lunes, 29 de junio de 2020

Excursión a la Sierra de Madrid

El sábado nos liamos la manta a la cabeza y nos fuimos de cabeza a Rascafría, que ya habían ganas de trotar por el campo. 

La idea era acercarnos a los que llaman el Bosque Finlandés, pero el acceso estaba cerrado cuando llegamos. Algo nos olimos cuando vimos que todo dios aparcaba en el pueblo, pero no fuimos suficientemente listos y nos encontramos con el parking cerrado, así que seguimos hasta otro que ponía Las presillas y era de paganini. ¡9 eurazos por turismo! Pero todo sea por salvar el día. 

El parking daba acceso a unas piscinas naturales que, en circunstancias normales, debían ser una pasada, pero con los tiempos que corren debían haber cerrado el flujo porque sólo habían charquillos raretes y unos carteles enormes en los que se avisaba con grandes letras que estaba prohibido el baño. Carteles que la gente ignoraba convenientemente con toda la alegría del mundo. 

¡Ole por ellos! porque encima todos los baños del área estaban cerrados y bien cerrados, no vayan a convertirse en focos de contagio del Covid. Mucho mejor que el mogollonazo de gente que había por ahí meara en los charquitos sospechosos o en cualquier rincón.

También había un montón de carteles pidiendo que se llevara mascarilla dentro del recinto de las piscinas y ¡oye! como quien oye llover. Nosotros y tres más mal contaos. En fin, cada uno que se responsabilice de sus actos, que yo sólo soy madre de dos fieras, no de todo el mundo.

Nosotros nos buscamos una ruta chula y nos pusimos a andar, que ese era el objetivo principal de la excursión. Había muchísima gente por el camino, pero, cuanto más avanzábamos, menos encontrábamos. 

Al final, decidimos quitarnos las mascarillas porque ya casi no nos cruzábamos con nadie. La verdad es que el paisaje era precioso y el camino estaba fenomenal. 

Lo malo es que no pudimos llegar a la cascada del final de la ruta porque no íbamos a llegar al restaurante en el que habíamos reservado.

Porque, sí, en un alarde de coraje decidimos confiar en que lo que pase tendrá que pasar y planeamos la salida con comida en mesa incluída, que a los niños (y no tan niños) les hacía ilusión. Qué queréis que os diga. Para mí significaba menos trabajo. 

El caso es que llamamos el martes porque a mí me daba miedo que no hubiera ni una mesa libre (exageradita que es una) y la teníamos prevista para las dos.

A la hora convenida tiramos para el restaurante con el coche y menos mal que habíamos reservado porque se encargaron de mantener algunos aparcamientos reservados para los clientes. De otra manera hubiera sido imposible acceder, igual que nos pasó con lo del bosque finlandés.

La historia es que teníamos mesa, aparcamiento y una carta de platos para chuparse los dedos. El restaurante se llama Pinosaguas y nos encantó. El personal era encantador y la comida excelente. Comimos genial. 

Y de allí nos fuimos a dar una vuelta sin coger el coche porque teníamos que bajar todo lo que habíamos engullido.

Otro paseo chulísimo que nos dimos con los peques triscando a nuestro alrededor, que a estos no se les acaban las pilas nunca. 

Por el camino nos encontramos, lagartijas tomando el sol, mariposas preciosas, flores de colores y hasta una piedra enorme con forma de rana, que dio lugar a muchas historias en la imaginación. Anda que a ver si era un antiguo dios o algo así.

En este paseo sí que llegamos a una cascada al final. Y yo me metí en un barrizal del que me costó salir indemne. ¿Y qué pensáis que hicieron los hombres de la casa? Partirse y sacar fotos de mi hazaña, ¡obviamente! Pero se quedaron con las ganas de verme de barro hasta las orejas porque logré salir casi sin lamentar nada, excepto las playeras, que me temo que se van a la basura después de esta aventura. Estaban ya bastante lamentables, no lloréis por ellas.

Ya bastante cansada, me senté en el coche con ganas de tumbarme un poco en mi sofá, pero el padre tenía otra idea en mente. Que había visto que por allí había un mirador... Entramos en el parking por los pelos. Los últimos para que se llenara el aforo.

La verdad es que el lugar era estupendo. Estaba lleno de caravanas de familias pasando sus vacaciones y había una extensa zona de césped para que los peques jugaran a sus anchas. 

