Íbamos a tener un domingo tranquilo tras nuestra aventura en El Retiro con Marco Topo, peeero, se me cruzó HoliMadrid por medio y la tentación fue demasiado grande. Porque, ¡a ver!, lees explosión de color y fiesta bollywood con talleres sobre la cultura india para niños y ¿a quien no le hacen los ojos chiribitas? Esto tiene que ser muuuy bonito de ver.
En la web cuentan que es una fiesta de la primavera y que con los colores lo que se pretende es igualar a todos los participantes. Las castas desaparecen y la diversión no distingue entre sexo, edad o posición social. Nos aconsejaban ir con ropa vieja y de color blanco, porque es la que mejor combinación tiene con una mezcla de todos los colores.
Así que nos vestimos con lo más ruín de nuestro armario y me planté en la plaza Luna con los niños en menos que canta un gallo para ver volar los polvos de colores, que por cierto costaba dos euros el vaso. Menos mal que justo llevaba una moneda de dos euros en el bolsillo porque si no me hubiera tocado buscar cajero. Daniel no podía esperar a tener el suyo.
Iván se lo tomó con más calma. Su prioridad eran los columpios, como buen niño de seis años. Y luego si eso, un poquito de batalla de color tampoco estaba mal. Pero sin pasarse, ¿eeeeh? Que eso de engorrigonarse porque sí nunca ha sido lo suyo.
En cambio su hermano si estaba dispuesto a salir de allí coloreado, aunque sin pasarse, lo de parecer un cuadro impresionista tampoco le hacía mucho tilín. Se duchó en color lo justo, no como la mayoría de la gente que allí se congregó, que no tenían un milímetro libre de pintura. La verdad es que molaba mucho verlos.
Los polvos al viento hacían un efecto alucinante, casi hipnótico. De vez en cuando veías a la gente tirarlos al aire a su bola, a niños pintando con ellos en el suelo, en su cuerpo o en el del compañero... Mientras nos coloreábamos en el escenario sonaba una música muy marchosa y diferentes grupos subían a bailar coreografías chulísimas.
Entre el público algunos les imitaban, otros bailábamos a nuestra bola y los menos se quedaban mirando siguiendo el ritmo con los piés. Nunca me imaginé que mis peques me hubieran salido tan bailongos.
Recuerdo que en una peli de Bollywood, Bodas y prejuicios, que vi en mi adolescencia, el protagonista americano le aseguraba a la protagonista hindú que ya había pillado el truco a su forma de bailar: "Desenroscas una bombilla con un mano y acaricias al perro con la otra", a su partenair no le hizo ninguna gracia, pero a mí sí, así que se lo conté a los churumbeles que lo pusieron en práctica con más entusiasmo que éxito. Lo de la coordinación entre ambas manos no es cosa fácil.
Buscamos los talleres infantiles que decían que habrían, pero no los encontramos. A lo mejor sólo los hicieron por la mañana porque nosotros nos acercamos después de comer. El caso es que después de hacer el mono en los columpios, jugar con los polvos de colores y bailar como locos los niños se cansaron de estar allí y decidimos irnos.
"Pero antes vamos a tirar los polvos al cielo", propuse yo entusiasmada. Los chiquillos estuvieron más que de acuerdo, así que me preparé para inmortalizar el momento cuando no se les ocurre otra cosa que tirar el vaso entero. ¡Pero que bestias burros! Me quedé de piedra y la señora que casi lo recibe en su cabeza más todavía. Menos mal que era muy maja y les perdonó con una sonrisa, pero vamos, que a mí no se me pasó tan fácil el mosqueo. Que se lo había explicado mal, dicen. En fin. Hay que tener muuuucho cuidado con las palabras. Eso está claro.
