Me pidió pegamento, tijeras, lápiz y goma y le dejé sólo ante el papel en blanco. Al poco me pidió ayuda para ver cómo se escribía una u otra palabra y, finalmente, tenía un pequeño librito con portada, ilustraciones y reseña trasera entre las manos.
Se titula: El tropecista y su caballo. Y las ilustraciones las había sacado de una actividad de su colegio. Me pareció increíble que lo hubiera ideado y creado el sólito. Se hace mayor muy deprisa. Me sentí extremadamente orgullosa.
Tanto le alabamos el trabajo que se arrancó a hacer otro cuento sobre un semáforo dormilón que hizo él sólo sin preguntar dudas ni nada. Y que también nos pareció un tesoro.
Al verlo, Iván también quiso hacer uno. ¡Y vaya si lo hizo! Para sus cuatro años aluciné con la historia que me pidió que escribiera al lado de sus dibujos. También añadió una ventanita en la que ponía: Ábrela si quieres saber de qué va disfrazado el amigo. Y al abrirla... ¡De troglodita!
¡Que artistas son mis niños! Daniel incluso le dio un día por escribir jeroglíficos egipcios. A su manera, claro. Pero me llamó la atención que siempre que se ponía con los jeroglíficos dibujara los mimos símbolos y con el mismo color que destinaba a cada uno. ¡Que memoria!
En cambio, el más peque de la familia se cansó de hacer cuentos enseguida y volvió a diseñar juegos chulos con los que me deja alucinada. Me hace laberintos, pruebas de buscar elementos en un dibujo, de elegir la columna más fina, adivinar bajo que ventanita está la cara contenta... Desde luego tienen una mente muy activa.
Poco después de esta jornada tan creativa, me enteré de que Boolino había puesto en marcha el concurso infantil y juvenil Atrapa-Palabras y se lo comenté al mayor. Muy ilusionado eligió el cuento del tropecista y las dos poesías para participar. Al más peque no le dije nada porque no llegaba a la edad mínima de seis años. Me parece una iniciativa muy divertida para pequeños escritores.