Nosotros cogimos otro caminito, dispuestos a seguir otra rutilla, pero me temo que el único que cogió esta idea con ganas fue Raúl, el resto de la familia, más urbanita, ya teníamos ganas de regresar a casa.

Aún así, nos esforzamos un poquito más para hacerle feliz. Sólo un poco ante de empezar con las quejas y lamentaciones. Aaaay que cansado estoooy, aaaay mis pieeees... Pues le costó pillar la indirecta, pero al final le convencimos para terminar la aventura.

Lo pasamos genial, a pesar del tira y afloja de las mascarillas (que nos poníamos y quitábamos según la densidad de gente), del trasiego de geles desinfectantes y de intentar mantener una mínima distancia de seguridad con el resto de excursionistas (a veces una misión imposible).

Porque habremos vuelto a la normalidad, pero el virus ahí sigue. Y aquí estamos buscando el término medio entre la despreocupación total y la agonía infinita. Por ahora nos llevamos un día estupendo en nuestra memoria.


jueves, 25 de junio de 2020

Juegos de mesa de Plantas contra Zombis Héroes caseros

Ahora les ha dado fuerte a los peques por el videojuego Plantas contra Zombies Héroes. Tanto, tanto... que hasta se han puesto manos a la obra para crear las versiones del juego de mesa. No veáis lo entretenidos que los he tenido pensando, diseñando, creando... Como un par de profesionales.

La cosa empezó cuando Iván se hizo un prototipo a mano y a Daniel y a mí nos pareció muy divertido de jugar. Entonces, ambos hermanos decidieron sentarse en el ordenador para mejorarlo cada uno a su modo.

Y cuando ya lo tuvieron imprimidito, no pudieron esperar ni a que se secara la tinta para probarlo. Evidentemente sus betatester fuimos los de siempre: papá y mamá. Primero uno y luego otro, que ambos juegos que hicieron son sólo para dos jugadores. En realidad son muy parecidos porque ambos copian las mecánicas del videojuego, como es lógico.

Iván hasta hizo los tableros, que su hermano mayor aprovechó convenientemente cuando le tocó el turno a él de extender su juego.

Básicamente, ambos consisten en que cada jugador elige un bando, o plantas o zombies, y un héroe, que se pone delante y que le da un poder que se indica en la tarjeta.

Cada bando tiene su mazo de cartas. Los jugadores tienen que robar tres cartas de su mazo. Siempre empiezan los zombies (supongo que será por algo del videojuego).

Si eres zombi, en la modalidad de Iván, cada turno recoges un cerebro (o más si has puesto en juego la máquina, que produce cerebros). Y, si eres planta, lo mismo, pero con soles (y tienes que sacar girasoles para que te produzcan más). Vas acumulándolos, hasta que tengas suficiente para pagar las cartas que tienes en la mano y sacarlas al tablero.

En la modalidad de Daniel sólo se juegan diez turnos y en cada uno se va añadiendo un cerebro y un sol a lo que te dan, pero se retira lo que te sobre en el anterior turno. Es decir, si eres una planta, por ejemplo, en el primer turno te dan un sol. Si no tienes nada tan barato en la mano, en el segundo turno pierdes ese sol que no has gastado y te dan dos soles. En el tercer turno, tres soles; en el cuarto, cuatro... Y así hasta el turno diez, que te dan diez soles. Aquí lo más importante es la estrategia a seguir.

En tu mazo tienes diferentes cartas con diferentes efectos y modificadores: Cartas que estallan y tienen un alcance determinado; cartas que puedes poner en agua; cartas que pegan muy fuerte, pero con muy poca vida... En cada carta te indica el efecto, el daño (si lo hiciera), la vida (si la tuviera), las características y lo que cuesta sacarla.

Cada héroe tiene 20 de vida y gana, en el caso de Iván, el que mate al héroe del otro y, en el caso de Daniel, el que le quite más vida en los diez turnos.

Hay que ir poniendo cartas atacantes en el tablero y que no te pongan obstáculos frente a tu carta para impactar directamente en el héroe e ir quitándole vida. El obstáculo puede ser otro atacante, entonces ambos se hacen el daño mutuamente y si no mueren, le restamos ese daño de la vida con contadores (nosotros usamos unas fichas redondas para ese efecto).

También usamos las mismas fichas para los soles y los cerebros. Sólo que de diferentes colores: Los soles eran naranjas, los cerebros rosas, el daño a las plantas y el daño al héroe  cualquier otro color que no fuera los ya mencionados.

