miércoles, 5 de diciembre de 2012

Los coles se engalanan para las fiestas

Ya es Navidad en el colegio de mis hijos.

En el de Daniel hay un belén precioso hecho con figuras caseras. La base es un bote de actimel y a partir de ahí ¡viva la imaginación! En las clases de primaria hicieron un concurso y los mejores se exponen en el Nacimiento. Todas son preciosas, aunque, en algunas, se ve la mano del padre o de la madre más que la del niño. A mí eso siempre me ha parecido una pena. Prefiero que lo haga mi hijo aunque salga un churro. El objetivo es que los peques se diviertan, no que se luzcan. Siempre que vams de camino a la biblioteca tenemos que hacer una parada para admirar los animalitos, las luces, el río, los guardias del castillo de Herodes, al niños Jesús...

En la guardería de Iván han "plantado" un enorme abeto navideño lleno de adornos multicolores, luces y estruendosa música. Una maravilla para los más pequeños. Me cuesta un mundo apartar a mi bebé de su lado. Menos mal que han instalado una valla porque si no ya estaría en el suelo como el de casa.

martes, 4 de diciembre de 2012

La Navidad llega a nuestro hogar y mis chiquitines la arrollan

La tarde del sábado mis peques y yo nos dispusimos a comenzar la operación adornos de navidad. No tenemos muchos y no son los mejores ni los más bonitos, pero para dos chiquitines como los míos son suficientes.

Daniel y yo nos pusimos manos ala obra para montar el árbol. Lo compramos Raúl y yo en Ikea hace un montón de años con la idea de hacer el menor esfuerzo posible. Montas el palo, despliegas las hojas que están dispuestas en aros y lo colocas en el palo. Viene con las bolas ya colgadas, aunque con el tiempo cada vez quedan menos. Los gatos y los niños hacen estragos con el pobre. Le pusimos las luces y ¡listo! Listo para que viniera Iván y lo tirara dos veces seguidas. Harta de la situación decidí encaramarlo a la mesa del comedor, lejos de sus perversas manitas.

Era la hora del belén. Coloqué las figuritas y los niños se encargaron de dispersarlas por todo el salón previa pelea por una o por otra. Harta de nuevo y viendo el alto riesgo de rotura inminente volví a guardar el belén en su caja.

A día siguiente papá hizo un nuevo intento. En esta ocasión se enzarzó a montar un belén con las figuras de Lego. Tras mucho pelear con el bebé lo logró. Colocaron las figuras y quedó muy bonito... Los cinco segundos que bastaron para sacarle la foto. Después los dos hermanos compitieron para ver quien causaba más estragos. Ya tenemos dos bajas. Un carro tirado por un buey se estrelló contra el suelo de la mano de Iván y la fogata está perdida en combate. Esperemos que aparezca antes de que terminen las navidades.

Eso sí, los críos están disfrutando a lo grande desmantelando los adornos.





lunes, 3 de diciembre de 2012

Dos duendes navideños se cuelan en nuestra casa


Dos duendes muy navideños se han colado en nuestra casa para recordarme que ya estamos a diciembre y que hay que empezar a adornar nuestro humilde hogar, así que les he hecho caso y nos hemos puesto este fin de semana manos a la obra.

Un recorrido muy navideño

Este sábado ha amanecido con un sol precioso, aunque el frío era intenso. Aún así decidimos darnos una vuelta por el centro de Madrid para respirar un poco de espíritu navideño. Pensábamos llevar a los críos al mercado de Navidad de la Plaza Mayor para comprar una figurita de belén, siguiendo la tradición de su papá cuando era pequeño. Pero los precios eran ridículos y nos fuimos de allí con las manos vacías, pero la retina llena de escenas de Navidad.

En la misma plaza disfrutamos de un espectáculo callejero que encantó a los niños. Un señor hacía pompas de jabón gigantes. El mecanismo parecía sencillo: Un hilo enganchado a dos palos y un cubo lleno de agua  y jabón. Raúl y yo decidimos intentar hacer esas pompas en verano. A ver si es tan sencillo como parece...

Aprovechando el paseo, nos pasamos a visitar la casa del Ratón Pérez y por delante de Cortilandia para que los chiquillos disfrutaran del espectáculo de luz y sonido. A Daniel no le decepcionó. Iván estuvo todo el rato profundamente dormido y se lo perdió todo.

Agotados volvimos al hogar dulce hogar, pero antes nos pasamos por la tienda de todo a cien más cercana para comprar nuestra figurita. Daniel eligió un pozo y una fogata que nos costaron 1,80 las dos. ¡Un chollo!

