De pequeña, uno de mis recuerdos recurrentes es ver a mi hermano cazando bichos para su colección. Los metía en alcohol tres días, luego los sacaba con mucho cuidado, los pinchaba en su corcho y los colocaba como quisiera que se quedaran para la posteridad. Cuando se secaban ya estaban disecados.
Todavía conserva esa colección y es flipante: escarabajos ciervo, preciosas mariposas, polillas gigantes, avispas asesinas, tarántulas peludas... Hasta una serpiente y una lagartija. La de cosas horripilantes que pululaban por la casa de campo de mis abuelos (uuuuighh). También recuerdo a mi pobre madre rellenando la lagartija con hierbas aromática y cosiéndola para hacer feliz a su primogénito (si es que las madres tenemos el cielo ganado).
Cuando Daniel se enteró de la existencia de semejante tesoro le pidió a su tío que se lo enseñara muy interesado. Alucinó con las especies más raras y, como no podía ser de otra manera, expresó su deseo de empezar su propia colección. Pero nunca llegaba el día porque sus padres no tiene mucha vocación por el tema, más bien lo contrario.
El caso es que Raúl encontró una especie de avispa negra gigante en la casa de Covarrubias que había estirado la pata de forma natural y vio en ello la gran oportunidad. Recogió el cadáver en una tarro y lo congeló porque no se acordaba ni por asomo de las instrucciones de mi hermano.
Cuando me enteré me entró la risa. Mi marido había leído por internet que se disecaban así, pero consultamos a mi hermano y nos volvió a contar cómo lo hacía él de chico. Con un emocionadísimo Daniel, metimos la cosa esa en un tarro con alcohol... Y ahí sigue tres semanas después porque a ver quien es el guapo que lo saca, lo pincha en un corcho y lo coloca de la forma más atractiva posible.
Es que da un asquito...
jueves, 13 de julio de 2017
miércoles, 12 de julio de 2017
La llave
La llave cuenta una historia preciosa con unas ilustraciones aún más preciosas. Habla de la incomprensión y el ansia de libertad. De la intransigencia y un espíritu que quiere volar. Y de llaves, muchas llaves. Grande, pequeñas... de mil colores y formas, pero sólo una importa: la que logre liberar el corazón de la princesa de una jaula de oro.
Los cerrajeros tienen un arduo trabajo por delante y deben hacerlo rápido porque sobre sus cabezas pende una amenaza. La princesa está triste. ¿Hay algo que pueda curarla de su mal?
La cuidada edición y la calidad del papel tramado añade valor a este libro del que se disfruta hasta el tacto y el sonido al pasar sus elaboradas páginas.
Los dibujos románticos y casi siempre oscuros son obras de arte por si solos. Transmiten emociones y sentimientos.
El juego que hacen con los blancos es muy acertado. El tipo de letra que usan es pequeño con lo que se da más protagonismo a la imagen. Sólo con ellas ya se podría desgranar esta historia.
En su contraportada guarda una secreto. Una llave que cuelga del marcapáginas rojo para abrir las jaulas que encierren nuestros corazones o eso presupongo yo porque en el libro no dan pistas.
Es tan bonito que éste lo guardo en mi estantería.
Los cerrajeros tienen un arduo trabajo por delante y deben hacerlo rápido porque sobre sus cabezas pende una amenaza. La princesa está triste. ¿Hay algo que pueda curarla de su mal?
La cuidada edición y la calidad del papel tramado añade valor a este libro del que se disfruta hasta el tacto y el sonido al pasar sus elaboradas páginas.
Los dibujos románticos y casi siempre oscuros son obras de arte por si solos. Transmiten emociones y sentimientos.
El juego que hacen con los blancos es muy acertado. El tipo de letra que usan es pequeño con lo que se da más protagonismo a la imagen. Sólo con ellas ya se podría desgranar esta historia.
En su contraportada guarda una secreto. Una llave que cuelga del marcapáginas rojo para abrir las jaulas que encierren nuestros corazones o eso presupongo yo porque en el libro no dan pistas.
