La promoción de Kinder chocolate,basada en regalar actividades extraescolares con sus productos, es todo un acierto. Primero disfrutas de la golosina, que encantan a los niños y a los mayores, y, encima, puedes llevar a tu hijo a probar una clase de lo que más le guste gratis: idiomas, deportes, música o arte. Actívate con Kinder Chocolate, se llama, y es verdad que te activas, porque además de moverte y disfrutar con tu hijo de algo diferente, el chocolate recarga tus energías. Lo sé, porque me comí yo casi todos los Kinder Bueno.
La oferta es tanta que me costó muchísimo elegir. Al final me decanté por una clase de arte a la que podía llevar a los dos a la vez y en la que dejaban participar a los padres. Se daba en el centro Gymboree, un centro muy agradable en el que se imparten clases en inglés de música y arte a niños pequeños.
Nada más entrar por la puerta, los peques descubrieron el paraíso: el gimnasio para bebés. Un lugar lleno de colchonetas, circuitos, pelotas, rulos... ¡Vamos! Que ganas me daban a mi de ponerme a brincar también.
Para su disgusto, los alejé de la sala mágica para conducirlos a su clase. Se portaron realmente mal. Era viernes, y los viernes son los días que salen del cole agotados e hiperactivos. No paraban de correr, saltar y caerse. Los otros niños se comportaban como verdaderos angelitos y el contraste era demasiado grande. Así que yo no paraba de reñirles y sentarlos en el cómodo sofá ¡castigados! Las monitoras sonreían a cada diablura de los enanos. Una de ellas, incluso se reía abiertamente, pero yo sufría por el espectáculo que estaban dando.
Comenzó la clase y enseguida se puso de manifiesto el nivel cero patatero de inglés que tiene mis retoños: ¡No se enteraban de nada! Menos mal que las palabras importantes las repetían en español. El tema de ese día era: ¡las abejas!
Lo primero que hicieron las profes, fue animar a la clase a pintar un mural con pincel grueso y pintura hecha de miel amarilla y naranja. ¡Con lo que les gusta! Estampaban pintura con tanto entusiasmo que, de vez en cuando, les caía algo a ellos también. Hubo que aclarar a Daniel que la pintura no era comestible, aunque tampoco tóxica.
Tras el mural, les repartieron folios y les animaron a pintar abejitas con los dedos. Luego les dieron cola y trocitos de papel pinocho para que hicieran sus obras maestras, siempre al hilo del tema principal. Cuando terminaron, les presentaron un bidón forrado de papel: ¡la abeja reina! La pobre no tenía color, pero los peques podían solucionar el problema a base de esponjitas y pintura. ¡Hay que ver el entusiasmo que ponían!
De vez en cuando, me tocaba discutir con los niños para que no se quitaran el baby o no se escaparan de la clase, pero siempre volvían en cuanto se enteraban de la siguiente actividad.
La última creo que fue la que más les gustó. Quitaron la tapa a una mesita de plástico y debajo tenían un montón de plastilina amarilla con una textura rarísima. Disfrutaron muchísimo modelando, machacando, desmigajando... Cuando taparon de nuevo la mesa se oyeron muchas protestas. Y por fin, llegó el momento que estaban esperando ansiosamente: ¡El gimnasio infantil!
Para los que están matriculados es gratis, pero nosotros lo pagamos aparte. Valió la pena porque era un lugar genial y extremadamente divertido.
El pobre Daniel se fue del centro con dos chichones porque su comportamiento atolondrado y descuidado siempre le pasa factura a base de tortazos imprevistos.
Cuando íbamos de camino al metro, los dos me pidieron volver al centro para asistir a su clase de música en otra ocasión. ¡Parece que les gustó la experiencia!
domingo, 11 de mayo de 2014
viernes, 9 de mayo de 2014
Aprender las letras jugando
Hace poco, Natalia Sanguino, autora de Diario de una periodista en paro, me dio una idea genial para que Daniel asentara sus nuevos conocimientos sobre las letras.