El Ratón Pérez entra en nuestra vida

De repente Daniel me sorprendió con una discutible muestra de generosidad.
"Quiero compartir mis juguetes. Le he dejado uno al Ratón Pérez debajo de mi almohada". Me informó muy serio. Lo que había bajo la almohada era una ficha de un juego de piezas magnéticas, nada muy valioso, pero el detalle no dejaba de tener su valor. Así que le advertí que probablemente el Ratón Pérez no vendría porque él era demasiado pequeño para que se cayera algún diente y el pequeño roedor sólo vigilaba posibles productores de piezas de marfil, pero no me hizo caso y siguió con su plan.

Al día siguiente le tuve que recordar yo que su juguete seguía en la cama. El peque corrió entusiasmado a levantar la almohada. Cual no sería nuestra sorpresa cuando descubrimos que el Ratón Pérez nos había dejado, no sólo un regalo (un par de piruletas de chocolate), sino también una carta firmada por su propia pata: "Querido Daniel: Muchas gracias por compartir conmigo tus juguetes. Eres un nuño muy bueno. Pero a mí sólo me interesan tus dientes cuando seas un poco más mayor. Sin embargo quiero recompensar tu generosidad con unas piruletas. ¡Recuerda! Sólo dientes. Feliz Navidad. El ratoncito Pérez".

Daniel estaba entusiasmado. Engulló la piruleta de chocolate más grande en ese mismo momento. A Iván le tuve que dar una par de onzas de una tableta porque también quería.

Pero. ¿cómo puede ser que este pequeñajo conozca a tan singular y peludo personaje si aún no está en edad de exhibir una sonrisa desdentada? Pues gracias a nuestra inseparable Peppa Pig, que lo habló del Hada de los Dientes. Cómo mi niño estaba empeñado en conocerla, le tuve que explicar que esa hada vivía en Estados Unidos, pero que en España el que se encargaba del trabajo de recoger dientes de debajo de las almohadas y de repartir monedas brillantes era el Ratoncito Pérez.

Cómo vi que era mucho el interés, Raúl y yo decidimos llevar al mayor de nuestros hijos a ver la Casa Museo del Ratoncito Pérez, que está en el centro de Madrid.

Una vez allí dudamos en entrar porque la edad recomendada era a partir de los cinco años, pero al final decidimos que Rasúl se quedara con Iván, que se había quedado torrado fuera, y yo acompañara al curioso Daniel. Una vez dentro del Museo nos contaron la historia del príncipe Buby, al que le daba miedo que se le moviera un diente. los médicos decidieron extraerle la pieza bucal con un hilo y el príncipe le escrbió una carta al Ratoncito Pérez porque quería conocerlo personalmente. Éste decidió usar los polvos máguicos que tenía en la cartera para convertir a Buby en ratón y hacerlo pequeñito. Entonces se fueron los dos a recoger dientes y a la casa del Ratón Pérez, dónde le presentó a sus dos hijas, a su hijo pequeño y a su mujer. A partir de entonces, el príncipe ya no le tuvo miedo a que se cayeran los dientes de leche. Por lo visto, el ratón recoge los dientes para hacer funcionar sus fábricas, aunque cuidando de que Daniel no hiciera demasiado el bruto en ese mini museo no pude alcanzar a oir que se producía en esas fábricas .

Lo que más le gustó al pequeño fue la puerta pequeña de la caja de galletas donde vivía tan ilustre personaje con su fanilia. Se lo pasó bomba entrando y saliendo mi veces. También le llamó la atención una bola del mundo muy grande a la que hizo girar todo lo que quiso, una puertecita ratonera que había en una esquina de la habitación y desde donde se podía avistar el despacho de Pérez y un tigre peludito que adornaba la estancia. Salió muy contento de su visita.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

domingo, 2 de diciembre de 2012

Loca y salvaje tarde de bolas

Una tarde quedamos con una familia que tiene dos hijos de la misma edad que los míos. El mayor es Guille, el mejor amigo de Daniel ahora mismo. Cómo hacía mucho frío decidimos visitar por primera vez una ludoteca de bolas que tenemos muy cerca de casa. Los niños iban emocionados ante tan divertida perspectiva. Desde luego a ellos no les decepcionó lo que encontraron. En cambio a los padres nos pareció la jungla.

Nuestra idea era tomar un café mientras los mayores jugaban, pero había tal cantidad de niños que era imposible sentarse ni un segundo. Daniel y Guille empezaron jugando en la zona de bebés, pero pronto descubrieron la de niños que era mucho más grande, mucho más atractiva y mucho más peligrosa. Allí se pusieron a gastar energías como locos.

