltos.

Ese día cenamos en el suelo en un hule. ¡Como si estuviéramos en el campo de verdad! Y encima pizza. Eso sí que fue bordar el día. Después de la cena, yo me dediqué a recoger un poco el tinglado mientras ellos se metían con un flexo en la caseta a jugar a juegos de mesa y leer.

Lo cierto es que me costó muuucho sacarles de allí para meterlos finalmente en la cama de una vez por todas. Ellos clamaban por dormir malamente allí encima de cojines, pero al día siguiente tenían cole y yo me negaba a que perdieran sueño con la tontería.

Al final hicimos un trato. Ese día se ibana la cama sin protestar (más de lo que ya lo habían hecho) y al día siguiente les dejaba esperar a su padre durmiendo en la caseta y luego les pasábamos a su cama.

La tarde siguiente también lo pasaron fenomenal. No hubo niños. Esta vez comimos en las mesitas que para mí es más cómodo que tirada en en salón. Para qué os voy a mentir. Y pecadito y verdura, para contrarrestar la pizza de la noche anterior.

Como la noche anterior, les dejé un ratito de esparcimiento y luego les dije que si no apagaban ya la luz no les daría tiempo a dormir nada antes de que llegara papá. Allí estaban los dos tan felices, más bien de charlita que intentando dormir. Y el tiempo pasaba y el papá no venía. Un Whatsapp me avisaba de que su vuelo se había retrasado. Se lo dije a los niños pero insistieron en esperarle durmiendo en el campamento. Media hora después vinieron a buscarme cansados de hacer el ganso y deseando meterse en sus cómodas camitas. Si es que no es lo mismo con cole que en vacaciones. Si ya se lo decía yo. Y encima ese día habían tenido la gran carrera de la semana deportiva y venían baldados.

Cuando el padre por fin asomó la nariz, los peques roncaban apaciblemente y el campamento estaba medianamente recogido.

Los peques están deseando volver a montarlo, con o sin papá.






lunes, 11 de junio de 2018

La flor extraterrestre

Este finde lo hemos pasado en el pueblo, disfrutando de paseos pasados por agua y chiquillos revolucionados. Lo bueno del agua es que está todo verde y precioso. Lleno de flores y de color. Da gusto pasear, aunque sea con paraguas y botas de agua.

El puente se ha llenado de unas flores rosa brillante que probablemente estén haciendo estragos en su estructura y seguramente las quiten pronto, pero este fin de semana daban un toque muy primaveral al paseo del río.

El patio de la abuela también da gusto verlo. Las rosas están preciosas y el resto de las flores también. Disfrutando de todo esto estaba yo cuando me topé con una rareza muy curiosa. Una flor extrañísima con hojas más extrañas todavía. Sin dudarlo le hice una foto y corrí para que la abuela me sacara de dudas. Le pregunté si sabía qué planta era y me contestó "¿Tú lo sabes? Yo tampoco".

Por lo visto surgió de repente, de alguna semilla que volaría no sabemos de dónde y se posó en el jardín de la casa. Y allí se sintió tan a gusto que le dio por crecer hasta la planta rarísima en la que se había convertido hoy en día.

Mis hijos se unieron al descubrimiento entusiasmados. "¿Será extraterrestre?" sugerí yo. "Síiiii" acogieron la idea con entusiasmo. "Espero que no le guste la  carne humana", proseguí. "¿Eeeeeeeh?", se  volvieron ambos con cara de susto.

Les tranquilicé asegurandoles que para comer carne humana necesitaba dientes afilados y no era el caso, porque no había nada parecido en toda su estructura. Y les hablé de la película The little shop of horrors. Puede que algún día se las ponga. No recuerdo que diera mucho miedo ni fuera muy gore, pero mejor la veo yo antes por si acaso.

Dejamos en paz a la planta durante el resto del fin de semana, pero durante el viaje de vuelta a Madrid Daniel empezó a contarme que la noche anterior había visto como la flor se despegaba del tallo y salía volando a su hogar. Ay ay ay, esto me huele a pelotazo o pisotón involuntario.

La próxima vez que vayamos al pueblo lo primero que voy a hacer es mirar el estado de la planta. A lo mejor sólo lo soñó.

viernes, 8 de junio de 2018

Lucha titánica

"Daniel, ¿dónde vas?"
"A leer al estudio"
"¿Por qué no lees en tu habitación o en el salón?"
"Noooo, que en la mesa de mami estoy muy cómodo"

La hierba siempre crece más verde en el patio del vecino. En fin. Que se sentó tan a gusto en mi silla. Pero poco le duró el relax porque pronto oyó mis gritos desde el salón como un jarro de agua fría, supongo.

"¡¡¡Daniel!!! ¡¿Qué hacen las playeras tiradas en el salón?! ¡¡Llévalas ahora mismo a tu habitación!!"
"Jooo, mami ¿No lo puedes hacer tú?"
"GRUUUUARL"
"Vaaale, vaaaale. Ya vooooy"

Total que de mala gana se dejó caer por el salón agarró las playeras, las estampó contra el suelo de su habitación y regresó al estudio. ¡Por fin podría estar tranquilo!... pero ¡oh problema! Hay alguien más que adora mi silla. Y más si se la han calentado previamente.

Fantasma ni se inmutó cuando el chiquillo irrumpió en la habitación. Pero Daniel no se desanimó y comenzó a empujar con mucha delicadeza al minino que le contestó con unos movimientos de cola que no presagiaban nada bueno.

"Cuidado a ver si te va a arañar o a morder", le advertí mientras cogía algo de la estantería.

Pero el mayor no se dio por vencido. Se sentó en el mínimo espacio que le había dejado su querida mascota y comenzó a empujar disimuladamente.

"Meoooow, meowwwwmiaurrrr", se quejó el gatazo mientras el niño ganaba terreno poco a poco.

Al menos no le echó, el bichillo peludo se aferró con uñas y dientes a su merecido lugar (ainss mi pobre silla dstripadita). Eso de compartir no le hacía ni pizca de gracia a Fantasma. Se conformó, pero echándome miraditas de auxilio de vez en cuando y haciendo fuerza con sus patitas en el respaldo. De nada le sirvió. Había ganado Daniel. O habían quedado en tablas, según se mire. Incluso, hasta podemos concluir que ganó el gato, porque así estaba más calentito. En fin, ¡quien sabe!