Por cierto, acabaron muertos de tanto bailar. ¡Si ya dicen que es uno de los deportes más completos! jajajaja Para una vez en la vida les he agotado yo a ellos y no viceversa jajajaja
miércoles, 6 de junio de 2018
martes, 5 de junio de 2018
Ayudando a Marco Topo en El Retiro
Ay que malo es el Doctor Topo Loco, ha vuelto a hacer de las suyas. Esta vez se ha trasladado al parque de El Retiro con sus flopis raptados. Pobrecicos, con lo monos que son. Nada, nada, allí que nos plantamos con la chiquillería para ayudar a Marco y Marta Topo y liberarlos a todos. Entramos por la puerta principal y nos dirigimos al punto uno, la fuente de los galápagos. Se puede ir en el orden que quisiéramos, pero si vamos en orden es más fácil para ellos, que se empeñan en guiar de un lado a otro mapa en mano, lo que me parece genial.
Una vez en la fuente, el papi metió el código del juego en su móvil y empezó la aventura. Por cierto, que, a pesar de llamarse la fuente de los galápagos, ese no es el animal que más se repite en su estructura. Cuenta, cuenta... ¡primer flopi liberado!
Los peques daban vueltas a la fuente entusiasmados, se acercaban corriendo al templete para responder a la siguiente pregunta, se fijaban en todos los detalles... Y aprendían sobre la historia de este emblemático parque madrileño. Bueno, y lo mayores también, que yo había cosas de las que no tenía ni idea. Como, por ejemplo que se recreaban batallas navales en el estanque. Debía ser un espectáculo increíble.
Entre el juego que tenía a los peques yendo y viniendo, investigando y liberando flopis, y el ambientazo que daba la feria del libro fue una visita estupenda, sólo un pelín estropeada por los repentinos berrinches de uno u otro churumbel por un "¡Ahora me tocaba a mí responder!", "Aparta o te aparto", "Nooooooo, esa no eees"... en fin, lo típico. Pero por lo general trabajaron en equipo para conseguir el objetivo.
Curiosamente, en lo que yo pensé que habría más problema lo tuvieron clarísimo. A la hora de pedir ayuda a un flopi los dos eligieron el gordito peludo de la mano levantada. Es que es adorable.
Pasamos por la fuente egipcia, que yo ni sabía que de allí provenía, averiguamos a qué tipo de embarcación pertenece la gran ancla, nos maravillamos con los cipreses que salen directamente de las aguas del pantano y admiramos por mucho tiempo el árbol más antiguo del parque con más de trescientos cincuenta años... entre otras muchas cosas. Si es que da para mucho este juego. Es una forma diferente y divertida de recorrer el parque y aprender sobre él.
En algún momento se nos puso una nube negrísima sobre la cabeza y comenzó a llover, pero no fue suficiente para chafar la diversión a estos detectives de flopis. Si hay que mojarse, se moja uno, pero hay que atrapar al malvado Doctor Topo Loco. Aunque sabemos que volverá a hacer de las suyas. ¿Dónde será la próxima vez? ¿Toledo, el Museo del Ferrocarril, el Museo de la Evolución Humana...?
Una vez en la fuente, el papi metió el código del juego en su móvil y empezó la aventura. Por cierto, que, a pesar de llamarse la fuente de los galápagos, ese no es el animal que más se repite en su estructura. Cuenta, cuenta... ¡primer flopi liberado!
Los peques daban vueltas a la fuente entusiasmados, se acercaban corriendo al templete para responder a la siguiente pregunta, se fijaban en todos los detalles... Y aprendían sobre la historia de este emblemático parque madrileño. Bueno, y lo mayores también, que yo había cosas de las que no tenía ni idea. Como, por ejemplo que se recreaban batallas navales en el estanque. Debía ser un espectáculo increíble.
Entre el juego que tenía a los peques yendo y viniendo, investigando y liberando flopis, y el ambientazo que daba la feria del libro fue una visita estupenda, sólo un pelín estropeada por los repentinos berrinches de uno u otro churumbel por un "¡Ahora me tocaba a mí responder!", "Aparta o te aparto", "Nooooooo, esa no eees"... en fin, lo típico. Pero por lo general trabajaron en equipo para conseguir el objetivo.
Curiosamente, en lo que yo pensé que habría más problema lo tuvieron clarísimo. A la hora de pedir ayuda a un flopi los dos eligieron el gordito peludo de la mano levantada. Es que es adorable.
