El viernes, nada más llegar, nos fuimos de cabeza al río. No hacía un calor asfixiante, pero tras el éxito del finde pasado los peques estaban deseando volver. Así que allá nos encaminamos más felices que perdices.
Lo estábamos pasando genial. Los chiquillos jugando con su padre en el río y yo disfrutando de uno rato de tranquilidad tras una inmersión agradable y cortita. De repente vi como Raúl me hacía señas. Iván se había cansado de bañarse y quería que le llevara a la orilla de la manita. Muy propio de un niño mimoso de cinco años.
Fui a por él y pretendía llevármelo a la orilla cuando vio que su padre se alejaba con su hermano río arriba en una barquita hinchable. "Joooo. Yo también quería", se quejó el peque. ¡Que raro! En fin. Para no disgustarle, le propuse vadear el río por la orilla y hacer señas a su padre para que le recogiera más adelante.
En un punto de la orilla hay una cuerda atada a la rama de un árbol para que los más valientes se tiren al agua cogiendo impulso. Ahí descubrió Iván la escalera. "¡Mira mami!" desde aquí puedo bajar al agua. Dicho y hecho. Con tan mala suerte que al bajar se hizo una raja en la pierna bastante considerable. Cuando me acerqué a sacar al lloroso niño me di cuenta de que la escalera estaba totalmente oxidada.
Más blanca que un papel corrí al bar que hay en la "playa" del piélago para pedir alcohol, agua oxigenada o hielo para cortar la hemorragia. pero cual no fue mi sorpresa cuando la camarera me aseguró, casi sin mirarme, que ni tenía botiquín ni me podían ayudar en nada.
Más asusta que indignada (que lo estaba y mucho). Metí al peque al río para ver si dejaba de sangrar la herida. Un poco logramos parar la hemorragia, pero no del todo. Como el padre no se enteraba ni del No Do allá por la otra punta del río. Decidí marcharme corriendo con Iván a casa para ponerle agua Oxigenada a litros. Le pedí a unas niñas muy amables que avisaran a mi marido de lo qie había pasado y corrí hasta la casa.
Allí la abuela de Raúl le limpió muy bien la herida al chiquillo. Cosa que le agradezco porque yo ya estaba como un flan. Se ofreció a ponerle crema y vendarla para que cerrara bien, pero yo preferí acudir a la Farmacia del pueblo a por consejo. Y que no hay centro de salud.
Cuando llegué la farmacéutica nos dijo que echarle agua oxigenada es lo mejor que se puede hacer en un primer momento, pero que ahora el tema era llevarle a urgencias a un pueblo cercano. La verdad es que nos trató con muchísima amabilidad. nada que ver con la chica sin una gota de empatía del bar. Debe ser que el botiquín es como el baño: sólo para clientes.
Dejé al peque al cuida de su bisabuela y corrí a por el padre. No lo creeréis, pero cuando llegaba al río justo estaba saliendo del agua el pater. Daniel y él se habían pegado todo ese tiempo navegando tranquilamente. Nada más asomar yo la nariz vi como las niñas le estaban informando de la situación. ¡Que majas!
Raúl se dio la vuelta para irse corriendo a casa y justo me vio. Le puse en antecedentes por el camino. Daniel se ponía blanco por momentos. "¿Pero está bien? ¿Pero le duele mucho? ¿Pero la herida es superextramegahorribleeeee? ¡¡¡Yo no quiero verla!!!".
Ahora al que dejamos en manos de la bisabuela fue al mayor y nos fuimos volando a urgencias de Lerma porque ya se nos hacía tarde y no sabíamos si era 24 horas o si cerraba a alguna hora. Nos atendieron enseguida. La médico y la enfermera fueron encantadoras y el niño no pasó miedo en ningún momento. Al contrario, se ganaron totalmente su confianza. Y eso que iba con mucha desconfianza por lo que le pudieran hacer.
Le hicieron una cura en profundidad, le pusieron una cosa para desinfectar, le vendaron, le mandaron antibiótico y nos mandaron a casa con a recomendación de que le viera su médico de regreso a Madrid.
Por supuesto, al peque se le acabó el río para todo el finde porque la venda no se podía sumergir.
El lunes fuimos a la consulta y la cosa no fue nada bien para el peque. La enfermera le trató con todo el mimo del mundo, pero nadie le quitó el dolor del tirón de los esparadrapo y el pinchazo de la vacuna antitetánica que le tocaba a los seis años y que adelantó tres meses por si acaso. Al día siguiente le tocó otra cura y ahora se la vamos limpiando nosotros desde casa. Hasta la próxima semana no se podrá dar un chapuzón, pero lo más importante es que no se le infectado en un primer momento y no parece que el óxido le haya afectado internamente.
¡Menos mal! Vaya susto. En cuanto pillemos el Ayuntamiento de Covarrubias abierto iremos a avisar de que existe ese peligro en el río.
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miércoles, 28 de junio de 2017
sábado, 16 de agosto de 2014
El día más tranquilo de la vida de Daniel y tres aguijonazos
El domingo, en Madrid, mi niño mayor me confesó que ese era el día más tranquilo de su vida. Lo cierto es que necesitaba recoger y limpiar por lo que no salimos hasta por lo menos las siete de la tarde. Además, estábamos agotados porque el día anterior lo habíamos pasado enterito en la piscina del polideportivo. En casa, también hicimos bien poco, porque yo estaba muy liada con las labores del hogar. El peque incluso aseguró durante un minuto que se aburría, pero se buscó la vida y no le duró mucho el estado de ánimo.
Cuando parecía que el calor apretaba menos salimos al parque para que nos diera el aire. Nos tomamos un helado que había traído y se dispusieron a jugar, aunque se notaba que les había hecho poco caso, porque no se separaban de mí ni a sol ni a sombra.
Hasta que apareció uno de esos perros grandes de pelo largo y dorado que los fascinó. Encima los dueños eran la mar de majos y les invitaron a que acariciaran al can a su gusto.
En esas estábamos cuando tres avispas con mala leche atacaron al más pequeño de mi prole haciéndole proferir un grito desgarrador, tras el grito empezó a salirle un torrente de sangre de la nariz angustiada intenté cortarle la hemorragia con toallitas, mientras averiguaba a duras penas dónde le había picado. Todo el parque se volcó en atender al chiquillo. La dueña del perrito incluso me acompañó hasta la farmacia 12 horas más cercana cargando con mis bolsas de pañales, juguetes, agua y todo lo necesario para salidas con los niños. Tenía dos sarpullidos en el brazo y otro en el moflete.
En la farmacia se asustaron bastante al ver a una mujer y a un niños tan manchados de sangre, pero tras unas breves explicaciones se hicieron cargo del asunto. Mientras una de las dependientas me daba la crema adecuada para tratar las picaduras, Daniel se camelaba a la otra para que le diera una chuche. Y vaya si lo consiguió: una piruleta para él y otra para el hermano, que ya estaba bastante más calmado. Decía que ya no le dolía. ¡Menos mal! Aún así le pringué de crema allí mismo. La farmacéutica me recomendó que le quitara el exceso de crema porque tenía cortisona y no hay que abusar. Me dio una toallita y arreglé el desaguisado. Incluso le había puesto un pegotón en el brazo en el que no le había picado por los nervios que me había cogido. La chica también me explicó que la sangre de la nariz podía deberse a que al gritar de dolor, los peques se congestionan y se les puede romper alguna venita de la nariz, sobre todo si hace calor. Me dejó más tranquila.
Los niños les dieron las gracias a las farmacéuticas por sus piruletas y se fueron de allí tan felices. A Iván parecía que se le habían pasado todos los males hasta que se tropezó y se cayó. Entonces volvió a llorar desconsolado.
Le cogí en brazos y me despedí de la buena señora que nos había acompañado hasta la farmacia. ¡Qué simpática es la gente!
