viernes, 8 de abril de 2016

Campo de abuelillos

Con la primavera llegan los abuelillos, esas plantas que soplas y dejas sin su capa de pelillos blancos. Se supone que antes de soplar pides un deseo. O así era cuando era niña, pero mis peques los dejan calvos a lo loco. Sin deseo ni nada.

El otro día nos encontramos con el primero de la temporada. Volvíamos de Natación cuando, de repente, Iván lo vio y se puso loco de contento. Como ya tiene la experiencia de intentar arrancarlo y que se despeluje antes de tiempo se agachó para soplarlo. Se ve que están en su momento inicial porque estaban bien agarrados y no lo logró. De repente, Daniel reparó en lo que estaba haciendo su hermano y se acercó cual elefante en una cristalería, arrancó a la pobre plantita y la dejó calva de un soplido estilo lobo feroz en cuestión de segundos. No tardó mucho Iván en ponerse a berrear por tal afrenta.

"¡Pero bueno!", les imprequé, "¿O vais a pelear por uno cuando tenéis cientos a vuestras espaldas?" Y es que ni se habían enterado. Se giraron a la velocidad del rayo y se les iluminó la cara medio segundo antes de mirarse con inquina competidora y salir disparados hacia el missssmo abuelillo al grito de "Es mío, es míooooo".

A punto de perder la paciencia me vi en la obligación de intervenir de nuevo. "Daniel para allá, Iván para el otro lado. Y ni se os ocurra arrasarlo todo". Cada uno corrió hacia un lado diferente y se agacharon para soplarlos sin hacer una escabechina como les había pedido. Aunque, en cuando me despisté, arrancaron algunos. Estaban eufóricos. Se ve que eso de soplar abuelillos engancha tanto como explotar las burbujitas de los embalajes.

Después de soplar a diestro y siniestro de manera gratuita, a Daniel se le ocurrió echarle imaginación al asunto y enroló a su hermano para hacerle la guerra a los árboles transformando a los abuelillos en letales armas bacteriológicas (supongo). Con risa malvada se acercaban a los troncos y soplaban con más entusiasmo si cabe. Y ahí fue dónde tuve que parar el juego porque se nos hacía tarde y al día siguiente había que madrugar.

Entonces fue Iván el que tuvo una idea genial: coger una abuelillo cada uno para los libros de la naturaleza. Costó muchísimo que llegaran relativamente enteros hasta casa. Una vez en el hogar sacamos los libros y los pegamos para que pasaran a formar parte de la colección. Les pusimos mucho celo en los pelillos blancos, porque los muy traviesos se empeñaban en caerse y desparramarse. ¡Con lo que había costado que llegaran a casa!

Me encanta estas situaciones imprevistas.


jueves, 7 de abril de 2016

"Desde entonces hasta ahora", una forma increíble de aprender sobre la evolución

Como ya me esperaba, "Desde entonces hasta ahora", de SM, ha causado sensación en casa, tanto en niños como en adultos. Esas ilustraciones con personalidad propia, esa forma de explicar razonamientos complejos de una forma tan gráfica, sencilla y amena, esos comentarios simpáticos que salpican cada página...

Pero como en este libro, será mejor que empiece por el principio. "Entonces, al principio, ningún ser vivo habitaba la Tierra..." Que no, que no, que no me refería a ese principio, sino a cómo acabé con este ejemplar entre mis manos. Volvamos a intentarlo.

Entonces, todo empezó una noche de primavera al intentar, en vano, que mi churumbeles cerraran los ojos y abrazaran a Morfeo. Con lo bien que me cae el personaje mitológico. Yo siempre corro a abrazarlo en cuanto veo oportunidad. Pero estos peques nooooo. Ellos prefieren tentar su suerte haciendo preguntas existenciales en cuanto les apago la luz. "Mamiiiii, mamiiiiii", oí que me llamaba Iván, "Mamiiiiii veeeen. Que es importante". Y allí que acudí a la velocidad del rayo. "Que pasa, que pasa. ¿Se ha hecho daño alguien?", pero nooooo. Estaban perfectamente y sentados en sus respectivas camas, fijando sus ojillos curiosos en mí. "Mamiiiii, ¿como empezó la vida?" me soltó Daniel de sopetón. ¡¿Pero qué clase de conversaciones nocturnas tiene estos chiquillos?!