Pasamos por la fuente egipcia, que yo ni sabía que de allí provenía, averiguamos a qué tipo de embarcación pertenece la gran ancla, nos maravillamos con los cipreses que salen directamente de las aguas del pantano y admiramos por mucho tiempo el árbol más antiguo del parque con más de trescientos cincuenta años... entre otras muchas cosas. Si es que da para mucho este juego. Es una forma diferente y divertida de recorrer el parque y aprender sobre él.
En algún momento se nos puso una nube negrísima sobre la cabeza y comenzó a llover, pero no fue suficiente para chafar la diversión a estos detectives de flopis. Si hay que mojarse, se moja uno, pero hay que atrapar al malvado Doctor Topo Loco. Aunque sabemos que volverá a hacer de las suyas. ¿Dónde será la próxima vez? ¿Toledo, el Museo del Ferrocarril, el Museo de la Evolución Humana...?
lunes, 4 de junio de 2018
Airbnb y los beneficios de viajar en la educación de los niños
Así nos lo hizo ver Giuseppe Landolo en la charla a la que nos invitaron Airbnb y Madresfera para enseñarnos todas las posibilidades que tiene viajar en familia cuando nos despreocupamos de acertar con el alojamiento. Porque, con su plataforma, que pone en contacto anfitriones con intrépidos viajeros nada puede salir mal y todos los imprevistos están cubiertos. ¡Para eso se curran asegurarse de la calidad de ambas partes!
Todo empezó con un Kahoot! Para el que no lo sepa es una juego en línea de preguntas. En este caso sirvió como instrumento estadístico. Muy listos estos chicos de Airbnb que lo primero que hacen es conocer a su público. ¿Qué es lo que más valoras de los viajes? ¿Qué es lo que más te gusta de viajar en familia? ¿A qué generación perteneces? (Una manera muy indirecta y polite de preguntarnos la edad jajaja), ¿Habéis utilizado Airbnb alguna vez? (ejem, ejem...)... Nos echamos unas risas y rompimos el hielo antes de meternos en el meollo de la cuestión.
Viajar es cambiar. Esa es la clave. Nos salimos de nuestras rutinas, nuestros entornos conocidos y salimos más allá a... No sé... a conocer nuevas cosas, a divertirnos... Y para eso mejoramos nuestra capacidad de relacionarnos. Si vamos al extranjero chapurreamos el idioma o nos entendemos por señas, intentamos adaptarnos a nuestro nuevo entorno copiando usos y costumbres (que aquí se come esto, pues me lo pido; que no me puedo perder tal lugar, ¡no me puedo ir sin conocerlo!). Los viajes ayudan a que los niños aprendan a adaptarse mejor a los cambios, les permite explorar y experimentar. En definitiva, es un aprendizaje maravilloso para ellos. Y para nosotros.
Según los datos que maneja nuestro conferenciante la clave para la satisfacción de los viajeros reside en las buenas relaciones con los acompañantes e interlocutores ocasionales, la calidad del alojamiento y servicios del viaje y entender y sentirse parte de la comunidad de destino. Todos estos elementos los tienen en cuenta en Airbnb. Alojarse en casas de anfitriones da sensación de hogar al viajero y siempre puede apoyarse en ellos para conocer dónde ir, qué visitar, a qué restaurantes... el turista vive experiencias auténticas y crea recuerdos únicos. Para que esto suceda, Airbnb exige respeto mutuo entre ambas partes por razones obvias, es la base de una maravillosa relación.
Aquí entra de repente la teoría del apego, así de sopetón y por sorpresa. Mmmm ¿Qué tiene que ver esto con los viajes en familia? Tranquilos, que Giuseppe nos lo explica en un plis plas: las teorías del apego se pueden aplicar también a las actitudes con las que nos encontramos ante nuestros viajes.
