La semana pasada conocimos a Cayla, una muñeca con cara de niña y sonrisa eterna que estarías peinando durante horas. Nunca te aburres con ella, porque esta niña con tacto de plástico es capaz de reconocer tu voz, llamarte por tu nombre, contarte anécdotas y cuentos y contestar a tus preguntas más alocadas: "¿Cuantos años tienes?", "¿Cuanto son siete más ocho?", "¿Te gustan los perritos?", "¿Me cuentas un cuento?"... Y Cayla te cuenta que tiene siete años, que son quince, que le encantan los perritos y que una vez se llevó a casa uno que encontró en la calle, que elijas el tema del cuento...
¿Cómo consigue ser tan lista? Gracias a una App y a la Wi Fi (se conecta por bluetooth), aunque si nos la llevamos de paseo y no contamos con internet siempre pueden jugar con ella a la manera tradicional o a algunos juegos con los que no necesita conexión. Los papás podemos meter datos del niño en la App para mejorar la experiencia de juego: Nombre, edad, mejor amiga, animal y color preferido... Y son datos que sólo se quedan en la aplicación de forma localizada, que no se suben a ningún fichero en la red y que cuentan con una privacidad total. Algo muy importante.
También tiene ciertas palabras, no aptas para niños, bloqueadas y posibilidad de control parental tanto en el lenguaje como en las búsquedas en internet.
Encima podemos descargarnos la App en inglés, francés o alemán (aunque con un cargo de cinco euros en vez de gratis como la versión española) con lo que puede ser una forma divertidísima de aprender idiomas. La muñeca escucha cuando el collar que porta se enciende y la luz se apaga cuando contesta. Esto significa que ya no está escuchando. Igual igual que los niños de verdad jajajaja.
Además, tiene la posibilidad de configurar toda la información acerca de su vida y personalizarla completamente cambiando su nombre, el de su familia, el de su mascota, su edad... Al gusto de la dueña.
Nosotros nos la encontramos en un evento organizado por Nomaco en el que no faltaron globos, pintacaras y una estupenda merendola de la que los peques dieron buena cuenta. El mejor momento fue cuando Cayla empezó a contar un cuento y todos los chiquillos se sentaron ordenadamente a escucharla. Tras un rato de milagroso silencio entre las filas infantiles, los más atrevidos se acercaron a inspeccionar el curioso juguete buscando el truco.
Lo pasamos genial y Cayla nos prometió una visita en nuestra casa muy pronto. Ya os contaré, porque mis niños arrugaron el ceño al ver una muñeca tan rosa, pero acabaron por acercarse a cotillear los dos. Desde Nomaco nos han asegurado que el próximo año tendremos en las tiendas de juguetes un robot interactivo con muchas ganas de contarnos su vida.
Por cierto, después de estar toda la fiesta preguntando a los peques si querían que les pintaran la cara a su gusto y obteniendo mil negativas. Decidieron, justo antes de irnos, que tenía que ser yo la que los maquillara de calavera y dulce gatito. Así son estos peques.
miércoles, 21 de octubre de 2015
Yoga, animalitos, muchas risas y poco relax
Una noche, pasé a mirar si todo iba bien en la habitación de los peques antes de irme a la cama y me encontré a Daniel sentado en la postura del loto.
"¿Que haces" le pregunté un poco mosca. "Yoga", me contestó muy tranquilo. Le dije que me parecía genial, pero que ya era hora de dormir y que si quería lo hacíamos mañana cuando se levantara. "Pero mamá, yo quiero hacerlo antes de dormir" protestó con el ceño fruncido. "Perfecto" le contesté yo rápida, "mañana antes de irnos a dormir, todos a hacer Yoga" prometí con una sonrisa. Mi niño mayor se tuvo que conformar y accedió a tumbarse cómodamente en su camita.
Al día siguiente, busqué la infografía de un cuento con animales y postura de yoga para hacer en familia que había diseñado hace ya mucho tiempo y que me viene al dedillo para lo que quería Daniel.
Después de la cena, anuncié a los peques que esa noche el cuento iba de yoga. Los dos se pusieron la mar de contentos. Estaban deseando empezar. Extendí una manta gorda y peluda en el suelo del salón y empezó la diversión. Los chiquillos se escondían debajo, se enrrollaban, patinaban sobre ella... hasta que puse orden. La sesión de yoga iba a empezar.