Una vez en casa metía a los dos chiquillos de cabeza a la bañera. Entre la arena, la sangre y el pringue de la piruleta estaban para meterlos en la lavadora directamente.
miércoles, 18 de diciembre de 2013
El extraño caso del bebé escapista
Si no fuera porque es un caso recurrente podríamos llamarlo casualidad, pero ya van tres veces que la familia que contrató mis servicios como detective se han encontrado a su bebé de poco más de dos años campando a sus anchas en el asiento de atrás del conductor.
La primera vez, casi le da un infarto a la madre cuando se vuelve para investigar el motivo de las alocadas risas de sus retoños y se encuentra a dos milímetros de la cara del pequeño.
Enajenados por la situación, los progenitores pararon el vehículo donde mejor pudieron para atar al más pequeño de sus vástagos. La mujer no pudo asegurar que hubiera anclado el cinturón de seguridad de una manera fiable, así que todo quedó en un equívoco, que gracias al cielo, no fue a más.
La siguiente vez, dio la voz de alarma su hermano mayor con un acusador “Mamiiiiii, Iván se ha soltado”. Con el corazón desbocado pararon de nuevo de urgencias para volver a atar al niño rebelde.
Al rato, volvía campar a sus anchas sobre el asiento trasero. La madre juraba y perjuraba, que en esa ocasión en particular había comprobado de forma contundente el cierre del cinturón de seguridad.
Tras una terrible charla de seguridad vial que dejó al bebé sumido en sus propios pensamientos no se ha vuelto a dar tan terrible incidente.
Tras interrogar a los testigos minuciosamente, buscar huellas del delito e intentar escenificar las posibles opciones pienso presentar el siguiente informe a sus padres:
-
Opción A: el sujeto en cuestión, un varón caucasiano de
dos años y dos meses, tiene algún gen de Houdinni que le dota de una habilidad
maravillosa para el escapismo.
-
Opción B: El hermano mayor tiene superpoderes como él
mismo asegura y es capaz de alargar el brazo como Mr. Fantástico, de los Cuatro
Fantásticos, con lo que le resultaría muy fácil soltar al sujeto de la
investigación desde su posición sin ser detectado por la vigilancia materna.
-
Opción C: el querubín ha aprendido cómo soltar el
cinturón de seguridad y no le tiembla la mano al hacerlo a pesar de las
nefastas advertencias de sus preocupadísimo, y al borde de un infarto, padres
jueves, 2 de mayo de 2013
Iván tiene un accidente con la planta de Daniel
Mi niño mayor está emocionado con su plantita de la Granja de los cuentos. Cada dos por tres me pide que se la enseñe. Está en un lugar un poco alto para que le dé bien el sol. Le encanta regarla y deleitarse con sus hojitas verdes. Pero la pobre planta ha corrido un serio peligro, Por ahora, parece que sobrevive, pero no las tenemos todas con nosotros.
El artífice de este triste estado vegetal la tiene el benjamín, que no se le ocurrió otra cosa que abrir todos los cajones de la cómoda y tirar y tirar hacia él hasta que el mueble cedió. Afortunadamente la cómoda se sujetó con el cajón inferior y no le cayó encima, pero el ataque de histeria que me entró cuando me encontré el panorama no me lo quita nadie.
El peque lloraba desconsolado con un chichón en la frente y yo lloraba con él mientras los abrazaba y lo llenaba de besos (no era para menos teniendo en cuenta lo que podía haber pasado), Raúl intentaba calmarme mientras se aseguraba que el peque no había sufrido daños serios... Y a todo esto se oyó el lamento desconsolado de Danielillo: "Mi plaaaaaaaanta, mamaaaaaaaaaaa".
La maceta se había estrellado contra el suelo y la planta yacía con todas las raíces fuera y rodeada de tierra. El chichón de Iván se debía a que le había caído en la cabeza al inclinarse el mueble.
"¡Iván! ¡Malo!" le riñó mi primogénito. Recogimos la planta como pudimos, la regamos y la pusimos al sol. por ahora resiste, pero tiene muchas raíces por fuera y yo no me atrevo a tocarla, porque no tengo ni idea de jardinería y temo estropear aún más la situación. La verdad es que el único que está triste por las hojitas verdes es Daniel. Yo estoy muy contenta de que Iván esté bien. ¡Y cierro la puerta de la habitación desde entonces!
El artífice de este triste estado vegetal la tiene el benjamín, que no se le ocurrió otra cosa que abrir todos los cajones de la cómoda y tirar y tirar hacia él hasta que el mueble cedió. Afortunadamente la cómoda se sujetó con el cajón inferior y no le cayó encima, pero el ataque de histeria que me entró cuando me encontré el panorama no me lo quita nadie.
El peque lloraba desconsolado con un chichón en la frente y yo lloraba con él mientras los abrazaba y lo llenaba de besos (no era para menos teniendo en cuenta lo que podía haber pasado), Raúl intentaba calmarme mientras se aseguraba que el peque no había sufrido daños serios... Y a todo esto se oyó el lamento desconsolado de Danielillo: "Mi plaaaaaaaanta, mamaaaaaaaaaaa".
La maceta se había estrellado contra el suelo y la planta yacía con todas las raíces fuera y rodeada de tierra. El chichón de Iván se debía a que le había caído en la cabeza al inclinarse el mueble.
"¡Iván! ¡Malo!" le riñó mi primogénito. Recogimos la planta como pudimos, la regamos y la pusimos al sol. por ahora resiste, pero tiene muchas raíces por fuera y yo no me atrevo a tocarla, porque no tengo ni idea de jardinería y temo estropear aún más la situación. La verdad es que el único que está triste por las hojitas verdes es Daniel. Yo estoy muy contenta de que Iván esté bien. ¡Y cierro la puerta de la habitación desde entonces!
viernes, 16 de noviembre de 2012
Mi bebé, el temerario
Hay que andar con mil ojos con Iván. Me temo que de mayor va a ser aventurero. Siempre busca el lugar o la situación más peligrosa y extrema quitando unos cuantos años de vida a su pobre mamá. No puedo dejar de vigilarle, pero, a la vez, tengo que hacer mil cosas más relacionadas con Daniel y la casa.
Alguna vez le ato un poquito en la trona, pero no aguanta ni cinco minutos antes de ponerse a berrear como un loco.
Su deporte favorito es trepar por el sofá y luego correr por él como un loco hasta que se tropieza y se cae de bruces, normalmente contra los asientos. Pero, si rebota, se va al duro suelo y toca llorar y llorar con la nariz como un pimiento.
Da igual lo que le riñas, le grites, le alejes de su preciado tesoro... Él siempre va a volver a brincar cual cabrita en su adorado sofá.
Anoche le iba a dar el biberón cuando me di cuenta de que tenía un ojo a la virulé. ¡Un ojo morado mi bebé de trece meses! Hasta me entraron ganas de llorar. Pero él se reía a más no poder.
Pobrecito mi niño. No hace más que darse tortas por toda la casa, a veces ayudado un poco por su querido hermano mayor, que no tiene ningún cuidado cuando juega con él. Son un par de brutos.
No sé si liarme a acolchar todas las paredes y muebles de mi hogar. Cualquier precaución es poca.
A todos estos peligros se une que el chiquitín se lo lleva absolutamente todo a la boca. Es exagerado. Cuando le veo masticar algo me abalanzo sobre él para sacárselo Ipso facto de la boca. Creo que se pone a llorar del susto que se lleva al verme caer sobre él como una loca. Y vaya sorpresas me llevo cada vez que le saco algo: comida de gatos, una elástico, un trozo de juguete... Por más que barra, guarde las piezas pequeñas de los juguetes de Daniel, quite las cosas peligrosas de su alcance... Siempre hay algo que se me escapa y que él encuentra.
El otro día fuimos a casa de unos amigos y se puso las botas con las tizas de la pizarrita de los niños. Espero que le pillara a tiempo y no se comiera ninguna, aunque nunca se sabe.
Estoy deseando que crezca. Por lo menos antes de que me quede calva por el estrés que me producen sus andanzas.