El apego es la base de una mayor independencia y seguridad en la época adulta. Una característica fundamental del apego es explorar el mundo con confianza porque sabes que si te pasa algo malo siempre hay alguien que te va a consolar. Lo malo seria que nos dejáramos consolar. Además, la forma de ser de cada hijo depende de las personalidades de los padres o cuidadores y del temperamento de cada niño. Por eso no hay dos niños iguales aunque pensemos que los educamos igual. Por todo ello, su apuesta para disfrutar a tope de los viajes en familia es vivir la experiencia con la flexibilidad de un niño que explora. Aprendamos también nosotros de ellos.
Según él, A partir de aproximadamente los seis años los niños demuestran una mayor autonomía explorando fuera de la casa, alejándose un poco de la familia. Antes de esa edad están más apegados. Esto se refleja en su forma de vivir los viajes. Cuanto más salen de su entorno habitual mayor confianza les proporcionamos a la hora de explorar y aumentar sus límites. Por esta razón, la socialización durante el viaje puede resultar más fácil para los niños y adolescentes, abriéndose a nuevas posibilidades de desarrollo emocional.
Con internet como la herramienta de información definitiva, conseguir opiniones de otros viajeros resulta facilísimo y esa es la clave del éxito de estas plataformas. Muy pocas personas se embarcan en un viaje sin antes constatar las opiniones de otros que ya han estado antes allí. Es de sentido común. Necesitamos recomendaciones antes de partir tranquilos y llenos de confianza.
Tras hablar de viajeros, toca hablar de los beneficios de convertirnos en anfitriones de Airbnb, que no son pocos. El primero y más importante, por supuesto, es el económico, ya que alquilar tu casa con fines turísticos reporta beneficios monetarios, evidentemente. Pero tampoco podemos olvidarnos de los relacionales (adaptarnos a nuevas situaciones y mejorar nuestras relaciones sociales) y comunitarios (una comunidad que va más allá de los muros privados del hogar).
Para explicarnos esta parte contamos con la colaboración de Concha, anfitriona de esta plataforma desde hace muchos años. Según ella, ser anfitrión te permite interactuar con otras culturas y dar a conocer la nuestra propia. Lo dice con conocimiento de causa porque por sus habitaciones han pasado más de 200 turistas. Su hija, de 14 años, está encantada con la experiencia y ayuda a su madre con el idioma cuando los que vienen son extranjeros (la mayoría de las veces). También nos recomendó usar filtros para encontrar lo que más se adapte a nuestras necesidades. Es muy importante leer la ficha de los anfitriones por si nos interesan más colaboradores o más independientes.
Lo cierto es que fue una charla muy interesante que rebasó mis expectativas. Durante el desayuno posterior tuvimos la oportunidad de hablar largo y tendido con los protagonistas, que nos estuvieron contando anécdotas y sus propias experiencias en un ambiente de lo más agradable. También ayudó que se organizara en una de las casas que se incluyen en Airbnb como alojamiento, con un emplazamiento perfecto y preciosa en todos sus detalles.
sábado, 2 de junio de 2018
El anillo de la tragedia
Esa tarde Daniel salió del colegio con una expresión que amenazaba tormenta. Tiró la mochila a mis piés y se fue a un rincón de patio a rumiar su malestar mientras yo esperaba a su hermano. Enseguida, otras madres me recomendaron que le dejara un rato tranquilo. No quería agobiarle, pero es que la mala educación me subleva. Aún así me mordí la lengua e intenté controlar mi risa nerviosa y mi ceño fruncido, pero sin perder de vista al damnificado de esta historia. ¡Que narices le habría pasado!
Poco después salía su hermano. Cuando Daniel comprobó que ya no había madres a mi alrededor se acercó y me dio un sentido abrazo que me asustó un poco. Le pregunté si me lo iba a contar y, afortunadamente, afirmó. Buf, ya me veía haciendo labores de detective a lo bestia para averiguarlo. Y no es broma, que un hijo duele siempre y no hay razones ni límites para llegar al fin del asunto cuando así se requiere.