Con ayuda de papá, que nos leía el cuento, fuimos poniendo las postura del delfín, el gato, el perro, el camello, la cobra... Bueno, más o menos... Porque yo no estoy lo que se dice muy ágil y mis churumbeles intentaban imitar los dibujos y dar saltitos de emoción a la vez.
Pero lo importante es que se lo pasaron muy bien, que les encantó y que se les hizo muy corto. Voy a tener que inventarme otro.
"¿Que haces" le pregunté un poco mosca. "Yoga", me contestó muy tranquilo. Le dije que me parecía genial, pero que ya era hora de dormir y que si quería lo hacíamos mañana cuando se levantara. "Pero mamá, yo quiero hacerlo antes de dormir" protestó con el ceño fruncido. "Perfecto" le contesté yo rápida, "mañana antes de irnos a dormir, todos a hacer Yoga" prometí con una sonrisa. Mi niño mayor se tuvo que conformar y accedió a tumbarse cómodamente en su camita.
Al día siguiente, busqué la infografía de un cuento con animales y postura de yoga para hacer en familia que había diseñado hace ya mucho tiempo y que me viene al dedillo para lo que quería Daniel.
Después de la cena, anuncié a los peques que esa noche el cuento iba de yoga. Los dos se pusieron la mar de contentos. Estaban deseando empezar. Extendí una manta gorda y peluda en el suelo del salón y empezó la diversión. Los chiquillos se escondían debajo, se enrrollaban, patinaban sobre ella... hasta que puse orden. La sesión de yoga iba a empezar.
Con ayuda de papá, que nos leía el cuento, fuimos poniendo las postura del delfín, el gato, el perro, el camello, la cobra... Bueno, más o menos... Porque yo no estoy lo que se dice muy ágil y mis churumbeles intentaban imitar los dibujos y dar saltitos de emoción a la vez.
Pero lo importante es que se lo pasaron muy bien, que les encantó y que se les hizo muy corto. Voy a tener que inventarme otro.
martes, 20 de octubre de 2015
Fin de semana sin tele
Tan harta acabé un día de los peques que hice lo que nunca me había atrevido a hacer: Los castigué sin tele tooodo el fin de semana. Nada más salir por mi boca me arrepentí, pero ya no había marcha atrás. Me explico, Daniel madruga muchísimo los días que no hay cole. En cambio, de lunes a viernes no hay quien le mueva de la cama (digo yo que lo hace por fastidiar). Y mi recurso más eficiente es enchufarlo a la tele y volverme a la cama (mal, muy mal. Lo sé, pero es una cuestión de supervivencia). Me temía un fin de semana muuuuy largo y con mucho sueño.
Pero, ¡sorpresas te da la vida! no ocurrió nada de eso. Los niños asumieron el castigo muy bien y no pidieron caja tonta en ningún momento. Encima se iban solitos a la habitación de los juguetes y ¡Jugaban! ¡Uau! Sin preguntar que podían hacer, ni decir que estaban aburridos... De vez en cuando nos invitaban a papá o a mamá a jugar con ellos, pero no hubo ni una perreta agarrados al mando. Ni una batalla campal por ningún juguete. Yo alucinaba.
No sólo se pusieron a jugar voluntariamente, sino que ¡jugaron juntos! No todo el rato, eso hubiera sido pedir demasiado, pero sí mucho tiempo y con poquitas peleas. ¡Milagro, milagro! Les voy a castigar sin tele todos los fines de semana. También es verdad que tuvimos todas las tardes ocupadas con teatro y títeres, pero las mañanas se gestionaron ellos solos su tiempo. Una maravilla.
Incluso, puedo decir que se portaron especialmente bien. ¿Será verdad que la tele les incita al mal? Supongo que si lo repetimos no saldrá tan bien, pero el caso es haber disfrutado de esta paz al menos una vez.
Pero, ¡sorpresas te da la vida! no ocurrió nada de eso. Los niños asumieron el castigo muy bien y no pidieron caja tonta en ningún momento. Encima se iban solitos a la habitación de los juguetes y ¡Jugaban! ¡Uau! Sin preguntar que podían hacer, ni decir que estaban aburridos... De vez en cuando nos invitaban a papá o a mamá a jugar con ellos, pero no hubo ni una perreta agarrados al mando. Ni una batalla campal por ningún juguete. Yo alucinaba.
