viernes, 20 de diciembre de 2013

Trineos en la ciudad

El otro día apareció en la pantalla de mi móvil un plan muy atrayente. En un grupo de Whatsapp de madres amigas, una de ellas comentó que podíamos ir a la carpa que se había levantado en un parque cercano con castillo hinchable, pista de patinaje y, lo más interesante, una pista para deslizarte con el trineo.

Enseguida nos presentamos voluntarias varias madres sin miedo.

Admito que cuando Daniel sugirió que nos fuéramos a casa tras salir de casa me dio pereza acercarme a la carpa, pero le conté lo que me proponía y le encantó la idea, así que dejé de hacerme la remolona.

Cómo íbamos con tiempo, dejé que Iván fuera andando. Me arrepentí bastantes veces de mi decisión. me faltaban manos para controlar a mis dos peques.

Una vez allí, se lanzaron hacia el castillo hinchable, así que les compré dos entradas para que se lo pasaran en grande mientras esperábamos al resto del grupo. Sólo había una persona encargada de vender las entradas y vigilar que se cumplieran los tiempos con lo que la poca gente que había allí congregada hacía lo que quería.

Los niños se lo estaban pasando tan bien dando botes que casi no les convenzo para montarnos en el trineo. Los niños no se podían montar solos, así que me tocó ir turnando a los chiquillos y tirarme yo todas las veces.

La primera vez que nos subimos Daniel y yo a ese trasto del infierno, ni siquiera sabía que tenían freno. Teniendo en cuenta que me he criado en Canarias, creo que era la primera vez que me subía en uno. Así que fuimos cogiendo más y más velocidad hasta que empecé a pasar verdadero miedo. Casi nos salimos de la pista del impulso que llevábamos. Yo me levanté blanca del trastalazo, pero mi hijo mayor lo hizo de un brinco y con ganas de más.

Las mamis que me acompañaban se dieron cuenta de que me tenían que explicar lo del freno y dónde estaba. Aun así, yo no me hacía con el manejo de esa cosa, así que empecé a usar el freno manual agarrándome a los bordes de las pistas ¡Ya la cosa fue mucho mejor!

A Iván, también le emocionó la experiencia del trineo. ¡Vaya par de aventureros temerarios que me han salido!

Cuando vino el chico a decir que se nos había acabado el tiempo casi doy saltos de alegría. Lo cierto es que llevábamos más de media hora cuesta arriba, cuesta abajo. De hecho, al día siguiente tenía unas agujetas tremendas.

Iván tuvo que liarla parda antes de irnos porque si no no era él. Se me escapó a la velocidad de la luz y se metió a correr en la pista de hielo. Lo que no sé es cómo no se cayó con lo que resbalaba ese suelo. Me metí la carrera de mi vida para que el chiquillo no fuera atropellado por un trineo desbocado. Le agarré al vuelo y lo metí en el carrito muy enfadada.

A pesar de mi enfado les compré a los peques los churros que me venían pidiendo todo el camino. ¡Soy una blanda!

6 comentarios:

  1. Las blanditas somos más achuchables, jajajajajajajaja!
    Y mola el trineo, ehhh? Yo soy fan :D
    Muas!

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    1. Es verdad jajaja

      Pero esto de que me tengan cogido el truco es un poquitín peligroso :S

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  2. Yo nunca he montado en un trineo tampoco... y tampoco sabía que tienen frenos así que me hubiera pasado lo mismo. Jajaja. Besotes!!!

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  3. No basta con saber que tienen frenos jajajaja que cosas más divertidas hacen por allí no?

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    1. Muy cierto, porque ni aun así logré controlarlo jajajaja

      Fue un plan muy divertido.

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