
Por fin, logramos cuadrar todo y nos metimos en un coche repleto de cosas. Casi no cabíamos nosotros. Al poco acusé el cansancio y caí en los brazos de Morfeo acompañada por mi hijo. De fondo oí como Raúl se ponía música para que le hiciera compañía durante el trayecto.
Los escasos dos días que estuvimos en el pueblo el niño se lo pasó bomba. Allí tenía a sus abuelas Chari y Paca y a su tío Luis para jugar. Ya había estado en Cova antes, pero como fue a los cinco meses no se acordaba de nada, así que se puso a explorar con ahinco. Descubrió que el escalón de la chimenea es un lugar fascinante a la par que peligroso, que el patio tiene multitud de rincones interesantes, que el suelo de la cocina resbala... En fin, toda una aventura.
Estaba tan excitado que cuando le quise meter en la cuna no había manera de que se durmiese. Yo le tumbaba y él se levantaba y se recorría los bordes a una velocidad increíble. De repente se paraba y agitaba los barrotes como si fuera un mono en un zoo. Me quedé impresionada ante tal demostración de fuerza. Es la única vez que ha llorado porque le he sacado de la cuna. Pero es que había que cambiarle el pañal.
En vista de la situación me lo llevé al salón otro ratito para terminar de cansarle. Cuando regresamos a la cuna me vi obligada a sujetarle en posición horizontal un ratito. Se debatió un poquito pero acabó rindiéndose y quedándose dormido. ¡Qué lucha!
Al día siguiente me quedé en el pueblo hasta casi las ocho de la noche para aprovechar mi tiempo con el pequeño y cuando me fui lloraba lágrimas de sangre. Que dura fue la separación. No sé como voy a llevar esta semana sin él. Es la primera vez que estamos separado tanto tiempo en sus diez meses de vida. Le voy a echar tanto de menos...
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