Yo ya me imaginaba lo peor y lo peor de lo peor. Se oyen tantas cosas que estos pensamientos eran muy negros, os lo aseguro. Pero la cosa era mucho más simple. Por un cumpleaños le habían regalado un anillo de plástico cutre que había dejado en su estuche para que no se le rompiera antes de irse a gimnasia. Al volver a clase no lo encontró y al preguntar la profe le dijo que se lo había tirado. "¿Así? ¿Sin más? ¿Sin motivo, sin explicaciones? ¡Imposible!" solté sin pensar. Mi hijo mayor empezó a poner esa cara de "Mi mamá es una Judas" que pone cuando no se siente lo suficientemente apoyado por mí. No es que quiera bajar su autoestima, pero es que no creo en los brotes de locura entre profesores que llevan a hacer cosas tan incongruentes como tirar un juguete a la basura porque sí.
Pero el crío insistía e insistía en su versión. Y a todo lo que yo proponía decía que no. "¿Estabas jugando con él en clase?", "¿Estaba jugando un compañero?", "¿Te portaste mal?", "¿Le contestaste mal?"... Y a todo que no, que no. Que él había sido poco más que un angelito en todo momento y que no se merecía algo taaaan injusto.
"¿¿Pero que demonios tiene de especial ese anillo??? Ya te daré uno de los míos en casa", pero nada, tenía que ser ese anillo. ESE. Me pidió que iniciáramos la búsqueda del anillo por todo el barrio, a lo que me negué por dos motivos: ¡Si pierde algo y se lo compro vaya apaño! y paso de perder toda una tarde detrás de algo que a lo mejor ni lo venden por la zona.
Por supuesto me llamó de todo. Que si no confiaba en él, que si era una pobre víctima, que por qué a él, que qué había hecho mal, que por qué no le creía, mala, traidora, insensible... En fin.
A ver, que yo me creía su versión, pero no había manera de hacerle entender que ahí faltaba mucha información importante para poder hacerme una idea realista de la situación. Creerme que la profesora le había tirado el anillo era algo que me sobrepasaba, pero tampoco quería que pensara que no confiaba en su palabra. ¡Que no era eso Jolín!
Total, toda la tarde hundiéndose en su miseria mientras mamá intentaba no quitarle importancia a su "problema", pero tampoco darle demasiada (chungo, chungo). Me negué a comprarle nada, pero me pegué la tarde enseñándole mis escasas joyas y de manualidades para hacer un anillo que se asemejara al perdido.
Cuando ya estaba a punto de estrangularlo (es que...) se me encendió la bombilla (tarde, lo sé. Pero es que me puso la cabeza como un bombo desde el minuto uno) y le pregunté si había mirado bien en el estuche. "Síiiiiiii", dijo con tono desgarrador. "Bueno, pues vamos a mirar otra vez por si acaso", sacamos el estuche tricremallera de la mochila y abrimos el primer compartimento. "¡¡¡¿Pero que es toda esta mi.... digooo... basuraaaa?!!!", exclamé asustada. "Son mis tesoros", contestó nervioso, "No le digas nada a papá que me los va a querer tirar". Le juré y perjuré que no diría nada y empecé a sacar guarrerías. Os diría que eran, pero es que no lo sé. Piezas extrañas, cachos de papel o de cosas no identificadas... Terrorífico. Porque se acaba el curso que si no...
El caso es que al abrir el último compartimento... ¡Ahí estaba el anillo!. A Daniel se le quedó una cara de pocker que no debía envidiar nada a la mía. "Aaaaah, ahora sé por qué cuando me dijo que me lo había tirado estaba sonriendo...", comentó el peque por lo bajini. "¡¡¡¡QUEEEEE!!!", exclamé al borde de un ataque de nervios, "¡¡¡Pero tú sabes la tarde de mirrr... mmmmfff... de porquería que me has dado por este anillo!!!", solté a punto de estallar. "Y yo te lo agradezco taaaanto", me contestó dándome su mejor abrazo.
Respira, respira, respira.
En fin. El caso es que la cosa acabó bien.
Luego contándoselo al padre me explicó que se parecía mucho al anillo con el que hipnotizan al Capitán Calzoncillos y que a lo mejor por eso le pareció tan grave la cosa. ¡Porque vamos! ¡Ni que se hubiera tratado de la PS4! En fin, mejor olvidar.
