sábado, 2 de febrero de 2013

La aldea de los juguetes encantados

Una de las madres de la clase de Daniel es muy activa, imparable y tiene en la cabeza mil ideas a cual más interesante. Ha reunido a un grupo de padres y nos ha contagiado su entusiasmo. Logró reunirse con el AMPA y presentar sus propuestas con gran éxito porque le han aceptado al menos dos, por lo que he podido enterarme. Una de ellas es una excursión a un huerto ecológico que hay en la Universidad Complutense y que se llama Cantarranas.

La otra es un cuentacuentos colaborativo en favor de la coeducación (Niños y niñas son iguales y juegan con los mismos juguetes).

Como siempre me sentí arrastrada por su desmedido entusiasmo y acabé haciendo el papel de bruja mala. Se apuntaron tantos niños que Daniel se quedó fuera, pero al participar su mami en el atrezzo y, finalmente, en la misma representación, se ganó su lugar en la función.

Otras madres y yo nos presentamos allí una hora antes de que empezara todo el tinglado. Cada una había llevado lo que se le había ocurrido: telas, cojines, juguetes, disfraces, globos... Ésto último lo llevé yo. Les pareció una gran idea, pero cuando se le estalló uno a uno de los peques y se pudo a llorar del susto ya no nos pareció tan genial. Por lo menos a mí. También llevé una varita mágica que a la mamá protagonista de esta entrada le encantó como complemento a la narradora (que era ella misma). Mientras preparábamos el escenrio, Daniel e Iván jugaban con los otros dos niños que pululaban por ahí y los juguetes. Se me había ocurrido levar las pinturas de cara por si los protagonistas se querían "maquillar", pero me explicaron que los niños son demasiado pequeños y se suelen asustar de la caras de adultos pintadas. ¡No había caido! Pero tiene toda la razón.

Daniel se empeñó en que le pintara la cara de Spidermán y detrás de él me lo pidieron sus amiguitos. En estas que apareció una niña que quería una mariposa. Cómo yo sólo tengo niños no sé pintar mariposas y tuve que pedir ayuda a las concurrentes. Afotunadamente, otra mami era toda una experta en dibujar estos bichejos.

En mitad de los preparativos llegó Raúl para llevarse a Iván a dar una vuelta. Hacía un día maravilloso. Había quedado con mi marido en eso para poder estar pendiente de Daniel durante el cuento y que el bebé no lo boicoteara metiéndose en medio, cogiendo partes de atrezo, llorando... De hecho, ya hacía rato que los dos hermanitos no hacían más que pelearse.

Por fin empezó el cuento. La narradora sentó a los pequeños en círculo y nos fue pasando, uno a uno, un cofre. Teníamos que desear que hubiera algo dentro, abrir la tapa para ver nuestro deseo y depsués pasarlo. Así activaba la imaginación de los niños. Yo pedí un castillo con dragón incluído y fingí asustarme cuando levantá la tapa. Daniel pidió mucha nieve y jura y perjura que la vio dentro del pequeño baúl. Se pidieron flores, caballos, ¡murciélagos!, ¡Chocolate! Y mil cosas más.

Cuando acabamos de pedir deseos empezó el viaje. Nos subimos a un avión, a un autobús, a un barco... Cómo eran medios de transporte mágicos el niño que quisiera podía conducirlo y el resto nos balanceábamos con las turbulencias, nos cogíamos a la barra para no caernos, nos protegíamos de las olas. Por fin llegamos a la aldea. Allí vivían niños muy felices a los que les encantaba jugar. Pero también había un mago malvado que le repateaba tanta diversión y hechizó los juguetes para que los niños de la aldea sólo pudieran jugar con  muñecas y los del bosque sólo con camiones. Si tocaban el juguete equivocado les daba calambre. Los chiquitines se metieron en su papel y estaban encantados con los calambres que les daban los juguetes. El papá que hizo de mago malo bordó el papel. Los chiquillos estaban entusiasmados.

De repente una de las niñas del cuento recordó cuando eran felices y reunió a los niños para acabar con el encantamiento. Decidieron ir al castillo del mago malo a por un pergamino con la fórmula para deshacer el hechizo. En la puerta del castillo había una bruja mala (yo), que lo único que hacía era reirse de forma malvada y asegurar que se comía a los niños para desayunar. Los chiquillos se rieron muchísimo al verme envuelta con una tela de las que habíamos traído, encorvada y gesticulando con las manos como garras.

Cuando se hicieron con el pergamino se pusieron de nuevo en círculo e imitaron a la cuentacuentos echando en el caldero diversión, amistad y no me acuerdo que más. Dijimos las palabras mágicas y ¡tachán! acabamos con el encantamiento. Entonces la narradora les preguntó que es lo que más les había gustado del cuento y mi hijo dijo que ¡la bruja! Le di un gran abrazo y un besazo de la emoción que me entró. Luego jugamos un poquito y recogimos todo.

Desde luego, la actividad fue todo un éxito.

7 comentarios:

  1. Hay que ver cómo os lo pasáis... Tiene pinta de haber sido muy divertida la experiencia. Un besote!!!

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  2. ¡Que divertido! la verdad que es una gran idea!

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    1. Es una suerte contar con esta madre tan activa. Tiene unas ideas geniales!

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  3. Que emocionante.. Tal y como lo cuentas me da la impresión de haber estado ahí!! Los niños se lo pasaron pipa pero creo que los padres no se quedaron atrás... jaja Un besote

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    1. Pues te lo hubieras pasado como un enana si te llegas a venir. Seguro que hasta hubieras acabado participando en la historia como yo jaja.

      Te veo conduciendo el autobús mágico y tocando el claxon jaja

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