Al final han admitido a Iván en la guardería a la que va su hermano. Las cosas se habían puesto difíciles porque hasta para nacer hay que programarse y mira que es difícil. Resulta que todos los posibles alumnos que nazcan después de junio pasan directamente a lista de espera hasta que se produzca el alumbramiento. Entonces pueden optar a una plaza, pero estamos hablando de un centro muy solicitado. Me encanta el programa educativo que sigue y las instalaciones. Las clases son amplias, los patios tienen columpios y los papis pueden entrar a la clase para recoger a sus pequeños y preguntar directamente a las profesoras que tal el día. Esto último parece lógico. Pero en las dos guardería anteriores en las que estuvo Daniel te entregaban al chiquillo en la calle y quien te lo daba la mayor parte de las veces no era la misma persona que lo cuidaba durante la jornada.
La directora había hablado conmigo en términos muy pesimistas y yo ya veía muy negro conseguir plaza para ese año. Directamente me había preguntado si podía cuidar yo misma de Iván hasta septiembre de 2012. ¡Imposible! Tendría que pedir seis meses de excedencia. Lo que se traduce en seis meses sin sueldo. No está el horno para bollos.
Cuando una de las profes de Daniel me dijo que me pasara por el despacho de la directora nunca pensé que me fueran a dar una noticia tan sensacional: Ivan estaba admitido para empezar en febrero. Tengo que pagar la mitad de la cuota hasta entonces... pero qué importa. El caso es que está dentro. Ahora toca hacer los papeles de prematrícula antes de que se arrepientan.
viernes, 11 de noviembre de 2011
jueves, 10 de noviembre de 2011
La revisión del mes
Ya tocaba la revisión del mes. Así que me llevé a mi pequeñín a la consulta de la enfermera. Allí nos atendió primero la pediatra porque la enfermera no estaba en su puesto. Miró a Iván y lo encontró como una rosa. Gordito (4 kilos 340), grande (55 centímetros) y sonrosadito. La enfermera también lo encontró bien. Las dos me tranquilizaron con respecto a la estenosis aórtica. La médico me conminó a preguntarle lo que quisiera, pero le expliqué que no quería adelantar acontecimientos ni que me dieran más información de la necesaria. Seguró que le daría muchas más vueltas a la cabeza y no quiero. No es sano.
Mi niño pequeño se portó muy bien y se dejó manipular, aunque con algunos lloros de vez en cuando. No le pidamos peras al olmo.
Mi niño pequeño se portó muy bien y se dejó manipular, aunque con algunos lloros de vez en cuando. No le pidamos peras al olmo.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
La enfermedad silenciosa
Hoy ha tocado revisión del cardiólogo. Hemos ido prontito porque no sabíamos dónde era la consulta. La sala de espera estaba llena de gente y había un follón montado que ni te quiero contar. Ni siquiera era una sala de espera sino un pasillo. Allí nos hacinamos los que acudíamos al cardiólogo y al traumatólogo.
Tardaron muchísimo en llamar a Iván. Menos mal que el pequeñín estaba profundamente dormido y ni se enteró de la espera. De hecho, no le hizo gracia cuando por fin nos hicieron pasar para hacerle la ecografía y empezamos a manipularle para desnudarlo. Se puso a berrear como un descosido. Las enfermeras y los cardiólogos tuvieron mucha paciencia con él e hicieron cuanto estuvo en su mano para calmarlo. Le dieron suerito para engañar su hambre, le mecieron, le acariciaron, le dieron palmaditas en el culete, pero nada. Iván no cerraba la boca. Finalmente decidieron que lo mejor sería que yo le alimentara, así que saqué el biberón que había preparado por si acaso y se lo enchufé. No había bebido ni 30 mililitros cuando apareció una enfermera para reanudar la eco. Es normal porque habían otros niños esperando. La hicieron como pudieron, aprovechando los momentos de calma del bebé, que eran pocos. Al final teníamos siete personas alrededor del chiquitín comentando sobre su caracter y su corazón.
Aún no habíamos terminado cuando vinieron a por él para hacerle el cardiograma. El chiquillo siguió berreando en la siguiente prueba y eso que la enfermera le echó muchas flores. Los recién nacidos no saben de elogios y siguió llorando un buen rato más.
La verdad es que veías las marquitas en su piel y te entraba una angustia irracional. Yo sé que no le habían hecho daño en ningún momento y que las marcas se le quedaban porque todos los niños de su edad tienen la piel más sensible, pero no podía evitar acariciarle suavemente dónde tenía las señales.
