La gata es más maternal, pero sale escaldada cada vez que se acerca al energúmeno del niño. Daniel la mira con codicia. SEguro que piensa: "Ese peluche sí que mola". Acto seguido estira sus bracitos todo lo que puede hacia su objetivo peludo. El resultado es tan adorable que, a veces, Misi no puede resistir la tentación de acercarse y entonces el niño pinza su peludita piel y estira con todas sus fuerzas. La gata suele quedarse quieta, como una estatua, esperando pacientemente que yo le abra los deditos uno por uno y la libere.
Entonces sale pitando como alma que lleva el diablo. Parece que no aprende de la experiencia porque suele venir a por más.
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