"Pues... Estooo... En caldito como de sopa, que aparecieron unas cel... estooo... bichitos pequeñitos. Se juntaron, surgieron los animales y fin. ¡A dormir!". Los peques protestaron indignados porque no habían entendido nada de nada. Querían más, pero yo no me acordaba de los detalles de la evolución, así que se fueron a dormir muy disconformes con mi cutre explicación.

De repente, desde Hacemos Lectores, de Literatura Infantil y Juvenil SM, me presentaron "Desde entonces hasta ahora. Mi primer libro sobre la evolución" y vi el cielo abierto. A primera vista prometía mucho. Así que esperé impaciente a que el mensajero me entregara el ejemplar y se lo enseñé a los niños con una gran sonrisa triunfal en mi cara. "¿Os acordáis de que me habíais preguntado por el comienzo de la vida?" Claro que se acordaban. De eso y que que yo no tenía ni idea del tema. En fin...

Me arrancaron el ejemplar de las manos y se pusieron a ojearlo alegremente. "Mamiiii, leeme esto", "Mamiiii, ¿aquí que pone?, ¿Esto que eeeeees?" Guardé el libro entre protestas y les invité a sentarse a cenar. Ya habrá tiempo luego de leerlo. Primero lo primero.

Con los pijamas puestos, los dientes lavados y cómodamente sentados en la cama de papá y mamá comenzó la hora del cuento. Los chiquillos observaban las imágenes fascinados y señalaban lo que les llamaba la atención con mil preguntas en los labios: "¿Se lo está comiendo?, ¿Por qué tiene los dientes tan afilados?, Pero estos son monstruos ¿No? ¡Si los monstruos no existen!, ¿Entonces los dinosaurios no fueron los primeros en la vida?..." Y así pasó, que se alargó la hora del cuento hasta el infinito y hubo que ponerse seria para meterlos en la cama. Que al día siguiente había cole.

Los niños estaban felices. Por fin, por fin una explicación a su gusto. Les encanta remirar las ilustraciones una y otra vez. Las que más les han llamado la atención son las de las células y las de los dinosaurios. Es un libro precioso, muy fácil de leer e indiscutiblemente educativo.


miércoles, 6 de abril de 2016

El saco de boxeo

Tras ver Kunfu Panda 3, Iván quedó obsesionado con que quería un saco de boxeo, supongo que saldría alguno en los entrenamientos del famoso panda y sus amigos, pero no me fijé. El caso es que ahí estaba el chiquillo erre que erre con que quería el saco para pegar puñetazos y que lo quería y que lo quería.

Tres días estuvo preguntándome cuando se lo iba a comprar, a lo que yo contestaba que hasta que no llegara su cumple nada. El pobre ponía una carita de desilusión...

Así que una tarde, en la que me lo volvió a pedir (a ver si cuela), decidí improvisar uno y santas pascuas. A Iván se le iluminaron los ojillos. Mi idea era atar un cojín con una cuerda, pero encontré algo mejor: una mochila de tela muy grande. Metí el cojín dentro y até la mochila con una cuerda. Luego me recorrí la casa mil veces buscando dónde colgar el dichoso saco casero.

Daniel me seguía pegando puñetazos a la mochila cada dos por tres. Hasta que, por fin, le reñí y le dije que no se hacía entrenamiento mientras mamá no lo colgara. Por si acaso se le escapaba un golpe donde no debía.

Al final decidí colgarlo de las bisagras de una de las puertas del armario esquinero. Para mis adentros, pensaba que la iba a liar parda, pero es que no se me ocurría un lugar mejor. En cuanto estuvo colgado Daniel se desquitó a gusto. Fui a buscar al más peque para anunciarle que por fin tenía su saco. Corrió a la habitación de los juguetes dando saltos de alegría. El mayor se cansó rápido y dejó el puesto al menor que se puso a entrenar con muchas energías. Estuvo un buen rato peleándose con la mochila. A veces, la muy cuca, se daba la vuelta y lo atacaba por detrás desencadenando grititos de emoción y muchas risas. Se lo pasó genial.

Por la noche tuve que desmontar el saco de entrenamiento porque el cojín es el que le pongo a Daniel para que no se dé golpes contra la esquina de la mesa de noche y lo necesitábamos. De todas maneras, no es nada complicado volver a montarlo el día que me lo vuelvan a pedir.