Es tan bonito que éste lo guardo en mi estantería.
martes, 11 de julio de 2017
Los demonios toman Covarrubias
La noche del sábado durante el mercado medieval de Covarrubias sucede algo mágico, malvado y fascinante.
Este año, nos convocaron a las once y media para ver antes un teatro impresionante. La historia de una princesa y un príncipe que se enamoran en medio de un círculo de fuego (lo hicieron con algo que sería gasolina y quedó muy bonito).
Entonces viene un monstruo y acaba con sus vidas. Menos mal que una bruja revive al chico con un hechizo de chispas y le da un arma candente para acabar con el monstruo que también viene preparado con fuegos artificiales. ¡Una pasada! Tanto que para algunos niños fue demasiado y de la primera fila salieron huyendo hasta las faldas de sus madres. Los míos, no. Ellos siguieron en la primera fila gritando: "¡Acaba con él!"
Tras el precioso teatro callejero llegaron los fieles a acusarnos de esconder entre nosotros a un adorador del demonio.
Tras muchos aspavientos y muecas terroríficas lo encuentran entre la multitud y le queman con unas chispitas. Pero, tranquilos, que no muere. Al contrario, es un demonio del que no recuerdo el nombre y se va a vengar con creces. Primero, de sus captores convirtiéndoles en sus esclavos y haciéndolos partícipes de un espectáculo de malabares y fuego. Y después, de nosotros, el público, por no haberlo escondido bien.
Entre todos hacen una pócima con aliento de dragón, patas de araña, ojos de sapo y pelo de una virgen... ("Mami, ¿qué es una virgen?" me preguntó Iván con ojitos inocentes. Los que le rodeaban se mondaban , pero no me ayudaron a salir del apuro por lo que opté por asegurarle que se lo explicaría tras acabar el espectáculo. Afortunadamente, se le ha olvidado el tema).
Los ahora satánicos, acabaron la poción y terminaron la invocación con unas bengalas impresionantes y unos fuegos artificiales que hicieron retumbar el crucero de la plaza. Entonces les tocó el turno a los demonios que salieron echando chispas hacia la multitud que ya corría que se las pelaba. Con la lluvia de fuego comenzaron a recorrer las calles del pueblo con la batucada creando ambiente detrás de sus pasos.
En un principio, íbamos detrás de la comitiva, pero Daniel se empezaba a aburrir de ver los fuegos de lejos y nos pidió que nos acercáramos. Con tanta gente que había acabamos por perdernos, yo con Iván y Raúl con Daniel.
En un momento dado, el peque y yo nos encontramos con un fuego cruzado de demonios. Los había a ambos lados de la calle y acortando distancias. Me pegué todo lo que pude a la pared mientras Iván se abrazaba a mí con todas sus fuerzas. Creo que ambos disfrutamos de verlos tan de cerca, pero más yo que él porque, cuando logramos escapar (no sin que antes nos gruñera un diablo muy de cerca) el chiquillo me comentó su deseo de volver a casa ipso facto ya.
Por lo visto Daniel y el padre no andaban lejos y también estaban recibiendo lo suyo de chispitas sobre la cocorota. "Nos hemos chamuscado muchísimo" aseguraban los dos peques al día siguiente al que quisiera oirlos.
El jolgorio demoníaco acabó con unos fuegos artificiales, pero esos yo me los perdí porque me metí en la cama con un peque asustadito que se abrazó a mí como si no hubiera un mañana hasta que se durmió. Poco después venían los otros dos valientes y nos despertaban sin piedad para contarnos sus aventuras con las criaturas del averno. Como ya tenía a su hermano a su lado, Iván consintió en tumbarse en su camita.
Los chiquillos se quedaron roque enseguida y no tuvieron ni una pesadilla. Menos mal.
Este año, nos convocaron a las once y media para ver antes un teatro impresionante. La historia de una princesa y un príncipe que se enamoran en medio de un círculo de fuego (lo hicieron con algo que sería gasolina y quedó muy bonito).