Alguna vez le ato un poquito en la trona, pero no aguanta ni cinco minutos antes de ponerse a berrear como un loco.
Su deporte favorito es trepar por el sofá y luego correr por él como un loco hasta que se tropieza y se cae de bruces, normalmente contra los asientos. Pero, si rebota, se va al duro suelo y toca llorar y llorar con la nariz como un pimiento.
Da igual lo que le riñas, le grites, le alejes de su preciado tesoro... Él siempre va a volver a brincar cual cabrita en su adorado sofá.
Anoche le iba a dar el biberón cuando me di cuenta de que tenía un ojo a la virulé. ¡Un ojo morado mi bebé de trece meses! Hasta me entraron ganas de llorar. Pero él se reía a más no poder.
Pobrecito mi niño. No hace más que darse tortas por toda la casa, a veces ayudado un poco por su querido hermano mayor, que no tiene ningún cuidado cuando juega con él. Son un par de brutos.
No sé si liarme a acolchar todas las paredes y muebles de mi hogar. Cualquier precaución es poca.
A todos estos peligros se une que el chiquitín se lo lleva absolutamente todo a la boca. Es exagerado. Cuando le veo masticar algo me abalanzo sobre él para sacárselo Ipso facto de la boca. Creo que se pone a llorar del susto que se lleva al verme caer sobre él como una loca. Y vaya sorpresas me llevo cada vez que le saco algo: comida de gatos, una elástico, un trozo de juguete... Por más que barra, guarde las piezas pequeñas de los juguetes de Daniel, quite las cosas peligrosas de su alcance... Siempre hay algo que se me escapa y que él encuentra.
El otro día fuimos a casa de unos amigos y se puso las botas con las tizas de la pizarrita de los niños. Espero que le pillara a tiempo y no se comiera ninguna, aunque nunca se sabe.
Estoy deseando que crezca. Por lo menos antes de que me quede calva por el estrés que me producen sus andanzas.
domingo, 30 de septiembre de 2012
Aparatosos tortazos en el parque
Pobrecito Iván. Estaba tan feliz en el castillito del parque cuando se me cruzó Daniel durante unos segundos. Eso bastó para que mi bebé se tropezara y se diera un gran leñazo en la boca y la nariz. Se puso a berrear como un loco y yo lo recogí preocupada. La sangre manaba exageradamente. Le puse agua, le limpié con clinex, le tuve abrazado un buen rato hasta que se calmó. Cuando le observé más detenidamente me di cuenta de que también le sangraba una heridita en el labio, que empezaba a hincharse un poco.
Los padres que acompañaban a sus hijos se acercaron a preocuparse por el pequeñajo. Por un momento pensé en recoger e irme a casa, pero Daniel se lo estaba pasando tan bien que me quedé un rato más. Al principio, Iván estaba un poco parado y mimoso, pero enseguida volvió a las andadas.
Al rato, recogimos los juguetes y fingimos que metíamos al bebé en un carrito ambulancia, pusimos la sirena vocal y corrimos a nuestra casa hospital para que papá (el médico) atendiera a nuestro enfermito.
Al día siguiente le tocó el turno a Daniel. Se tropezó y se dio directo en la nariz. Más sangre, más lloros, mimos y más mimos. Otro espectáculo sangriento. Afortunadamente esta vez estaba papá con nosotros y me lo tomé con mucha más calma. Al peque se le pasó el susto en cuanto logramos cortar la hemorragia y siguió dando botes como si tal cosa. La gente se volvía a mirarlo asombrada porque dio la casualidad de que no llevábamos ni un triste clinex y el pobre parecía un zombie de la serie "Walking Dead".
Los padres que acompañaban a sus hijos se acercaron a preocuparse por el pequeñajo. Por un momento pensé en recoger e irme a casa, pero Daniel se lo estaba pasando tan bien que me quedé un rato más. Al principio, Iván estaba un poco parado y mimoso, pero enseguida volvió a las andadas.
Al rato, recogimos los juguetes y fingimos que metíamos al bebé en un carrito ambulancia, pusimos la sirena vocal y corrimos a nuestra casa hospital para que papá (el médico) atendiera a nuestro enfermito.
Al día siguiente le tocó el turno a Daniel. Se tropezó y se dio directo en la nariz. Más sangre, más lloros, mimos y más mimos. Otro espectáculo sangriento. Afortunadamente esta vez estaba papá con nosotros y me lo tomé con mucha más calma. Al peque se le pasó el susto en cuanto logramos cortar la hemorragia y siguió dando botes como si tal cosa. La gente se volvía a mirarlo asombrada porque dio la casualidad de que no llevábamos ni un triste clinex y el pobre parecía un zombie de la serie "Walking Dead".
sábado, 18 de agosto de 2012
Sol, arena y mar
Este año nos hemos liado la manta a la cabeza y nos hemos echado a la carretera para disfrutar de la playa. La tenemos a media hora larga en coche y otros veranos nos ha dado mucha pereza ir hasta allí teniendo la piscina de Mabel al lado. En realidad, Alicante tiene un montón de playas donde elegir. Toda su costa está compuesta por calas y playas kilométricas de arena blanca, aguas cristalinas y sol radiante.
La verdad es que casi montamos un circo para trasladarnos a la orilla: sombrilla, tienda familia de Ikea, toallas, ropa de recambio, agua, galletas para bebés, la sillita... Pero valía la pena
Nosotros elegimos una poco conocida que se llama Saladar, pero ha adoptado el nombre popular de Urbanova por la urbanización de apartamentos que la acompaña. El primer día fue maravilloso. Casi parecía una piscina de lo calmada y limpia que estaba el agua. Los niños entraban y salían del mar a placer. Acabé con los riñones a la virulé de sujetar a Iván por los bracitos. Daniel hizo castillos con su padres y los pasamos todos muy bien.
El segundo día nos adentramos más en la urnanización y resulta que la cosa empeoraba. la playa estaba llena de algas y Daniel se negaba a bañarse con ese panorama. Se lo pasó genial jugando con la arena, pero pataleó lo suyo cuando le obligamos a bañarse para que se refrescara un poco. Una vez pasada la orilla el agua volvía a estar limpia con los que nos adentramos un poco más que el primer día. Aún así sólo nos cubría hasta la cintura. Raúl intentó zambullirse y se encontró a medio camino con una dura roca. El golpe fue de órdago. Cuando le vi salir del agua con la frente ensangrentada me llevé un susto tremendo. Le insté a que fuera a un puesto de socorro para ver si necesitaba intervención médica. Yo le seguía cargada de chiquillos a una distancia prudencial. Prefería que se adelantara por si se trataba de una urgencia. De lejos yo vigilaba por si se desmayaba.
En el puesto de socorro le limpiaron la herida y dictaminaron que no era importante. El bollo cada vez crecía más y más, pero el sanitario nos dijo que como había sangrado no se le hincharía mucho. Más tranquilos seguimos disfrutando de nuestros día de playa, pero a mí todavía me duró el susto en el cuerpo hasta que llegamos a casa de mis abuelos a comer.
El tercer día probamos en una playa nueva que nos habían recomendado. Por desconocimiento nos la saltamos y acabamos en otra que también estaba muy bien, aunque tardamos más de tres cuartos de hora en llegar. Era una calita muy tranquila cerca del puerto. Aprovechamos para que Daniel viera los barcos. Una idea que acogió entusiasmado.
Decidimos que no valía la pena ir más lejos para disfrutar del sol, del mar y de la arena y al cuarto día volvimos con mi hermana y su novio a Urbanova. Les encantó. A partir de entonces siempre fuimos a esa playa. ¿Para qué cambiar? Eso sí, nos poníamos en la parte que no tenía algas.