No sólo se pusieron a jugar voluntariamente, sino que ¡jugaron juntos! No todo el rato, eso hubiera sido pedir demasiado, pero sí mucho tiempo y con poquitas peleas. ¡Milagro, milagro! Les voy a castigar sin tele todos los fines de semana. También es verdad que tuvimos todas las tardes ocupadas con teatro y títeres, pero las mañanas se gestionaron ellos solos su tiempo. Una maravilla.
Incluso, puedo decir que se portaron especialmente bien. ¿Será verdad que la tele les incita al mal? Supongo que si lo repetimos no saldrá tan bien, pero el caso es haber disfrutado de esta paz al menos una vez.
lunes, 19 de octubre de 2015
Uno más en la pandilla
Éste fin de semana se ha estrenado una obra de teatro infantil muy colorida, divertida y con un mensaje precioso: "Todos somos diferentes y especiales", de la mano de @DMonosInfantil. Se llama Uno más en la pandilla y habla del miedo de unos juguetes a ser desbancados por el nuevo juguete que le van a regalar a su dueña.
Muñeca y Pirata dan comienzo a una aventura en la que retan a Payaso a una especie de concurso de talentos en el que cantarán, bailarán, contarán cuentos y chistes, viajarán a lugares muy lejanos en busca de un tesoro o para salvar a una flor en mitad del desierto y mil sorpresas más. Todo con la participación del pequeño público que festejaba cada chascarrillo casi brincando desde la alfombra de juegos.
Sentada en mi butaca no perdía detalle de las sonoras carcajadas de mi hijo mayor, que nada más llegar se hizo un hueco en primera fila. El más pequeño, en cambio, seguía la acción desde mis piernas, aunque no podía evitar levantarse cada dos por tres a cantar, bailar y saltar con los protagonistas de la historia. En un momento dado, lo perdí de vista y cuando me quise dar cuenta se había colado casi hasta el mísmisimo escenario. Su cabecita se movía de Muñeca a Pirata muy atento a sus palabras.
¿Echarán a Payaso de la Buhardilla? ¿Le aceptarán como un amigo? ¿Reconocerán que es un juguete de lo más simpático? ¿Quieres saberlo? Pues no te pierdas esta obra de teatro. Puedes ir a verla los fines de semana a las cinco de la tarde en el Teatro Nueve Norte.
Mis niños aún cantan: "Remar, remar, uff, uff. Escalar, escalar, uff, uff, Piedrecitas, piedrecitas, tin, tin, tin" y se parten de la risa.
Muñeca y Pirata dan comienzo a una aventura en la que retan a Payaso a una especie de concurso de talentos en el que cantarán, bailarán, contarán cuentos y chistes, viajarán a lugares muy lejanos en busca de un tesoro o para salvar a una flor en mitad del desierto y mil sorpresas más. Todo con la participación del pequeño público que festejaba cada chascarrillo casi brincando desde la alfombra de juegos.
Sentada en mi butaca no perdía detalle de las sonoras carcajadas de mi hijo mayor, que nada más llegar se hizo un hueco en primera fila. El más pequeño, en cambio, seguía la acción desde mis piernas, aunque no podía evitar levantarse cada dos por tres a cantar, bailar y saltar con los protagonistas de la historia. En un momento dado, lo perdí de vista y cuando me quise dar cuenta se había colado casi hasta el mísmisimo escenario. Su cabecita se movía de Muñeca a Pirata muy atento a sus palabras.
¿Echarán a Payaso de la Buhardilla? ¿Le aceptarán como un amigo? ¿Reconocerán que es un juguete de lo más simpático? ¿Quieres saberlo? Pues no te pierdas esta obra de teatro. Puedes ir a verla los fines de semana a las cinco de la tarde en el Teatro Nueve Norte.
Mis niños aún cantan: "Remar, remar, uff, uff. Escalar, escalar, uff, uff, Piedrecitas, piedrecitas, tin, tin, tin" y se parten de la risa.
sábado, 17 de octubre de 2015
El Barranco Milagroso
"Hoy tengo deberes para tí, mami", me soltó el mayor nada más salir del cole, "Me tienes que escribir y dibujar un cuento. Éste es el título", me aseguró feliz tendiendome un papel dónde se leía "El Barranco Milagroso" con la letra de su profesora. "¿No será que lo tienes que hacer tú?" le rpegunté un tanto escamada. "Que no, que noooooo. Tienes que ser tú". De camino a casa me explicó que se lo había escrito la profe porque él se lo había pedido, pero que eran deberes que me ponía el propio Daniel.
