En Covarrubias siempre pasa algo. Es increíble la vida social que se puede llegar a tener en este pequeño pueblo turístico de Burgos. Y algunas acciones han tenido tanto éxito que repiten ediciones de año en año. Ese el caso del Concierto Nocturno.
Los organizadores hacen una puesta en escena espectacular con una clave de Sol hecha de velas. El año pasado no asistí y no sé si lo hicieron igual, pero este habían colocado preciosas palomas de papel porque cantaban por la paz. A cambio de un donativo de una euro te daban una vela blanca al acceder al camino que lleva a la colegiata, donde iba a tener lugar la actuación.
Dos cantantes bordaron, cada una en solitario, boleros, blues y canciones de jazz maravillosamente acompañadas por los músicos. Fue precioso disfrutar de esa música en un entorno tan bonito.
Mientras yo escuchaba el repertorio, Raúl vigilaba a los niños en la plaza, aunque Daniel, de vez en cuando, se asomaba por donde yo estaba. La última canción fue acompañada de las velas encendidas del público creando un gran efecto final. Los niños vinieron corriendo a por sus velas y se sentaron a escucharla como si de verdad les interesara (si casi no les había visto el pelo hasta ese momento).
Cuando terminó protestaron bastante. Y más aún cuando les apagué la vela antes de que causaran un desastre. Durante la interpretación, al menos habían permanecido sentados a mi lado y él único daño fue la gota de cera caliente que se les cayó en mi pié (o creo que ese fue el único daño).
Aún así no perdieron la oportunidad de ayudar a los organizadores a apagar velas antes de irnos a casa.
jueves, 7 de septiembre de 2017
miércoles, 6 de septiembre de 2017
Catisfactions, chuches para gatos golosos
A comienzos de verano me apunté a una promociòn de Youzz y Catisfactions. Al poco me llegaba a casa una gran caja llena de bolsitas de esta golosina para gatitos.
Ese mismo día Fantasma pudo degustar, incluso empacharse diría yo, de las bolitas de dos bolsitas. Y ¿Por qué le di dos bolsitas? Os preguntaréis. Pues porque en esta casa hay dos niños y cada uno quería ser dueño y señor de su bolsita. La buena noticia es que no se las dieron del tirón, a pesar de que nuestro enorme gato les hacía ojitos... por primera vez en su vida. Normalmente los mira de reojillo y con desconfianza. ¡Con lo que le quieren los fieras!
Da penilla cuando se me acercan a preguntarme por qué Fantasmita no quiere estar con ellos con expresión lastimera. "Porque sois unos escandalosos y unos pedazos de bestiajos... eeeeh, superbuenos y cariñosos, pero bestiajos al fin y al cabo. A los gatos les gusta la paz, el silencio, la tranquilidad, las caricias suavecitas...". Entonces es cuando intentan ganarse su confianza y yo me parto de risa (saco mi parte un poco malvada, lo sé). Se acercan despacito al minino que les observa con inquietud, le acarician despaaacio, el gato levanta el trasero precavido, se tiran directos al achuchón y ¡Fantasma se escapa de entre sus brazos con gran maestría y precisión! Punto para el peludo.
Pero en esta ocasión, no les hizo falta mucha estrategia para que nuestro lindo gatito se acercara a olisquear lo que tenían en las manos y se lo zampara gustoso para luego pedir más de la forma más efectiva: ¡ataque de monería! Les ponía una patita en el brazo o pierna y les miraba fijamente con su expresión más encantadora. Y claro, Iván claudicaba enseguida. Pero Daniel era más duro y cerraba su bolsa hasta más tarde: "Es que tanta chuche no es buena para él. ¿Verdad, mami?". Que pena que no aplique la misma regla cuando las chuches le caen a él.
El caso que entre pitos y flautas. Cuando llegó la hora de irnos a la cama, nuestra mascota se relamía de gusto tumbado todo lo largo que es en el sofá y ambas bolsitas estaban ya vacías.
Iván se olvidó del asunto, pero Daniel intentan ganarse el cariño del gato por medio de su estçomago de vez en cuando. Se están forjando lazos preciosos. El otro día pillé a Fantasmita acariciando a Daniel en la cabeza en el respaldo del sofá (Sí, sí. Lo que habéis leído, Fantasma a Daniel y no al contrario. El niño estaba absorto en la tele y el gato venga a darle con la cabeza y la pata en el pelo).