Poco después salía su hermano. Cuando Daniel comprobó que ya no había madres a mi alrededor se acercó y me dio un sentido abrazo que me asustó un poco. Le pregunté si me lo iba a contar y, afortunadamente, afirmó. Buf, ya me veía haciendo labores de detective a lo bestia para averiguarlo. Y no es broma, que un hijo duele siempre y no hay razones ni límites para llegar al fin del asunto cuando así se requiere.
Yo ya me imaginaba lo peor y lo peor de lo peor. Se oyen tantas cosas que estos pensamientos eran muy negros, os lo aseguro. Pero la cosa era mucho más simple. Por un cumpleaños le habían regalado un anillo de plástico cutre que había dejado en su estuche para que no se le rompiera antes de irse a gimnasia. Al volver a clase no lo encontró y al preguntar la profe le dijo que se lo había tirado. "¿Así? ¿Sin más? ¿Sin motivo, sin explicaciones? ¡Imposible!" solté sin pensar. Mi hijo mayor empezó a poner esa cara de "Mi mamá es una Judas" que pone cuando no se siente lo suficientemente apoyado por mí. No es que quiera bajar su autoestima, pero es que no creo en los brotes de locura entre profesores que llevan a hacer cosas tan incongruentes como tirar un juguete a la basura porque sí.
Pero el crío insistía e insistía en su versión. Y a todo lo que yo proponía decía que no. "¿Estabas jugando con él en clase?", "¿Estaba jugando un compañero?", "¿Te portaste mal?", "¿Le contestaste mal?"... Y a todo que no, que no. Que él había sido poco más que un angelito en todo momento y que no se merecía algo taaaan injusto.
"¿¿Pero que demonios tiene de especial ese anillo??? Ya te daré uno de los míos en casa", pero nada, tenía que ser ese anillo. ESE. Me pidió que iniciáramos la búsqueda del anillo por todo el barrio, a lo que me negué por dos motivos: ¡Si pierde algo y se lo compro vaya apaño! y paso de perder toda una tarde detrás de algo que a lo mejor ni lo venden por la zona.
Por supuesto me llamó de todo. Que si no confiaba en él, que si era una pobre víctima, que por qué a él, que qué había hecho mal, que por qué no le creía, mala, traidora, insensible... En fin.
A ver, que yo me creía su versión, pero no había manera de hacerle entender que ahí faltaba mucha información importante para poder hacerme una idea realista de la situación. Creerme que la profesora le había tirado el anillo era algo que me sobrepasaba, pero tampoco quería que pensara que no confiaba en su palabra. ¡Que no era eso Jolín!
Total, toda la tarde hundiéndose en su miseria mientras mamá intentaba no quitarle importancia a su "problema", pero tampoco darle demasiada (chungo, chungo). Me negué a comprarle nada, pero me pegué la tarde enseñándole mis escasas joyas y de manualidades para hacer un anillo que se asemejara al perdido.
Cuando ya estaba a punto de estrangularlo (es que...) se me encendió la bombilla (tarde, lo sé. Pero es que me puso la cabeza como un bombo desde el minuto uno) y le pregunté si había mirado bien en el estuche. "Síiiiiiii", dijo con tono desgarrador. "Bueno, pues vamos a mirar otra vez por si acaso", sacamos el estuche tricremallera de la mochila y abrimos el primer compartimento. "¡¡¡¿Pero que es toda esta mi.... digooo... basuraaaa?!!!", exclamé asustada. "Son mis tesoros", contestó nervioso, "No le digas nada a papá que me los va a querer tirar". Le juré y perjuré que no diría nada y empecé a sacar guarrerías. Os diría que eran, pero es que no lo sé. Piezas extrañas, cachos de papel o de cosas no identificadas... Terrorífico. Porque se acaba el curso que si no...
