Si el niño sonríe hay que retratarlo; si llora también, porque hasta así está guapo; si duerme, por supuesto, hay que inmortalizarlo cuando realmente parece un angelito; si hace maldades se debe guardar la imagen para la posteridad; las muecas son estupendas para los álbunes de fotos... Y así hasta el infinito.
Luego no me canso de ver las fotos, aunque los vídeos sí que son más cansinos. La diferencia radica en que la foto la contemplas todo el tiempo que quieres y, en cambio, los vídeos tiene su duración que a veces puede parecer eterna aunque la película no llegue a un minuto.
Supongo que esta locura no me durara mucho. Sobre todo si dentro de unos años me decido a traer al mundo a un hermanito para Daniel. Si hago esa locura no creo que me quede ni un segundo libre para hacer fotos. Tendré que hablar con Raúl para que se encargue él del reportaje audiovisual a todo color del segundo enano.
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