Esa tarde la tenía muy ocupada, así que no me puse con mis deberes hasta el día siguiente. Me costó horrores pensar un cuento con ese título. No se me ocurría nada, así que eché mano a las leyendas faéricas que cuentan que las hadas no pueden tener hijos y que lo que hacen es raptar niños humanos para convertirlos en haditas.
Hice el dibujo de las secuencias del cuento y se lo presenté a mi hijo mayor. "Hace mucho tiempo existió un pueblo mágico que cuidaba de los animales y las plantas. Eran seres bondadosos, pero tenían una gran problema: no podían tener hijos. Así que cuando quedaban pocos no les quedaba otro remedio que robar un niño humano. Lo llevaban volando en telas de araña hasta el barranco milagroso y allí se obraba una magia poderosa que convertía al bebé en un nuevo miembro del pueblo. Por eso las mamás de aquella época cerraban siempre la ventana por las noches. ¿Te ha gustado?". El niño tardó bastante en contestar. Me miró un momento y me contestó: "Bueeeeeno. Yo esperaba algo más... algo más... Con más muertes y eso". Ya me lo imaginaba. Por eso hice justo lo contrario con el cuento, pero me temo que me pasé de haditas para un niño con mente oscura como el mío.
"A mi si que gustaaaaaa", Se oyó la vocecita de Iván, "Cuéntamelo otra vez, porfiiiiii". Al menos le gustó al pequeño que me hizo contarlo unas cuantas veces seguidas, mientras el mayor se iba con un deje de decepción en la mirada.
Esa tarde la tenía muy ocupada, así que no me puse con mis deberes hasta el día siguiente. Me costó horrores pensar un cuento con ese título. No se me ocurría nada, así que eché mano a las leyendas faéricas que cuentan que las hadas no pueden tener hijos y que lo que hacen es raptar niños humanos para convertirlos en haditas.
Hice el dibujo de las secuencias del cuento y se lo presenté a mi hijo mayor. "Hace mucho tiempo existió un pueblo mágico que cuidaba de los animales y las plantas. Eran seres bondadosos, pero tenían una gran problema: no podían tener hijos. Así que cuando quedaban pocos no les quedaba otro remedio que robar un niño humano. Lo llevaban volando en telas de araña hasta el barranco milagroso y allí se obraba una magia poderosa que convertía al bebé en un nuevo miembro del pueblo. Por eso las mamás de aquella época cerraban siempre la ventana por las noches. ¿Te ha gustado?". El niño tardó bastante en contestar. Me miró un momento y me contestó: "Bueeeeeno. Yo esperaba algo más... algo más... Con más muertes y eso". Ya me lo imaginaba. Por eso hice justo lo contrario con el cuento, pero me temo que me pasé de haditas para un niño con mente oscura como el mío.
"A mi si que gustaaaaaa", Se oyó la vocecita de Iván, "Cuéntamelo otra vez, porfiiiiii". Al menos le gustó al pequeño que me hizo contarlo unas cuantas veces seguidas, mientras el mayor se iba con un deje de decepción en la mirada.
viernes, 16 de octubre de 2015
Guerra a lo truculento
¡Se acabó! Mi paciencia tiene un límite y estos críos la han traspasado de sobra con sus zombis comecerebros y sus motosierras sangrantes. A la menor oportunidad... ¡zas! te los cuelan, aunque sea una situación feliz llena de flores, estrellas y cosas bonitas. Pues ¡ale! ahí va una de ojos arrancados o heridas purulentas. Pues no seré yo quien les alimente la truculencia y morbosidad que se ha apoderado de ellos. Así que con gran tristeza mía, sobre todo mía, les he hecho saber que este año no esperen que hagamos manualidades de Halloween, ni calabaza, ni nada de terror hasta que no enmenden su actitud macabra.
Pero que nadie sufra por ellos que sé de buena tinta que en el cole se van a hartar de hacer simpáticas brujitas, murciélagos, fantasmas... y demás miembros protagonistas de la fiesta yanqui.
A ver si logramos que por sus boquitas salgan frases más agradables que "Y le arrancó el cerebro jo jo jo".
Pero que nadie sufra por ellos que sé de buena tinta que en el cole se van a hartar de hacer simpáticas brujitas, murciélagos, fantasmas... y demás miembros protagonistas de la fiesta yanqui.