El caso es que al abrir el último compartimento... ¡Ahí estaba el anillo!. A Daniel se le quedó una cara de pocker que no debía envidiar nada a la mía. "Aaaaah, ahora sé por qué cuando me dijo que me lo había tirado estaba sonriendo...", comentó el peque por lo bajini. "¡¡¡¡QUEEEEE!!!", exclamé al borde de un ataque de nervios, "¡¡¡Pero tú sabes la tarde de mirrr... mmmmfff... de porquería que me has dado por este anillo!!!", solté a punto de estallar. "Y yo te lo agradezco taaaanto", me contestó dándome su mejor abrazo.
Respira, respira, respira.
En fin. El caso es que la cosa acabó bien.
Luego contándoselo al padre me explicó que se parecía mucho al anillo con el que hipnotizan al Capitán Calzoncillos y que a lo mejor por eso le pareció tan grave la cosa. ¡Porque vamos! ¡Ni que se hubiera tratado de la PS4! En fin, mejor olvidar.
viernes, 1 de junio de 2018
Crecer como un río, crecer leyendo
Hace poco aproveché que estaba cerca de El Retiro para pasarme por la biblioteca Eugenio Trías a ver la exposición Crecer como un río, crecer leyendo, organizada por Kumon. Si vais a estar por ahí, algo muy fácil teniendo en cuenta que justo están en plena Feria del Libro, aconsejo visitarla porque una de las herramientas más importantes que podemos dar a los niños es la pasión por la lectura. A través de los libros ampliamos conocimientos, alimentamos la imaginación y soñamos. ¡Casi nada!
Panel tras panel recorremos el camino de los niños desde bebé a adolescente y su inmersión en los libros, ya sea a base de canciones, juegos o rimas o motivados por argumentos inmersivos o fascinantes. Desde la voz de mamá a la lectura en solitario pasan muchas cosas que los marcarán en todos los sentidos. Nunca debemos olvidar que nosotros somos su mejor ejemplo a edades tempranas y que las bibliotecas son lugares maravillosos para explorar y descubrir cosas increíbles.
Especialmente la de El Retiro que aglutina todos los factores para hacer de esta experiencia una aventura. La exposición está en el piso de arriba. Recorrí los paneles acompañada de Isabel, la madre del pollo, que si digo que es un amor de persona me quedo corta.
Juntas seguimos el camino de la lectura de una niño reparando más en los paneles que más nos afectan por la edad de nuestros churumbeles y tomando nota de los libros recomendados que los acompañan. Leerles en voz alta es un regalo, jugar con las palabras nos ayuda a comprender nuestro entorno y emociones, leemos porque nos gusta reír y que nos dejen sin respiración, también nos gusta aprender cómo funcionan o se construyen las cosas... tantas y tantas razones...
Pero no siempre es fácil aprender a leer. ¿Te acuerdas cuando te tocó a tí desentrañar los significados de esos complicados signos, cómo se nos resistían ciertas sílabas, o cómo arrastrábamos las s o no las comíamos? Es el punto de inflexión. El esfuerzo requerido nunca debe ser un deber, una obligación... ¡Busquemos motivaciones para que les valga la pena superar el reto por si mismos! Es el principio de algo muy grande. Es la llave para que su mundo se vuelva infinito.
A las dos lo que más nos gustó fue el panel de mariposas de el final en el que los visitantes escribían sus razones para amar la lectura. Con algunas te derrites directamente y otras te arrancan una sonrisa, incluso alguna carcajada.
Se nota que amo leer. No puedo evitarlo, pero por mucho que me gustaría que fuera algo innato en mis hijos me he dado cuenta de que no todo vale porque podemos encontrarnos con el efecto contrario. Al mayor le alucinan los libros, pero le da pereza leer y adora que sus padres compartamos la lectura con él. Al pequeño le encanta leer, pero es una actividad que considera secundaria, después de cualquier juego que requiera movimiento o los videojuegos. Como me gustaría que se pasaran algunas las tardes con las narices pegadas a las páginas de un libro como hacía yo a su edad.
Estoy segura de que poco a poco llegará ese momento y que la clave está en no forzar y en compartir tu afición desde el ejemplo.
