domingo, 20 de diciembre de 2015

Un museo de antigüedades

Un día que fuimos a comer a casa de las abuelas a Daniel le entró la vena revoltosa (y qué día no). Se puso a rebuscar por toda la casa, seguido de cerca por su abuela Chari que no las tenía todas consigo de que no se la fuera a liar parda. Pero el mayor de mis niños lo único que quería era saciar su curiosidad.

Cada vez que encontraba un tesoro freía a su abuela a preguntas y ella le hablaba sobre el objeto en particular: Que si eso era una plancha antigua, que si eso era para moler el café, que si una tortuga hecha con las manos de oro de la abuela Paca... Y así estuvieron un buen rato.

Hasta que Daniel llegó a la conclusión de que todo lo que había reunido eran maravillosas piezas de museo. No tardó en montarse su propio museo de antigüedades en la mesa del comedor e invitarnos a una visita guiada. Ese día no estaba yo ni para visitas ni para nada, pero tanta ilusión y empeño puso que no me pude negar. El chiquillo se puso a explicar animadamente cada pieza de su museo.

Cuando terminó el juego cada cosa volvió a su lugar y toda la familia se sentó a comer la deliciosa comida que habían hecho las abuelas.

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