Cada día me convenzo más de que lo que aprendemos mediante el juego cala mucho más hondo que lo que aprendemos hincando codos. Lo veo todos los días con mis hijos, que me sueltan unas perlas de sabiduría que me dejan loca.
Natalia me propuso que le hiciera unas fichas con dibujos y letras al peque, acompañadas con pinzas de la ropa con las mismas letras que las palabras de las fichas. El niño sólo tiene que poner las pinzas en el lugar indicado. Me explico como un libro abierto ¿Eh? Menos mal que tengo las fotos, porque seguro que más de uno se ha quedado con cara de "¿Ein?"
El caso es que al niño le encantó el juego. Para que se sintiera más motivado, le dibujé cosas que le gustaran: zombis, fantasmas, monstruos... Y además las hice sin color para que él se encargara de colorearlas y se sintiera partícipe de la elaboración de las fichas.
Lo de poner y quitar pinzas la encantó, pero lo que de verdad le gustó fue colorear zombis, así que al día siguiente me tuvo dibujando muertos vivientes para gastar a gusto el rotulador verde.
Como hicimos palabras muy largas y por lo dos lados del papel y de la pinza, pensé que lo mejor sería añadir una línea de color que las agrupara y así liarnos menos. A la hora de hacer una ficha, da igual el color, sólo importa que encuentre la letra, pero, cuando toca guardar cada pinza en su sitio, me ha servido de mucho agruparlas por colores, porque tiene que coincidir por delante y por detrás. Es más rápido.
Cada día me convenzo más de que lo que aprendemos mediante el juego cala mucho más hondo que lo que aprendemos hincando codos. Lo veo todos los días con mis hijos, que me sueltan unas perlas de sabiduría que me dejan loca.
Natalia me propuso que le hiciera unas fichas con dibujos y letras al peque, acompañadas con pinzas de la ropa con las mismas letras que las palabras de las fichas. El niño sólo tiene que poner las pinzas en el lugar indicado. Me explico como un libro abierto ¿Eh? Menos mal que tengo las fotos, porque seguro que más de uno se ha quedado con cara de "¿Ein?"
El caso es que al niño le encantó el juego. Para que se sintiera más motivado, le dibujé cosas que le gustaran: zombis, fantasmas, monstruos... Y además las hice sin color para que él se encargara de colorearlas y se sintiera partícipe de la elaboración de las fichas.
Lo de poner y quitar pinzas la encantó, pero lo que de verdad le gustó fue colorear zombis, así que al día siguiente me tuvo dibujando muertos vivientes para gastar a gusto el rotulador verde.
Como hicimos palabras muy largas y por lo dos lados del papel y de la pinza, pensé que lo mejor sería añadir una línea de color que las agrupara y así liarnos menos. A la hora de hacer una ficha, da igual el color, sólo importa que encuentre la letra, pero, cuando toca guardar cada pinza en su sitio, me ha servido de mucho agruparlas por colores, porque tiene que coincidir por delante y por detrás. Es más rápido.
jueves, 8 de mayo de 2014
El primer encuentro de Daniel con un dentista
Desde que mi primogénito vio el capítulo en el que Pepa Pig va al dentista no ha dejado de darme la tabarra con que quiere ir y que quiere ir. Mira que es un niño raro. ¿A quien le gusta ir al dentista? Sólo a él.Pensé que, en cuanto pisara una consulta cambiaría de idea Ipso facto, pero... ¡que va!
Aprovechando la oferta de seguro dental durante un año que regalaban a todo el que comprara los libros de texto en el Corte Inglés, concerté una cita en LB Clínicas. Daniel estaba emocionado con la perspectiva de visitar por fin al médico de los dientes.
Entró como un rayo en el local y con una sonrisa de oreja a oreja. Ya sólo por eso, llamaba la atención. Nos atendió una chica encantadora. Mientras me tomaban los datos, el peque pasó a la consulta. Si pensaba que se iba asustar o amedrentar porque no estaba su madre con él, me equivocaba de pe a pa.