Por fin nos hicieron pasar para hablar con el cardiólogo jefe. Malas noticias: el peque ha empeorado. Todo dentro de lo que ya sabíamos. Afortunadamente hemos podido esperar a que saliera de su primer mes de vida, pero la intervención es inminente. Al chiquillo no se le nota nada la afección porque esta enfermedad es como el colesterol: silenciosa.
El facultativo nos informó que de que presentaría el caso de Iván al consejo de cardiólogos el jueves y que ya nos avisaría de su decisión. Probablemente le meterán un cateter con una bolita que inflarán en la válvula para ensanchar la cavidad.
Sólo de pensar en que van a intervenir a Iván se me viene el mundo encima. Lo cierto es que cuando salí de la consulta me puse a llorar amargamente, a pesar de los ánimos y palabras cariñosas de Raúl. Ese día lo pasé realmente mal, deprimida y acongojada, aunque sonriendo para que Daniel no notara nada.
Hoy ya me encuentro mejor. Lo importante es que esto tiene solución y que vamos para adelante. Sobre todo, hay que centrarse en que el niño parece rebosar salud. ¡Está tan gordito!
Tardaron muchísimo en llamar a Iván. Menos mal que el pequeñín estaba profundamente dormido y ni se enteró de la espera. De hecho, no le hizo gracia cuando por fin nos hicieron pasar para hacerle la ecografía y empezamos a manipularle para desnudarlo. Se puso a berrear como un descosido. Las enfermeras y los cardiólogos tuvieron mucha paciencia con él e hicieron cuanto estuvo en su mano para calmarlo. Le dieron suerito para engañar su hambre, le mecieron, le acariciaron, le dieron palmaditas en el culete, pero nada. Iván no cerraba la boca. Finalmente decidieron que lo mejor sería que yo le alimentara, así que saqué el biberón que había preparado por si acaso y se lo enchufé. No había bebido ni 30 mililitros cuando apareció una enfermera para reanudar la eco. Es normal porque habían otros niños esperando. La hicieron como pudieron, aprovechando los momentos de calma del bebé, que eran pocos. Al final teníamos siete personas alrededor del chiquitín comentando sobre su caracter y su corazón.
Aún no habíamos terminado cuando vinieron a por él para hacerle el cardiograma. El chiquillo siguió berreando en la siguiente prueba y eso que la enfermera le echó muchas flores. Los recién nacidos no saben de elogios y siguió llorando un buen rato más.
La verdad es que veías las marquitas en su piel y te entraba una angustia irracional. Yo sé que no le habían hecho daño en ningún momento y que las marcas se le quedaban porque todos los niños de su edad tienen la piel más sensible, pero no podía evitar acariciarle suavemente dónde tenía las señales.
Por fin nos hicieron pasar para hablar con el cardiólogo jefe. Malas noticias: el peque ha empeorado. Todo dentro de lo que ya sabíamos. Afortunadamente hemos podido esperar a que saliera de su primer mes de vida, pero la intervención es inminente. Al chiquillo no se le nota nada la afección porque esta enfermedad es como el colesterol: silenciosa.
El facultativo nos informó que de que presentaría el caso de Iván al consejo de cardiólogos el jueves y que ya nos avisaría de su decisión. Probablemente le meterán un cateter con una bolita que inflarán en la válvula para ensanchar la cavidad.
Sólo de pensar en que van a intervenir a Iván se me viene el mundo encima. Lo cierto es que cuando salí de la consulta me puse a llorar amargamente, a pesar de los ánimos y palabras cariñosas de Raúl. Ese día lo pasé realmente mal, deprimida y acongojada, aunque sonriendo para que Daniel no notara nada.
Hoy ya me encuentro mejor. Lo importante es que esto tiene solución y que vamos para adelante. Sobre todo, hay que centrarse en que el niño parece rebosar salud. ¡Está tan gordito!
martes, 8 de noviembre de 2011
De camino a la guardería
Iván se ha apoderado del carrito, así que hemos tenido que idear otra forma de llevar a Daniel. La mejor idea ha sido la del patín que se adosa al cochecito, sobre todo porque nuestro ascensor es pequeño y sólo cabe el carrito a duras penas, asi que el patin, que se pone y se quita con facilidad, era lo más adecuado. Sólo tiene un pequeño problemilla: no tiene cinturón, ni cadenas, ni correas para atar a mi pequeño terremoto, así que se baja en el momento más imprevisible. Las primeras veces el niño estaba muy emocionado por la novedad, así que aguantó los quince minutos hasta casa. O de casa hasta la guardería. Yo hacía palmas con las orejas, pero no duró mucho. Al poco el crío comenzó a bajarse de improviso. Normalmente en el peor momento.por ejemplo en mitad de un paso de peatones.