Entonces viene un monstruo y acaba con sus vidas. Menos mal que una bruja revive al chico con un hechizo de chispas y le da un arma candente para acabar con el monstruo que también viene preparado con fuegos artificiales. ¡Una pasada! Tanto que para algunos niños fue demasiado y de la primera fila salieron huyendo hasta las faldas de sus madres. Los míos, no. Ellos siguieron en la primera fila gritando: "¡Acaba con él!"
Tras el precioso teatro callejero llegaron los fieles a acusarnos de esconder entre nosotros a un adorador del demonio.
Tras muchos aspavientos y muecas terroríficas lo encuentran entre la multitud y le queman con unas chispitas. Pero, tranquilos, que no muere. Al contrario, es un demonio del que no recuerdo el nombre y se va a vengar con creces. Primero, de sus captores convirtiéndoles en sus esclavos y haciéndolos partícipes de un espectáculo de malabares y fuego. Y después, de nosotros, el público, por no haberlo escondido bien.
Entre todos hacen una pócima con aliento de dragón, patas de araña, ojos de sapo y pelo de una virgen... ("Mami, ¿qué es una virgen?" me preguntó Iván con ojitos inocentes. Los que le rodeaban se mondaban , pero no me ayudaron a salir del apuro por lo que opté por asegurarle que se lo explicaría tras acabar el espectáculo. Afortunadamente, se le ha olvidado el tema).
Los ahora satánicos, acabaron la poción y terminaron la invocación con unas bengalas impresionantes y unos fuegos artificiales que hicieron retumbar el crucero de la plaza. Entonces les tocó el turno a los demonios que salieron echando chispas hacia la multitud que ya corría que se las pelaba. Con la lluvia de fuego comenzaron a recorrer las calles del pueblo con la batucada creando ambiente detrás de sus pasos.
En un principio, íbamos detrás de la comitiva, pero Daniel se empezaba a aburrir de ver los fuegos de lejos y nos pidió que nos acercáramos. Con tanta gente que había acabamos por perdernos, yo con Iván y Raúl con Daniel.
En un momento dado, el peque y yo nos encontramos con un fuego cruzado de demonios. Los había a ambos lados de la calle y acortando distancias. Me pegué todo lo que pude a la pared mientras Iván se abrazaba a mí con todas sus fuerzas. Creo que ambos disfrutamos de verlos tan de cerca, pero más yo que él porque, cuando logramos escapar (no sin que antes nos gruñera un diablo muy de cerca) el chiquillo me comentó su deseo de volver a casa ipso facto ya.
El jolgorio demoníaco acabó con unos fuegos artificiales, pero esos yo me los perdí porque me metí en la cama con un peque asustadito que se abrazó a mí como si no hubiera un mañana hasta que se durmió. Poco después venían los otros dos valientes y nos despertaban sin piedad para contarnos sus aventuras con las criaturas del averno. Como ya tenía a su hermano a su lado, Iván consintió en tumbarse en su camita.
Los chiquillos se quedaron roque enseguida y no tuvieron ni una pesadilla. Menos mal.
lunes, 10 de julio de 2017
Mercado medieval de Covarrubias
Un año más nos hemos vestido para la ocasión y nos hemos tirado a las calles de Covarrubias para transportarnos de época. La estética del pueblo ayuda, y mucho, a sumergirse en una fantasía medieval muy colorida y divertida en la que te puedes encontrar desde caballeros, a juglares, demonios... e incluso a la mismísima muerte, que vaga por el empedrado con la mirada perdida y sin decir ni una sola palabra.
La música alegre es casi una constante y los puestos multicolores llenos de artesanía y deliciosos manjares son el lugar perfecto para darse una vuelta tranquila en busca de tesoros... si no tienes dos niños revoltosos, claro. Ellos también buscaban tesoros pero de una forma un tanto descontrolada. Por el camino charlaron con los graciosos bufones, se colgaron de la pobre muerte, se comieron todas las muestras que pudieron y se empeñaron en acariciar a dos caballos que pululaban por el pueblo encabezando el pasacalles. ¡Vaya par de torbellinos!