Cuando terminamos con la ficha, la dentista ya había finalizado la exploración y el chiquillo había comenzado la suya. Le preguntaba a la especialista para qué servía esto, para qué servía aquello...
Mientras la facultativa me explicaba que una muela del niño tenía una historia en el esmalte que lo iba corroyendo y que había que vigilarla, yo intentaba tener controlado al protagonista de la historia, que no se podía estar quieto.
Resultado: no me enteré de nada de lo que me dijo, aunque tenemos una cita para después del verano para una revisión y espero poder aclarar mis dudas sobre el esmalte corrosivo.
La chica que nos recibió estuvo conversando con él a la salida y acabó regalándole una libreta. A cambio, Daniel se comprometió a traerle magdalenas la siguiente vez que la viera.
A la vuelta, el peque me estuvo contando un poco desilusionado, que la dentista le estuvo mirando, pero que le hicieron muy pocas cosas y que no usó casi maquinitas. "Menos mal que vamos a volver... ¿A que sí, mami?" Lo dicho. Este niño es muuuuy raro.
miércoles, 7 de mayo de 2014
Impresionante la exposición de Ale! Bricks en el Museo del Ferrocarril
El domingo, aprovechando que la entrada es más barata, no presentamos en el Museo del Ferrocarril de Madrid para disfrutar de una nueva exposición organizada por Ale! Bricks, Aficionados a Lego en España. Y he decir que estos chicos siempre dan calidad.Ir al Museo del Ferrocarril siempre es un triunfo porque los trenes les emocionan. Como hay dos coches abiertos para que puedan entrar y toquetear, además de la sala de máquinas con dos mandos llenos de botoncitos todos para ellos, los tenemos la mar de entretenidos. Pero es que además, al exposición se salía de lo bien echa que estaba: batallas entre españoles y guerreros chinos, ejércitos de hombres mitad animales y sus naves monstruosas, un edificio futurista con todos los elementos imprescindibles para todo friki que se precie, medievo fantástico... Un montón de escenarios impresionantes.
Los peques no podían dejar de recorrerse los stands y gritar de entusiasmo con cada nuevo descubrimiento.Nos llevamos una maravillosa sorpresa cuando descubrimos que el minitren del patio al aire libre estaba en funcionamiento. Ni que decir que nos montamos todos.
También nos pasamos por el rincón infantil, donde los peques podían colorear y dibujar a gusto.
Nos encontramos con personajes de la Guerra de la Galaxias pululando por ahí porque resulta que el 4 de mayo era el día Internacional de Star Wars. ¡No tenía ni idea! En mis años lozanos, me gustaban bastante las tres primeras, pero el hecho de que me junté con un trekkie y que las tres pelis que hicieron de precuela me parecen bastante malillas (espero no ofender a nadie) abandoné la senda del Jedi, incluso antes de comenzar a recorrerla. Así que ni idea de los personajes que por ahí pululaban, quitando a Yoda y al soldado de la guardia imperial de la primera trilogía.
Nada más salir del museo, Raúl nos confesó que tenía una fuerte tentación: comprar urgentemente un Lego del Señor de los Anillos. Como era de esperar, sus retoños corearon tal decisión. Daniel y su papi se dieron un salto al centro comercial, mientras yo atendía las necesidades inmediatas de Iván: comer y dormir.
Cuando regresaron, Daniel llevaba en las manos una caja y daba saltos de alegría, pero el papá venía cabizbajo. No había encontrado nada del Señor de lo Anillos, así que volvía con una araña Robot de CHIMA, elegida por nuestro primogénito.Se dedicaron a montarla mientras dormía el más peque. La verdad es que molaba bastante la arañita que movía amenazadoramente dos de sus patas arriba y abajo.