La verdad es que casi montamos un circo para trasladarnos a la orilla: sombrilla, tienda familia de Ikea, toallas, ropa de recambio, agua, galletas para bebés, la sillita... Pero valía la pena
Nosotros elegimos una poco conocida que se llama Saladar, pero ha adoptado el nombre popular de Urbanova por la urbanización de apartamentos que la acompaña. El primer día fue maravilloso. Casi parecía una piscina de lo calmada y limpia que estaba el agua. Los niños entraban y salían del mar a placer. Acabé con los riñones a la virulé de sujetar a Iván por los bracitos. Daniel hizo castillos con su padres y los pasamos todos muy bien.
El segundo día nos adentramos más en la urnanización y resulta que la cosa empeoraba. la playa estaba llena de algas y Daniel se negaba a bañarse con ese panorama. Se lo pasó genial jugando con la arena, pero pataleó lo suyo cuando le obligamos a bañarse para que se refrescara un poco. Una vez pasada la orilla el agua volvía a estar limpia con los que nos adentramos un poco más que el primer día. Aún así sólo nos cubría hasta la cintura. Raúl intentó zambullirse y se encontró a medio camino con una dura roca. El golpe fue de órdago. Cuando le vi salir del agua con la frente ensangrentada me llevé un susto tremendo. Le insté a que fuera a un puesto de socorro para ver si necesitaba intervención médica. Yo le seguía cargada de chiquillos a una distancia prudencial. Prefería que se adelantara por si se trataba de una urgencia. De lejos yo vigilaba por si se desmayaba.
En el puesto de socorro le limpiaron la herida y dictaminaron que no era importante. El bollo cada vez crecía más y más, pero el sanitario nos dijo que como había sangrado no se le hincharía mucho. Más tranquilos seguimos disfrutando de nuestros día de playa, pero a mí todavía me duró el susto en el cuerpo hasta que llegamos a casa de mis abuelos a comer.
El tercer día probamos en una playa nueva que nos habían recomendado. Por desconocimiento nos la saltamos y acabamos en otra que también estaba muy bien, aunque tardamos más de tres cuartos de hora en llegar. Era una calita muy tranquila cerca del puerto. Aprovechamos para que Daniel viera los barcos. Una idea que acogió entusiasmado.
Decidimos que no valía la pena ir más lejos para disfrutar del sol, del mar y de la arena y al cuarto día volvimos con mi hermana y su novio a Urbanova. Les encantó. A partir de entonces siempre fuimos a esa playa. ¿Para qué cambiar? Eso sí, nos poníamos en la parte que no tenía algas.
lunes, 6 de agosto de 2012
Una serie de desagradables incidentes
El jueves empecé a encontrarme mal. Lo achaqué a la falta de sueño y me fui a dormir al salón dejando a mi marido sólo ante las fieras la mayor parte del tiempo. Para más Inri, el miércoles me había venido la regla más virulenta que nunca, así que por eso también podía venir la debilidad. Pasé una noche malísima: con tos, dolor de garganta, malestar general... Pero no me levanté del todo mal.
El viernes teníamos que preparar maletas y partir para pasar el finde en Covarrubias. Entre pitos, flautas, niños y malestares generales salimos tardísimo. Enseguida, Daniel nos pidió que parásemos. Le vi mala cara y le hicimos caso. En cuanto bajó del coche se le pasaron todos los males y parecía que no le pasaba nada, así que creímos que nos tomaba el pelo. Por eso la segunda vez que nos pidió que parásemos no le hicimos caso. Había pasado una escasa hora desde la primera parada y le explicamos que así no llegaríamos nunca al pueblo. La respuesta de mi hijo fue una nauseabunda vomitona. Paramos ¡vaya si paramos! Lo más rápido que pudimos. Lavamos como pudimos al chiquillo, la sillita, el coche... Sacamos ropa de la maleta, le cambiamos y seguimos hacia adelante con las ventanillas bajadas. Milagrosamente Iván se nos había dormido después de rellenar bien la barriga con los gusanitos con los que le sobornaba su madre para que no llorara, pero su hermano decidió que se aburría solo en la parte de atrás y decidió despertarlo. Mi ira se trocó en ternura cuando vi que jugaban y se reían juntos. ¡Bueeeeeno, no ha sido tan malo!
LLegamos tardísimo a nuestro destino, con lo que los niños acabarons sobrexcitados y con mjy pocas ganas de dormir. ¡Vaya nochecita! Y yo cada vez me encontraba peor.
Al día siguiente, la cabeza me daba vueltas, la garganta me ardía... Daniel estaba especialmente revoltoso. Me vi incapaz de seguir su ritmo y... ¡Pumba! Se cayó por las escaleras. Menos mal que no se hizo nada, pero ¡vaya susto!
Iván por su parte no perdía ninguna oportunidad de darse cocazos por todos los lados que creía conveniente, así que sus lloros se convirtieron en una especie de música ambiental. Algo así como "je, je, jeeee..clon...Buaaaaaaaaa".
Esa mañana fuimos en familia al río, pero yo estaba con escalofríos y me llevé conmigo al bebé a casa para dormir los dos la siesta mañanera, a pesar de que todos se lo estaban pasando genial.
Y ahí se acabó mi fin de semana. Dormité en una especie de limbo lleno de dolor y tos. Ni descansaba, ni mejoraba, ni nada. Raúl, mi suegra y la abuela se encargaron de los niños. Sobre todo mi marido, que me asegura que se lo pasaron genial.
Menos mal que no me perdí el fin de fiesta. Las abuelas entregaron a los nietos lo regalos de verano (por las buenas notas, nos dijeron). Una luna con un osito que daba vueltas sobre su base y albergaba en su interior tres libritos monísimos y un libro de desplegables precioso.
El camino a Madrid fue horroroso para mi. El lunes fui al médico por urgencias y me djo que tenía una faringitis agravaba por un resfriado de campeonato. Me mandó un montón de pastillas que parece que sí hacen su efecto. El siguiente en la lista parece que Iván. Ya le oígo una tos muy sospechosa...
Lo peor es que este malestar no deja que cuide a mis hijos como me gustaría. Por ejemplo, ahora mismo estoy escribiendo en vez de colechando con mi bebé tosedor porque con mi propia tos le molesto. La congestión nasal no me deja dormir. Espero que los virus se larguen de mi casa lo antes posible.
El viernes teníamos que preparar maletas y partir para pasar el finde en Covarrubias. Entre pitos, flautas, niños y malestares generales salimos tardísimo. Enseguida, Daniel nos pidió que parásemos. Le vi mala cara y le hicimos caso. En cuanto bajó del coche se le pasaron todos los males y parecía que no le pasaba nada, así que creímos que nos tomaba el pelo. Por eso la segunda vez que nos pidió que parásemos no le hicimos caso. Había pasado una escasa hora desde la primera parada y le explicamos que así no llegaríamos nunca al pueblo. La respuesta de mi hijo fue una nauseabunda vomitona. Paramos ¡vaya si paramos! Lo más rápido que pudimos. Lavamos como pudimos al chiquillo, la sillita, el coche... Sacamos ropa de la maleta, le cambiamos y seguimos hacia adelante con las ventanillas bajadas. Milagrosamente Iván se nos había dormido después de rellenar bien la barriga con los gusanitos con los que le sobornaba su madre para que no llorara, pero su hermano decidió que se aburría solo en la parte de atrás y decidió despertarlo. Mi ira se trocó en ternura cuando vi que jugaban y se reían juntos. ¡Bueeeeeno, no ha sido tan malo!
LLegamos tardísimo a nuestro destino, con lo que los niños acabarons sobrexcitados y con mjy pocas ganas de dormir. ¡Vaya nochecita! Y yo cada vez me encontraba peor.
Al día siguiente, la cabeza me daba vueltas, la garganta me ardía... Daniel estaba especialmente revoltoso. Me vi incapaz de seguir su ritmo y... ¡Pumba! Se cayó por las escaleras. Menos mal que no se hizo nada, pero ¡vaya susto!
Iván por su parte no perdía ninguna oportunidad de darse cocazos por todos los lados que creía conveniente, así que sus lloros se convirtieron en una especie de música ambiental. Algo así como "je, je, jeeee..clon...Buaaaaaaaaa".
