Mi jornada comienza a las cinco de la mañana, cuando me levanto para ir a trabajar. Afortudamente, a las tres ya suelo estar en el coche de regreso a casa. Una vez en el hogar aprovecho hasta las cinco (hora de recoger al bebé de la guardería) para limpiar, recoger, hacer compra o para hacer lo que sea necesario en ese momento. Casi siempre como en el trabajo, delante del ordenador, para aprovechar más esa escasa hora y media.
En cuanto me planto en la puerta de la guardería todo mi tiempo es para el bebé. Al menos hasta que se duerme. Los días de fin de semana que no me toca trabajar intento que me cunda algo, pero Daniel siempre me boicotea, o por lo menos lo intenta. Es el momento de aprovechar al máximo las siestas del pequeño, aunque sólo sea para dormir yo también. En este tiempo estival me encanta sacarle a pasear antes de que caiga el calor sin piedad y así poder llevarle a los columpios, dónde él se lo pasa genial.
Ahora que me voy de vacaciones pienso vivir cada minuto disfrutando de mi hijo. Aunque estoy segura de que habrán momentos críticos en los que no habrá manera de hacer que el niño deje de llorar, o que me duela la espalda y el muy tirano siga exigiendo que le ayuda a caminar y si no me pliego a sus deseos chilla y se enfada. Todo va incluido en el lote: las risas y los lloros. De los dos.
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