El mazo se lo hace cada uno eligiendo las cartas que quiera, aunque es mejor ponerse de acuerdo entre los dos para que estén compensados, porque si hay uno muy potente y masacra al otro no es divertido (me pasó, me pasó).

Pero si están compensados es un juego divertido y resultón.

Aquí os dejo los imprimibles de los juegos por si os interesan:


martes, 23 de junio de 2020

El monstruo del Palacio de Buckingham

La increíble historia de... El monstruo del Palacio de Buckingham es ¡ciertamente increíble. Llena de personajes originales e inolvidables, giros argumentativos sorprendentes, acción a raudales y peligros extremos. 

Todo ambientado en un Londres futurista sumido en la pobreza, en una catástrofe medioambiental, en la oscuridad y en la corrupción más tiránica. ¡Vamos! Una vuelta en toda regla a los terribles años de la edad Media, con caza de brujas incluida, magia negra, un poco de Gran Hermano y adelantos tecnológicos altamente estrambóticos, algunos steam punks. Todo muy mezcladito. 

Con este panorama se encuentra nuestro héroe, el príncipe Alfred, un niño de mamá enfermizo y aprensivo que va a tener que espabilar rápidamente si quiere sobrevivir. Porque lo que encuentra en el Palacio dónde está retenid... digoooo, donde vive es, nada más y nada menos, que un terrible monstruo mitológico. Algo muy difícil de creer, a no ser que lo hayas visto con tus propios ojos. El chico lo tiene claro: hay que hacer lo que sea para pararle lo piés... O lo que se pueda, claro. 

Alrededor de este atípico protagonista girarán un montón de personajes de lo más variopintos: algunos muy locos, otros alucinantes, incluso los hay cargantes, y otros muy muy terroríficos.

A veces, hasta da la impresión de que no es una lectura  muy para niños, pero en realidad sí que lo es. Es ideal para niños aventureros y valientes. Lo que pasa es que muchas veces los tenemos entre algodones, como le ocurría al personaje principal de la trama, y no nos damos cuenta de que son más fuertes de lo que creemos. 

Desde luego, Daniel lo ha disfrutado de la primera a la última página, y su hermano pequeño lo está empezando muy entusiasmado. Por qué no van a poder disfrutar ellos de buenas historias llenas de injusticias y tragedias como ésta, una de esas en las que todo puede pasar...

El mayor le echó mano enseguida al libro, pero pronto decidió compartirlo conmigo para poder ir comentando los avances. No podía esperar a leerse él el libro y que luego me lo leyera yo, así que lo compartimos y comentamos cada capítulo: "En este capítulo ha cambiado Toooodo", "¡¡¡Pero te das cuenta de lo que ha pasado!!!", "Yo esto no me lo esperaba", "No sé cómo va a salir de ésta", "Mami, ¿que significa Picota? ¿Y empulguera?"

Pero entre toda la pobredumbre, la sangre, el miedo y las lágrimas hay mucho espacio para las risas, porque toda la historia está narrada con mucha chispa y sentido del humor. Hay veces que no sabes si reirte, llorar, horrorizarte o todo junto. ¡Nos ha encantado a los dos! Y creo que al pequeño también le va a gustar porque es una lectura que engancha totalmente.


lunes, 22 de junio de 2020

Gastronomía china en Pekín

En Pekín tienes una extensísima oferta culinaria tanto local, como nacional como internacional. Nosotros intentamos centrarnos en la gastronomía nacional a saco, pero a veces nos pillaba la gusilla en una zona más internacional y hasta en un restaurante ruso llegamos a comer. ¡Y no veas cómo nos chocó que nos pusieran cubiertos delante en vez de palillos! Ya no estábamos acostumbrados. 

Y mejor corremos un tupido velo el día que paramos en un Kentucky Fried Chicken muy en contra de mi voluntad.

Aunque hay admitir que otro al que fuimos que era también de comida rápida, pero de cocina china, nos gustó muchísimo. Era muy diferente a cualquier cosa que te puedas encontrar en España.

En la opinión de toda la familia, la cocina china es variadísima, deliciosa y sorprendente. Nada que ver con lo que nos venden en España como comida china. 


