El enano me miró con extrañeza. ¡Ay! ¡ay! ¡ay! Que no sabe quien soy. Tenía el corazón en un puño, pero enseguida le asomó una gran sonrisa en la cara. En cuanto Raúl me abrió la puerta subí las escaleras de dos en dos, tras darle un fugaz beso a mi marido, y abracé muy fuerte a mi chiquitín, que se debatió como un poseso tras los minutos de sorpresa iniciales.
Enseguida me hizo saber que quería caminar. Algo que no me sorprendió en absoluto en mi polvorilla. Me resigné y cogí posición de tortura lumbar para que el enano se pudiera recorrer toda la casa con sus dos rechonchas piernecitas.
Había crecido un montón (o esa fue mi impresión). Lo llevé cogido de los bracitos a recorrer su pequeño mundo. De vez en cuando levantaba la cabeza, como para comprobar si yo seguía allí, sonreía y seguía su camino.
Pasé el día pegada al chiquillo y constaté que se había vuelto aún más terremoto que antes. Pensaba que eso era algo imposible, pero tenía la prueba delante de mis narices. Sólo estuvimos jugando unas horas hasta que llegó el momento de acostarle, pero fueron muy intensas. !Otra vez juntos!
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