Mi jefa me dejó entrar hoy más tarde, así que pude aleccionar a Raúl para que cuidara apropiadamente al niño antes de dejarlo en la guardería. Por lo menos en cómo me gustaría que lo cuidara. Luego el hará lo que quiera. Y no le guardo rencor. Cada uno tiene su método y el suyo será tan bueno como el mío.
No pude evitar enjugarme alguna esporádica lagrimita antes de dejarlos solos al padre y al hijo. Pensé que este día iba a ser para mí como una liberación, pero la verdad es que lo pasé echando muchísimo de menos a Daniel.
Cuando volví de la oficina, comí, fregué, recogí lo más rápido que pude y salí pitando hacia la guardería. Llegué a las hora de recogida (cinco de la tarde), porque por mucha prisa que me dé, en el trabajo siempre se sale tarde y no da tiempo para nada. Allí estaba Daniel. Tan pancho como siempre. Se quedó dormido en el paseo de vuelta a casa. Le di más abrazos y mimitos que nunca, pero para él parecía una día como otro cualquiera. Antes de las ocho ya estaba roncando en su cunita.
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