Esa mañana fuimos en familia al río, pero yo estaba con escalofríos y me llevé conmigo al bebé a casa para dormir los dos la siesta mañanera, a pesar de que todos se lo estaban pasando genial.
Y ahí se acabó mi fin de semana. Dormité en una especie de limbo lleno de dolor y tos. Ni descansaba, ni mejoraba, ni nada. Raúl, mi suegra y la abuela se encargaron de los niños. Sobre todo mi marido, que me asegura que se lo pasaron genial.
Menos mal que no me perdí el fin de fiesta. Las abuelas entregaron a los nietos lo regalos de verano (por las buenas notas, nos dijeron). Una luna con un osito que daba vueltas sobre su base y albergaba en su interior tres libritos monísimos y un libro de desplegables precioso.
El camino a Madrid fue horroroso para mi. El lunes fui al médico por urgencias y me djo que tenía una faringitis agravaba por un resfriado de campeonato. Me mandó un montón de pastillas que parece que sí hacen su efecto. El siguiente en la lista parece que Iván. Ya le oígo una tos muy sospechosa...
Lo peor es que este malestar no deja que cuide a mis hijos como me gustaría. Por ejemplo, ahora mismo estoy escribiendo en vez de colechando con mi bebé tosedor porque con mi propia tos le molesto. La congestión nasal no me deja dormir. Espero que los virus se larguen de mi casa lo antes posible.
sábado, 21 de julio de 2012
La naricilla de Iván
Mi chiquitín se ha lesionado. Primero en la guardería. De tan movido que es se les cayó de la hamaquita y... ¡patapum! nariz roja como un tomate. Luego en casa, estaba arrastrándose por la cuna de viaje cuando de repente le oí llorar desesperadao. ¡Se había arrancado parte de la piel de la nariz! Le curamos su padre y yo con suero y gasas. Le dimos mil mimitos y enseguida estaba sonriendo. Le pusimos una tirita para evitar males mayores, pero a los cinco minutos ya se la había quitado el muy trasto.
miércoles, 11 de julio de 2012
Adios al coche de mamá
Me he cargado el coche. Volvía del trabajo y de repente oí un ruido tremendo. Se me encendió una luz roja de un cuadrado en el salpicadero y de repente el motor perdía más y más potencia. Como soy una bruta integral y además nula para todo lo que tenga que ver con el mundo del motor, seguí adelante con la esperanza de llegar al taller. Me quedé tirada en el carril derecho de la Avenida de la Ilustración.
Con lágrimas de frustración y nervios en los ojos llamé al seguro para que me enviaran una grúa, y acto seguido a mi marido que me aconsejó que pusiera el triángulo de sgeuridad. Tras desahogarme con Raúl, decidí llamar a mi hermana que hacía mucho que no sabía de ella. Desesperada le comenté lo que tardaba la grúa. "Algún imbécil se ha debido de quedar tirado en medio de la M-30 y está montando un atasco de narices jaja" bromeó mi hermana. En efecto, el lío cada vez adoptaba dimensiones mayores. Menos mal que al rato vi asomar la sirena de la grúa en la lejanía. Me dejó el cocheperfectamente aparcado al lado del taller y me preguntó si me había equivocado poniendo la gasolina incorrecta en el depósito. ¡Vaya fama tenemos las mujeres! Hasta yo, que admito que soy negada, sé que un diesel sólo funciona con gasolina diesel.
Al día siguiente, recibí la mala noticia. "Se te ha roto la correa del ventilador, se te ha salido el aceite y has quemado el motor" me dijo el mecánico tranquilamente "Está RIP" añadió. Estupendo, estupendo. Menos mal que el ángel de mi suegra me presta el coche para ir al curro.
Daniel recibió bien la noticia. Le encantaba jugar en mi coche, pero le gusta más la idea de que le invite cuando llame a los del desguace y vengan con a grúa para que se lo lleven. Le he explicado que con las piezas del cochearreglarán otros coches y le gusta mucho la idea. El otro día fui a recoger mis cosas del vehículo y Daniel estuvo jugando a gusto. Total. Ya no creo que lo pueda romper mucho más.
Con lágrimas de frustración y nervios en los ojos llamé al seguro para que me enviaran una grúa, y acto seguido a mi marido que me aconsejó que pusiera el triángulo de sgeuridad. Tras desahogarme con Raúl, decidí llamar a mi hermana que hacía mucho que no sabía de ella. Desesperada le comenté lo que tardaba la grúa. "Algún imbécil se ha debido de quedar tirado en medio de la M-30 y está montando un atasco de narices jaja" bromeó mi hermana. En efecto, el lío cada vez adoptaba dimensiones mayores. Menos mal que al rato vi asomar la sirena de la grúa en la lejanía. Me dejó el cocheperfectamente aparcado al lado del taller y me preguntó si me había equivocado poniendo la gasolina incorrecta en el depósito. ¡Vaya fama tenemos las mujeres! Hasta yo, que admito que soy negada, sé que un diesel sólo funciona con gasolina diesel.
Al día siguiente, recibí la mala noticia. "Se te ha roto la correa del ventilador, se te ha salido el aceite y has quemado el motor" me dijo el mecánico tranquilamente "Está RIP" añadió. Estupendo, estupendo. Menos mal que el ángel de mi suegra me presta el coche para ir al curro.
Daniel recibió bien la noticia. Le encantaba jugar en mi coche, pero le gusta más la idea de que le invite cuando llame a los del desguace y vengan con a grúa para que se lo lleven. Le he explicado que con las piezas del cochearreglarán otros coches y le gusta mucho la idea. El otro día fui a recoger mis cosas del vehículo y Daniel estuvo jugando a gusto. Total. Ya no creo que lo pueda romper mucho más.
miércoles, 4 de julio de 2012
La pupita
Cuando fui a recoger a Daniel las profes me contaron que en el patio un niño debió pisar el dedito de mi hijo y le produjo una heridita un poco demasiado grande dentro de su poca importancia. Se la había lavado Ana y le había puesto una tirita que el chiquillo exhibía con orgullo.
De camino a casa le pregunté por el "accidente". Siempre le interrogo sobre lo que ha hecho en clase y él siempre me da la misma respuesta: "Jugá con la cocinita". Y de ahí no lo saco.
Pero esta vez le pregunté directamente por la pupa del dedo. Mi primogénito se soltó a hablar: "Un niño me pisó el dedito"
"¿Y lloraste?"
"Sí, mucho. Y vino la ambulancia"
"¿Para curarte la pupa?"
"Síiiiiiii, y los bomberos"
"¿Los bomberos?"
"Síiiiiii, y la policía. ¡Multa, niño! Te has portado mal ¡A la carcel!"
"¿Metieron en la carcel al niño?"
"Y multaaaaaaaaa"
"¿Y le pusieron una multa?"
"Por que se habia portado maaaaaal"
"¿Y te curó el médico la pupa?"
"No, Ana. Ana me puso una tiriiita" Y me enseñó el dedo por millonésima vez con una gran sonrisa.
Hay que ver la imaginación que tiene este chiquillo.
De camino a casa le pregunté por el "accidente". Siempre le interrogo sobre lo que ha hecho en clase y él siempre me da la misma respuesta: "Jugá con la cocinita". Y de ahí no lo saco.
Pero esta vez le pregunté directamente por la pupa del dedo. Mi primogénito se soltó a hablar: "Un niño me pisó el dedito"
"¿Y lloraste?"
"Sí, mucho. Y vino la ambulancia"
"¿Para curarte la pupa?"
"Síiiiiiii, y los bomberos"
"¿Los bomberos?"
"Síiiiiii, y la policía. ¡Multa, niño! Te has portado mal ¡A la carcel!"
"¿Metieron en la carcel al niño?"
"Y multaaaaaaaaa"
"¿Y le pusieron una multa?"
"Por que se habia portado maaaaaal"
"¿Y te curó el médico la pupa?"