Iván al ver a su hermano exigió el mismo trato, así que lo metí en la zona de bebés. Allí hizo el kamikaze todo lo que quiso. Bajaba por el tobogán gateando a toda velocidad y riéndose como un loco. Hubo un momento en que decidí quitarme las playeras e intervenir para que no se me descalabrara. El otro bebé también disfrutó de la piscina de bolas, pero de una forma más calmada. Lo metí entre las bolas y allí se quedó, sentadito, tan tranquilo, cogiendo y dejando bolas de colores.

Tras lidiar una hora entre bolas, niños, gritos y lloros, decidimos abandonar ese paraíso infantil y tomarnos el prometido café en una cafetería normal. Los niños no querían abandonar la batalla, pero la promesa de un Cola Cao calentito y unas ricas patatas los convencieron enseguida.

Por fin pudimos charlar algo sentados alrededor de una mesa y sin quitar ojo a los mayores que sorbían su cola cao entre patata y patata.

Entonces, tuve un error fatal. Para que Iván dejara de protestar y removerse en el carrito le acerqué el objeto de su deseo: la cerveza de papá. Yo la sujetaba fuertemente para que no hubieran accidentes, pero subestimé la fuerza de Iván que me arrancó la botel ansioso para llevársela a los labios. El fondo de cerveza le cayó directo a la boca. Le debió resultar de lo más desagradable porque dejó de tragar enseguida y se llenó todo el jersey de apestosa cerveza mientras hacía gestos raros con la cara. Yo ya me iba a levantar hacia urgencias pensando en comas etílicos y cosas similares, pero mis acompañantes me tranquilizaron con sus risas y sus chanzas. Me aseguraron que con lo poquito que podía haber bebido no podía pasar nada. Eso espero. El caso es que lo estuve observando de cerca y estaba igual que siempre. Menos mal.

Tras el café nos despedimos y cada uno a su casita para empezar con los baños, las cenas, los cuentos...

sábado, 1 de diciembre de 2012

Segunda carta a los reyes: Cambio chupetes por juguetes

Seguimos con la operación "¡Fuera chupete!". Esta vez se le ocurrió a Raúl escribirle una carta a Papa Noel y otra a los Reyes Magos muy especiales. Dentro del sobre irían unos chupetes para intercambiarlos por juguetes. A nuestro peque le pareció una gran idea. Ya se veía rodeado de vehículos de emergencias, de la construcción, de espadas de pirata, de herramientas...

Se sentó con su padre a escribir las cartas. Entre lo que aportaba uno y otro al final quedo algo así: "Querido Papa Noel / Queridos Reyes Magos: Ya sabéis que este año me he portado muy bien. No obstante me gustaría tener más juguetes. En el colegio ya duermo la siesta sin chupete y en casa ya dormí un día sin chupete. Si te parece bien, te doy mis chupetes para que me traigáis más juguetes y más regalos. He sido muy bueno este año y he ayudado mucho a papá y a mamá y cuido muy bien de Iván. Quiero buenas cosas, pero que no estén rotas. Un beso. Daniel García Muñoz".  Después pegaron un recorte de un catálogo de juguetes y dieron por terminada la misiva.

Daniel les dio una última chupada a los "pitus" antes de meterlos en el sobre y nos fuimos todos muy contentos a echar las cartas al buzón. En realidad, papá rescató los chupetes en el último momento y metió otra cosa, que no sé lo que sería, para que hiciera bulto. Hay que pensar que aún tenemos a Iván y no vamos a tirar los chupetes para comprar otros nuevos. Ya les mandaremos otra carta a los Reyes y a Papa Noel explicándoles la situación. Aunque seguro que ya la saben.

Mi chico mayor no podía parar de correr de un lado a otro en busca de un buzón. Cuando llegamos a nuestro destino se empeño en tirar el mismo las cartas.

Parecía que todo iba sobre ruedas, pero esa misma tarde pidió los "pitus" para la siesta. Por mucho que le explicamos que estaban en el buzón caminos del Polo Norte y el Desierto se puso a berrear como un loco y acabó durmiéndose por agotamiento. Esa misma noche también los pidió, pero se conformó enseguida y se durmió sin llorar.

Sigue pidiéndolos, pero le recordamos que los echó al buzón y se duerme sin ellos y sin perreta. Hay que tener mucho cuidado de poner los chupetes de Iván fuera de su alcance para que no le entren tentaciones. A ver cuanto tarda en olvidarse definitivamente de ellos.