Pero no os equivoquéis. Aquí la prefe sigo siendo yo. No en vano llevo sirviendo su comida once años. Casi nada. Eso sí, las chuches se las dejo a mis primogénito que, de vez en cuando, rebusca en la caja de las bolsitas y se va en busca de nuestra mascota, que viene lanzado en cuanto escucha el ruido. No es listo ni ná.
Nota aclaratoria: El sofá es el juguete preferido del gato. Se nota. ¿No?
Ese mismo día Fantasma pudo degustar, incluso empacharse diría yo, de las bolitas de dos bolsitas. Y ¿Por qué le di dos bolsitas? Os preguntaréis. Pues porque en esta casa hay dos niños y cada uno quería ser dueño y señor de su bolsita. La buena noticia es que no se las dieron del tirón, a pesar de que nuestro enorme gato les hacía ojitos... por primera vez en su vida. Normalmente los mira de reojillo y con desconfianza. ¡Con lo que le quieren los fieras!
Da penilla cuando se me acercan a preguntarme por qué Fantasmita no quiere estar con ellos con expresión lastimera. "Porque sois unos escandalosos y unos pedazos de bestiajos... eeeeh, superbuenos y cariñosos, pero bestiajos al fin y al cabo. A los gatos les gusta la paz, el silencio, la tranquilidad, las caricias suavecitas...". Entonces es cuando intentan ganarse su confianza y yo me parto de risa (saco mi parte un poco malvada, lo sé). Se acercan despacito al minino que les observa con inquietud, le acarician despaaacio, el gato levanta el trasero precavido, se tiran directos al achuchón y ¡Fantasma se escapa de entre sus brazos con gran maestría y precisión! Punto para el peludo.
Pero en esta ocasión, no les hizo falta mucha estrategia para que nuestro lindo gatito se acercara a olisquear lo que tenían en las manos y se lo zampara gustoso para luego pedir más de la forma más efectiva: ¡ataque de monería! Les ponía una patita en el brazo o pierna y les miraba fijamente con su expresión más encantadora. Y claro, Iván claudicaba enseguida. Pero Daniel era más duro y cerraba su bolsa hasta más tarde: "Es que tanta chuche no es buena para él. ¿Verdad, mami?". Que pena que no aplique la misma regla cuando las chuches le caen a él.
El caso que entre pitos y flautas. Cuando llegó la hora de irnos a la cama, nuestra mascota se relamía de gusto tumbado todo lo largo que es en el sofá y ambas bolsitas estaban ya vacías.
Iván se olvidó del asunto, pero Daniel intentan ganarse el cariño del gato por medio de su estçomago de vez en cuando. Se están forjando lazos preciosos. El otro día pillé a Fantasmita acariciando a Daniel en la cabeza en el respaldo del sofá (Sí, sí. Lo que habéis leído, Fantasma a Daniel y no al contrario. El niño estaba absorto en la tele y el gato venga a darle con la cabeza y la pata en el pelo).
Pero no os equivoquéis. Aquí la prefe sigo siendo yo. No en vano llevo sirviendo su comida once años. Casi nada. Eso sí, las chuches se las dejo a mis primogénito que, de vez en cuando, rebusca en la caja de las bolsitas y se va en busca de nuestra mascota, que viene lanzado en cuanto escucha el ruido. No es listo ni ná.
Nota aclaratoria: El sofá es el juguete preferido del gato. Se nota. ¿No?
martes, 5 de septiembre de 2017
En Covarrubias para descansar
Nada mas volver de Las Palmas de Gran Canaria Raúl estaba más que dispuesto a ponerse al volante para ir a su amado pueblo Covarrubias. Afortunadamente, para mí, tuvo que quedarse en Madrid currando y eso me dio un respiro y tiempo para poner lavadoras.
En cuanto solucionó sus asuntos se acabó mi tiempo para poner orden postviaje y me metió en el coche junto a los niños. No le puse muchas pegas porque los peques se lo pasan genial allí, pero le advertí que no quería coger el coche durante nuestra estancia en el pueblo. Quería descansar por fin.
Y eso hicimos. Hubo muchos juegos, muchas risas, mucho paseo por las calles y... muchas broncas, por supuesto. Mis niños están totalmente descontrolados con el verano. Y eso que han hecho tarea casi todos los días, pero la falta de rutina hace estragos en sus comportamientos (tengo dolor crónico de garganta de tanto gritar porque con el por favor no consigo nada, así lo repita mil veces).