A ver si logramos que por sus boquitas salgan frases más agradables que "Y le arrancó el cerebro jo jo jo".
jueves, 15 de octubre de 2015
Demonios interiores
Cuando fui a recoger a los niños no podía imaginar el panorama que me iba a encontrar. Nada más ver la cara de la profe de Iván me dio en la nariz que algo había pasado. El peque salió el último porque estaba "castigado". Uuuuuy, la que habría liado mi pollito. Cuando interrogué a su maestra me aconsejó que se lo preguntara a él directamente.
Le cogí de la mano y mientras íbamos a recoger a su hermano intenté indagar sobre el tema. "¿Que ha pasado, Iván?" le pregunté muy suavemente, "Que me he portado muy bieeeeeeen" me aseguró con una sonrisa de oreja a oreja y con ojitos de bambi. "Y entonces porqué está tu profe enfadada" proseguí armándome de paciencia. "Bueeeeno, se ha enfadado un poquito, poquitín, muy poquito poooooorque, poooorque... me caiiii... mmmm... encima de una amiguito" y volvió a enseñarme su amplia sonrisa. Le expliqué muy seria que seguramente le hizo daño a su amigo y que a los amigos hay que tratarlos bien. Me aseguró que nunca, nunca, nunca lo iba a volver hacer con su carita más inocente. Ya, ya...
De repente, salió Daniel y su profe me hizo una seña para que me acercara. Oh oh. Y sí. Daniel también había tenido un mal día. Hasta tal punto que su maestra se había preocupado. Que poco conoce la vena teatrera de mi primogénito. Pero yo sí que la conozco. De sobra.
"Mamá," empezó el mayor sin darme tiempo a comenzar la conversación, "yo te lo explico. Es que tengo un demonio interior que me hace hacer cosas que no quiero. Así que mañana no vengo al cole, me quedo en casa viendo la tele, me calmo y ya está". Armándome (otra vez) de paciencia contrataqué "Pues tienes que esforzarte en controlarlo, porque todos tenemos ese demonio interior y aprendemos a no dejarnos llevar por él", le contesté muy tranquila, aunque Iván ya me la estaba liando parda por otro lado. "Que no, mamá. Que nooooo. Que yo tengo ese del que hablas... ¡y otro! Otro peor, que no se puede controlar". Me aseguró vehementemente. "No me des excusas. Sí se puede, lo que pasa es que ni lo intentas", le aseguré muy seria, "Nadie es malo ni bueno, todo el mundo tiene cosas buenas y malas y lo ideal es tener un equilibrio entre el demonio y el ángel interior", proseguí. "Pero yo tengo dos" insistió, "Doooooos". Le mire muy seria mientras arrastraba a una pataleante Iván a mis espaldas. "Pues te vas a tener que esforzar el doble. Te voy a contar un truco: cuenta hasta diez antes de hacer nada, luego párate a pensar y luego actúa". Mientras hablaba, pensaba en ahogar al más peque de la familia que ya estaba empezando a golpearme sin piedad. ¡Vaya manera de intentar razonar con calma!
Menos mal que ya llegábamos a casa. Los senté a los dos en el sofá y les dije que íbamos a tener una conversación seria. Al segundo Daniel estaba haciendo la croqueta e Iván saltaba alegremente en los asientos. A punto del ataque de nervios les pegué tres gritos, les puse firmes y me dispuse a dirigir la charla sobre el control de las emociones y la paciencia (snif snif que contraste hablar de calma en un estado de nervios que raya el histerismo). "¡A ver!" bramé, "Que hay que controlar nuestros demonios y punto". "El mío se llama pastel de nata" aseguró Daniel. "Nooooo" protestó Iván, "No se puede llamar asíiiiiii. Ese será el ángel. El demonio tiene que llamarse pincho de fueeeego". "Chicos, chicos, chicos", les interrumpí "Que no se llaman así. Los demonios se llaman Ira, envidia, celos, desamparo, rencor... Y los ángeles: comprensión, ternura, amor, empatía..." los peques me miraron, se miraron, me volvieron a mirar y Daniel me soltó: "Que nooooo, mamá. Que noooo, que se llama pincho fuego. Ayyyy, mamá, que no te enteras" e Iván asentía muerto de la risa.
"Pues lo que queráis, peeeero, que no me vuelvan a decir las profes que porque tengáis un mal día se lo hacéis pasar mal a ellas. ¡Entendido!" Mi mirada seria les resbaló bastante, pero conseguí un entusiasta "Vaaaaaaale," con cara de "le decimos que sí para que se calle". "Y mi demonio quiero que llame volcán de lava, ¿Vale mami?" Añadió Iván con ojos brillantes. ¡Aaaaaarg!
