
Un día mi madre, que es un poco brusca, lo cogió de los pies y lo sacudió como una esterilla. Jamás le había visto sonreír tanto. Parecía que se le iba a partir la cara en dos de tanto que estiraba la boca. Así que ni corta ni perezosa decidí imitar a mi madre, aunque en un principio pensé que me lo iba a desconyuntar. Cogí a mi hijo por los pies y lo sacudí con firmeza, pero el muy ladino debió notar alguna diferencia porque no logré arrancarle ni una sonrisa pequeñita. Me miraba muy serio como diciendo “¿Que hace esta?”. Mi madre me tomó el relevo y de nuevo el pequeñajo se mondaba de risa. Mosqueada volví a intentarlo, pero solo conseguí la misma carita seria de antes. Incluso en un momento me hizo pucheritos, así que paré inmediatamente. En cambio, cada vez que mi madre lo sacudía por los pies se partía y se lo pasaba bomba. A día de hoy he perfeccionado la técnica de mi madre y ahora Daniel me regala alguna tímida sonrisa cuando le muevo los pies arriba y abajo con energía.
Otro juego que parece hacerle gracia se basa en dejar que se coja a tus manos y se propulse hacia delante. O impulsarse con sus piernitas hacia arriba con ayuda de un adulto. Eso sí que son juegos educativos para mi niño. Pero también un dolor intenso para mi espalda. Estoy deseando que aprenda a sentarse él solito.
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