A mi me costó muchísimo despedirme del peque después de haber estado una semana sin verlo. Cuando me fui berreaba reclamando mi presencia. En el coche iba angustiadísima pensando en le berrinche de mi principito. Una vez allí, Raúl llamaba mi atención sobre uno u otro rincón por su belleza o interés visual y yo siempre me las arreglaba para volver al tema del chiquitín: "¿Estará bien?", "¿Tendrá problemas Chari para que deje de llorar?", "¿Crees que le dará buena noche a la pobre"... Al final Raúl tuvo que llamarme al orden. Ya está bien. Era nuestro aniversario. Y yo estaba arruinando todo el románticismo.
Menos mal que en el restaurante ya entré en ambiente y pudimos tener un rato para nosotros solos sin interferencias infantiles por mi parte. Fue una cena maravillosa. Todo estaba buenísimo. De principio a fin. Salimos más gorditos y felices a dar una vuelta por Burgos. No había casi nadie en la calle a esas horas, lo que incrementó la sensación de "hoy sólo somos una pareja y no papá y mamá". Aunque, he de confesar, que en mi cabeza aún daba vueltas Danielín. Al día siguiente, cuando le pregunté a Chari su respuesta fue: "Todo genial".
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