Transcribo aquí la poesía con la que se cierra la exposición porque me ha encantado:
"Somos río,
somos mar,
somos agua,
somos la vida que leemos.
Leemos"
La exposición se puede visitar hasta el 10 de junio y la entrada es gratuita. El horario es el siguiente:
Lunes a viernes de 8:30 a 21 h.
Sábados de 9:10 a 17:50 h.
Domingos de 9:10 a 13:50 h.
Y el sábado 9 de junio a las 11.30 hay cuentacuentos: «Cuando sea mayor quiero ser» con Maisa Marbán, que es una cuentacuentos maravillosa. Lo sabemos porque ya la hemos escuchado una vez y lo pasamos genial.
Panel tras panel recorremos el camino de los niños desde bebé a adolescente y su inmersión en los libros, ya sea a base de canciones, juegos o rimas o motivados por argumentos inmersivos o fascinantes. Desde la voz de mamá a la lectura en solitario pasan muchas cosas que los marcarán en todos los sentidos. Nunca debemos olvidar que nosotros somos su mejor ejemplo a edades tempranas y que las bibliotecas son lugares maravillosos para explorar y descubrir cosas increíbles.
Especialmente la de El Retiro que aglutina todos los factores para hacer de esta experiencia una aventura. La exposición está en el piso de arriba. Recorrí los paneles acompañada de Isabel, la madre del pollo, que si digo que es un amor de persona me quedo corta.
Juntas seguimos el camino de la lectura de una niño reparando más en los paneles que más nos afectan por la edad de nuestros churumbeles y tomando nota de los libros recomendados que los acompañan. Leerles en voz alta es un regalo, jugar con las palabras nos ayuda a comprender nuestro entorno y emociones, leemos porque nos gusta reír y que nos dejen sin respiración, también nos gusta aprender cómo funcionan o se construyen las cosas... tantas y tantas razones...
Pero no siempre es fácil aprender a leer. ¿Te acuerdas cuando te tocó a tí desentrañar los significados de esos complicados signos, cómo se nos resistían ciertas sílabas, o cómo arrastrábamos las s o no las comíamos? Es el punto de inflexión. El esfuerzo requerido nunca debe ser un deber, una obligación... ¡Busquemos motivaciones para que les valga la pena superar el reto por si mismos! Es el principio de algo muy grande. Es la llave para que su mundo se vuelva infinito.
A las dos lo que más nos gustó fue el panel de mariposas de el final en el que los visitantes escribían sus razones para amar la lectura. Con algunas te derrites directamente y otras te arrancan una sonrisa, incluso alguna carcajada.
Se nota que amo leer. No puedo evitarlo, pero por mucho que me gustaría que fuera algo innato en mis hijos me he dado cuenta de que no todo vale porque podemos encontrarnos con el efecto contrario. Al mayor le alucinan los libros, pero le da pereza leer y adora que sus padres compartamos la lectura con él. Al pequeño le encanta leer, pero es una actividad que considera secundaria, después de cualquier juego que requiera movimiento o los videojuegos. Como me gustaría que se pasaran algunas las tardes con las narices pegadas a las páginas de un libro como hacía yo a su edad.
Estoy segura de que poco a poco llegará ese momento y que la clave está en no forzar y en compartir tu afición desde el ejemplo.
Transcribo aquí la poesía con la que se cierra la exposición porque me ha encantado:
"Somos río,
somos mar,
somos agua,
somos la vida que leemos.
Leemos"
La exposición se puede visitar hasta el 10 de junio y la entrada es gratuita. El horario es el siguiente:
Lunes a viernes de 8:30 a 21 h.
Sábados de 9:10 a 17:50 h.
Domingos de 9:10 a 13:50 h.
Y el sábado 9 de junio a las 11.30 hay cuentacuentos: «Cuando sea mayor quiero ser» con Maisa Marbán, que es una cuentacuentos maravillosa. Lo sabemos porque ya la hemos escuchado una vez y lo pasamos genial.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






















