Los peques andaban fascinados con las armas juguetes, las figuras de plástico, los adornos de arcilla... mención especial al puesto de cuero, Amando Pérez Company, en el que tuvieron toda la paciencia del mundo para explicar a mi primogénito cómo grababan los preciosos llaveros, cinturones y demás preciosidades que vendían. Los peques se llevaron dos llaveros chulísimos con su nombre en un lado y un motivo en el otro.
Lo mejor del mercadillo es que te vas encontrando cuentacuentos muy originales, escenas teatralizadas que dan mucho vidilla y espectáculos de todo tipo a la par que andas por las calles.
Supuestamente, había un programa, pero acabamos por pasar de él porque muchas veces no se ajustaban a lo que ahí ponía. Con lo que decidimos pasear y encontrarnos las cosas de forma más natural.
A los peques les gustaron las luchas, altercados y peleas, a mí los bailes tribales y a Raúl el ambiente en general.
Las bailarinas estaban vestidas con vistosas faldas de volantes y miles de abalorios refulgentes. Verlas bailar era casi mágico. Dos de ellas mostraban sendas tripitas de embarazadas. Se movían menos que las demás, pero era precioso verlas.
Los puestos de comida eran toda una tentación. ¡Vaya delicias! Nos comimos unas empanadas de matanza y pulpo para chuparse los dedos. Y un queso con castañas confitadas que ni te cuento. A Daniel se le iban los ojos a todos los puestos, con lo que le gusta a él la gastronomía. En el de pizzas artesanas el pizzero hacía malabarismos con la pasta y tenía a grandes y pequeños hipnotizado. Era alucinante como la tiraba al aire y la volvía a coger de mil maneras diferentes.
Pero lo mejor fue la noche del sábado. Una noche mágica en la que los demonios toman Covarrubias...
La música alegre es casi una constante y los puestos multicolores llenos de artesanía y deliciosos manjares son el lugar perfecto para darse una vuelta tranquila en busca de tesoros... si no tienes dos niños revoltosos, claro. Ellos también buscaban tesoros pero de una forma un tanto descontrolada. Por el camino charlaron con los graciosos bufones, se colgaron de la pobre muerte, se comieron todas las muestras que pudieron y se empeñaron en acariciar a dos caballos que pululaban por el pueblo encabezando el pasacalles. ¡Vaya par de torbellinos!
Los peques andaban fascinados con las armas juguetes, las figuras de plástico, los adornos de arcilla... mención especial al puesto de cuero, Amando Pérez Company, en el que tuvieron toda la paciencia del mundo para explicar a mi primogénito cómo grababan los preciosos llaveros, cinturones y demás preciosidades que vendían. Los peques se llevaron dos llaveros chulísimos con su nombre en un lado y un motivo en el otro.
Lo mejor del mercadillo es que te vas encontrando cuentacuentos muy originales, escenas teatralizadas que dan mucho vidilla y espectáculos de todo tipo a la par que andas por las calles.
Supuestamente, había un programa, pero acabamos por pasar de él porque muchas veces no se ajustaban a lo que ahí ponía. Con lo que decidimos pasear y encontrarnos las cosas de forma más natural.
A los peques les gustaron las luchas, altercados y peleas, a mí los bailes tribales y a Raúl el ambiente en general.
Las bailarinas estaban vestidas con vistosas faldas de volantes y miles de abalorios refulgentes. Verlas bailar era casi mágico. Dos de ellas mostraban sendas tripitas de embarazadas. Se movían menos que las demás, pero era precioso verlas.
Los puestos de comida eran toda una tentación. ¡Vaya delicias! Nos comimos unas empanadas de matanza y pulpo para chuparse los dedos. Y un queso con castañas confitadas que ni te cuento. A Daniel se le iban los ojos a todos los puestos, con lo que le gusta a él la gastronomía. En el de pizzas artesanas el pizzero hacía malabarismos con la pasta y tenía a grandes y pequeños hipnotizado. Era alucinante como la tiraba al aire y la volvía a coger de mil maneras diferentes.