"No, Ana. Ana me puso una tiriiita" Y me enseñó el dedo por millonésima vez con una gran sonrisa.
Hay que ver la imaginación que tiene este chiquillo.
viernes, 11 de mayo de 2012
El cónclave del parque se vuelve a reunir
Con el buen tiempo la gente sale de sus casas y los niños invaden los parques. El grupo del parque hemos creado nuestro foro "Wassap", que es una aplicación para chatear en el móvil. Sólo una de ellas se resiste a las nuevas tecnologías, pero le mandamos un mensajito con las cosas importantes. Llevábamos muchos lluviosos y ventosos días sin vernos las caras.
Ayer el sol nos dio la oportunidad de volver a coincidir en el parque. Haciendo un esfuerzo le bajé la moto a Daniel al parque para que hiciera carreras con sus amigos. ¡Qué peligro tenían esos cinco moteros!
A Iván lo instalé cómodamente en una matita sobre el cesped dando pataditas y arrancando toda la la flora que lograba alcanzar. Estaba un poco en cuesta, pero lo coloqué con los pies hacia abajo y la cabeza hacia arriba. Estaba muy cómodo.
Nuestro grupo se comporta como la famosa tribu familiar de la que hablan los sociólogos. Todos cuidamos de los niños, en general. Eso es algo buenísimo. Sobre todo si vas con dos pequeñines, pero tiene un punto negativo. Hay momentos en los que te despistas un poco confiando en que haya otra persona pendiente. En mi caso casi nunca. Yo tengo cada ojo mirando hacia un lado como los camaleones.
Pero, resulta que una amiga se tuvo que ir a buscar a su hijo mayor porque hacía un tiempo que lo había perdido de vista y me pidió que cuidara de su bebé. El chiquitín estaba plácidamente dormido, pero, de repente, abrió el ojillo, no vio a su madre y se puso a hacer pucheros. Decidí levantarme del cesped y mecer al peque con el carrito mientras le cantaba "Wincy araña".
Estaba yo en esas cuando de repente oigo un grito de una de mis amigas y lo siguiente que veo es a mi benjamín dándo vueltas sobre si mismo hasta llegar a un lugar llano. Se había girado y la cuesta había hecho el resto. Estaba alucinando el pobre. Tenía la boquita abierta en una pequeña "o" con los labios hacia fuera y los puñitos alzados. Cuando lo cogí no parecía realmente asustado, pero en cuanto vio mi cara de angustia frunció el ceño. Hubo un momento en el que parecía que estaba pensando: "¿Me pongo a llorar?, ¿no?, ¿que ha pasado..?" Finalmente decidió que era más divertido agarrarme del pelo y babearme la nariz. ¡Qué susto!
Ayer el sol nos dio la oportunidad de volver a coincidir en el parque. Haciendo un esfuerzo le bajé la moto a Daniel al parque para que hiciera carreras con sus amigos. ¡Qué peligro tenían esos cinco moteros!
A Iván lo instalé cómodamente en una matita sobre el cesped dando pataditas y arrancando toda la la flora que lograba alcanzar. Estaba un poco en cuesta, pero lo coloqué con los pies hacia abajo y la cabeza hacia arriba. Estaba muy cómodo.
Nuestro grupo se comporta como la famosa tribu familiar de la que hablan los sociólogos. Todos cuidamos de los niños, en general. Eso es algo buenísimo. Sobre todo si vas con dos pequeñines, pero tiene un punto negativo. Hay momentos en los que te despistas un poco confiando en que haya otra persona pendiente. En mi caso casi nunca. Yo tengo cada ojo mirando hacia un lado como los camaleones.
Pero, resulta que una amiga se tuvo que ir a buscar a su hijo mayor porque hacía un tiempo que lo había perdido de vista y me pidió que cuidara de su bebé. El chiquitín estaba plácidamente dormido, pero, de repente, abrió el ojillo, no vio a su madre y se puso a hacer pucheros. Decidí levantarme del cesped y mecer al peque con el carrito mientras le cantaba "Wincy araña".
Estaba yo en esas cuando de repente oigo un grito de una de mis amigas y lo siguiente que veo es a mi benjamín dándo vueltas sobre si mismo hasta llegar a un lugar llano. Se había girado y la cuesta había hecho el resto. Estaba alucinando el pobre. Tenía la boquita abierta en una pequeña "o" con los labios hacia fuera y los puñitos alzados. Cuando lo cogí no parecía realmente asustado, pero en cuanto vio mi cara de angustia frunció el ceño. Hubo un momento en el que parecía que estaba pensando: "¿Me pongo a llorar?, ¿no?, ¿que ha pasado..?" Finalmente decidió que era más divertido agarrarme del pelo y babearme la nariz. ¡Qué susto!
domingo, 22 de abril de 2012
Trastazo gordo
El domingo, Raúl y yo decidimos quedarnos en casa para recoger, limpiar y otros menesteres hogareños. Cómo eso no es admisible para nuestro querido hijo mayor estar todo el día en el hogar hubo que hacer una escapadita al parque. Aprovechamos que íbamos los dos progenitores para llevarle el triciclo (aún con el palo de empujar porque al muy vago no le sale de las narices pedalear). Yo sola con el bebé y el niño no puedo hacerme cargo también de un juguete tan voluminoso.
Daniel iba encantado. De vez en cuando me hacía saber que quería "parque" (traducción: columpios, porque en el parque ya estábamos). Nos encaminamos a la zona infantil. En su ansia por llegar se bajó del triciclo e hizo un buen tramo corriendo. Llegó asfixiado. Por fin alcanzó su objetivo y se dedicó a disfrutar del balancín, del tobogán y del castillito. Su padre le acompañaba en sus juegos. Mientras, yo me senté en un banco con Iván dormido en el carrito.
No me avergüenza decir que me quedé transpuesta. Con lo que duermo ultimamente lo extraño hubiera sido lo contrario. Me despertó un lloro inconsolable. "Ya se ha caído otra vez mi chiquitín" pensé. Me levanté para comprobar daños, aunque sin mucha urgencia porque las caídas, tortas y topetazos son algo normal en un chiquillo tan activo. Cuando llegué donde estaban ellos empecé a asustarme. El golpe no había sido moco de pavo. Allí estaba mi niño berreando como un loco mientras su carita se deformaba por momentos a causa de un superlativo y exagerado chichón que le salió casi inmediatamente en la frente. recogimos a toda prisa y volamos hacia casa. Allí mi marido le aplicó hielo envuelto en un paño en la zona afectada (el hielo directamente en la piel es perjudicial).
Mientras distfrutaba de su grupo musical favorito (los cantajuegos) yo le iba haciendo el test de "por si acaso cuando te das un golpe en la cabeza" (¿Quien eres tú? ¿Y yo? ¿Donde estás? ¿Cómo se llama el hermano? Sigue mi dedo con la mirada. Tócame la punta de la nariz. Al niño le hizo mucha gracia el juego y quiso seguir señalando partes de mi cara mientras se reía a carcajadas. Menos mal que no había perdido el humor. Raúl se rió de mí y me llamó exagerada, pero es mejor prevenir que curar.
Al peque no le duró mucho el susto, pero la cara era un poema. Cada vez que me mira se me encoge el coarzón de verlo tan amoratado e hinchado. Las explicaciones de mi marido fueron: "se tropezó y se dió en toda la cara". Cómo yo estaba roncando plácidamente en mi banco no lo vi y no puedo dar más detalles, así que nos tendremos que conformar con esta versión.
Daniel iba encantado. De vez en cuando me hacía saber que quería "parque" (traducción: columpios, porque en el parque ya estábamos). Nos encaminamos a la zona infantil. En su ansia por llegar se bajó del triciclo e hizo un buen tramo corriendo. Llegó asfixiado. Por fin alcanzó su objetivo y se dedicó a disfrutar del balancín, del tobogán y del castillito. Su padre le acompañaba en sus juegos. Mientras, yo me senté en un banco con Iván dormido en el carrito.
