Cómo todos los años por estas fechas a vuelto la feria al barrio con motivo de las fiestas. El mayor llevaba desde el verano preguntando por ella. Supongo que las atracciones se quedaron grabadas a fuego en su mente.
El sábado por la tarde decidimos dar una vueltecita con un niño de cuatro años dando brincos de la alegría y otro de dos clamando por el parque: "Feia no, paque, paque, paqueeeee". En cuanto vio las lucecitas y oyó la música atronadora cambió de opinión y se contagió el entusiasmo de su hermano.
Daniel se empeñó en montarse en unos rulos hinchables que evolucionaban por una piscinita de agua. Su padre y yo no las teníamos todas con nosotros de que le fuera a gustar y pagamos la entrada bastante reticentes. Estuvimos hasta el último momento intentando quitarle la idea de la cabeza. Al final, le encantó. Se lo pasó bomba dando trompicones en la superficie acolchada del cilindro mientras el otro niño que montó con él, bastante mayor, lo movía. Tuvimos suerte y el chiquillo cuidó bastante de nuestro hijo evitando movimientos demasiado bruscos.
El chiquitín también se quiso montar, pero nos negamos en redondo. Para quitarle el mal sabor de boca me lo subía a los hombre y me convertí en una montaña rusa humana. Se reía carcajadas y pedía que lo repitiera una y otra vez.
Tras los rulos, les montamos en los cochecitos que van por un recorrido marcado todo el rato y que sé que siempre triunfan. Iván dio una vuelta de más porque su hermano había disfrutado de la otra atracción y él no. Daniel no lo entendió, por supuesto, pero, a base de mimos y paciencia, logré convencerle de que esperara a que se bajara el más peque para acercarnos al parque.
Se recorrieron el parque de punta a punta corriendo. Se notaba que tenían energías que quemar. Se lo pasaron tan bien que hubo que pasar por otra perreta del mayor antes de poner rumbo al hogar.
lunes, 7 de octubre de 2013
domingo, 6 de octubre de 2013
Iván y su camita
Iván duerme en camita desde que se fue a agosto a Covarrubias y Raúl se dio cuenta de que, o tomaba cartas en el asunto o nuestro querido bebé acabaría descalabrado a los pies de la antigua cuna en la que él mismo había dormido hace ya unos cuantos años. Bastantes, pero no diremos cuantos jejeje.
Por iniciativa propia, le tiró un colchón al suelo, lo rodeó de cojines y almohadas y ¡ale! ya tenía el peque su primera cama. Tanto le gustó que decidimos seguir con el plana cambio de cuna a cama en Madrid.
Hicimos lo mismo que con el mayor. Le compramos una funda edredón bonita para que su camita fuera más atrayente y no le diera por salir a pasear a altas horas de la madrugada. En el caso de Daniel la eligió el mismo, pero con Iván nos encargamos sus papis porque él no estaba presente en el momento de la compra.
Cuando vio sus sábanas se volvió loquito de la alegría. Se metió debajo del edredón, a dar patadas, a bucear entre las sábanas... Daniel lo miraba con envidia y pidió unas sábanas iguales. La verdad es que son monísimas. Si algún día volvemos por la tienda le daremos el gusto.
Iván se acomodó muy fácilmente a la nueva situación y no es normal que dé paseos nocturnos. De hecho, creo que duerme mejor que antes.
Por iniciativa propia, le tiró un colchón al suelo, lo rodeó de cojines y almohadas y ¡ale! ya tenía el peque su primera cama. Tanto le gustó que decidimos seguir con el plana cambio de cuna a cama en Madrid.
Hicimos lo mismo que con el mayor. Le compramos una funda edredón bonita para que su camita fuera más atrayente y no le diera por salir a pasear a altas horas de la madrugada. En el caso de Daniel la eligió el mismo, pero con Iván nos encargamos sus papis porque él no estaba presente en el momento de la compra.
Cuando vio sus sábanas se volvió loquito de la alegría. Se metió debajo del edredón, a dar patadas, a bucear entre las sábanas... Daniel lo miraba con envidia y pidió unas sábanas iguales. La verdad es que son monísimas. Si algún día volvemos por la tienda le daremos el gusto.
Iván se acomodó muy fácilmente a la nueva situación y no es normal que dé paseos nocturnos. De hecho, creo que duerme mejor que antes.
viernes, 4 de octubre de 2013
El extraño cumple de Daniel en el cole
El viernes pasado, Daniel celebró su cumple en su clase junto con dos compañeros. Cómo aún no ha sido la reunión con la profesora, las tres madres con niños de cuatro años cumplidos en septiembre llegamos al acuerdo de seguir el método del año pasado de celebrar todos los cumples del mes el último viernes.