El gasto desmesurado de paciencia en los días anteriores también ha hecho mella en mí y reconozco que este hecho contribuyó a que no fueran los días más pacíficos de nuestra existencia. Pero, descansamos. Eso sí. Los niños se lo pasaron genial . Y nosotros también tuvimos nuestros momentos.
Al río fuimos poco esta vez. No sé si por cansancio de los peques o porque daba un poco de pena verlo tan vacío. Raúl dice que en todos los veranos que ha ido a Covarrubias es el que menos agua llevaba con diferencia. La sequía se ha notado en toda España.
Iván casi no quería ni salir de casa. Le tuvimos que convencer con muchísima paciencia la mayoría de la veces y siempre acababa enfadado y pensando que le habíamos engañado. Muchas veces salieron el padre y el primogénito y el resto nos quedamos disfrutando de la tranquilidad de la casa.
Lo único que le convencía, y no siempre, era ir al encuentro de otros niños para jugar libremente. Allí se lo pasan genial inventando juegos.
También tuvimos tiempo de pasarnos a visitar de nuevo al antigua botica, en la que han hecho algunos cambios y han incrementado su colección. Es un testimonio único de la historia y en él se encuentran elementos realmente curiosos. En esta ocasión, además, albergaba una exposición de un artista polifacético del pueblo, Juan Galache.
Entre todo lo ya contado y alguna que otro paseo por el campo se nos pasaron los días casi sin sentirlos. En uno de esos, uno señor le regaló unas uvas a los peques porque les hizo gracia. Se enrollan más que las persianas estos pillos, sobre todo el mayor. Estaban buenísimas.
En cuanto solucionó sus asuntos se acabó mi tiempo para poner orden postviaje y me metió en el coche junto a los niños. No le puse muchas pegas porque los peques se lo pasan genial allí, pero le advertí que no quería coger el coche durante nuestra estancia en el pueblo. Quería descansar por fin.
Y eso hicimos. Hubo muchos juegos, muchas risas, mucho paseo por las calles y... muchas broncas, por supuesto. Mis niños están totalmente descontrolados con el verano. Y eso que han hecho tarea casi todos los días, pero la falta de rutina hace estragos en sus comportamientos (tengo dolor crónico de garganta de tanto gritar porque con el por favor no consigo nada, así lo repita mil veces).
El gasto desmesurado de paciencia en los días anteriores también ha hecho mella en mí y reconozco que este hecho contribuyó a que no fueran los días más pacíficos de nuestra existencia. Pero, descansamos. Eso sí. Los niños se lo pasaron genial . Y nosotros también tuvimos nuestros momentos.
Al río fuimos poco esta vez. No sé si por cansancio de los peques o porque daba un poco de pena verlo tan vacío. Raúl dice que en todos los veranos que ha ido a Covarrubias es el que menos agua llevaba con diferencia. La sequía se ha notado en toda España.
Iván casi no quería ni salir de casa. Le tuvimos que convencer con muchísima paciencia la mayoría de la veces y siempre acababa enfadado y pensando que le habíamos engañado. Muchas veces salieron el padre y el primogénito y el resto nos quedamos disfrutando de la tranquilidad de la casa.
Lo único que le convencía, y no siempre, era ir al encuentro de otros niños para jugar libremente. Allí se lo pasan genial inventando juegos.
También tuvimos tiempo de pasarnos a visitar de nuevo al antigua botica, en la que han hecho algunos cambios y han incrementado su colección. Es un testimonio único de la historia y en él se encuentran elementos realmente curiosos. En esta ocasión, además, albergaba una exposición de un artista polifacético del pueblo, Juan Galache.
Entre todo lo ya contado y alguna que otro paseo por el campo se nos pasaron los días casi sin sentirlos. En uno de esos, uno señor le regaló unas uvas a los peques porque les hizo gracia. Se enrollan más que las persianas estos pillos, sobre todo el mayor. Estaban buenísimas.
lunes, 4 de septiembre de 2017
Magia, baile, ilusión y mucho ritmo en Zas de Magic Pablo
Este domingo se estrenó Zas en el Teatro Arlequín Gran Vía, un espectáculo en el que Magic Pablo, Pablo Barán, y su equipo nos trasladan a un mundo en el que se entremezclan los números de magia de toda la vida, y que nunca dejan de sorprender, con una coreografía y puesta en escena muy cuidada y llena de luz y color. Los juegos de luces y sombras son constantes y el ritmo se te mete en la piel. A veces, ni siquiera hacía falta que los actores nos pidieran que hiciéramos palmas para que el público se acompasara con la música muy animado.