No me avergüenza decir que me quedé transpuesta. Con lo que duermo ultimamente lo extraño hubiera sido lo contrario. Me despertó un lloro inconsolable. "Ya se ha caído otra vez mi chiquitín" pensé. Me levanté para comprobar daños, aunque sin mucha urgencia porque las caídas, tortas y topetazos son algo normal en un chiquillo tan activo. Cuando llegué donde estaban ellos empecé a asustarme. El golpe no había sido moco de pavo. Allí estaba mi niño berreando como un loco mientras su carita se deformaba por momentos a causa de un superlativo y exagerado chichón que le salió casi inmediatamente en la frente. recogimos a toda prisa y volamos hacia casa. Allí mi marido le aplicó hielo envuelto en un paño en la zona afectada (el hielo directamente en la piel es perjudicial).
Mientras distfrutaba de su grupo musical favorito (los cantajuegos) yo le iba haciendo el test de "por si acaso cuando te das un golpe en la cabeza" (¿Quien eres tú? ¿Y yo? ¿Donde estás? ¿Cómo se llama el hermano? Sigue mi dedo con la mirada. Tócame la punta de la nariz. Al niño le hizo mucha gracia el juego y quiso seguir señalando partes de mi cara mientras se reía a carcajadas. Menos mal que no había perdido el humor. Raúl se rió de mí y me llamó exagerada, pero es mejor prevenir que curar.
Al peque no le duró mucho el susto, pero la cara era un poema. Cada vez que me mira se me encoge el coarzón de verlo tan amoratado e hinchado. Las explicaciones de mi marido fueron: "se tropezó y se dió en toda la cara". Cómo yo estaba roncando plácidamente en mi banco no lo vi y no puedo dar más detalles, así que nos tendremos que conformar con esta versión.
miércoles, 11 de abril de 2012
Dos gotitas de aceite hirviendo
Dos gotitas de aceite hirviendo bastaron para amargarme durante dos días. Cómo el niño estaba un poquito malito no quería pederme de vista, ási que, como ya había hecho en otras ocasiones, incluso con su hermano a esas edades, coloqué al pequeñín en la hamaquita cerca de la puerta de la cocina mientras yo cocinaba en el otro extremo. Cuando puse la carne en la sartén, aquelló saltó como nunca y dos gotitas fueran a parar a la carita de mi bebé. El tiempo se paró. El niño puso cara de sorpresa y tardó unos segundo en ponerse a llorar como un desesperado. Entonces reacción casi arráncándolo de la hamauita, que en mi atrotinamiento pisé y rompí. Corrí al baño y le apliqué una buena dosis de agua fría. El niño se calmó enseguida, pero amí el llanto me duró mucho más.
¿Por qué lloras, mamá? Inquirió mi hijo mayor. "Porque le he hecho pupa a tu hermanito" le contesté hipando. Mi niño acarició la cabecita de Iván con mucho cariño. Me pareció un gesto muy tierno. "No llores mamá" me decía a mí. Me tragué las lágrimas y le sonreí para que se quedar tranquilo.
Acto seguido llamé a mi marido paraque se pasar por la farmacia a por una crema. Raúl estaba ya aparcando elcochey no tardó en aparecer con el medicamento. Se lo unté generosamente en la zona, pero una de las manchas la tenía demasiado cerca de la boca y me daba miedo que se la tragase, así que al final se la quité y decidimos esperar a que se durmiera para aplicársela.
"No ha sido culpa tuya" me consolaba mi pareja. pero yo seguía desconsolada. Sé que los accidentes pasan y no se pued estar en todo, pero siempre piensas: "Si lo hubiera colocado un poquito más lejos..." desde luego a partir de ahora porhibidísimo el paso al cocina a cualquiera de los dos cuando haya un fuego o el horno encendido.
Poco después Daniel se empeñó en entrar en la cocina mientras su padre freía algo para "ayudarle". Muy suavemente le llevé dnde estaba Daniel y le enseñé las quemaduras. "Duele mucho" le dije. Aunque como su hermanito estaba sonriendo tan feliz creo que no me creyó.
Menos mal que la pediatra me dijo que habíamos actuado rápido y efcazmente. Lo primero que hay que hacer es enfriar la quemadura con agua fría para que no se dañen las capas ás profundas de la piel. Pareceque la quemadura ha sido superficial. Espero que no se le quede para toda la vida recordándome mi error día tras día.
¿Por qué lloras, mamá? Inquirió mi hijo mayor. "Porque le he hecho pupa a tu hermanito" le contesté hipando. Mi niño acarició la cabecita de Iván con mucho cariño. Me pareció un gesto muy tierno. "No llores mamá" me decía a mí. Me tragué las lágrimas y le sonreí para que se quedar tranquilo.
Acto seguido llamé a mi marido paraque se pasar por la farmacia a por una crema. Raúl estaba ya aparcando elcochey no tardó en aparecer con el medicamento. Se lo unté generosamente en la zona, pero una de las manchas la tenía demasiado cerca de la boca y me daba miedo que se la tragase, así que al final se la quité y decidimos esperar a que se durmiera para aplicársela.
"No ha sido culpa tuya" me consolaba mi pareja. pero yo seguía desconsolada. Sé que los accidentes pasan y no se pued estar en todo, pero siempre piensas: "Si lo hubiera colocado un poquito más lejos..." desde luego a partir de ahora porhibidísimo el paso al cocina a cualquiera de los dos cuando haya un fuego o el horno encendido.
Poco después Daniel se empeñó en entrar en la cocina mientras su padre freía algo para "ayudarle". Muy suavemente le llevé dnde estaba Daniel y le enseñé las quemaduras. "Duele mucho" le dije. Aunque como su hermanito estaba sonriendo tan feliz creo que no me creyó.
Menos mal que la pediatra me dijo que habíamos actuado rápido y efcazmente. Lo primero que hay que hacer es enfriar la quemadura con agua fría para que no se dañen las capas ás profundas de la piel. Pareceque la quemadura ha sido superficial. Espero que no se le quede para toda la vida recordándome mi error día tras día.
sábado, 4 de junio de 2011
Daniel se quema con la vitrocerámica
El caso es que un día estuve cocinando mientras el jugaba tranquilamente con sus cosas. Cuando terminé de cocinar me fuí a tender la ropa de la lavadora que había puesto con anterioridad. Cómo eran cosas del niño no se podían meter en la secadora, porque corremos el riesgo de que bajen una o dos tallas cuando las saquemos.
El caso es que me dirigía con la palangana al tendedero cuando una idea me cruzó como el rayo por la mente. No tengo a Daniel a la vista, será mejor que tome medidas por si acaso. Puse un paño de cocina mojado sobre el fuego aún caliente y me fui.
De repente oí, "rrrrrrrrrrrrrrsh", pin, pin, ¡buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!". Corrí a la cocina como una loca y ví a Daniel todavía sobre la vitrocerámica. Sin pensar en nada le metí los dos bracitos debajo del agua fría. Corrí a su habitación y le apliqué la crema del culito por las manos y parte de los bracitos. El chiquillo había dejado de llorar y se miraba con curiosidad sus extremidades blancas por la crema. Movía las manos cómo si estuviéramos cantando los cinco lobitos.
Se levantó como si tal cosa y corrió hacia la cocina con la intención de volver a subirse a la silla. Por supuesto no le dejé. Lo llevé a su cuarto de juegos y me quedé con él entreteniéndole con el garage, la granja y los cuentos. La colada tenía que esperar.
Cuando su piel absorbió bien la crema me fijé para ver donde se había quemado. Tenía una pequeña mancha en una muñeca, pero no parecía dolerle. Le he estado poniendo más cremita de culo en la marca porque parece que le hace bien. ¡Menos mal que no ha sido peor la cosa!
jueves, 10 de marzo de 2011
La brecha del otro Daniel
¡Qué susto! Jugando en el parque un amiguito de Daniel, que se llama Dani, se cayó y se hizo una brecha enorme sobre el ojo. La madre mantuvo la calma mientras a mi me invadía un ataque histérico. Llamó a su madre para que cuidara del hermano mayor de Dani, de unos cinco años, y se encaminó al centro de salud con un bebé berreante.