Después empezaron a llamarle la atención todos los coches (de esos que metes monedas y se mueven). Se empeña en subirse a jugar y se eterniza dándole a los botones y girando el volante. Lo malo es que yo tengo que estar en casa a eso de las seis para darle el pecho al bebé. Recojo a Daniel del cole a las 16.30. Pues hay veces que dudo de si llegaremos a tiempo.
Ultimamente le vuelve loco una excavadora enorme que hay en mitad de una obra. Se podría quedar horas mirándola. Como anécdota, le encandiló un camión de la basura con un montón de basureros haciendo su trabajo. Uno de ellos iba en una plataforma colgado detrás del camión. Eso el encantó porque le dije que el hombre iba en patín como él.
Lo cierto es que cada día es una aventura llevando a Daniel suelto. Hecho de menos cuando podía meterlo en la sillita y atarlo. Pero ahora quiero acostumbrarlo a ir sin carrito, aunque salgamos sólos sin Iván. Así no pensará que el bebé le quita el medio de transporte sino que ya es hora de caminar solito.
lunes, 7 de noviembre de 2011
Daniel le coge manía a los médicos
La última vez los decibelios de su voz alcanzaron cotas preocupantes y no hubo manera de auscultarlo. La pediatra hizo lo que pudo casi sin tocarlo y finalmente dictaminó un costipadillo sin importancia. Cuando salimos le dije a Daniel "¿Ves como la doctora no te ha hecho nada. Si es muy buena". El chiquillo se sorbió los moquetes y me contestó compungido "Síiiiiii, pupaaaaa". ¡Qué mentiroso!
Tras mucho meditar en el asunto he decidido comprarle un set de médicos de juguete y simular una consulta en casa para ver si se le va quitando este miedo tonto. Si cada vez que vamos a la consulta me la monta vamos a tener muchos problemas porque antes o depsués se pondrá malo de verdad y habrá que examinarle llore o no. A ver si a través de los juguetes le quitamos el miedo.
domingo, 6 de noviembre de 2011
Halloween atrasado
"Mas vale tarde que nunca" pensé. Y compré una reluciente calabza al más puro estilo yanqui. El año pasado hicimos una para que Daniel la viera. Este año queríamos que participara también en la elaboración. El chiquillo estaba encantado. Primero pintó unos garabatos en la piel con rotualdores indelebles. Cómo a Raúl no le gustó la idea ni un pelo le quité los rotuladores y procedimos a abrirla. Anda que no se lo pasó bien trasteando con las pipas y la pulpa. Estuvo entretenido un buen rato. Cuando se cansó nos pidió ver "Dora" (estoy hasta los pelos de estos dibujos animados. ¡No ve otra cosa! Menos mal que son didácticos). Mientras el peque se "culturizaba" su papi le hizo la cara a la calabaza. Cómo no teníamos velas pusimos una linterna dentro. Al chiquitín le encantó.
Al día siguiente dimos buena cuenta de las magdalenas de calabaza y nueces que había hecho Raúl. ¡Estaban buenísimas!
sábado, 5 de noviembre de 2011
La venganza de Daniel
En la guardería, más de lo mismo. Cómo todos los días le dije que se despidiera de las profes con un besote bien fuerte. Pues el pequeñajo volvió a cruzarse de brazos, a fruncir el ceño, se dió la vuelta y se fue. Nos quedamos muy sorprendidas. Una de las profesoras me explicó que eso era la venganza de Daniel por haber traído al mundo a Iván y que, sobre todo, se iba a centrar en mí. "Si empieza a hacer más cosas con el padre que contigo no te preocupes, es parte de su venganza". Las verdad es que no he notado una mayor preferencia por su padre, pero ese caracter malencarado que se le está poniendo me preocupa un poco. Supongo que se le pasará con el tiempo.
El caso es que adora a su hermanito. Le da besitos, le acaricia y lo llama con mucho entusiasmo. Si le oye llorar se gira hacia mí y me grita "bebé, bebé" mientras corre a la cuna. Si eso no es amor no sé lo que será.
Estoy convencida de que Daniel quería un hermanito. En realidad sospecho que le hubiera gustado uno mayor por como interactúa con los niños en el parque, pero le ha tocado ser el primogénito y se va a tener que conformar con Iván. Cuando el bebé crezca estoy segura de que serán inseparables compañeros de juegos.
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