Hablamos con la profesora y estuvo de acuerdo. Cómo tenía que ir ese día al supermercado a comprar las cositas de la fiesta que hicimos en casa, me encargué de comprarlo todo. El día en cuestión mandé a Raúl cargado de batidos, galletas de chocolate sin huevo ni frutos secos (tenemos dos alérgicos en la clase) y un jueguecito de un laberinto muy sencillo. El papá no le llevó mochila al peque porque presuponía que con esas viandas tendría suficiente, ya que el año pasado les daban las golosinas de cumpleaños para almorzar.
El resultado fue catastrófico. Daniel salió del cole sin el babi, con el vaso y un paquete de galletas de chocolate del cumple en las manos, sin el juego laberinto y con un libro que no era suyo.
Por lo visto, cada uno almorzó lo suyo, menos mi hijo que no tenía nada y las cosas del cumple se las dio después de clase para que se las comieran en casa por si acaso alguno era alérgico no tener problemas. Como el chiquillo no llevó mochila no pudo guardar sus cosas con lo que perdió el jueguito, el batido y el babi. El babi lo recuperamos el lunes ¡Menos mal!
Me sentó fatal que el niño se quedara sin almuerzo habiendo llevado comida de sobra por la mañana. No critico la decisión de la profesora sino la falta de información. Si me dice que cada niño se va a comer su ración en su casita, mi hijo va al cole con su mochilita y su almuerzo. De todas formas, vaya porquería de invitación de cumpleaños ¿No?
En cuanto al libro, fue lo mejor del día. Se lo había prestado un amiguito de clase. Se lo tenía que traer el lunes. Me pareció una actitud muy responsable y "de mayores". El hermano mayor de su amigo no estuvo de acuerdo con el trato, pero la casualidad quiso que yo llevara encima otro cuento y el préstamos se acabó convirtiendo en un intercambio.
Daniel estuvo todo el fin de semana pegado a su libro intercambiado. Se lo leímos mil veces. Y en ocasiones le veíamos sentado muy tranquilo pasando las páginas una y otra vez.
El lunes volvimos a intercambiar los libros. Mi chico se hace mayor.
Hablamos con la profesora y estuvo de acuerdo. Cómo tenía que ir ese día al supermercado a comprar las cositas de la fiesta que hicimos en casa, me encargué de comprarlo todo. El día en cuestión mandé a Raúl cargado de batidos, galletas de chocolate sin huevo ni frutos secos (tenemos dos alérgicos en la clase) y un jueguecito de un laberinto muy sencillo. El papá no le llevó mochila al peque porque presuponía que con esas viandas tendría suficiente, ya que el año pasado les daban las golosinas de cumpleaños para almorzar.
El resultado fue catastrófico. Daniel salió del cole sin el babi, con el vaso y un paquete de galletas de chocolate del cumple en las manos, sin el juego laberinto y con un libro que no era suyo.
Por lo visto, cada uno almorzó lo suyo, menos mi hijo que no tenía nada y las cosas del cumple se las dio después de clase para que se las comieran en casa por si acaso alguno era alérgico no tener problemas. Como el chiquillo no llevó mochila no pudo guardar sus cosas con lo que perdió el jueguito, el batido y el babi. El babi lo recuperamos el lunes ¡Menos mal!
Me sentó fatal que el niño se quedara sin almuerzo habiendo llevado comida de sobra por la mañana. No critico la decisión de la profesora sino la falta de información. Si me dice que cada niño se va a comer su ración en su casita, mi hijo va al cole con su mochilita y su almuerzo. De todas formas, vaya porquería de invitación de cumpleaños ¿No?
En cuanto al libro, fue lo mejor del día. Se lo había prestado un amiguito de clase. Se lo tenía que traer el lunes. Me pareció una actitud muy responsable y "de mayores". El hermano mayor de su amigo no estuvo de acuerdo con el trato, pero la casualidad quiso que yo llevara encima otro cuento y el préstamos se acabó convirtiendo en un intercambio.
Daniel estuvo todo el fin de semana pegado a su libro intercambiado. Se lo leímos mil veces. Y en ocasiones le veíamos sentado muy tranquilo pasando las páginas una y otra vez.
El lunes volvimos a intercambiar los libros. Mi chico se hace mayor.
La fabulosa historia del niño mas o menos honrado y sus padres no tanto
Hay algunas historias que parecen increíbles, pero puedo asegura que todo, absolutamente todo, de lo que me dispongo a narrar es cierto.
Todo comenzó un día de parque normal. Fuimos a uno nuevo por variar. Les había llevado a los niños dos excavadoras y un camión bastante grandes y coloridos. No me importó dejárselos a unos niños de aproximadamente la edad de mi chico mayor, cuatro años, cuando me los pidieron.
Enfrascada en resolver conflictos y evitar que mis hijos se mataran en una improvisada lucha de palos espada, los perdí de vista.