Yo la acompañé porque me pareció que no era momento para dejarla sola, así que cogía a Daniel, al que no le hizo ninguna gracia que le dejara sin parque, y la seguí calle abajo.
Una vez en el centro tocó seguir los trámites. Primero la cola de urgencias, luego a la enfermera para que valore el caso, después a la pediatra para que estime hacer lo que sea necesario, otra enfermera para que le haga la cura y le dé lo puntos falsos (una especia de tiritas) y listo. Teníamos un bebé más calmado y con un ojo hinchado. En todo el proceso le fui pasando juguetes de Daniel a Dani para que se sintiera mejor. Al principio Daniel iba y se los quitaba en un repentino ataque de celos, pero finalmente consintió tras mucho insistirle y le dejó una pelota.
Cuando ya íbamos a irnos al pobre Dani se le cayeron los puntos falsos, supongo que con el sudor que le produjo el trajín no pegaron bien, así que su mamá lo volvió a meter en la consulta de la enfermera. Ahí yo me despedí ya para irme a casa con Daniel, que se estaba poniendo un poco nerviosito.
Al día siguiente, perogunté por Dani en la guardería y al pobre se le habían vuelto a caer los puntos, pero tenía la herida con mejor pinta. Cuando su madre lo vio decidió llevárse directamente al hospital a ver que podían hacer por él. Con lo inquietos que son estos bebés es imposible que la tirita se quede en su lugar por mucho tiempo.
Yo la acompañé porque me pareció que no era momento para dejarla sola, así que cogía a Daniel, al que no le hizo ninguna gracia que le dejara sin parque, y la seguí calle abajo.
Una vez en el centro tocó seguir los trámites. Primero la cola de urgencias, luego a la enfermera para que valore el caso, después a la pediatra para que estime hacer lo que sea necesario, otra enfermera para que le haga la cura y le dé lo puntos falsos (una especia de tiritas) y listo. Teníamos un bebé más calmado y con un ojo hinchado. En todo el proceso le fui pasando juguetes de Daniel a Dani para que se sintiera mejor. Al principio Daniel iba y se los quitaba en un repentino ataque de celos, pero finalmente consintió tras mucho insistirle y le dejó una pelota.
Cuando ya íbamos a irnos al pobre Dani se le cayeron los puntos falsos, supongo que con el sudor que le produjo el trajín no pegaron bien, así que su mamá lo volvió a meter en la consulta de la enfermera. Ahí yo me despedí ya para irme a casa con Daniel, que se estaba poniendo un poco nerviosito.
Al día siguiente, perogunté por Dani en la guardería y al pobre se le habían vuelto a caer los puntos, pero tenía la herida con mejor pinta. Cuando su madre lo vio decidió llevárse directamente al hospital a ver que podían hacer por él. Con lo inquietos que son estos bebés es imposible que la tirita se quede en su lugar por mucho tiempo.
domingo, 30 de enero de 2011
La tecla
Al principio yo no veía el problema en dejarle. Le ponía el word y le dejaba teclear. Aunque a veces le diera a alguna tecla problematica de esas en las que el ordenador se pone a pensar y tu no tienes ni idea de lo que está pasando. O, de repente, el ordenador se duerme y me las veo y me las deseo para despertarle. Nunca he sabido cual es esa tecla, pero mis gatos y mis hijos son muy hábiles para encontrarla.
El caso es que un día, yo no sé cómo, me arrancó la tecla N del portatil. Asustada, porque es mi medio de trabajo en mi segundo empleo y no está el bolsillo para un gasto extra tan grande, comprobé que funcionara. Afortunadamente la letra N se reflejó en el documento de word. Alejé al chiquillo de su objeto de deseo en medio de una rabieta épica mientras le aseguraba que a partir de ahora tenía una orden de alejamiento con respecto a mi portatil. ¡Y más le valdría cumplirla!
Afortnadamente el peque se entretiene enseguida con otra cosa y se olvida de todo lo anterior. Una compañera del trabajo me dijo que al portatil de su hermano, padre de otro trasto parecido al mío, le faltaban ya cuatro teclas. ¡Qué peligro tienen las uñitas de estos pequeñines!
jueves, 30 de diciembre de 2010
Tortazo gordo

Daniel se ha vuelto a caer de mi cama, para ser más exactos se ha tirado de cabeza. Me ha hecho un quiebro con todas las de la ley mientras le vestía y eso que yo suelo ser muy muy cuidadosa al respecto, pero este chico se retuerce como una lagartija. El caso es que he visto como caía a cámara lenta, se daba un golpetazo en la frente contra el suelo y daba una voltereta espectacular. A mi se me ha parado el corazón un segundo pensando que se me había desnucado.
Menos mal que enseguida me llegó su llanto desconsolado. Del susto me puse a llorar yo también mientras le mecía, le ponía en el ungüento mágico en el chichón (Amidol, creo que se llama) y le consolaba cmo podía. Como es muy brutote se calmó enseguida y se puso a correr por toda la casa. A mí todavía me duró un rato el llanto.
Cenó muy tranquilito y al rato se fue a la cama como todas las noches. Yo no podía dejar de pensar en si le había afectado demasiado el golpe. A lo mejor tendría que haberlo llevado a urgencias en vez de meterlo en la cuna. Me tranquilizaba el hecho de que había jugado una rato como todos los días, no parecía desorientado y seguía mi dedo con la mirada. De todos modos dormí fatal y me di muchos paseos a la cuna de Daniel a comprobar que dormía plácidamente.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Batacazos
Este niño va como un loco por la vida. Ahora le ha dado por correr mirándo hacia atrás y riéndose. Yo le grito que mire hacia adelante, peor ni caso. Así se da los tortazos que se da.
El otro día casi se me tira de cabeza por el tobogán del parque. Lo pillé en el último momento. Y en la guardería ya ha hecho caída libre desde una mesa de actividades. Si le tuve que llevar al dentista y todo. Me ha dicho que parece que no es nada, po que habrá que esperar a los seis años para ver si se ha dañado el diente permanente.
Si es que es muy brutito y no mira para donde va. Y los mayores tenemos que estar corriendo detrás de él para que no se haga demasiado daño, porque que no se caiga de vez en cuando o evitar que se dé algún golpe de vez en cuando es imposible. Es demasiado rápido.
miércoles, 27 de octubre de 2010
El tortazo

Un día, en el parque, Daniel se dió un castañazo espectacular, aunque no hubo que lamentar daños graves. Gracias a Diós.
Saqué los palitos de pan de la bolsa del carritoy mi hijo se emociónó. Se levantó de un tirón y antes de que yo, o ninguno de los otros padres pudieramos reaccionar, se arrancó en una carrera entusiasta que acabó con tropezón y aterrizaje con la cara en la arena. Todos nos avalanzamos hacia él. Llegó otra madre primero, pero enseguida lo pasó a mis brazos. Daniel lloraba desconsoladamente. Yo trataba de calmarlo sin éxito. Hasta que otro padre me dijo con mucha calma: "Dale el palito de pan. Es lo que quiere". Y efectivamente. Se lo dí y se quedó tan contento rechupeteándolo. Miré detenidamente a mi retoño para evaluar daños. Parecía 'Dos caras', el malvado de Batman. Otra madre que llegaba en ese momento salió corriendo hacia su casa para bajarme una barrita que venden en las farmacias para bajar golpes e hinchazones.
Lo bueno es que Daniel estaba feliz de nuevo y pasándoselo bomba en los columpios. Si es que no te puedes despistar ni un segundo. Hay que aprender a ver mediante el tacto los objetos que guardas en la bolsa mientras no quitas el ojo de encima a tu hijo.
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