Daniel entró en la sala con mucho excepticismo porque está en una época de su vida en la que duda de todo lo que no se puede probar científicamente (¡Hasta de los reyes Magos! ¡Horreur!). Sentado en su butaca me aseguraba muy ufano que me iría explicando los trucos del mago según los fuera haciendo. Pero, al poco de empezar el espectáculo, aplaudía más emocionado que nadie y me señalaba al escenario diciendo más alto de la cuenta cosas como: "Mamiii. Eso que ha hecho es imposible y lo sabes", "Halaaaaa. ¿Lo has visto, mami?. ¿Lo has vistoo? ¿Cómo lo ha hecho?".
Por su parte, Iván, que había comenzado la jornada con morros por nuestra negativa a darle chuches las 24 horas del día, se había olvidado de su indignación y seguía muy atento las evoluciones del mago y sus ayudantes. Cuando cambiaban de escena me preguntaba muy angustiado: "¿Ya se ha acabadoooo? Jooo, que cortooo", pero yo le tranquilizaba asegurando que aún quedaba mucha magia que ver... Hasta que se acabó y el peque volvió a fruncir el ceño porque, según él, "Ha sido muy cortooo". La hora que duró se le pasó en un suspirito.
Los números de magia van envueltos en una historia muy al gusto de los pequeños espectadores: Zas ha desaparecido y Magic Pablo va a tener que hacer las maletas y meterse de lleno en todos los rincones de la magia para encontrar a tan tierno y peludo amiguito. Menos mal que va muy bien acompañado. Adivinad quien es Zas. Mis hijos quieren uno igualito para que haga compañía a nuestra fantasmita, ainss.
Al acabar, nos levantamos de la butaca comentando los números más emocionantes y saludando a maravillosas blogueras que también habían asistido al estreno. Al salir, Daniel insistió en hacerse una foto con Pablo Barán a pesar de la cola. Le hizo una ilusión tremenda acercarse al mago. Iván es más timidín.
Cuando llegamos a casa todavía comentaban entusiasmados lo que más les había impresionado del espectáculo.
Daniel entró en la sala con mucho excepticismo porque está en una época de su vida en la que duda de todo lo que no se puede probar científicamente (¡Hasta de los reyes Magos! ¡Horreur!). Sentado en su butaca me aseguraba muy ufano que me iría explicando los trucos del mago según los fuera haciendo. Pero, al poco de empezar el espectáculo, aplaudía más emocionado que nadie y me señalaba al escenario diciendo más alto de la cuenta cosas como: "Mamiii. Eso que ha hecho es imposible y lo sabes", "Halaaaaa. ¿Lo has visto, mami?. ¿Lo has vistoo? ¿Cómo lo ha hecho?".
Por su parte, Iván, que había comenzado la jornada con morros por nuestra negativa a darle chuches las 24 horas del día, se había olvidado de su indignación y seguía muy atento las evoluciones del mago y sus ayudantes. Cuando cambiaban de escena me preguntaba muy angustiado: "¿Ya se ha acabadoooo? Jooo, que cortooo", pero yo le tranquilizaba asegurando que aún quedaba mucha magia que ver... Hasta que se acabó y el peque volvió a fruncir el ceño porque, según él, "Ha sido muy cortooo". La hora que duró se le pasó en un suspirito.
Los números de magia van envueltos en una historia muy al gusto de los pequeños espectadores: Zas ha desaparecido y Magic Pablo va a tener que hacer las maletas y meterse de lleno en todos los rincones de la magia para encontrar a tan tierno y peludo amiguito. Menos mal que va muy bien acompañado. Adivinad quien es Zas. Mis hijos quieren uno igualito para que haga compañía a nuestra fantasmita, ainss.
Al acabar, nos levantamos de la butaca comentando los números más emocionantes y saludando a maravillosas blogueras que también habían asistido al estreno. Al salir, Daniel insistió en hacerse una foto con Pablo Barán a pesar de la cola. Le hizo una ilusión tremenda acercarse al mago. Iván es más timidín.
Cuando llegamos a casa todavía comentaban entusiasmados lo que más les había impresionado del espectáculo.
sábado, 2 de septiembre de 2017
El Museo Canario en Gran Canaria
El Museo Canario es uno de los preferidos de mis hijos en la isla. Está lleno de cosas alucinantes que a sus tiernos ojos se vuelven casi mágicas. Para nosotros los adultos son piezas muy reveladoras de descubrimientos arqueológicos y retazos de historia aborigen.