Cuando despertó Iván, hubo que desplegar todo neustros arseñal de Legos para evitar que se mataran por la arañita. Causó sensación en toda la familia. Hasta yo ataqué a Spiderman y Veneno con esas patitas mortales.
martes, 6 de mayo de 2014
Las Lagunas de las Madres
El viernes quedamos con unos amigos que también tiene niños y nos fuimos de excursión a Las Lagunas de las Madres. Descubrí este lugar en Educación física para Infantil y primaria y me llamó muchísimo la atención. Desde entonces lo añadí a la larguísima lista de lugares a visitar.
No sé por qué, pensé que era una reserva natural agreste, pero resultó ser un recinto de picnic cerrado con todos los servicios que pudiéramos necesitar: baños, mesas con bancos, papeleras, columpios... Algo bastante útil yendo con niños. De hecho, nos pudimos relajar bastante mientras los mayores jugaban, porque sabíamos que no podían salirse del vallado.
A Iván le acompañé en su juego porque no me fiaba ni un pelo de él. Es demasiado atrevido a la hora de acceder a sitios peligrosos.
Por suerte o por desgracia, me tocó lidiar en un conflicto entre niños por estar acompañando al más pequeño de la familia. Resulta que nuestros niños habían invadido el refugio de otros chicos que estaban más que dispuestos a echarlos. Los chavales aseguraban que se habían pegado horas trabajando para dar forma a su cabaña árbol y que ahora no iban a venir unos advenedizos a disfrutar de ella. El trabajo consistía en barrer el suelo de hojas, cercar el terreno con piedras y, lo que dolía de sólo verlo, arrancar de cuajo todas las ramas del árbol que no fueran principales. Me temo que mis hijos, no son los único que no respetan la naturaleza como nos gustaría a los padres.
Por otro lado, nuestros peques alegaban que el parque era de todos y que podían estar dónde les diera la gana. Les di la razón a ambos, intenté convencer a los nuestros de que había mucho terreno por explorar y, al no sacar nada en claro, me fui con Iván a los columpios y los abandoné a su suerte.
Menos mal que no les dio por pegarse ni nada parecido.
Dentro del merendero, encontramos un picadero en el que, por diez euros el caballo, te organizan un paseo de media hora. Me pareció muy barato, teniendo en cuenta que en cada caballo se montaban un adulto y un niño. Si no se hubieran animado nuestros amigos, a nosotros ni se nos hubiera pasado por la cabeza montarnos en los equinos, pero cuando lo propusieron nos pareció una idea genial.
Fui arrepintiéndome de mi decisión a medida que el caballito blanco cogía velocidad. Se llamaba lluvia y estoy segura de que iría a un ritmo increíblemente lento para el que nos mirara desde el suelo, pero, para Iván y para mí, volaba. El peque soltaba unos angustiados "Ay, ay, aaaay" cada vez que nuestra montura se ponía a trotar alegremente. "Lluvaaaaa, tanquilo lluvaaaa" le decía mientras le daba palmaditas en el cuello, que seguro que el animal ni notaba.
El caso es que, cada vez que le preguntaba, aseguraba muy serio que se lo estaba pasando muy bien. Fue la actividad estrella del día.
Aunque la lucha de espadas con palos, estuvo cerca de superarla. ¡Vaya familia de Ninjas!
Aunque no la única porque se lo pasaron tan bien, que a la hora de irnos tuvimos espectáculo de lloros, enfados y chantajes emocionales para quedarnos un ratito más.
No sé por qué, pensé que era una reserva natural agreste, pero resultó ser un recinto de picnic cerrado con todos los servicios que pudiéramos necesitar: baños, mesas con bancos, papeleras, columpios... Algo bastante útil yendo con niños. De hecho, nos pudimos relajar bastante mientras los mayores jugaban, porque sabíamos que no podían salirse del vallado.
A Iván le acompañé en su juego porque no me fiaba ni un pelo de él. Es demasiado atrevido a la hora de acceder a sitios peligrosos.