Le cogí de la mano y mientras íbamos a recoger a su hermano intenté indagar sobre el tema. "¿Que ha pasado, Iván?" le pregunté muy suavemente, "Que me he portado muy bieeeeeeen" me aseguró con una sonrisa de oreja a oreja y con ojitos de bambi. "Y entonces porqué está tu profe enfadada" proseguí armándome de paciencia. "Bueeeeno, se ha enfadado un poquito, poquitín, muy poquito poooooorque, poooorque... me caiiii... mmmm... encima de una amiguito" y volvió a enseñarme su amplia sonrisa. Le expliqué muy seria que seguramente le hizo daño a su amigo y que a los amigos hay que tratarlos bien. Me aseguró que nunca, nunca, nunca lo iba a volver hacer con su carita más inocente. Ya, ya...
De repente, salió Daniel y su profe me hizo una seña para que me acercara. Oh oh. Y sí. Daniel también había tenido un mal día. Hasta tal punto que su maestra se había preocupado. Que poco conoce la vena teatrera de mi primogénito. Pero yo sí que la conozco. De sobra.
"Mamá," empezó el mayor sin darme tiempo a comenzar la conversación, "yo te lo explico. Es que tengo un demonio interior que me hace hacer cosas que no quiero. Así que mañana no vengo al cole, me quedo en casa viendo la tele, me calmo y ya está". Armándome (otra vez) de paciencia contrataqué "Pues tienes que esforzarte en controlarlo, porque todos tenemos ese demonio interior y aprendemos a no dejarnos llevar por él", le contesté muy tranquila, aunque Iván ya me la estaba liando parda por otro lado. "Que no, mamá. Que nooooo. Que yo tengo ese del que hablas... ¡y otro! Otro peor, que no se puede controlar". Me aseguró vehementemente. "No me des excusas. Sí se puede, lo que pasa es que ni lo intentas", le aseguré muy seria, "Nadie es malo ni bueno, todo el mundo tiene cosas buenas y malas y lo ideal es tener un equilibrio entre el demonio y el ángel interior", proseguí. "Pero yo tengo dos" insistió, "Doooooos". Le mire muy seria mientras arrastraba a una pataleante Iván a mis espaldas. "Pues te vas a tener que esforzar el doble. Te voy a contar un truco: cuenta hasta diez antes de hacer nada, luego párate a pensar y luego actúa". Mientras hablaba, pensaba en ahogar al más peque de la familia que ya estaba empezando a golpearme sin piedad. ¡Vaya manera de intentar razonar con calma!
Menos mal que ya llegábamos a casa. Los senté a los dos en el sofá y les dije que íbamos a tener una conversación seria. Al segundo Daniel estaba haciendo la croqueta e Iván saltaba alegremente en los asientos. A punto del ataque de nervios les pegué tres gritos, les puse firmes y me dispuse a dirigir la charla sobre el control de las emociones y la paciencia (snif snif que contraste hablar de calma en un estado de nervios que raya el histerismo). "¡A ver!" bramé, "Que hay que controlar nuestros demonios y punto". "El mío se llama pastel de nata" aseguró Daniel. "Nooooo" protestó Iván, "No se puede llamar asíiiiiii. Ese será el ángel. El demonio tiene que llamarse pincho de fueeeego". "Chicos, chicos, chicos", les interrumpí "Que no se llaman así. Los demonios se llaman Ira, envidia, celos, desamparo, rencor... Y los ángeles: comprensión, ternura, amor, empatía..." los peques me miraron, se miraron, me volvieron a mirar y Daniel me soltó: "Que nooooo, mamá. Que noooo, que se llama pincho fuego. Ayyyy, mamá, que no te enteras" e Iván asentía muerto de la risa.
"Pues lo que queráis, peeeero, que no me vuelvan a decir las profes que porque tengáis un mal día se lo hacéis pasar mal a ellas. ¡Entendido!" Mi mirada seria les resbaló bastante, pero conseguí un entusiasta "Vaaaaaaale," con cara de "le decimos que sí para que se calle". "Y mi demonio quiero que llame volcán de lava, ¿Vale mami?" Añadió Iván con ojos brillantes. ¡Aaaaaarg!
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