Llegó la hora de marcharse y di un repaso visual al parque en busca de los juguetes, como suelo hacer habitualmente. Sólo localicé una de las excavadoras. Del resto ni rastro.
Ni corta ni perezosa interrogué a los chiquillos que me las habían pedido. Los pequeños me señalaron entusiasmados el único vehículo a la vista como si fuera el único que había visto en su vida, pero como insistí, al final logré que uno de ellos me dijera que se los había dado a su hermano mayor. Todos señalaron con dedo acusador a un chaval de unos siete años y sus amiguitos. Me dirigí a ellos sin un atisbo de duda y les hice el mismo interrogatorio. En seguida me confesaron que ellos las había guardado.
"¿Guardado?" Inquirí amablemente, "¿Me podrías decir dónde?". El chiquillo se acercó muy contento hacia el grupo de sus padres y los progenitores de sus amigos y sin rastro de rubor abrió sendas mochilas, supongo que una suya y otra de un amigo, sacó los juguetes y me los entregó sonriente.
A los que sí se les puso la cara roja de vergüenza fue a los padres allí reunidos. "¿Eran tuyos?" tartamudeó una madre "Ellos dijeron que no eran de nadie" se excusó torpemente. "Como ayer se llevaron unos juguetes que estaban tirados por ahí sin dueño..." agregó, terminando de arreglarlo, una abuela.
Sin dar crédito a la escena que estaba viviendo, me lo tomé todo a risa, ¿Qué podía hacer?, recogí mis juguetes y me fui de allí jurándome no volver a ese parque en el que los padres enseñaban a sus hijos a apropiarse de los juguetes ajenos.
Todo comenzó un día de parque normal. Fuimos a uno nuevo por variar. Les había llevado a los niños dos excavadoras y un camión bastante grandes y coloridos. No me importó dejárselos a unos niños de aproximadamente la edad de mi chico mayor, cuatro años, cuando me los pidieron.
Enfrascada en resolver conflictos y evitar que mis hijos se mataran en una improvisada lucha de palos espada, los perdí de vista.
Llegó la hora de marcharse y di un repaso visual al parque en busca de los juguetes, como suelo hacer habitualmente. Sólo localicé una de las excavadoras. Del resto ni rastro.
Ni corta ni perezosa interrogué a los chiquillos que me las habían pedido. Los pequeños me señalaron entusiasmados el único vehículo a la vista como si fuera el único que había visto en su vida, pero como insistí, al final logré que uno de ellos me dijera que se los había dado a su hermano mayor. Todos señalaron con dedo acusador a un chaval de unos siete años y sus amiguitos. Me dirigí a ellos sin un atisbo de duda y les hice el mismo interrogatorio. En seguida me confesaron que ellos las había guardado.
"¿Guardado?" Inquirí amablemente, "¿Me podrías decir dónde?". El chiquillo se acercó muy contento hacia el grupo de sus padres y los progenitores de sus amigos y sin rastro de rubor abrió sendas mochilas, supongo que una suya y otra de un amigo, sacó los juguetes y me los entregó sonriente.
A los que sí se les puso la cara roja de vergüenza fue a los padres allí reunidos. "¿Eran tuyos?" tartamudeó una madre "Ellos dijeron que no eran de nadie" se excusó torpemente. "Como ayer se llevaron unos juguetes que estaban tirados por ahí sin dueño..." agregó, terminando de arreglarlo, una abuela.
Sin dar crédito a la escena que estaba viviendo, me lo tomé todo a risa, ¿Qué podía hacer?, recogí mis juguetes y me fui de allí jurándome no volver a ese parque en el que los padres enseñaban a sus hijos a apropiarse de los juguetes ajenos.
jueves, 3 de octubre de 2013
Pompas gigantes
Desde que vi a un chico hacer pompas gigantes en una plaza no se me quitaba la idea de emularle de la cabeza. Una tarde que los niños estaban especialmente cabezones con que no querían bañarse, me decidí a intentarlo.
Cogí una palangana, la llené de agua y, con todo el dolor de mi corazón y la ilusión de conseguir esas pompas gigantes, derroché champú a mansalva.
Con unos palitos de brocheta e hilo de manualidades me hice un pompero amorfo. ¡Funcionó! Las pompas que salían del pompero casero tenían dimensiones mayores que las normales, aunque tampoco eran para echar cohetes.
Lo mejor de todo es que a los niños les encantó. Valió la pena el derroche de champú.
Cogí una palangana, la llené de agua y, con todo el dolor de mi corazón y la ilusión de conseguir esas pompas gigantes, derroché champú a mansalva.
Con unos palitos de brocheta e hilo de manualidades me hice un pompero amorfo. ¡Funcionó! Las pompas que salían del pompero casero tenían dimensiones mayores que las normales, aunque tampoco eran para echar cohetes.