Al final, fue muy fácil hacer feliz al peque y sin recurrir al vil metal.

martes, 5 de abril de 2016

El Parque Valdebernardo y sus patos

Tras recoger al mayor de un cumpleaños, que se celebraba en una escuela de natación muy chula cerca de Faunia, el papá tuvo la gran idea de acercarnos al parque de Valdebernardo. El día amenazaba con lluvias, pero aún así, allí que nos plantamos. Daniel venía cansadillo de jugar y pasárselo bien, pero Iván estaba al 100% y nos daba miedo que nos diera la noche toledana por falta de sueña. Así que decidimos que lo que necesitaba el más pequeño de la casa era un parque para poder explayarse.

Curiosamente, fue el primogénito el que más corrió y saltó entre la hierba. ¡Nunca se cansa! El parque es genial. Nada más entrar vislumbramos una montañita y allá que volaron los niños para jugar a exploradores. Las vistas no estaban nada mal.

Desde allí, Raúl localizó los juegos infantiles y allí nos dirigíamos tan felices cuando nos topamos con una multitud de patos de todo tipo, tamaño, colores y con comportamientos tan diferentes que no nos cansábamos de mirarlos. Los chiquillos corrían de una lado a otro haciendo maravillosos descubrimiento: patitos bebés, peleas de machos por una hembra, cabriolas simpáticas, siestas de sobremesa... Y allí hubiéramos seguido, pero el día se volvía cada vez más frío y decidimos movernos un poco para entrar en calor.

En cuanto llegamos a los juegos infantiles los chiquillos se movieron de los lindo escalando, saltando, trepando, deslizándose... Y no contentos corrieron hasta los juegos de ejercicios de mayores. ¡Lo que sudaron! Y aún así no se les veía ni con la mínima gana de irse.

Una pena que un amenazante nubarrón nos hiciera plantearnos la vuelta a casa. Los chiquillos nos siguieron con morros de fastidio y escapando de vez en cuando a explorar rincones interesantes. De tanto que se retrasaron nos temíamos lo peor, pero tuvimos mucha suerte y no se puso a llover hasta que estuvimos dentro del coche y ya camino del hogar.

Eso sí, tuvimos que prometer a los peques que volveríamos pronto a ese parque.


domingo, 3 de abril de 2016

Niño listo y pajaritos zampones

"Jooooo mamiiiiii, no me guuuusta", gemía Iván enarbolando peligrosamente su sandwich. Todas las tardes la misma lucha. "Cariño, te lo tienes que comer" sentencié yo a la vez que se caían bastantes migas de la merienda del peque al suelo. "¡Cuidado Iván! Que se te va a caer y me voy a enfadar".

El peque miró su delicioso sandwich de mortadela con intenso asco. Normalmente come de todo, pero en pequeñas cantidades y no le gusta nada repetir sabores. De repente, se dio cuenta de que un pajarito se había acercado a su pie para dar buena cuenta de las migas. Un pajarito muy valiente diría yo. Pero, ante la emoción desmedida del niño, acabó huyendo.

"Jooooo", volvió a la carga Iván, "Yo no quiero que se vayaaaaaa". Le expliqué que los animalitos se asustaban de los movimientos bruscos y había que ir con cuidado y en silencio tras ellos para que no salieran por patas, o por alas.

El chiquillo se encaminó, sandwich en mano, y con un relativo sigilo hacia donde había desaparecido nuestro pajarito: unos setos cercanos.

No le volvimos a oír hasta un buen rato después. "Mamáaaaaa. quiero otro sandwich" me pidió con una sonrisa de oreja a oreja. "¿¿Ya te lo has comidoooo??", me asombré yo. ¡Con lo que suele tardar! Me miró muy feliz y procedió a explicarme que él se había comido un poquiito y el resto los pajaritos monooooos. ¡Anda que!...

sábado, 2 de abril de 2016

Locura Invizimal

Una inocente propaganda desató el caos Invizimal en mi casa. Una mañana que corríamos para llegar pronto al cole, no encontramos con una chica que repartía mazos de cartas de Invizimals para hacer publicidad de una nueva colección. Mis chicos lograron salir victoriosos de la guerra de niños y padres a la caza de los mazos caiga quien caiga y se llevaron a casa uno para cada uno.

