Yo tengo mucha imaginación y enseguida vienen a mi mente imágenes muy vívidas de los que le puede pasar a mi chiquitín si le dejo seguir jugando, por ejemplo, con esos tarros de cristal. Pero si se trata de algo que no quiero que haga porque puede romper algo o porque es de mala educación y habría que corregirlo, entonces todo depende del día, la situación y el cansancio.
También hago excepciones si es el niño el que está malito. No me gusta reñirle cuando sé que lo está pasando mal. Pero intento reñirle suavemente o alejarle del lugar prohibido para él.
Tampoco me considero una madre particularmente permisiva. Cuando se pone tonto yo también me pongo tonta. Y cuando le meto en el carrito o en la cuna en contra de su voluntad, le dejo allí el tiempo necesario. Sacarle sería darle demasiado poder a este peque. La verdad es que es muy difícil llegar al punto exacto y adecuado entre la permisividad y la disciplina. Yo diría que imposible, así que reconozco que hay veces que me paso y otras que no llego. Espero no estar haciendo un lío tremendo en la cabecita de Daniel.

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