No perdíamos oportunidad de probar cosas nuevas. Desde una pequeña tienda de dumplings (extrabaratos y buenísimos), pasando por el famoso Pato lacado, los divertidos hotpot de corderos (ollas encendidas en las que vas pescando la comida), mil tipos diferentes de arroz, verduras que no conocíamos, frutos secos en recetar muy originales, pescado en salsas dulces, saladas y agridulces, marisco para chuparse los dedos, noodles, tallarines... Nos pusimos las botas a lo grande.

Lo único que a mí no me gustó fue la comida a un estilo musulmán de una de las provincias chinas, que era extra picante. Comer significaba arder, y no me convenció demasiado. Aunque veía al resto de la familia disfrutar como enanos.

Encima las personas que nos atendieron fueron encantadoras en general y se desvivían por entendernos, algo bastante difícil teniendo en cuenta que ellos no tenían ni idea de inglés (mucho menos de español) y nosotros no teníamos ni idea de chino. Menos mal que las cartas se componían de las fotos de los platos principalmente y sólo teníamos que señalar el que queríamos e indicar con los dedos de la manos el número de raciones.

Excepto en uno de los restaurantes a los que fuimos, que debía ser local al 100% y 0% turístico porque nos dieron una carta con todos los platos escritos en chino y ni una sola foto. 

Menos mal que la camarera tenía algunas nociones de inglés y nos escribió los más populares en una servilleta. Le dijimos amen a todo por supuesto. Menos mal que acertó y estaba todo buenísimo.

Algo que nos chocó bastante es que en china no se bebe agua fría. Sólo la encuentras en lugares turísticos para extranjeros. Ellos beben el agua caliente, que por lo es mucho más sana para el cuerpo. Normalmente la enriquecen con sabores frutales, aromáticos y herbales.

Recuerdo la cara que nos pusieron en un restaurante cuando les dijimos si nos podían enfriar un poco el agua sabor melocotón que nos habían servido. La pobre chica estuvo un rato pensando y al final nos metió unos hielos en la jarra con cara de "Estos españoles están locos".

En otro restaurante no lograron entendernos y acabaron trayéndonos zumo de frutas muy frío, pero lo del agua fresca no lo concebían por mucho que repitieras "Lengshui, qing" (agua fría, por favor).

Otro problema con el que nos encontramos fue el de los cubiertos. A raúl y a mí no se nos da mal el uso de palillos, y Daniel lo intentaba con mucho entusiasmo (50% de comida en su ropa, mesa, suelo... y 50% en su boca), pero a Iván se le hizo muy cuesta arriba. El pobre se tuvo que conformar con arreglárselas a base de cucharas los primeros días porque en muy pocos establecimientos encontraban un tenedor para él. 

Acabamos comprando unos cubiertos de plástico y llevando siempre algunos en la mochila para facilitarle la vida al benjamín de la familia. Lo más curioso es que en los noodles precocinados del supermercado ¡venían tenedores! Quién lo entiende.

Como, la mayoría de los días, nos quedamos en un apartamento, tampoco perdimos la oportunidad de ir al supermercado. Era toda una aventura porque todo estaba en caracteres chinos y alguna cosilla en inglés, pero muy poco. Había que contar con el factor sorpresa a la hora de llenar la cesta. 

Una de las veces que fui, compré unas sardinas en lata tan picantes que el único que fue capaz de comerlas fue Raúl, y otro día me llevé a casa unos preciosos y enormes huevos azules que, una vez cocidos, echaban un tufo a podrido que echaba para atrás. Daniel y yo los probamos valientemente.. y nos arrepentimos al segundo. Se fueron directos a la basura y al contenedor para que no siguieran apestando el apartamento.

Lo cierto es que las excursiones al supermercado nos encantaban. Imagina un lugar lleno de alimentos desconocidos y casi ninguna información sobre ellos. Aunque también habían muchos productos fáciles de identificar, como el pan de molde, por ejemplo. 

Nosotros nos aficionamos a comprar diferentes tipos de carne seca, ideales para llevar en las excursiones. Y noodles de diferentes y exóticos sabores a los que se les añadía agua hirviendo y ya estaban listos para comer.

La bollería de desayuno también nos tenía fascinados. Todavía nos estamos preguntando de que serían la mayoría de esos extraños rellenos tan dulces, ricos y de sabor no identificable...

Otro detalle curioso es que en la entrada del súper había un expositor con un montón de recetas muy prometedoras. Una pena que el texto estuviera en chino... Aún así cogimos una de cada para llevarnos de recuerdo.