Pero lo mejor fue la noche del sábado. Una noche mágica en la que los demonios toman Covarrubias...
sábado, 8 de julio de 2017
Sushi Go y los Nigiris
Mi niño mayor está totalmente enamorado del juego Sushi Go. Lo pidió como regalo de buenas notas y llevaba ya seis meses suspirando por él. Se trata de un juego de cartas muy sencillo en el que cada jugador se va quedando con una carta que elija y pasa la mano al jugador de al lado que hace lo mismo. El proceso se repite y vas acumulando los platos japoneses que te interesen para sumar puntos y ganar.
El secreto de su éxito no es tanto la dinámica del juego como las preciosísimas y monísimas ilustraciones de cada carta. Los platos te miran con unos ojitos brillantes que cualquiera se resiste a jugar. Daniel se puede pasar horas mirando las cartas.
Un día, me comentó que en las jornadas japonesas que celebraron en su clase les contaron que el arroz japonés se preparaba de forma distinta al español y que era más grumoso para poder juntarlo y cogerlo bien con los palillos. "Ojalá pudiéramos hacer ese arroz, mami", suspiró mi primogénito, "así podríamos hacer los Nigiris de Sushi Go"
"¡Pero sí que podemos hacerlo!", exclamé yo muy emocionada. De repente me vino a la mente una charla sobre sushi a la que fui mucho antes de convertirme en madre. En ella nos contaron muchos trucos de cocina, entre ellos cómo hacer el arroz japonés sin mucho esfuerzo. El tema es meter el arroz en una olla exprés, así nos ahorramos lo de cambiarle el agua un millón de veces antes de hervirlo. El inconveniente (siempre tiene que haber uno), es que te deja la cocina fina a almidón, pero al arroz sale perfecto (cuidado con esperar mucho que se quema).
Ese mismo día hice el arroz japonés para nuestros nagiris. Como no tenía huevo para hacer tortilla, ni tampoco calamar y el salmón no les gusta a mis hijos los hicimos con jamón de york y beicon, que siempre triunfa.
Fue todo un éxito. Hasta sacamos los palillos para dar ambiente. Luego me tocó sacar todo el almidón pringoso de la pared cercana a la vitro, pero por la sonrisa de mis niños es poco el precio.
El secreto de su éxito no es tanto la dinámica del juego como las preciosísimas y monísimas ilustraciones de cada carta. Los platos te miran con unos ojitos brillantes que cualquiera se resiste a jugar. Daniel se puede pasar horas mirando las cartas.
Un día, me comentó que en las jornadas japonesas que celebraron en su clase les contaron que el arroz japonés se preparaba de forma distinta al español y que era más grumoso para poder juntarlo y cogerlo bien con los palillos. "Ojalá pudiéramos hacer ese arroz, mami", suspiró mi primogénito, "así podríamos hacer los Nigiris de Sushi Go"
"¡Pero sí que podemos hacerlo!", exclamé yo muy emocionada. De repente me vino a la mente una charla sobre sushi a la que fui mucho antes de convertirme en madre. En ella nos contaron muchos trucos de cocina, entre ellos cómo hacer el arroz japonés sin mucho esfuerzo. El tema es meter el arroz en una olla exprés, así nos ahorramos lo de cambiarle el agua un millón de veces antes de hervirlo. El inconveniente (siempre tiene que haber uno), es que te deja la cocina fina a almidón, pero al arroz sale perfecto (cuidado con esperar mucho que se quema).
Ese mismo día hice el arroz japonés para nuestros nagiris. Como no tenía huevo para hacer tortilla, ni tampoco calamar y el salmón no les gusta a mis hijos los hicimos con jamón de york y beicon, que siempre triunfa.
Fue todo un éxito. Hasta sacamos los palillos para dar ambiente. Luego me tocó sacar todo el almidón pringoso de la pared cercana a la vitro, pero por la sonrisa de mis niños es poco el precio.
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