Por suerte o por desgracia, me tocó lidiar en un conflicto entre niños por estar acompañando al más pequeño de la familia. Resulta que nuestros niños habían invadido el refugio de otros chicos que estaban más que dispuestos a echarlos. Los chavales aseguraban que se habían pegado horas trabajando para dar forma a su cabaña árbol y que ahora no iban a venir unos advenedizos a disfrutar de ella. El trabajo consistía en barrer el suelo de hojas, cercar el terreno con piedras y, lo que dolía de sólo verlo, arrancar de cuajo todas las ramas del árbol que no fueran principales. Me temo que mis hijos, no son los único que no respetan la naturaleza como nos gustaría a los padres.
Por otro lado, nuestros peques alegaban que el parque era de todos y que podían estar dónde les diera la gana. Les di la razón a ambos, intenté convencer a los nuestros de que había mucho terreno por explorar y, al no sacar nada en claro, me fui con Iván a los columpios y los abandoné a su suerte.
Menos mal que no les dio por pegarse ni nada parecido.
Dentro del merendero, encontramos un picadero en el que, por diez euros el caballo, te organizan un paseo de media hora. Me pareció muy barato, teniendo en cuenta que en cada caballo se montaban un adulto y un niño. Si no se hubieran animado nuestros amigos, a nosotros ni se nos hubiera pasado por la cabeza montarnos en los equinos, pero cuando lo propusieron nos pareció una idea genial.
Fui arrepintiéndome de mi decisión a medida que el caballito blanco cogía velocidad. Se llamaba lluvia y estoy segura de que iría a un ritmo increíblemente lento para el que nos mirara desde el suelo, pero, para Iván y para mí, volaba. El peque soltaba unos angustiados "Ay, ay, aaaay" cada vez que nuestra montura se ponía a trotar alegremente. "Lluvaaaaa, tanquilo lluvaaaa" le decía mientras le daba palmaditas en el cuello, que seguro que el animal ni notaba.
Aunque la lucha de espadas con palos, estuvo cerca de superarla. ¡Vaya familia de Ninjas!
Aunque no la única porque se lo pasaron tan bien, que a la hora de irnos tuvimos espectáculo de lloros, enfados y chantajes emocionales para quedarnos un ratito más.
lunes, 5 de mayo de 2014
Más que un corte de pelo, una tortura
Hay que ver cómo se pone Iván cuando toca corte de pelo, o corte de lo que sea, porque las tijeras cerca de las uñas también las lleva fatal.
Se te encoge el alma viéndolo llorar, gritar de pánico y sufrir como un condenado. Yo no lo puedo resistir y acabo llorando con él. Le beso, le abrazo intento calmarlo a la vez que apuro a Raúl para que se dé prisa... Y el peque sigue berreando como un loco.
Esta vez, me miró directamente a los ojos y me soltó un desgarrado "Ayúdame mamá". Casi me muero al instante. Me sentí el peor ser humano del mundo. Mi marido no entiende que lo pase tan mal. "Te está haciendo chantaje emocional y tu caes como una pimpina" me dice, pero es que yo le veo sufrir de verdad al pobre, y no puedo con ello. Tras el corte de pelo, que nunca es perfecto por razones obvias, acabamos abrazados los dos como si se acabara el mundo, rodeados de pelos y picándonos todo el cuerpo.
Metí al pequeño en la bañera, bastante más calmado y comenzamos con el mayor, que, como ya tiene casi cinco años, se portó de maravilla. Me pidió, por no ser menos que su hermano, que le contara cuentos de zombis mientras su padre hacía las labores de peluquero. Supongo que para que le prestara toda mi atención. Y allí estuve, arrasando pueblos enteros con muertos vivientes sedientos de cerebros, para jolgorio de los dos peques. Ojalá tuvieran unos gustos más normales.
De vez en cuando, el pequeño me interrumpía con un "¿Toy guapo, mami?". "¡Estas guapísimo!" le contestaba yo vehementemente y proseguía con el relato.