La verdad es que el juguete dio para muchas horas de diversión, pero yo pensé que quedaría todo ahí, como las otras colecciones que nos habían repartido en otras ocasiones, pero ¡ay! que equivocaba estaba. porque los niños crecen y crecen y no nos damos cuenta.

Así que, de repente, se puso de moda en el cole cambiar cromitos de dicha serie y Daniel se sumó al divertidísimo deporte del tengui, tengui... no tengui, como se decía en mi época. Lo malo de ser un principiante es que vas de nuevas y, claro, te timan por todoas partes, así que, muy pronto las cartas repetidas, que eran muchísimas, desaparecieron cambiadas en plan cinco por una y similar. Menos mal que parece que ya le ha cogido el truco a esto del intercambio favlrable para ambas partes. una pena que ya casi no le queden y se tenga que conformar con los sobres que le compramos muy de vez en cuando. Lo que sí le compré fue el álbum, porque veía que la cosa se había vuelto seria.

El hermano mientras tanto, clamaba por sus cartas para jugar con ellas a gusto y no entendía eso de que tuvieran que tenerlas guardaditas en el álbum para qeu no se pierdan o se estropeen. ¡Pues vaya rollo! la de peleas que tuvimos con los dos por las cartas de la porra. Hasta que por fin vimos la luz. Y fue gracias al juego de tablet de la colección.por que sí. También hay videojuego al que engancharse. El padre fue el que desembolsó los tres eurillos que costaba el juego y se dedicó a escanear los códigos de las cartas. A partir de ahí iván ha entendido porqué las cartas tiene que estar en el álbum y no mojadas en colacao.

Y lo que les ha llegado a gustar el jueguito de marras. Tanto que les he pillado jugando con la misma técnica offline. Es decir, cogen dos bichos, se montan un escenario y ¡a luchar por turnos con diferentes ataques! Son únicos para extrapolar videojuegos a juegos fuera de la pantalla. Se lo he visto hacer también con Plantas contra zombies, cut the rope y alguno más. A eso le llamo yo capacidad de adaptación jajaja

viernes, 1 de abril de 2016

Mami, no te oigo

Salíamos atrotinados del cole, como cada tarde, Daniel se me escapó en busca de un amigo e Iván salió corriendo a hacer el cabra por las escaleras. "Ivaaaaan", le llamé exasperada con tanto caos, "Bájate del muro. Danieeeel, ven aquí". La multitud se arremolinaba de aquí para allá y yo cargada como una burra e intentado localizar con la mirada a mis dos churumbeles.

Un berrido bastó para que Daniel volviera a mi lado, pero Iván seguía a lo suyo. "¡¡Ivaaaan!! ¡¡¡Ivaaaaan!!, ¡¡¡¡¡IVAAAAAN!!!!". Nada, como quien oye llover.

Por fin logré esquivar a la jauría de niños y padres para llegar hasta él sin perder de nuevo al mayor. "¡Iván! Te estoy llamando. ¿No me has oído?" , le espeté algo mosqueada. Sin perder la calma me contestó que no: "Mami, no te puedo oir porque tengo una piedrecita en el oído" ¡¡¡Quéeeeee!!! Me quedé blanca. "¡¿Cómo que una piedrecita en el oído?!" casi le grité. "Sí mamí, en este", me señaló tan pancho. Me asomé por la oreja y, efectivamente, ahí estaba la piedrecita. Afortunadamente no estaba muy dentro y pude sacarla con la uña y mucha paciencia. Con que hubiera estado un poquito más profunda ya no me hubiera atrevida y tendríamos que haber volado al centro de salud. Extremadamente cerca, por otro lado. Me daba miedo empujarla más y empeorar la situación, pero al estar tan salida, no me fue difícil extraerla.

Una vez alejado el peligro, empecé el interrogatorio y, sí, era justo lo que me imaginaba. ¡Se la había metido él! Así, sin mas. por que sí. ¡Buuuf! Que peligro. Le di una corta, pero intensa charla de los peligros de la perforación de tímpanos, muy adaptada a su edad: "Eso es peligrosísimo. te puedes quedar sordo y no podrás oír nada ¡de nada!". pero no creáis que se inmutó. Sólo conseguí un "Vaaaaale". No me dejó muy tranquila. Pero espero que no lo vuelva a hacer nunca más. Aunque sólo sea por no oírme echarle la charla.