La colección se expone en dos plantas con varias salas en las que podemos descubrir muchos elementos que enseguida llaman la atención de los más pequeños, como los dioramas, los animales disecados o las salas llenas de calaveras y momias. Ellos alucinan, aunque esto último puede dar miedito o repeluz (incluso a mayores).
Mis hijos se podrían pegar horas y horas en la sala donde se expone la cámara fúnebre dándole al interruptor que hace que se apague la luz de la sala de exposición y se encienda la de la cámara desvelando las tétricas mortajas. Hay que controlarles porque si se les da libertad lumínica no hay quien vea el contenido de la sala. En esta sala también se hablan de enfermedades y patologías que se sabe que padecían estos aborígenes gracias al estudio de sus restos. Alucinante descubrir que ya conocía la técnica de la trepanación, aunque no se sabe si para curar o para diagnosticar.
También flipan con la sala de las calaveras. No me extraña. Es impresionante ver las diferentes morfologías según la estanterías que mires.
Dejando de lado el tema mortuorio, en el museo podemos aprender mucho sobre la organización, costumbres, economía, hábitat y recursos de estas poblaciones canarias que poblaron las islas antes de la conquista hispánica de una forma muy amena.
Nos hizo ilusión encontrar la representación de la Cueva Pintada de Gáldar que habíamos ido a visitar el día anterior. Y eso que no nos cogía de sorpresa porque no es la primera vez que vamos a este museo, pero cuando has estado in situ la cosa cambia y mucho.
Nos fuimos de allí con muchas imágenes en la retina y mucha historia en la mente.
La colección se expone en dos plantas con varias salas en las que podemos descubrir muchos elementos que enseguida llaman la atención de los más pequeños, como los dioramas, los animales disecados o las salas llenas de calaveras y momias. Ellos alucinan, aunque esto último puede dar miedito o repeluz (incluso a mayores).
Mis hijos se podrían pegar horas y horas en la sala donde se expone la cámara fúnebre dándole al interruptor que hace que se apague la luz de la sala de exposición y se encienda la de la cámara desvelando las tétricas mortajas. Hay que controlarles porque si se les da libertad lumínica no hay quien vea el contenido de la sala. En esta sala también se hablan de enfermedades y patologías que se sabe que padecían estos aborígenes gracias al estudio de sus restos. Alucinante descubrir que ya conocía la técnica de la trepanación, aunque no se sabe si para curar o para diagnosticar.
También flipan con la sala de las calaveras. No me extraña. Es impresionante ver las diferentes morfologías según la estanterías que mires.
Dejando de lado el tema mortuorio, en el museo podemos aprender mucho sobre la organización, costumbres, economía, hábitat y recursos de estas poblaciones canarias que poblaron las islas antes de la conquista hispánica de una forma muy amena.
Nos hizo ilusión encontrar la representación de la Cueva Pintada de Gáldar que habíamos ido a visitar el día anterior. Y eso que no nos cogía de sorpresa porque no es la primera vez que vamos a este museo, pero cuando has estado in situ la cosa cambia y mucho.
Nos fuimos de allí con muchas imágenes en la retina y mucha historia en la mente.
viernes, 1 de septiembre de 2017
Descubriendo el casco antiguo de Las Palmas de Gran Canaria
Y alguna que otra sorpresa inesperada como el hurón que llevaba un señor en su hombro y que pasó de mano en mano de los dos niños con algo de miedo y respeto. El animalillo estaba tan pichi, pero nos fiamos tanto de ellos como de los preciosos y suaves mininos que esconden afiladas uñas que sacan en el momento más inesperado.
En nuestro itinerario incluimos la catedral de Santa Ana, con sus perros verdes presidiendo la plaza limítrofe y el antiguo ayuntamiento enfrente.
No entramos en ella, pero sí en una pequeña iglesia preciosa que encontramos fuera de horas de misas y que pudimos visitar sin molestar... a casi ningún feligrés.
También nos pasamos por la plaza del jardín vertical que reza Vive Vegueta y en el que siempre cae una foto. Se presta mucho a ello.
Por el camino visitamos el Museo Arqueológico, uno de los preferidos de los peques por la sala de las calaveras y la funeraria. No sé por qué les fascina tanto las momias.
Cuando salimos de allí, el pequeño anunció que él ya había tenido bastante de paseo cultural y que se quería ir a casa a jugar, así que me fui con él y el resto siguió con el CAAM y la Casa de Colón, dos lugares muy interesantes también.
¡Vaya paliza se pegaron!
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