Daniel se miró de repente al espejo y empezó a reirse a carcajadas. "Mirad, mirad ¡me he quedado calvo!" ¡Que cosas tiene! Con lo preciosísimos que están los dos con la cara despejada. El mayor se llevó un montón de medallas al cuello por haberse portado tan bien.
Al día siguiente, los dos se miraban al espejo y comentaban continuamente lo guapos que estaban con el pelo corto. "Yo más" decía uno "No, yo más" le contestaba el otro. Porque, últimamente, convierten todo en una competición que, inevitablemente, desemboca en riña. Así que estoy trabajando el concepto de "No todo tiene que ser una carrera" con muy poco éxito por ahora.
Cuando llegó la hora del baño y estaba desvistiendo al más pequeño de la casa, se puso firme y me dijo "¡No cotad el pelo a Iván!" "Noooooo", le aseguré "No volveremos a pasar por el mismo infierno hasta, por lo menos, dentro de seis meses".
Se te encoge el alma viéndolo llorar, gritar de pánico y sufrir como un condenado. Yo no lo puedo resistir y acabo llorando con él. Le beso, le abrazo intento calmarlo a la vez que apuro a Raúl para que se dé prisa... Y el peque sigue berreando como un loco.
Esta vez, me miró directamente a los ojos y me soltó un desgarrado "Ayúdame mamá". Casi me muero al instante. Me sentí el peor ser humano del mundo. Mi marido no entiende que lo pase tan mal. "Te está haciendo chantaje emocional y tu caes como una pimpina" me dice, pero es que yo le veo sufrir de verdad al pobre, y no puedo con ello. Tras el corte de pelo, que nunca es perfecto por razones obvias, acabamos abrazados los dos como si se acabara el mundo, rodeados de pelos y picándonos todo el cuerpo.
Metí al pequeño en la bañera, bastante más calmado y comenzamos con el mayor, que, como ya tiene casi cinco años, se portó de maravilla. Me pidió, por no ser menos que su hermano, que le contara cuentos de zombis mientras su padre hacía las labores de peluquero. Supongo que para que le prestara toda mi atención. Y allí estuve, arrasando pueblos enteros con muertos vivientes sedientos de cerebros, para jolgorio de los dos peques. Ojalá tuvieran unos gustos más normales.
De vez en cuando, el pequeño me interrumpía con un "¿Toy guapo, mami?". "¡Estas guapísimo!" le contestaba yo vehementemente y proseguía con el relato.
Daniel se miró de repente al espejo y empezó a reirse a carcajadas. "Mirad, mirad ¡me he quedado calvo!" ¡Que cosas tiene! Con lo preciosísimos que están los dos con la cara despejada. El mayor se llevó un montón de medallas al cuello por haberse portado tan bien.
Al día siguiente, los dos se miraban al espejo y comentaban continuamente lo guapos que estaban con el pelo corto. "Yo más" decía uno "No, yo más" le contestaba el otro. Porque, últimamente, convierten todo en una competición que, inevitablemente, desemboca en riña. Así que estoy trabajando el concepto de "No todo tiene que ser una carrera" con muy poco éxito por ahora.
Cuando llegó la hora del baño y estaba desvistiendo al más pequeño de la casa, se puso firme y me dijo "¡No cotad el pelo a Iván!" "Noooooo", le aseguré "No volveremos a pasar por el mismo infierno hasta, por lo menos, dentro de seis meses".
domingo, 4 de mayo de 2014
¡¡El día de la madre es todo el puente!!
Unos días antes de que comenzara el puente aprovechando que estaba sentada para cenar con mis dos hijos comencé un interrogatorio nada sutil.
"Bueeeeno, Daniel, ¿Y que me estás haciendo para el día de la madre? mmmmm" El año pasado no se lo saqué ni con sacacorchos, porque la profe les había dejado muy clarito que era un secreto, pero este no tardó ni medio segundo en confesar, ante mi asombro más genuino. No me esperaba que me lo fuera a decir.