Lo mejor de todo es que a los niños les encantó. Valió la pena el derroche de champú.
miércoles, 2 de octubre de 2013
La temida vacuna de los cuatro años
Cuando llevas a tu bebé a que le pinchen por el bien de su salud, sabes que vas a sufrir como una condenada, pero que dos minutos después el peque va a estar rechupeteando su aspito premio sin acordarse de por qué tiene la carita húmeda. Pero los cuatro años son otra cosa. Ya tiene memoria y te pueden guardar rencor mucho tiempo si te ven como la judas que le sujetó cuando una enfermera sin escrúpulos les laceraba el brazo. O así lo veo yo. Así que dirigí todos mis esfuerzos a evitar que se diera una situación parecida.
Cuando el temido día llegó llevaba preparando a Daniel para esto más de seis meses con historias de refuerzos de caballeros buenos a través de las vacunas para no caer enfermos, animándole a hablar del tema con los amigos del cole que ya habían pasado por ello, viendo una y otra vez el capítulo de Érase una vez la vida en el que le ponen una vacuna a Pedrito... Sin nombra el susodicho premio que le esperaba en casa si se portaba bien: un pijama de Iron man.
De camino a recoger a su hermano de la guardería le fue a preguntando a todo el mundo si la vacuna dolía. "Sólo hace cosquillas" fue la opinión más difundido. Yo, muy precavida, le avisaba de que algo de daño hacía. Pero él prefería quedarse con la parte buena del asunto.
Mi chico mayor estaba sobradamente preparado para su revisión de los 4 años. Incluso entró con una sonrisa feliz a la consulta. Habíamos estado hablando de lo que le iba a preguntar a la enfermera una vez dentro: Si la vacuna dolía, de cuántos pinchazos estábamos hablando, que él quería que la vacuna se la pusieran lo último de lo último... La enfermara flipaba con un niño tan parlanchín y de ideas claras. Pesó18 kilos y midió 1,07 centímetros. La vista pasó el examen y los dientes también. La tensión perfecta. El peque estaba encantado porque le dijeron que le medían la fuerza y que había alcanzado el máximo. Mientras tanto, Iván se había apoderado de los juguetes que abundaban por la consulta.
Cuando la enfermera empezó a preparar la aguja le cambió la cara a mi primogénito y lo único que quería era poner pies en polvorosa. Hubo que sujetarle y se puso a gritar como si le estuvieran matando. Cuando le sacaron la aguja del brazo, paró de berrear, se secó una lagrimita y aseguró tajante: "Pues me ha dolido. ¡Y mucho!".
En cuanto le dieron el palito para ver gargantas que siempre pide en todas las consultas le mejoró el humor. No podía esperar a llegar a casa y ver su premio por haber sido tan valiente. "¿Los valientes también lloran ¿verdad, mami?" "Claro que sí, cariño".
Le enseñé el pijama de Ironman y el de Spiderman de su hermano que también le toca vacuna pronto y me contestó con un decepcionante:"¡No me gustan! ¿Podemos ir a la tienda para que yo elija?". ¿Que podía decir? Nos plantamos en la tienda y eligió un horroroso disfraz musculoso del Capitán América. Resignada hice el cambio, que me resultó bastante caro y volvimos a casa con su tesoro.
Nada más llegar bañé al más pequeño y le puse su flamante pijama de Spiderman. "¿Y el mío?" Preguntó el mayor. "¿Me estás vacilando?" contesté yo al borde de una ataque de nervios. Lloró, juró y perjuró que quería un pijama de Spiderman como el de Iván. me rogó mil veces que cambiara el disfraz nuevo por el pijama del superhéroe arácnido. Y una que es blanda volvió a la tienda, ignoró la sonrisita de la dependienta y el comentario "A ver si ahora se decide el chiquitín, por fin" y le tuve preparado su pijamita la noche siguiente. Se lo puso feliz y con sus ojitos de bambi me hizo otra "inocente" pregunta "¿Y el de Ironman?". "¡¡Qué!!" grité con ansias asesinas "No pienso volver a cambiar éste". "Los dos mami, por favooooor. Yo quiero los dos" ¡Será listo el crío!
martes, 1 de octubre de 2013
Rayos laser de lana roja
En twitter, vi una foto que me llamó poderosamente la atención. Unos niños sorteaban hilos de lana roja simulando que eran rayos laser al estilo de las pelis de ladrones de guante blanco. ¡Me encantó la idea! En Covarrubias vimos la oportunidad ideal para ponerla en práctica. Desenrrollamos un ovillo entre varias sillas y les hicimos un camino de lasers a los pequeños. Se lo pasaron genial intentando no "achicharrarse". "Más difícil, más difícil" nos pedía emocionado el mayor. Y los dos hacían el recorrido una y otra vez. Cuando hubo que recogerlo para sentarnos a comer protestaron desilusionados. Habrá que repetir este juego.
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