"Una piruleta blanca y rosa que se clava en la camiseta como la de Maricarmen (una amiga), pero más bonita..." Más detalles no me pudo dar, así que no me pude resistir a una pequeña maldad.
"¡Me lo has dicho! ¡Me lo has dicho! Juas juas juas. Te lo he sacado de una forma maquiavélicaaaaaa. ¡¡¡¡Y me lo has dicho!!!!" El chiquillo se quedó blanco con lo que me arrepentí inmediatamente de mis palabras.
"¡¡¡Mamaaaaaa!!! ¡No se lo digas a nadie, que es una secretoooooo! Snif snif" Antes de que terminara todo en drama le juré y perjuré que diría nada. Menos mal que se quedó conforme.
Una vez desvelado el primer secreto, me giré a mi segundo hijo: ¿Y tú, guapete? ¿Que le estás haciendo a mami?"
"¡Corazones!" Exclamó encantado.
No me dio detalles, pero me desveló lo más importante.
Llegó el miércoles por la tarde y fui a buscarles dando saltitos de la emoción. El más peque no soltaba el paquetito de mi regalo ni pa santo, así que lo llevó en sus manitas todo el camino hasta el cole del mayor.
Daniel tampoco quiso darme el paquete, por mucho que insistí. ¡Vaya par! Casi pensé que no me dejarían abrir mis regalitos hasta el domingo, pero finalmente claudicaron y pude lucir orgullosa mi piruleta broche y mi corazón collar (que por cierto ya tengo en tres colores: rojo, naranja... Y el de este año que es rosa).
Anda que no se me caía la baba con los presentes que habían hecho mis dos retoños con sus manitas... masss o menosss... Porque estoy segura de que las profes habían ayudado bastante.
Así que, desde el miércoles tenía, por fin, las joyas que me habían hecho los peques ¡para lucirlas a gusto!
"Bueeeeno, Daniel, ¿Y que me estás haciendo para el día de la madre? mmmmm" El año pasado no se lo saqué ni con sacacorchos, porque la profe les había dejado muy clarito que era un secreto, pero este no tardó ni medio segundo en confesar, ante mi asombro más genuino. No me esperaba que me lo fuera a decir.
"Una piruleta blanca y rosa que se clava en la camiseta como la de Maricarmen (una amiga), pero más bonita..." Más detalles no me pudo dar, así que no me pude resistir a una pequeña maldad.
"¡Me lo has dicho! ¡Me lo has dicho! Juas juas juas. Te lo he sacado de una forma maquiavélicaaaaaa. ¡¡¡¡Y me lo has dicho!!!!" El chiquillo se quedó blanco con lo que me arrepentí inmediatamente de mis palabras.
"¡¡¡Mamaaaaaa!!! ¡No se lo digas a nadie, que es una secretoooooo! Snif snif" Antes de que terminara todo en drama le juré y perjuré que diría nada. Menos mal que se quedó conforme.
Una vez desvelado el primer secreto, me giré a mi segundo hijo: ¿Y tú, guapete? ¿Que le estás haciendo a mami?"
"¡Corazones!" Exclamó encantado.
No me dio detalles, pero me desveló lo más importante.
Llegó el miércoles por la tarde y fui a buscarles dando saltitos de la emoción. El más peque no soltaba el paquetito de mi regalo ni pa santo, así que lo llevó en sus manitas todo el camino hasta el cole del mayor.
Daniel tampoco quiso darme el paquete, por mucho que insistí. ¡Vaya par! Casi pensé que no me dejarían abrir mis regalitos hasta el domingo, pero finalmente claudicaron y pude lucir orgullosa mi piruleta broche y mi corazón collar (que por cierto ya tengo en tres colores: rojo, naranja... Y el de este año que es rosa).
Anda que no se me caía la baba con los presentes que habían hecho mis dos retoños con sus manitas... masss o menosss... Porque estoy segura de que las profes habían ayudado bastante.
Así que, desde el miércoles tenía, por fin, las joyas que me habían hecho los peques ¡para lucirlas a gusto!
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